Precio, elasticidad y renta

Un precio mide las condiciones de compra en un mercado entre vendedores (que quieren más… beneficio) y compradores (que quieren pagar… menos). En el caso de un hogar, la sensibilidad (o la elasticidad) de su demanda al precio depende de la evolución comparativa de su demanda con respecto a la evolución del precio. Lo mismo vale para la elasticidad de la demanda a la renta.

Pero hay precios y precios. Si el índice de precios evoluciona menos rápido que la renta, las familias son más ricas. Podrán, entonces, gastar más, de lo que se benefician los bienes y los servicios considerados de rango superior.

economia_02Así se crea una jerarquía de bienes. Gracias a la difusión de las innovaciones y a la competencia, los precios de los bienes bajan. Los bienes «de lujo», innovadores o pioneros al principio, se extienden. Con el incremento de los ingresos reales de las familias (que permite gastar más) y el aumento de productividad (que hace bajar los precios), la situación cambia. Primero los productos de «muy alta gama», y después los productos para «compradores pioneros», se convierten en productos de «alta gama» destinados a una clientela acomodada o de determinado tipo social. El proceso no acaba aquí. Hace que el coche, la nevera, la lavadora, la televisión en color…, se vuelvan omnipresentes, como el ordenador, y se encuentren en la inmensa mayoría de los hogares. Su precio ha bajado mucho: incrementan así su mercado potencial, porque aumentan la renta real de sus compradores.

Los productos llamados de lujo, o de alta gama, son elásticos al precio y a la renta. Un aumento del 1 por 100 de su precio hace bajar significativamente su demanda. Simétricamente, un aumento del 1 por 100 de los ingresos de los consumidores hace que su demanda aumente más de un 1 por 100. Solamente en el caso de bienes de muy alta gama, o de carácter ostentoso, el efecto esnob hace subir la demanda cuando sube el precio. ¡compro porque se sabe que es caro!

En el otro extremo del espectro, los productos básicos son inelásticos al precio. Un aumento del 1 por 100 de su precio hace bajar poco la demanda, mientras que un aumento del 1 por 100 de la renta de la familia prácticamente no tiene efecto sobre su demanda. Solamente en el caso de los bienes esenciales, la subida de precios hace subir su demanda. De este modo, cuando en la paupérrima Irlanda del siglo XVIII subió el precio de las patatas, se observó un incremento de la demanda, a costa de productos que se habían vuelto aún más inaccesibles, como la carne.

Simétricamente, a partir de cierto umbral, suponiendo que nuestro hogar no ahorre más, sus nuevos ingresos irán destinados a nuevos productos. Son inelásticos a los precios y elásticos a los ingresos. Y el proceso empieza de nuevo. es el ciclo de vida del producto, que va desde la aparición hasta la banalización, antesala de la desaparición.

En la empresa encontramos la transposición de estas elasticidades. Por un lado, si el volumen de negocios –o, mejor, el valor añadido– sube, eso la lleva a invertir más, concretamente en una inversión de capacidad. Por otro lado, la subida de precios de productos industriales comprados por la empresa la anima más bien a inversiones de productividad, con el objetivo de ahorrar.

Desde luego, los ingresos y los precios no son los dos únicos determinantes de las decisiones de compra, pero son los más fáciles de entender. Para los economistas, incluso cuando intervienen aspectos sociológicos o psicológicos, todo ocurre como si lo esencial de las decisiones estuviera unido a evoluciones del precio (es decir, lo que cuesta comprar) y de los ingresos (es decir, lo que permite comprar). Los descensos de los tipos de crédito para los hogares o para las empresas, las campañas de publicidad o promociones, funcionan más como aceleradores que como desencadenantes. No se compra porque el crédito sea más barato o más fácil de conseguir. Puesto que es más barato o más fácil de conseguir, decidimos comprar. Huelga añadir que siempre hay que tener en cuenta el ambiente, el «clima» de las empresas o la «moral» de los consumidores. Nunca compramos en soledad, aunque el vínculo tampoco es nunca mecánico.

El texto de esta entrada es un fragmento del libro: ‘Las 100 palabras de la economía’ de  Jean-Paul Betbèze 

Jean-Paul Betbèze

Miembro del Círculo de Economistas y pertenece también al Consejo de Análisis Económico (desde 2004) y a la Conferencia Internacional de Economistas del Banco Comercial (ICCBE). Preside la Comisión de Asuntos Económicos y Financieros BusinessEurope, la Unión de Industrias de la Comunidad Europea (UNICE, ahora BusinessEurope) y la Sociedad de Economía Política (desde 2004). Igualmente, es profesor de Economía y Finanzas en el Magistère Banque Finance de la Universidad de París II.

portada-cien-palabras-economiaLas 100 palabras de la economía

¿Podemos resumir nuestro mundo económico en 100 palabras? Sí si tomamos aquellas palabras que llenan los titulares, las que se refieren a la crisis, las que parecen decisivas. Sí si se explican y se interconectan, sin dejar de lado lo que está sucediendo a nuestro alrededor. El mundo actual utiliza estos términos continuamente porque ¿cómo si no sabemos si los expertos están confundidos o nos dan una información sesgada?
Desde “antiglobalización” a “zonas monetarias”, este libro presenta las 100 palabras que merece la pena conocer para entender la economía del mundo actual y sus implicaciones.

Akal: Colección Básica de Bolsillo – Serie Cien palabras

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