La inexistente detección de los trastornos alimentarios en los centros de trabajo

Fragmento del libro ‘La cara oscura del capital erótico. Capitalización del cuerpo y trastornos alimentarios':

La detección de los trastornos alimentarios, en la actualidad, se realiza raramente en los centros de trabajo, donde las autoridades de salud mental no acuden a diagnosticarlas –algo que sí hacen en los colegios e institutos–. La propia historia de este trabajo es sintomática al respecto. Cuando presenté una versión del mismo ante profesionales de la salud, se consideró por parte de algunos que se trataba no de un problema sanitario, sino económico. Nadie puede legislar sobre la libertad de querer ser delgada en el centro de trabajo y la de la empresa en exigirlo. Los prototipos de los trastornos alimentarios (chicas adolescentes) y de su etiología (trastornos biológicos, problemas de reconocimiento) ayudaban a excluir el lugar de trabajo como espacio de detección. Pese a toda la movilización contra la anorexia y la bulimia, el horizonte de atención saltaba de registro cuando se hablaba del empleo: la moralización sanitaria se detenía ante la sagrada libertad de mercado. Detrás de semejante exclusión –que permitía a los profesionales acorazarse en la libertad de empresa y retirarse del registro de la salud– se encuentran políticas sanitarias, económicas y también umbrales de sensibilidad de clase. Respecto a esta última (es una intuición resultado de la observación de aquel día), no resulta sencillo asumir que las tiendas donde uno compra pueden funcionar como centros patógenos. Por tanto, y pese a los muchos años de persecución de los trastornos alimentarios, los dispositivos de detección no se instalaron en los centros de trabajo.

Tales dispositivos no deben concebirse como grandes maquinarias institucionales: simple y llanamente, y dentro de un mismo marco cultural, las taxonomías orientan la atención hacia la lectura etiológica de determinados comportamientos –en determinados lugares–; en otros, activa registros de atención diferentes. Este ejemplo permite recalcar algo: los vectores de la enfermedad mental transitoria no separan únicamente épocas históricas, sino espacios sociales y culturales dentro de una realidad que nunca se ordena según patrones homogéneos. Debe recalcarse porque, en ocasiones, se centra la atención en la existencia de instrumentos técnicos. El IMC, con sus discriminantes de peso, lleva alrededor de un siglo entre nosotros y se encuentra ampliamente extendido. Pero su existencia no es lo determinante. Al principio, nadie lo utilizó para determinar la norma de delgadez. La importancia hoy del IMC nos la recuerda cada frigorífico.

Puede o no vincularse con la enfermedad según los espacios, las clases de edad y las relaciones sociales: en el trabajo no hay ninguna autoridad sanitaria que vigile la exigencia de medidas draconianas a las empleadas. Cuando los efectos del capital erótico conmueven la autoridad familiar, es más fácil que se utilice un diagnóstico psiquiátrico; si este puede obstaculizar el proceso de capitalización del cuerpo de los trabajadores, el adelgazamiento y sus estragos se atribuyen a la libertad de cada uno y sus riesgos. Cada espacio social, por tanto, establece criterios de qué es comer bien, cuánto, en qué ocasiones, qué ejercicio debe hacerse, a qué horas, en qué momento de la vida, qué ropa debe perseguirse, etc. Los umbrales de detección dependen de dispositivos sanitarios y de regulaciones económicas: estas distribuyen diferentemente la atención o no a la delgadez como síntoma, regulan prácticas de alimentación legítimas distintas, favorecen o no la presión a favor o en contra de la restricción alimentaria.

La cara oscura del capital erótico. Capitalización del cuerpo y trastornos alimentarios

portada la cara oscura del capital erotico¿Por qué nuestra apariencia corporal nos inquieta tanto? ¿Qué es lo que se valora socialmente en ella? ¿Se tasa en todos los entornos del mismo modo? Una reconstrucción histórica permite ver que los cuerpos no se valoraron siempre igual; tras esta, el autor nos propone leer la presencia de un capital ligado al cuerpo (un “capital erótico”) como el efecto de transformaciones en el campo de la salud, de la relación entre las clases sociales y de nuestra idea de cuáles son las condiciones de una persona consumada.

