Barcelona: la iluminación de gas

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Ajuntament Barcelona – barcelona.cat

La expansión de la iluminación de gas introdujo en las grandes ciudades del siglo XIX nuevas posibilidades de desarrollo para la vida urbana. Las calles se convirtieron en más seguras y animadas al anochecer. La oferta de mercancías podía presentarse de una nueva manera. Desde entonces, la moderna metrópoli ya no era pensable sin la iluminación abundante de bulevares y escaparates, que creaban un espacio interior propio iluminado.

La luz de gas tenía tres ventajas decisivas frente a las fuentes de iluminación existentes hasta entonces: además de la intensidad luminosa, que para la percepción de entonces era deslumbrante, era uniforme y regulable. Por otro lado, se la consideraba insegura y, en espacios cerrados, las llamas de gas provocaban temperaturas insoportables. La iluminación de gas se expandió primero, a principios del siglo XIX, en Inglaterra. Poco a poco, tuvo lugar su desarrollo en el continente. En París se instaló por primera vez en los años cuarenta. En los pisos, sin embargo, la luz de gas sólo penetró de manera limitada. Muchas veces se utilizaba sólo en las zonas de servicio, aunque no en los «salones» y salas. En ellos había de mantenerse una iluminación más distinguida y discreta, ya que la luz de gas tenía la desagradable peculiaridad de arruinar, oscureciéndolos, el papel pintado de las paredes, los cuadros y las cortinas.

Barcelona: los días son más largos

En Barcelona, la luz de gas se probó por primera vez en 1826 ante una gran concurrencia en el patio de la Llotja (bolsa), pero transcurrieron algunos decenios hasta que las farolas de gas se expandieron por toda la ciudad. A partir de entonces, las costumbres de los barceloneses cambiaron. Las calles se animaron al anochecer y las tiendas cerraron más tarde. La luz de gas se mantuvo como la fuente de luz de la Barcelona «modernista», ya que la corriente eléctrica parecía más adecuada para el mundo de las fábricas que para el de la vivienda. En el mejor de los casos, la iluminación eléctrica se consideraba una curiosidad y no una solución duradera y practicable. Aunque algunas calles se equiparon con iluminación eléctrica ya en 1882, transcurrió mucho tiempo hasta que, y no sólo por motivos económicos, la corriente eléctrica se impusiera. En una representación de gala en el Gran Teatre del Liceu en 1887, la luz eléctrica, que se había introducido por primera vez, conllevó efectos muy indeseables. «La luz opalina de las lámparas dio a los presentes una apariencia cadavérica, amorteció la brillantez y el colorido de las ropas y disminuyó el resplandor de las joyas». De elegancia y representación es de lo que se trataba en este teatro de la ópera y no de progreso técnico.

El Liceu

El Liceu, que hasta hoy se encuentra en la Rambla dels Caputxins, se levantó entre 1844 y 1847 en el solar del antiguo convento de los Trinitarios, después de que el ayuntamiento lo hubiera cedido a una sociedad de capitales fundada ex profeso para el Liceu Filharmònic. Desde entonces, se iba allí para cumplir un ritual social. Aquí era donde las buenas familias presentaban a sus hijas casaderas, aquí se reflejaba la pirámide del prestigio social en el orden prefijado de los asientos. El pueblo bajo tenía sus asientos en la cuarta o quinta galería y accedía al teatro a través de una entrada lateral que, significativamente, no tenía ninguna conexión con el resto del teatro. Josep Pla, quien como estudiante vivió el Liceu desde la galería superior, describió su impresión:

La función en el Liceu en una buena noche es sublime, si uno la observa desde arriba –un océano de burguesía, donde todo es un resplandor de las joyas y los diamantes–. ¡Qué espectáculo! Por el contrario, en la quinta galería, un grupo de personas con cara de mecánicos de ferrocarril […]. Pero a ellos se añaden también los entusiastas de la música, con o sin partituras en las manos, para los que no cuenta nada excepto la música o el drama. Estos genuinos amantes del arte no guardan, para el mar burgués por debajo de ellos, nada más que un desprecio casi olímpico.

Desde el punto de vista de la aristocracia urbana, Joaquim Maria de Nadal Ferrer afirmaba:

El público del Liceu estaba compuesto de todas las clases de la sociedad, pero no todos estaban allí por las mismas razones. Aunque no todos tenían amistad entre ellos, todos se conocían. Los propietarios de los palcos y los que disponían de asientos abonados conocían las preferencias de los asiduos en las zonas superiores, y estos últimos conocían exactamente los flirteos amorosos que interesaban a los ocupantes de las localidades preferentes.

De hecho sólo quien poseyera un asiento podía pertenecer a la «sociedad» barcelonesa, y quien quisiera pertenecer a esta debía dejarse ver por aquí. Como en los grandes teatros de ópera de otras metrópolis europeas –el Covent Garden o la Ópera de París–, la clase alta hacía en el Liceu ostentación de su poder. En 1861, cuando el edificio fue pasto de las llamas, se expandió por la ciudad el rumor de que el incendio había sido provocado por los «estamentos inferiores». No carece de lógica el que el terror de las bombas encontrara también aquí a sus víctimas: en la velada de inauguración de la temporada de 1893 fueron lanzadas dos bombas desde la cuarta galería, que causaron veinte víctimas. El atentado brindó a las autoridades el pretexto para perseguir sin piedad a terroristas reales e hipotéticos: se encerró a 400 sospechosos y se ejecutó a siete.

