El compromiso de John Reed no solo define su periodismo, sino toda su vida

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Pascual Serrano:

John Reed demostró que su compromiso político no estaba reñido con su deontología profesional. Él mismo, en el prefacio de Diez días que estremecieron el mundo, aclara sus principios: no neutralidad y apego a la verdad.

En la contienda mis simpatías no fueron neutrales. Pero al relatar la historia de aquellos grandes días, me he esforzado por observar los acontecimientos con ojo de concienzudo analista, interesado en hacer constar la verdad.

La dirigente rusa Nadezhda Krúpskaya está convencida de que son necesarios la pasión y el compromiso para contar con precisión y profundidad a los lectores los acontecimientos que se están sucediendo en la revolución rusa:

John Reed no fue un observador indiferente. Revolucionario apasionado, comunista, comprendía el sentido de los acontecimientos, el sentido de la gigantesca lucha. De ahí esa agudeza de visión, sin la cual no habría podido escribir un libro semejante.

Lo indiscutible del libro de John Reed –y por supuesto de toda su obra– es su que su posición política nunca fue un impedimento para su profesionalidad periodística, su apego a los hechos, su veracidad. En ello insiste Krúpskaya:

El libro de John Reed ofrece un cuadro de conjunto de la insurrección de masas populares tal como realmente se produjo, y por ello tendrá una importancia muy particular para la juventud, para las generaciones futuras, para aquellos a cuyos ojos la Revolución de Octubre será ya historia. En su género, el libro de John Reed es una epopeya.

Reed no tenía ningún temor a contar la verdad, su interpretación de la realidad era brillante y rica en detalles y matices que mostraban que no se dedicaba a la mera propaganda, sino que hacía periodismo y mostraba las luces y las sombras de los acontecimientos. En una ocasión explicó así a quienes salían de Rusia con un discurso catastrofista sobre la revolución bolchevique cómo se alteró la base entera de la sociedad con el cambio político:

En Petrogrado, por ejemplo, los que vivían en hoteles no podían conseguir comida, calefacción o luz suficiente; el servicio resultaba malo y los empleados, insolentes; había muy pocos autos de alquiler en que viajar, y en los ferrocarriles, un pasaje de primera clase no representaba una garantía a que el compartimento de uno no fuera invadido por una veintena de soldados sucios y sin boletos que sentían aversión por la burguesía. Todo era terriblemente caro.

Mas los obreros en las fábricas, los soldados en las barracas, los campesinos en las aldeas, tenían comida suficiente, calefacción y luz; raciones bastante cortas, es cierto. […] y la misma cena de dos platos por la que el viajero burgués tenía que pagar sesenta rublos en el Hotel d’Europe la obtenía yo en el gran comedor comunal del Instituto Smolny a cambio de dos rublos y medio.

En uno de los momentos más cruentos del enfrentamiento entre los bolcheviques y los sectores contrarrevolucionarios, estos últimos desarrollan unas organizaciones para confrontar la revolución que denominan Comités de Salvación. Eran unas asociaciones conspiradoras y violentas desde las cuales se realizaba todo el trabajo político, ideológico, de sabotaje o de violencia contra el recién instaurado gobierno bolchevique. Un amigo revela a Reed dónde se esconde el Comité de Salvación, y le propone llevarle allí para conocerles y escucharles. Una vez en el lugar, Reed escribe: «Reconocí al coronel Polkóvnikov, excomandante de Petrogrado, por cuya detención el Comité Militar Revolucionario habría dado una fortuna». A pesar de la simpatía de Reed por Lenin y los bolcheviques, y su propia ideología comunista que demostraría en la participación en la fundación del Partido Comunista Laboral de Estados Unidos, en ningún momento se le ocurrió utilizar esa información y hacerla llegar a la dirección bolchevique, es más, ni hace referencia a esa posibilidad. Reed asume su compromiso con el periodismo honesto y leal a la palabra dada. Va al lugar donde se encuentran los Comités de Salvación, les escucha, les habla, y con esa información escribe sus crónicas.

Problemas con su compromiso

El compromiso de John Reed le granjeó problemas en Estados Unidos. Al desembarcar en Nueva York en 1918, procedente de Rusia, los agentes estadounidenses le incautaron toda la documentación que traía de sus meses de trabajo durante la revolución bolchevique. Solo semanas después logró recuperarla para escribir Diez días que estremecieron el mundo. Albert Rhys recuerda que, «como es natural, los fascistas norteamericanos no tenían el menor deseo de que este libro llegase a conocimiento del público. En seis ocasiones se introdujeron en las oficinas de la casa editora, tratando de robar el manuscrito». Rhys explica que una fotografía de John Reed lleva esta dedicatoria: «A mi editor, Horace Liveright, que ha estado a punto de arruinarse por lanzar este libro»19. . El escritor y pacifista Howard Zinn, señala que

[…] el establishment nunca le perdonó a John Reed (tampoco lo hicieron algunos de sus críticos, como Walter Lippmann y Eugene O’Neill) que se negase a separar arte de insurgencia, que no solo fuese rebelde en su prosa, sino imaginativo en su activismo. Para Reed, la rebeldía era compromiso y diversión, análisis y aventura. Esto hizo que algunos de sus amigos liberales no se lo tomasen en serio (Lippmann mencionó su «deseo exorbitante de que lo detuviesen»), sin comprender que la elite del poder en su país consideraba peligrosas las protestas con imaginación y no se tomaba a broma el coraje con ingenio, porque sabía muy bien que siempre es posible encarcelar a los rebeldes pertinaces, pero que la más alta traición, esa contra la cual no hay castigo adecuado, es la que consiste en volver atractiva la rebelión.