Esas transformaciones nos permiten avistar posibilidades de transformación. Porque una cosa es que nos expresemos como deseemos con nuestro cuerpo y otra muy distinta que se nos impongan exigencias y que éstas, además, nos adentren en caminos próximos a la patología. Un estudio empírico sobre trabajadoras, cualificadas y de oficios obreros, nos ayuda a tener un mapa contemporáneo de cómo se conecta el capital erótico con los trastornos alimentarios. Un análisis de los conflictos existentes nos permite avistar formas de movilización política contra los modos más dañinos de capital erótico.

José Luis Moreno Pestaña

Filósofo y sociólogo, formado en la escuela de Pierre Bourdieu, investiga y publica sobre filosofía política, sociología de la enfermedad mental y sociología de la filosofía. Es un reconocido especialista en la obra de Michel Foucault y en la sociología de los trastornos alimentarios.

José Luis Moreno Pestaña en blogspot.com

‘La cara oscura del capital erótico. Capitalización del cuerpo y trastornos alimentarios’ en Ediciones Akal

 

 

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Las casas de los íberos

Vemos que desde el mismo comienzo de la cultura ibérica el módulo constructivo cuadrangular es prácticamente exclusivo, no solo para las viviendas, sino para todo tipo de estructuras, no encontrando más elementos circulares que los silos, los hornos cerámicos y algunas torres y estructuras defensivas.

casa iberica

Interior de una casa ibérica reconstruida en el Museo de Prehistoria de Valencia

La mayoría de las viviendas eran de una planta, aunque la presencia de escaleras en un buen número de asentamientos nos indica la existencia de un segundo piso, o al menos de terrazas practicables. En asentamientos en ladera, donde las viviendas se articulan en terrazas escalonadas como Edeta, algunas casas presentan dos alturas, a la planta baja se accedería desde la calle inferior, mientras que el primer piso daría a la calle que discurre por la terraza superior. También se han identificado semisótanos y despensas subterráneas.

Es frecuente la localización de patios, en ocasiones parcialmente cubiertos.

El tamaño de las viviendas puede variar de una forma importante, lo mismo que el número de departamentos en que se dividen. Aunque no faltan las viviendas de un solo departamento, lo más habitual es la existencia de dos: una sala principal, donde se realizarían la mayoría de actividades de la vida diaria, en la que encontramos el hogar, y que puede llegar a superar los 25 m²; y otra más pequeña que se suele utilizar como almacén y donde, además de vasijas de almacenamiento, suelen aparecer otros elementos como molinos y pesas de telar. El tamaño total de estas viviendas no suele superar los 50 m².

También son frecuentes las viviendas con más de dos dependencias. En algunas de estas viviendas complejas se han llegado a identificar hasta 20 estancias, y superficies de 500 m² como es el caso de la denominada «Casa del Caudillo» de Les Toixoneres (Calafell, Tarragona) o el palacio recientemente excavado en Puente Tablas (Jaén). A estas grandes viviendas, lógicamente, se les suele asignar la función de residencias de las jefaturas de los poblados.

Estas viviendas más complejas se suelen disponer en lugares privilegiados dentro de los asentamientos: en las zonas centrales o junto a plazas y, en algunas ocasiones, en contacto con lagares o almazaras. También se han encontrado algunas vinculadas a campos de silos.

Un aspecto que no debemos olvidar es que muchas de las actividades diarias se desarrollarían en la calle, que se convierte en una prolongación de los hogares, además de utilizarse en ocasiones para comunicar diversas dependencias de una misma vivienda, algo que complica la tarea de delimitar la superficie y estructura concreta de cada casa.