En la época de su construcción, el Liceu era el mayor teatro de música de Europa. Encarnaba, por tanto, también hacia el exterior, el estatus de una ciudad que crecía y que era cada vez más consciente de su propio valor. Aquí la burguesía se familiarizaba con las novedades de la vida musical en Europa. El gusto musical en Barcelona tendió durante mucho tiempo a la ópera italiana. En 1853 causó sensación la primera ópera catalana de Josep Freixas. La gran revolución se produjo con Wagner –muy al contrario que en el resto de España–. La primera de sus obras que se representó –en italiano– con gran éxito fue Lohengrin en 1882. En esto, el teatro competidor de la Santa Creu fue más rápido que el Liceu, pues en 1913 tuvo lugar allí la primera representación fuera de Bayreuth del Parsifal.

Ateneos, cafés y tabernas

Otra peculiaridad en la cultura de Barcelona fueron los «ateneos», sociedades literarias-sociales. El más importante fue el Ateneu Català de 1860, que se unió al Casino Mercantil Barcelonés de 1869 para formar el hoy aún existente Ateneu Barcelonès. Estas instituciones, aunque de forma diferente al Liceu, vinculaban a la burguesía ilustrada con la económica. Sobre todo se encontraban aquí los intelectuales de los movimientos catalanista y republicano. Además, existían «ateneos obreros», una especie de escuelas populares privadas. Por una parte, querían contribuir a la formación política de los obreros; por otra, proporcionar capacitaciones profesionales. Desde 1903, en el Ateneu Enciclopèdic Popular se impartían conferencias y cursos donde se encontraban integrantes de la intelectualidad con los trabajadores. Algunos de los ateneos obreros pueden considerarse como centros de barrio: las actividades realizadas en ellos abarcaban desde excursiones a la montaña hasta proyecciones de películas. En una cultura obrera cada vez más politizada, tales instituciones, también por razones económicas, no pudieron sobrevivir más allá de la Primera Guerra Mundial.

Por lo demás, las formas de comunicación y de opinión pública de la gran ciudad no se limitaban ni a las capas privilegiadas ni a las instituciones. En este contexto, la mayoría de los cafés y tabernas del centro de la ciudad no se limitaban a un público social determinado. Obreros, dependientes de comercio, estudiantes y transportistas frecuentaban los llamados «cafés de camareras», donde en la parte delantera se jugaba a las cartas con dinero, mientras en la habitación trasera las prostitutas servían a sus clientes. Siguiendo el modelo francés, surgió el «Café-cantant», local habitual de trabajadores y empleados que tenían aquí una alternativa a la ópera a precios económicos.

El Paral·lel

El Paral·lel se convirtió, en esta época, en la zona de entretenimiento más importante. Esta avenida, terminada en 1894, atravesaba las zonas densamente pobladas del centro de la ciudad desde el puerto hasta la Gran Vía. Aquí se ubicaron cafés, tiendas, atracciones y tabernas; aquí artistas como Picasso encontraron estudios a precios económicos. La prostitución estaba muy extendida, y otros entretenimientos de este Montmartre barcelonés eran las representaciones de circo y los museos de cera. En todo caso, los hasta once teatros fijos de esta zona tenían un programa serio, en el que podían verse melodramas, pero también obras de Ibsen. Este programa fue recibido con más rapidez en la cultura obrera, donde se interpretó en sentido revolucionario, que entre el público burgués. Frente al Tívoli, por ejemplo, estaba el Teatro Novedades en un solar con árboles «para la diversión del público durante las pausas». Su especialidad eran las obras castellanas y catalanas, a veces también francesas e italianas. El establecimiento más elegante de este género era el del financiero Evaristo Arnús en los jardines del Teatro Lírico, construido sobre su finca, la Sala Beethoven, que no se encontraba lejos del Passeig de Gràcia. En los jardines de este teatro había un quiosco, una jaula de pájaros, una cascada, un lago y una gruta. Así pues, no todo lo que la cultura urbana tenía que ofrecer era «moderno» en el sentido de los movimientos artísticos vanguardistas.

Después del cambio de siglo la dinámica de esta cultura urbana se mostró más relacionada con las empresas de divertimento auténticamente urbanas y, cada vez más, gestionadas profesionalmente, que atraían a todas las clases de la sociedad, que con los bailes de máscaras, que se iban quedando anticuados. Lo complicado de la moda del siglo XIX y el rigor formal que convirtió el vestido en un uniforme de la edad, del estatus social, del estado familiar y de la profesión suscitaron en las capas altas un entusiasmo inusitado por los disfraces. Pero si bien estos se dieron también en el primer decenio del siglo XX, sin embargo, lo hicieron con una menor participación, de manera que los trajes habían perdido su anterior colorido y la generación más joven no participó en ello. «Sería predicar en el desierto –observaba un cronista de la época– el pedir a las máscaras que se desvistieran de los ropajes que cuelgan de sus cuellos y de los feos chalecos de algodón de color blanco o rábano»

El contenido de esta entrada está extraído del libro “La época de las metrópolis” de Clemens Zimmermann.

La época de las metrópolis – Clemens Zimmermann – Siglo XXI Editores

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