En todo el mundo es conocida la majestuosidad de los ballets rusos. En cambio, pocas personas saben a quién se debe su alta calidad. Y aquí es donde aparece el nombre de Serguéi Diáguilev. Empresario, director artístico y crítico de arte ruso, es uno de los nombres clave en la renovación experimentada por el ballet en el transcurso del siglo XX. A él se debe la fundación, en 1909, en París, de los Ballets Rusos, compañía que aglutinó a los mejores coreógrafos, bailarines, compositores y pintores del momento.
Diáguilev convirtió el ballet en un arte que integraba la música, la danza, el teatro y la pintura. Una idea tomada del bailarín y coreógrafo ruso Michel Fokine. Diaghilev lo invitó en 1909 a formar parte de la compañía como coreógrafo principal, Fokine pudo llevar a la práctica su punto de vista, que rechazaba la mímica convencional y abogaba por la integración de la danza, la música, el argumento, la escenografía y el vestuario en una sola unidad.
Serguéi Pávlovich Diáguilev nació en la localidad rusa de Sélischi, en la gobernación de Nóvgorod, el 31 de marzo de 1872, en una familia acaudalada y estudió leyes en la universidad. Pronto Diághilev, a pesar de no ser pintor, ni músico, ni escritor, se vio llevado a dirigir todo un cenáculo de artistas. Al raro don de saber descubrir el talento de los otros unía una sed apasionada de conocimientos, una singular tenacidad y una potencia animadora de primer orden. Tenía la capacidad especial y muy eficaz a la hora de encajar en un equipo a personas de talento y de estimular sus capacidades creativas.
El gran éxito de sus espectáculos, no exento de escándalo por su estética revolucionaria y antiacadémica, se basó en renovar por completo el mundo de la danza clásica al aunar en un mismo espectáculo composiciones musicales, coreografías y formas artísticas de vanguardia.
La labor de Sergei Diaghilev supuso además el descubrimiento y la confirmación de diversos artistas jóvenes. Especialmente intensa fue su relación con Igor Stravinsky, cuya colaboración con Diaghilev, ejemplo memorable de su colaboración conjunta, fue la primera representación, el 29 de mayo de 1913, de La consagración de la primavera en el teatro de los Campos Elíseos de París.
El estreno de esta obra de Stravinsky, puesta en escena por los Ballets Rusos de Diaghilev, constituye aún hoy el mayor escándalo en la historia de la música por lo inaudito en aquella época de sus ritmos y sonoridades. A las escalas disonantes, las extrañas combinaciones instrumentales y los rápidos cambios de tempo, que causaron gran tensión entre el público, se sumó la exótica coreografía del bailarín ruso Vaslav Nijinsky y los extraños decorados y vestuario de Nikolái Roerich. El ballet era una danza frenética de acción salvaje y furor desenfrenado, donde se exaltaba el rito de la fecundidad de la tierra y se sublimaba la unión del hombre con la naturaleza. A pesar de que en su primera noche en Londres, en julio de este mismo año, la obra fue mejor recibida, el rechazo de un sector de la crítica siguió siendo feroz. «No tiene ninguna relación con lo que nosotros llamamos música», escribió un crítico.
La crítica evidenció la innovación e irreverencia de Diaguilev y su equipo.
Ahora, el especialista en arte ruso Sjeng Scheijen ha escrito, “Serguéi Diáguilev. Una vida por el arte” a partir de numerosos archivos rusos, la biografía de la figura del que fue el productor artístico más influyente de su tiempo.
La obra repasa la bancarrota de Diáguilev, el triunfo arrollador, la guerra y el exilio. En lo personal, su homosexualidad y amistades apasionadas dieron un cariz particularmente tormentoso a su vida.
Durante los veintitrés años que estuvo activo en Europa Occidental y en Centroeuropa cambió el mundo de la danza, del teatro, de la música y de las artes plásticas de una forma que no tenía precedentes y que no ha vuelto a repetir nadie.

A partir de 1896 llevó a cabo su actividad en Rusia como crítico, expositor, editor e historiador del arte. Rompió el estancamiento en el que había caído el arte ruso durante años, defendió en su revista y en sus exposiciones el simbolismo internacional, el modernismo, el movimiento «Arts and Crafts» y el neonacionalismo ruso, y atrajo la atención sobre muchos aspectos olvidados del pasado artístico ruso.
