El último hombre de Mary Shelley: distopía y apocalipsis romántico

El último hombre da título a esta novela distópica publicada por Mary Shelley en 1826, en la que retrata una sociedad futura del siglo XXI que ha sido arrasada por una terrible plaga. El relato, que destila pesimismo y dureza fue acogido tras su publicación con grandes críticas y, al contrario de lo que sucedió con su Frankenstein o el moderno Prometeo, tuvo que esperar a la segunda mitad del siglo XX para recibir el reconocimiento literario que merecía.

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Antonio Andrés Ballestero:

El último hombre participa de las características de varios géneros literarios. Por una parte, contiene elementos consustanciales a la novela histórica; por la otra, se inserta en la tradición que la propia autora había comenzado con Frankenstein, la obra que, como tal, inauguró una forma nueva que ha venido dando exponentes más que relevantes desde aquel entonces: la ciencia fcción. El argumento principal, que se desarrolla en el siglo XXI(desde 2073 hasta 2100), se enmarca en el relato de un personaje anónimo que, en 1818, transcribe las profecías de la Sibila de Cumas, escritas en las hojas encontradas en la cueva del enigmático personaje mitológico en Nápoles.

[…] La crítica especializada ha interpretado la obra desde muy diversas perspectivas: biográfcas, históricas y sociopolíticas, ecocríticas, (pos) colonialistas o relacionadas con el fenómeno de la globalización y como paradigma fundamental de lo que se conoce en inglés como «plague literature» ‒«literatura de la plaga o de la epidemia»‒, un subgénero narrativo que engloba numerosas ficciones.

[…] La recepción de la novela en el momento de su publicación no fue en absoluto positiva, aun reconociéndosele en algunos casos a la autora su destreza narrativa; los críticos ‒hombres todos ellos, siguiendo la tendencia de la época‒ fueron adversos a lo que consideraron «una nauseabunda reiteración de horrores» plena de «monstruos que solo podrían haber existido en su propia imaginación», subrayando la inadecuada elección de una temática extravagante para el lector común.

[…] La obra concita hoy cada vez más la atención de lectores y crítica, pues es en nuestro entorno actual donde se perciben de manera más nítida sus muchas conexiones temáticas y conceptuales con el mundo que nos circunda, justamente preocupado por cuestiones como la ecología, el desencanto político, la frustración posmoderna y posthumanista desde una perspectiva filosófica, los límites de la tecnología para dar solución satisfactoria a los problemas cotidianos del ser humano en su vertiente ética más profunda, e incluso la incapacidad de la ciencia médica para poner fin a las cíclicas epidemias y plagas que hacen mella en la salud de los individuos, todo lo cual desemboca en una mentalidad apocalíptica no demasiado alejada de la época en la que Mary Shelley compuso esta fabulosa narración.

La autora pudo no ser una gran visionaria en términos de imaginar cómo sería el mundo en el siglo XXI desde un punto de vista tecnológico (la ciencia ficción es un género que, paradójicamente, suele envejecer con cierta facilidad, lo que en nada merma la ingente calidad artística de sus exponentes más ilustres), pero sí supo reflejar los conflictos de una sociedad sometida a retos existenciales y emocionales en un entorno distópico y apocalíptico. Al fin y al cabo, los seres humanos somos siempre los mismos en nuestra esencia más profunda, esa que Mary Shelley retrató con asombrosa fidelidad en esta apasionante novela, salpicada de ingeniosos giros narrativos en el devenir de una trama absorbente. Indudablemente, Mary Shelley poseía el don de contar historias.

[…] Mary lleva a cabo en su novela un análisis devastador de los aspectos sociopolíticos de su época y del ideal de la familia burguesa que tanto había defendido en Frankenstein. El universo de la narración ya no conoce certezas ni, acaso, esperanzas, aunque este término postrero es matizable. Todos los sistemas políticos ‒monarquía, república y «democracia», en este último caso representada por el personaje intolerante de Ryland, trasunto del periodista y político radical William Cobbett, inadecuado «representante del pueblo»‒ resultan inútiles en la aspiración por parte de sus defensores de convertirse en la mejor opción de gobierno para el individuo, aspecto significativo en un contexto histórico próximo cronológicamente a acontecimientos tan culminantes como la Revolución francesa, el Terror, el Imperio napoleónico, y la prolongada contienda bélica entre Francia e Inglaterra. La historia reciente demostraba que ningún sistema político del momento, ya fuera conservador o radical, había sido capaz de eliminar las desigualdades sociales y sexuales existentes en la Europa de la época. En este sentido, El último hombre es una distopía política.