En gran cantidad de viviendas ibéricas han sido localizados restos de animales enterrados bajo los pavimentos o muros, identificados como sacrificios realizados durante ritos con ocasión del inicio de las obras. También son relativamente frecuentes los enterramientos de niños recién nacidos o fetos que, en ciertos casos, también podrían responder a esos mismos rituales.

Técnicas constructivas y materiales

Encontramos una gran homogeneidad en todo el ámbito ibérico por lo que respecta a los materiales y técnicas de construcción. Por regla general las estructuras se asientan sobre una escasa cimentación, y en muchas ocasiones se limitaban a nivelar el suelo y, en el caso de suelos de roca, a rebajarlo hasta conseguir una superficie apta para la construcción.

Los muros se levantaban mediante la construcción de un zócalo de piedras unidas con barro que, por regla general, no superaba el metro, y sobre el que se continuaba construyendo con adobes de barro, documentados en la península ibérica ya desde el siglo VIII a.C., o con tapial, menos frecuente.

adobe y tapial

Fabricación de adobes y tapial. (Tapial basado en un dibujo de J. P. Adam)

Los adobes son bloques de barro compuesto de arcilla, paja y agua, que después de amasarse bien se introducían en moldes de madera de muy distintos tamaños. Tras presionar bien la mezcla para que tomara la forma, se desmoldaban y se dejaban secar durante unos 25 o 30 días antes de que estuvieran listos para su utilización.

La preparación del tapial era bastante parecida, aunque se sustituía la paja por grava para evitar las grietas durante el secado. Una vez lista la masa, en vez de en moldes individuales, se vertía directamente sobre el zócalo del muro, donde se había instalado un encofrado de madera. Tras su apisonado para compactarlo bien se dejaba secar, se retiraba el encofrado, y se instalaba de nuevo sobre el muro ya endurecido, continuando el proceso hasta alcanzar la altura deseada.

Tanto el tapial como los adobes tenían su punto débil en la humedad, razón por la que se colocaban siempre sobre el zó­calo de piedras que los aislaba del suelo, y se revestían de un enlucido de barro, que normalmente se encalaba, para protegerlos de la lluvia.

A pesar de lo que pueda parecer, los muros de barro resultan de una gran resistencia y, si se realiza un buen mantenimiento, son de una gran durabilidad.

vivienda iberica

Diferentes elementos constructivos de una típica vivienda ibérica.
1. Cubierta de barro sobre una cama de ramas o cañas. 2. Vigas de madera. 3. Almacén. 4. Muro de adobe. 5. Poste de madera. 6. Banco corrido. 7. Zócalo de mampostería. 8. Hogar. 9. Base de piedra. 10. Suelo de tierra apisonada. 11. Poyete de obra. 12. Muro enlucido y encalado.

Dependiendo del clima las cubiertas serían planas o ligeramente inclinadas, en este caso a un agua.

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Clavos utilizados en la construcción procedentes de diversos yacimientos castellonenses. Museo de Castellón.

La estructura del tejado se componía de una base de troncos sobre los que se extendía una cama de ramas o cañas que a su vez se cubrían con una gruesa capa de barro para impermeabilizarlo. La estructura de troncos se uniría mediante clavos de hierro o, más frecuentemente, cuerdas. Las tejas no serían conocidas hasta su introducción por los romanos, siendo los ejemplares más antiguos conocidos del siglo II a.C.

Se ha podido constatar que cuando una estancia tiene una anchura superior a los cuatro metros se solía poner un poste de madera que soportaría las vigas, a menudo apoyado sobre una base de piedra que lo aislaba del suelo.

El suelo normalmente era de tierra apisonada, en ocasiones decorado con pinturas o improntas de cuerdas o esteras, aunque no son infrecuentes los pavimentos de cal o losas de piedra. También se han documentado suelos de adobe, relacionados frecuentemente con locales asociados a actividades industriales, como talleres textiles o almazaras.

Como ya dijimos, las paredes se cubrían con una capa protectora de barro y se enlucían con yeso, tanto interior como exteriormente, para protegerlas de la humedad. Muchas veces se encalaban, y se han encontrado también muros pintados de colores o con dibujos geométricos.