El compromiso de John Reed no solo define su periodismo, sino toda su vida. Su activismo político fue más allá de su escritura cuando terminaba sus viajes y después de escribir sus crónicas. Mediante conferencias, charlas y todo tipo de actividades públicas seguía difundiendo la realidad que había conocido como periodista. A su vuelta de México no dejó de denunciar las responsabilidades extranjeras en el conflicto: «Sí, México se halla sumido en la revuelta y el caos. Pero la responsabilidad de ello no recae sobre los peones sin tierra, sino sobre los que siembran la inquietud mediante envíos de oro y de armas, es decir, sobre las compañías petroleras inglesas y norteamericanas en pugna…».

Trajo de Colorado el relato de la masacre de Ludlow, cuyo horror casi superaba al de los fusilamientos del Lena, en Siberia. Contó cómo expulsaban a los mineros de sus casas, cómo vivían en tiendas de campaña, cómo estas tiendas eran rociadas de gasolina e incendiadas, cómo disparaban los soldados contra los obreros que corrían, y cómo perecieron entre las llamas una veintena de mujeres y niños. Dirigiéndose a Rockefeller, rey de los millonarios, declaró: «Esas son tus minas, esos son tus bandidos mercenarios y tus soldados. ¡Sois unos asesinos!». Regresaba de los campos de batalla no con triviales charlas acerca de las ferocidades de tal o cual beligerante, sino maldiciendo la guerra en sí, como una carnicería, un baño de sangre organizado por los imperialismos rivales. Rhys recuerda que John Reed compareció junto con otros autores ante un Tribunal de Nueva York, acusado de alta traición.

El fiscal hizo lo indecible por arrancar de los jurados patriotas un veredicto que sirviera de escarmiento; llegó incluso a situar cerca de los edificios del Tribunal una banda que estuvo tocando himnos nacionales todo el tiempo que duraron las deliberaciones. Pero Reed y sus compañeros defendieron valientemente sus convicciones. Después de que Reed hubo declarado gallardamente que consideraba su deber luchar por la transformación social bajo la bandera revolucionaria, el fiscal le dirigió esta pregunta:
—Pero, en la actual guerra, ¿combatiría usted bajo la bandera norteamericana?
—¡No! –contestó Reed en forma categórica.
—¿Y por qué?

Y, a manera de respuesta, John Reed pronunció un discurso apasionado en el que pintaba los horrores de que había sido testigo en los campos de batalla. Su narración fue tan elocuente, tan impresionante, que incluso algunos de los jurados miembros de la pequeña burguesía y ya prevenidos contra los acusados no pudieron contener las lágrimas. Todos los redactores fueron absueltos.

Fundó una revista oficial de los comunistas estadounidenses, The Voice of Labour. Se incorporó a la redacción de la revista socialista The Revolutionary Age y después a la del Communist. Escribió artículo tras artículo para el Liberator, recorrió el país, participó en conferencias, atiborrando de datos a cuantos le escuchaban, contagiándoles su pasión combativa, su ardor revolucionario. Por último, organizó con su grupo, en el mismo corazón del capitalismo estadounidense, el Partido Comunista Laboral, lo mismo que diez años antes había organizado un club socialista en el mismo corazón de la Universidad de Harvard.

John Reed fue detenido y encarcelado hasta en veinte ocasiones. En Filadelfia, la policía clausuró el local donde iba a tomar la palabra en un mitin. Reed se subió a una caja de jabón y, desde esta tribuna improvisada, en plena calle, habló a un nutrido auditorio. El mitin tuvo tanto éxito, despertó tal simpatía que, detenido el orador por «alteración del orden público», no fue posible convencer al jurado de que pronunciase un veredicto condenatorio. «Parecía como si las autoridades de todas las ciudades de Estados Unidos no se sintieran contentas hasta haber detenido a John Reed una vez por lo menos», afirmó Albert Rhys.

Una de las anécdotas que muestran su militancia es que en el momento en que Estados Unidos entraban en la guerra, John Reed tuvo que sufrir una operación quirúrgica. Le extirparon un riñón. Los médicos lo declararon inútil para el servicio militar. «La pérdida de un riñón –decía irónicamente– me puede librar de hacer la guerra entre dos pueblos. Pero no me exime de hacer la guerra entre las clases»

La obra Diez días que estremecieron el mundo tiene un doble valor, porque nos enseña dos cosas: la revolución rusa, pero también la persona y el periodista que hay detrás del libro. Dos descubrimientos excepcionales que nunca perderán vigencia porque representan la lucha de un pueblo por crear una sociedad justa y la de un hombre por colaborar con esa lucha mediante el periodismo.

El texto de esta entrada es un fragmento del prólogo de Pascual Serrano del libro “Diez días que estremecieron al mundo” publicado por Siglo XXI Editores.

Diez días que estremecieron el mundo

portada-diez-dias-mundo-john-reedJohn Reed, escritor revolucionario y cronista insuperable, fue testigo directo de uno de los acontecimientos históricos de mayor relevancia del siglo xx, la Revolución rusa de 1917.

Diez días que estremecieron al mundo es su extraordinario y conmovedor testimonio de la Revolución en que los bolcheviques, al frente de obreros y soldados, conquistaron el poder del Estado en Rusia y lo entregaron a los soviets. No en vano, el mismo Lenin recomendó fervientemente su lectura, traducción y difusión, como instrumento imprescindible para entender la naturaleza de la Revolución proletaria y comprender la naturaleza de la dictadura del proletariado.

Diez días que estremecieron al mundo contiene textualmente los discursos de los líderes de la revolución e informa sobre los comentarios y la actitud del pueblo, da cuenta de la unión del pueblo ruso frente a la opresión, narra las escenas vividas y refleja el espíritu de los que fueron testigos y protagonistas de los primeros días de la Revolución de Octubre.

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