Mujercitas. Alcott y El progreso del peregrino

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En un experimento de vida comunal audaz pero mal planeado, los Alcott se pasaron la mayor parte del año 1843 buscando la trascendencia en la comuna de Fruitlands, situada cerca de Harvard (Massachusetts). Pero en lugar de ello, lo que encontraron fueron privaciones y una seria amenaza a su unidad. (Louisa May Alcott Memorial Association.)

Alcott utilizó El progreso del peregrino de Bunyan a modo de armazón para estructurar la historia de Mujercitas. Al igual que la novela de Alcott, la alegoría de Bunyan relata una transformación moral. El narrador de Bunyan narra un sueño que tiene sobre Cristiano, un hombre que, atormentado por presentimientos de la destrucción que aguarda a los pecadores, abandona a su mujer e hijos para seguir el camino de la rectitud. Bunyan representa los esfuerzos de Cristiano por alcanzar la purificación como un viaje físico.

Bronson Alcott, padre de Louisa e hijo de un granjero analfabeto, despertó a la conciencia en una casa sin libros. Sin embargo, se hallaba ávido de educación, y poco a poco fue amasando una biblioteca a partir de obras literarias desechadas por los granjeros vecinos. Un amable primo suyo le prestó repetidas veces un ejemplar de El progreso del peregrino, del cual memorizó varios pasajes favoritos. Bronson lo llamaba su «dulce libro del alma», y dijo de él que «el Sueño del Soñador, más que cualquier otra producción del ingenio, más que todos los demás libros, me llevó a conocerme fielmente mí mismo».

Bronson incorporó con extraordinario fervor a su vida el mensaje espiritual de El progreso del peregrino, un mensaje que hacía hincapié en que el camino a la salvación es riguroso y angosto, y que uno no lo sigue si se da a los placeres carnales de esta vida o se deja gobernar por las opiniones bienintencionadas de los demás. Bronson adquirió un profundo recelo de las tentaciones materiales y una firme resistencia a lo que pudiera pensar la gente. También creía que su misión en el mundo era elevar a su más alto grado de perfección las mentes y almas de quienes lo rodeaban. Como padre, Bronson leía a sus hijas El progreso del peregrino al tiempo que les daba pan de jengibre. A lo largo de su carrera como maestro, inculcó continuamente en los jóvenes a su cargo los valores bunyanescos de la fraternidad religiosa y la abnegación. Y cuando dicha carrera terminó de manera abrupta en 1839, redobló las lecciones de caridad y austeridad personal que enseñaba a sus propias hijas.

Fruitlands

El ascetismo de Bronson alcanzó una de sus cumbres en 1843 cuando la familia Alcott pasó a formar parte de Fruitlands, una comuna agraria vegana en la que, según Bronson y el confundador de la comunidad Charles Lane, las leyes de la vida podían resumirse en una única palabra: «Abstente».

En Fruitlands, la influencia de El progreso del peregrino era poderosamente clara. Cuando tenía once años, Louisa escribió en su diario que su padre les leía el libro en voz alta. La niña declaró que el texto de Bunyan tenía «un gran valor» para ella, y copió algunas líneas de él en su diario.

Hacia el final del experimento de Fruitlands, Bronson Alcott sugirió que la comuna, que se encontraba al borde del fracaso, quizá podría salvarse si se dividía por sexos, yendo él por un lado y su esposa e hijas por otro. Es muy probable que esta propuesta viniera motivada en parte por la renuncia a su familia que hace Cristiano en El progreso del peregrino. Fruitlands no perduró, pero sí la influencia del libro de Bunyan en la familia Alcott.

El progreso del peregrino y la  cultural angloamericana

Bronson siguió viendo su vida a través de la lente del mencionado texto, y para Louisa no hubo ninguna otra influencia literaria tan claramente dominante. Shakespeare, Scott, Charlotte Brontë y Dickens reclamaban un importante lugar en su pensamiento, y el hecho de que en Mujercitas haya referencias a más de sesenta escritores da fe de la amplitud de su dieta literaria. Sin embargo, Mujercitas podría no existir siquiera de no haber sido por Bunyan, y es necesario que entendamos por qué este autor, al margen de su fuerte presencia en la propia educación de Alcott, tuvo una influencia tan poderosa.