Son muy frecuentes los bancos corridos adosados tanto a los muros interiores como a los exteriores, construidos generalmente con adobes, y que tendrían múltiples usos: asiento, soporte de vajilla y ajuar, o incluso camas tras cubrirlos con mantas o esteras.

También es habitual encontrar el hogar en una de las dependencias, normalmente la más amplia; suelen estar hechos de arcilla en su totalidad o con capas intermedias de guijarros o fragmentos cerámicos que retenían el calor. Pueden ser de muy variadas tipologías y formas: cuadrados, redondos, ovalados, etc. su tamaño oscila entre los 50 y 100 cm, de longitud o diámetro. No se ha detectado la presencia de chimeneas en las casas con lo que el humo escaparía por aperturas en el tejado o por ventanas y puertas.

cerradura

Llaves y frontal de cerradura de hierro procedentes de Caminreal (Teruel). Museo de Teruel.

Las puertas identificadas miden en su mayoría entre setenta y cien centímetros de ancho y suelen ser de un solo batiente. También se han localizado otras de más de dos metros, que nos indicarían entradas para carros.

Es frecuente encontrar herrajes de esas puertas, así como llaves de hierro que accionarían cerraduras, posiblemente fabricadas en madera, ya que no ha quedado ningún rastro arqueológico de ellas.

El texto y las imágenes de esta entrada son de un fragmento del libro: Los íberos’ de Benjamín Collado Hinarejos

Los íberos

¿Sabemos realmente quiénes fueron los íberos? ¿Fueron guerreros indómitos, apacibles granjeros, comerciantes, bandidos…

portada-iberosLos íberos fueron todo eso y mucho más, fueron guerreros sí, de los más reputados de la antigüedad, tanto dentro de sus fronteras como en todas las guerras que se desarrollaron en el Mediterráneo de su época, donde fueron valorados mercenarios por su fiereza y fidelidad, pero también artistas, capaces de labrar con sus manos esculturas de la fuerza de las encontradas en Porcuna y facciones tan puras como las de la Dama de Elche, nuestra dama, la que dio a conocer al mundo la existencia de esta cultura, aguerrida, orgullosa, pero también sensible como pocas. Una cultura que, hundiendo sus raíces en lo más profundo de las tradiciones indígenas, supo absorber lo mejor de los visitantes llegados desde los confines de oriente buscando los metales que nacían en las entrañas de estas generosas tierras para convertirse en algo nuevo y diferente.

Escrita en un tono ameno y didáctico, esta monografía nos adentra en los más variados aspectos de la cultura ibérica, que se desarrolló entre los siglos vi a.C. y la llegada de los romanos en una amplia zona que abarcaba desde Andalucía al sur de Francia. Cómo era su sociedad, sus ciudades, su economía, cómo guerreaban y a quién rezaban. Nos presenta también su legado, en forma de delicadas manifestaciones artísticas y su enigmática escritura, todavía sin descifrar.

Benjamín Collado Hinarejos

Benjamín Collado Hinarejos es licenciado en Historia, y su labor investigadora se centra en la Protohistoria e Historia antigua de la península Ibérica. Ha participado en diversas excavaciones arqueológicas en yacimientos de época ibérica y romana de la Comunidad Valenciana. Publicó en 2013 para la colección de Akal Historia del Mundo “Los íberos”.

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Los primeros europeos

Todavía no se sabe con certeza cuando los homininos colonizaron por primera vez el continente europeo. Se han citado varios yacimientos en Francia e Italia, con dataciones que llegan hasta 1,5 millones de años. Sin embargo, en estos lugares tan solo se han encontrado algunas herramientas del Modo 1 y las dataciones no son definitivas. En cambio, los yacimientos de Fuentenueva 3 y Barranco León, en la depresión de Guadix-Baza (Granada), no solo han proporcionado una gran cantidad de utensilios del Modo 1, sino que existen magníficos estudios de biocronología y paleomagnetismo, que apuntan a una fecha de hace entre 1,2 y 1,4 millones de años.