En Europa, fundó una compañía de ballet itinerante, de financiación privada, que actuó en las salas más famosas de Europa y América y fue indiscutiblemente la compañía de danza más importante del mundo durante más de veinte años. En los primeros años de existencia de su compañía logró un éxito sin precedentes respondiendo a un anhelo por lo exótico eslavo y oriental.
Su compañía teatral era una plataforma y laboratorio de la vanguardia, asociándose con artistas como Picasso, Cocteau, Derain, Braque y Matisse, los futuristas, los cubistas y los surrealistas, así como con artistas de vanguardia rusos como Lariónov, Goncharova y Naum Gabo. Para ello asumió enormes riesgos personales y financieros.
Como señala Sjeng Scheijen, “Diáguilev hizo todo esto sin una organización fija permanente, sin sede alguna durante los primeros diez años, y sin subsidios estables. No tuvo casa, ni prácticamente posesión alguna. Vagó por el mundo con un lacayo y un juego de maletas, durmiendo en hoteles caros cuya cuenta pagaba a veces (no siempre). Él mismo cargó con la responsabilidad última de la programación y los contratos, la publicidad y la selección de artistas, pero sobre todo de la supervisión creativa de sus producciones, muchas de las cuales llevaban su sello artístico. Siempre tuvo serios problemas financieros, estuvo varias veces al borde de la ruina y al menos una vez acabó en la bancarrota. Sin embargo, fue huésped de reyes, de la más alta nobleza y de los industriales más acaudalados”.
Diáguilev consideraba la promoción del arte ruso en Europa como su misión más importante, y la aceptación de Rusia como gran nación cultural europea, que afianzó sus logros a principios del siglo XX, es en gran parte una conquista personal suya.
Su amigo Alexandre Benois, un importante intelectual ruso, le definió como «una de las figuras más interesantes y características de nuestra patria, que reúne en sí mismo todo el encanto y todo el imborrable poder de la cultura rusa».
Como tantos artistas geniales su vida siempre estuvo condicionada por sus obsesiones. Dos de ellas fueron la muerte y Venecia. De ahí que se considera que planificase morir y ser enterrado en esa ciudad.
Así lo cuenta Scheijen: “Las fantasías morbosas de Diáguilev no eran esporádicas: muchos de sus amigos y contemporáneos percibieron su constante obsesión con la muerte y su miedo a ella. Sufría un verdadero pánico al contagio, intentaba protegerse de desgracias con talismanes, rituales y un buen ojo para los «malos presagios». En respuesta a su angustia trató de hacer de la propia muerte un negocio en el espectáculo teatral de su vida. Wagner, según Diáguilev, fue astuto, brillante, al ir a Venecia a morir, porque con ello convirtió su propia vida en una obra de arte, conjurando así el caos supremo que representaba la muerte. Del mismo modo, el propio Diáguilev quería morir en Venecia para convertir la muerte en algo aceptable y racional, para vincular así un acto creativo incluso a la destrucción final”.
Scheijen nos muestra la envergadura de la personalidad de Diáguilev y su obra con estas palabras:
“Detrás de todos sus conflictos internos, su legendario encanto, sus monstruosas tendencias dictatoriales, su inigualable olfato para el talento, su astucia y su deslealtad, su decisión y sus dotes visionarias, estaba la imperiosa necesidad de someterse al misterio de la creatividad humana en su forma más elevada. Mientras su padre y su abuelo habían vivido en Rusia, en la frontera entre Europa y Asia, por el zar, y ello al igual que tantos miles de personas pertenecientes al ejército y a la administración, Diáguilev decidió transformar su vida y su tiempo, poniendo todo su empeño en vivir una vida al servicio del culto de la belleza: una vida por el arte”.
La crítica cultural mundial fue unánime a la hora de opinar de esta biografía:
«Scheijen relata magistralmente cómo se las arregló Diáguilev, bajo unas circunstancias prácticamente imposibles, para producir semejante sucesión de obras maestras», reseñaron en The Guardian.
Por su parte, el Times Literary Supplement lo calificó de «Un admirable estudio biográfico que asimismo ofrece una fascinante visión general del mundo del arte ruso y sus conexiones europeas a principios del siglo XX».
Cuando vemos un ballet ruso, estamos viendo muchas cosas, ahora, gracias a este libro, también estaremos viendo a Serguéi Diáguilev.