La respuesta comienza por el hecho de que, a finales de la década de 1860, El progreso del peregrino era parte de la lingua franca cultural angloamericana. En 1866, un músico y empresario de Cincinnati llamado Philip Phillips publicó un himnario titulado El peregrino cantante, o El progreso del peregrino ilustrado en canciones. Mark Twain le puso a su libro de 1869 Guía para viajeros inocentes el subtítulo El nuevo progreso del peregrino. Ese mismo año, la inglesa Mary Godolphin publicó una edición para niños de la obra de Bunyan titulada El progreso del peregrino en palabras de una sílaba, y Ebenezer Porter Dyer hizo su contribución a la literatura con El progreso del peregrino de Bunyan en verso. Había ensayos y conferencias a raudales sobre el libro, y haría falta un bibliógrafo decidido para identificar todas las nuevas ediciones de él que estaban imprimiéndose por entonces. Al ligar el drama doméstico de Mujercitas con las luchas espirituales de El progreso del peregrino, Alcott estableció inmediatamente un punto en común entre sus lectoras y ella.

Mujeres felices

Hacer el bien donde a uno le corresponde también contaba para Alcott, pero rara vez era suficiente. Además, el concepto que ella tenía del sitio que corresponde a cada uno era notablemente más flexible que el de Bunyan, en más de un sentido.

Pocos meses antes de empezar a trabajar en Mujercitas, Alcott publicó un ensayo titulado «Happy Women» [Mujeres felices], una respuesta a lo que ella veía como una acuciante preocupación de las mujeres de su época: el miedo a acabar solteras de por vida. Alcott atacaba dicha preocupación considerándola un «prejuicio estúpido», y hablaba de cuatro mujeres a las que conocía que habían hallado satisfacción sin encontrar marido ni buscarlo siquiera con especial ahínco. Las cuatros mujeres de Alcott se sentían realizadas como médica, profesora de música, misionera y, de forma nada sorprendente, escritora. Caso a caso, Alcott sostenía que una vida dedicada a «la filantropía, el arte, la literatura, la música, la medicina o cualquier tarea que fuera» podía ser tan digna y satisfactoria como una entregada a un esposo. El mundo, insistía Alcott, «está lleno de trabajo, el cual requiere todas las cabezas, corazones y manos que podamos aportar para hacerlo». Su sentido práctico y su aversión al desperdicio, rasgos ambos típicamente yanquis, prohibía cualquier otra conclusión. Mientras Bunyan había dado por sentado que la salvación era el destino de unos pocos elegidos, Alcott afirmaba que la felicidad era «el derecho de todos». Su consecución dependía de utilizar los talentos de uno mismo por el bien de la sociedad.

El texto de esta entrada es un fragmento de la introducción de “Mujercitas. Edición anotada”

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Mujercitas. Edición anotada

mujercitas-edicion-anotadaDesde su publicación en 1868-1869, Mujercitas, posiblemente el clásico juvenil más entrañable de la literatura norteamericana, ha ido pasando de madres a hijas durante generaciones. Ha sido traducido a más de cincuenta idiomas e inspirado seis películas, cuatro producciones televisivas, un musical de Broadway, una ópera y una serie web. Esta lujosa edición a todo color ofrece más de 220 ilustraciones especialmente seleccionadas entre las que figuran imágenes de los filmes, impresionantes láminas de Norman Rockwell y dibujos emblemáticos de ilustradores de historias para jóvenes como Alice Barber Stevens, Frank T. Merrill y Jessie Wilcox Smith.

El afamado estudioso de la vida y obra de la autora de Mujercitas John Matteson aporta en este libro sus conocimientos sobre la novela, la familia March nacida en sus páginas y la familia Alcott que inspiró tanto la una como la otra. Por medio de las numerosas fotografías tomadas en la casa de los Alcott expresamente para esta edición ‒del vestido de boda de Anna, la hermana mayor; del vestuario para las representaciones teatrales de la familia; de los dibujos de May, la hermana menor; del libro de recetas de la Sra. Alcott, etc.‒ los lectores descubrirán los asombrosos vínculos que existen entre la realidad y la ficción.

Las notas de Matteson nos permiten visualizar los objetos cotidianos y la cultura de una época lejana pero cuya impronta es aún perceptible, situando la obra de Alcott en el contexto del arte, la música y la literatura que moldearon su persona y su obra. Su brillante ensayo introductorio, además, estudia el lugar central que Mujercitas ocupa en la literatura infantil y nos cuenta cómo fue la vida de la propia Alcott: una historia tan fascinante como las narraciones de la escritora.

Mujercitas. Edición anotada – Louisa May Alcott, John Matteson (ed.) – Akal

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