Una falsificación muy rentable

PILAR ALIAGA

Tal día como hoy, en el año 1809, Napoleón lanzaba un órdago (otro) a las potencias europeas al firmar un decreto por el que los Estados Pontificios se incorporaban al Imperio francés. Como es de imaginar, al papa Pío VII no le hizo ninguna gracia pasar a depender de un día para otro de un poder temporal, y respondió con el arma más habitual en estos casos: la excomunión. No obstante, poco pareció impresionar a Napoleón la decisión papal, muy probablemente porque el pontífice ni siquiera se atrevió a mencionar al emperador en la bula y, unos meses después, Pío VII fue secuestrado por Francia y confinado en Grenoble, después en Savona y finalmente en Fontainebleau.

La acción de Napoleón contra los Estados Pontificios así como contra la misma autoridad papal no carecía de precedentes. El cuestionamiento de la primacía del poder espiritual sobre el temporal fue una constante en las relaciones entre el poder imperial y el Sacro Imperio Romano en el Medievo y traspasó las fronteras temporales de la modernidad hasta llegar, como comprobamos, al siglo XIX.

La Iglesia contrarrestó las ofensivas imperiales con un documento que acreditaba los derechos que tenía sobre su territorio y bienes, así como su mayor autoridad: la “Donación de Constantino”. Este documento, dictado por dicho emperador en el 323, consignó, entre otras cosas, la concesión al papa Silvestre, y por extensión a todos los pontífices futuros, de “un poder de gobierno mayor que el que posee la terrena clemencia de nuestra serenidad imperial”, aparte de unos extensos bienes y territorios. Sin embargo, la veracidad del documento en cuestión fue puesta en duda ya en el siglo XIV y fue Lorenzo Valla quien en el XV echase por tierra su autenticidad tras la publicación en 1435 de De falso credita et ementia Constantini Donatione, o lo que se conoce como La refutación de la donación de Constantino. Esta obra no sólo sirvió como argumento para contrarrestar las demandas de la Iglesia, sino que también abrió nuevas perspectivas a la investigación histórica.

Por supuesto, la obra tuvo sus detractores y sus aspectos más polémicos mantuvieron viva la pugna por el poder político y terrenal eclesiástico en Europa. A finales del siglo XIX se publicó en Francia una de las primeras ediciones modernas de la obra y, en esta ocasión, su editor, Alcibe Bonneu, terminaba el estudio histórico lanzando la pregunta de por qué resucitar viejas querellas con el papado, ya decadente. Su respuesta fue que la Iglesia no se había resignado a aceptar la falsedad del documento y, como se demostró posteriormente, efectivamente la refutación de Valla siguió siendo un argumento primordial contra las aspiraciones eclesiásticas, entre otros, para los pujantes nacionalismos, como el italiano. Se entenderá, pues, que la Refutación de la donación de Constantino se considere un documento imprescindible para la comprensión de una parte fundamental de la historia política europea desde época medieval.

Habrá quienes se pregunten cómo fue el desenlace de la historia con la que comenzamos. Tras las desastrosas campañas francesas de marzo de 1814, el papa Pío VII fue puesto en libertad y sería el Congreso de Viena el que se ocuparía de poner orden en la Europa heredada de Napoleón, entre otras cosas ratificando la existencia de los Estados Pontificios. Naturalmente, Pío VII derogó las disposiciones que en su territorio había impuesto la ocupación francesa, si bien suprimió los derechos feudales de la nobleza. Un signo de modernidad, qué duda cabe. El final de Napoleón lo conocemos mucho mejor. Fue desterrado, tras la derrota de Waterloo en 1915, a la isla de Santa Elena, donde moriría en 1821 pronunciando estas palabras: France, l’armée, Joséphine… o eso se dice.

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