La plaga: El último hombre y el fin de la historia

La novela de Mary Shelley constituye un hito esencial en la evolución de la «literatura de la plaga», convirtiéndose en el principal referente romántico del subgénero, que continuaría su fecunda andadura en la literatura en lengua inglesa hasta llegar hasta nuestros días.

[…] La aparición de la plaga se localiza en el volumen II de El último hombre, cuyo argumento había transcurrido hasta entonces por vericuetos de índole política, histórica (con el énfasis religioso en la contienda entre el cristianismo y el islam) y, sobre todo, sentimental en un contexto de relaciones familiares y laberintos de pasiones cuyo epicentro es el narrador intradiegético de la obra, Lionel Verney. A partir del primer capítulo del volumen citado, la epidemia evoluciona en pandemia, eclosionando con absoluta virulencia como elemento sublime y aterrador que irá mermando y exterminando a la humanidad de manera inexorable e inmisericorde hasta conducirla a la extinción, con la salvedad del propio Verney. La plaga, invisible, sinuosa e innombrable, es un personaje más en el entramado de la obra.

Como sucede siempre en el seno de una sociedad que se considera sana por definición, tal como analiza brillantemente Susan Sontag en sus ensayos sobre el potencial metafórico de la enfermedad y la epidemia, la plaga siempre proviene de otra geografía, de un territorio diferente desde el punto de vista cultural y racial, estigmatizándose a los habitantes o a los emigrantes de dichos lugares. Así sucedió con la peste bubónica, que, en época medieval y hasta la identificación de sus causas ya en el siglo XIX (la yersinia pestis, organismo que vive en roedores como la rata negra) se consideró en Europa procedente de los países de Oriente. La sífilis fue denominada en distintos países «el mal francés», mientras que en la nación gala se la designó con el nombre de «morbum gothicum», relacionándola con las tierras germánicas. De manera análoga, «la gripe española», como indica su nombre, se vinculó a España, mientras que el sida y el Ébola se consideran enfermedades oriundas de África. La gripe aviar y el COVID-19 son originarios de Oriente y, más concretamente, de China. El énfasis en la procedencia es indicio del temor y el rechazo que implica cualquier epidemia, identificada con otras sociedades, otras etnias y otros pueblos.

[…] La naturaleza, al igual que en Frankenstein, es un elemento fundamental en El último hombre, si bien en esta narración se trata de una fuerza apocalíptica incontrolable que extermina a la práctica totalidad de los seres humanos. En este sentido, la novela de Mary Shelley anticipa y hasta supera perspectivas ecológicas de nuestro propio tiempo, tan justamente preocupado por fenómenos como el cambio climático y la paulatina e inexorable destrucción de nuestro planeta y sus recursos naturales.

[…] La belleza y sublimidad de la naturaleza ‒que la escritora describe con absoluta maestría‒ permanece impasible frente a una humanidad menguante. Se hace hincapié en el paso de las estaciones, con la obsesiva oscilación entre el verano (cuando la peste se torna más virulenta) y el invierno (en el que la pandemia remite en su afán destructor), creando un efecto de claroscuro semejante al que la propia Mary delinea en Frankenstein, con su dicotomía simbólica entre el fuego y el hielo.

[…] Con todo, pese al evidente nihilismo de El último hombre, los lectores del siglo XXI ‒aquel en el que se inserta el argumento de la obra‒ pueden hallar un hilo de esperanza en el hecho de que se trata de una exhortación, de una profecía sibilina acaso destinada a que los seres humanos la lean y la tengan en cuenta para la mejora del comportamiento futuro de la especie. Para ello, la narración presenta una posible solución basada en los ideales de fraternidad, compasión (en su sentido etimológico) y solidaridad con respecto al prójimo.

La plaga, que respeta a plantas y animales, aniquila a toda la especie humana salvo a Lionel Verney, quien sobrevive, simbólicamente, tras haber sostenido en sus brazos a un hombre de raza negra moribundo; pese al contagio, el narrador supera finalmente la crisis producida por la enfermedad. Abrazar al otro, al diferente, al distinto que, sin embargo, está hermanado con él en su doliente humanidad compartida, es la solución que parece proponer Mary Shelley, grandiosa mujer y excelsa escritora, para superar el conflicto de una sociedad abocada al caos y a la desaparición.

Parece decirnos que, sin la práctica efectiva y real de una genuina hermandad/sororidad entre las personas, alejada del egoísmo, del fanatismo político y religioso, de la irresponsabilidad para con uno mismo y para con los demás, de una visión confundida y ofuscada del amor en sus diferentes formas, sin una auténtica igualdad social y sexual, no hay presente ni futuro dignos de ser vividos. Y ese es un legado que merece la pena tener en cuenta.

* Fragmentos extraídos de la introducción de El último hombre publicado en Ediciones Akal

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