El fósil humano más antiguo encontrado en todo el territorio del oeste de Europa fue hallado en 2007 en el yacimiento de la  cueva de la Sima del Elefante, en la sierra de Atapuerca (Burgos).

resto mandibular ATE9-1

Ilustración del resto mandibular ATE9-1 encontrado en el yacimiento de la cueva de la Sima del Elefante de la sierra de Atapuerca (Burgos). Este fósil representa, por el momento, el resto humano más antiguo conocido de Europa occidental, con una antigüedad de 1,2 millones de años.

Se trata de un fragmento de la parte anterior de una mandíbula, que tiene caracteres muy primitivos, junto a algunos rasgos, que no se encuentran en las mandíbulas africanas de la misma época. La antigüedad de esta mandíbula se ha realizado mediante estudios de biocronología, paleomagnetismo y la aplicación del método de los núclidos cosmogénicos. La cifra obtenida con este método es de aproximadamente 1,2 millones de años. Las herramientas de sílex halladas junto a la mandíbula también tienen una manufactura muy arcaica y se incluyen en el Modo 1.

Es muy posible que los homininos recorrieran la península de Anatolia, quizá bordeando el sur del mar Negro o las costas del mar Mediterráneo, poco después de la primera gran expansión demográfica fuera de África. Aprovechando alguno de los descensos del nivel del mar, no resultaría difícil atravesar a pie los estrechos del Bósforo y Dardanelos que limitan el mar de Mármara. Por ese motivo, es muy posible que más tarde o más temprano se encuentren restos humanos más antiguos de 1,2 millones de años en regiones del este de Europa. También es cierto que aquellos homininos tan primitivos estaban adaptados a un clima subtropical y que tan solo fueran capaces de vivir en el sur de Europa. Quizá se trató de incursiones esporádicas e intermitentes y es por ello que los vestigios de su presencia son muy escasos. O tal vez no se han realizado suficientes excavaciones en países como Bulgaria, Macedonia, Grecia o Rumanía. El tiempo nos dará una respuesta. Sigue leyendo

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El feminismo en la Segunda República: la lucha por la igualdad, la lucha por la diferencia

El debate sobre el sufragio femenino centró parte de las discusiones parlamentarias tras la proclamación de la Segunda República y contribuyó a la polarización entre los sectores favorables y los opuestos al mismo. Los partidos republicanos no mostraron gran entusiasmo por la participación femenina en las elecciones e incluso se produjo el enfrentamiento entre las dos primeras diputadas, Victoria Kent y Clara Campoamor. Sin embargo, el sufragio femenino fue aprobado, y las asociaciones feministas continuaron proliferando para exigir otro tipo de derechos. Hubo agrupaciones femeninas dentro de los partidos tradicionales, como la Agrupación Socialista Femenina, integrada en el PSOE desde 1912; pero destacó la labor propagandística de las asociaciones independientes, cada vez más radicalizadas. Durante la Segunda República pervive el feminismo burgués y culto de principios del siglo xx, pero se acrecienta con las aportaciones izquierdistas (comunistas y anarquistas) y de derechas (católicas y tradicionalistas). Sigue leyendo

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El discurso contrarrevolucionario durante la Segunda República y la Guerra Civil

El primer bienio republicano fue interpretado desde las publicaciones contrarrevolucionarias en términos de clase. El discurso demofóbico, los tópicos elitistas y denigrantes hacia las clases bajas y la crítica a la política entendida como forma de empoderamiento de las mismas satura los periódicos, revistas y libros derechistas de la época. Ello no excluye el hecho de que este discurso pudiera atraer a una parte de los núcleos de población más desfavorecidos. En cualquier caso, lo que parece evidente es que las políticas tendentes al aumento de salarios de los trabajadores y a la regulación en su beneficio del mercado laboral suscitaron las críticas de todo el espectro contrarrevolucionario sin apenas fisuras. Sigue leyendo

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