El Londres de Sherlock Holmes

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A los ojos de muchos lectores modernos, las historias de Sherlock Holmes retratan la quinta esencia de la Gran Bretaña victoriana. Holmes viste como un caballero inglés de finales del siglo XIX, viaja en coches tirados por caballos por calles con alumbrado de gas, y sus clientes suelen ser (aunque no siempre) miembros acaudalados de la clase media victoriana, cuya prosperidad y estatus habían aumentado a resultas de la industrialización y la expansión del poder imperial británico. Sin embargo, esta no es más que una mitad de la historia.

Holmes en contexto

archivo_sherlock_holmesEs erróneo catalogar a Holmes y a su creador meramente como «victorianos»: si bien es cierto que muchas de las historias están ambientadas en las décadas de 1880 y 1890, en las postrimerías del reinado de la reina Victoria (1837–1901), más de la mitad de ellas se escribieron a principios del siglo XX y están imbuidas de un carácter más moderno.

Doyle nació en 1859 y murió en 1930, así que pasó 42 años de su vida como súbdito de la reina Victoria, en un periodo de gran innovación, de expansión y cambios acelerados.

También vivió la época eduardiana, la Primera Guerra Mundial y el periodo de entreguerras, y fue testigo de desarrollos transcendentales en los ámbitos cultural, económico, político y tecnológico, muchos de los cuales aparecen en sus historias. Como consecuencia, el mundo «victoriano» de Holmes es distinto del que reflejan otras novelas de la época, como Cuento de Navidad de Dickens, publicado casi 50 años antes, en 1843. La historia navideña de «El carbunclo azul» (pp. 82–83) está ambientada en un Londres más cosmopolita que el de los tiempos de Dickens.

Doyle vivió en el cénit del Imperio británico, durante el reinado de Victoria (en la imagen); y Holmes representa los valores victorianos e imperiales, al tiempo que supone una alternativa a estos.
Doyle vivió en el cénit del Imperio británico, durante el reinado de Victoria (en la imagen); y Holmes representa los valores victorianos e imperiales, al tiempo que supone una alternativa a estos.

En la época en la que nació Doyle, muchos eventos y personas que han venido a simbolizar la era victoriana eran ya algo del pasado: la Exposición Universal de 1851 se había celebrado y desmontado, la guerra de Crimea (1853–1856) había acabado y el ingeniero Isambard Kingdom Brunel (1806–1859), que había revolucionado el modo de viajar, se hallaba en el ocaso de su vida. Desde una perspectiva de cronología literaria, teniendo en cuenta las fechas de nacimiento, puede decirse que Doyle está más cerca de F. Scott Fitzgerald (1896) y Ernest Hemingway (1899), dos de los novelistas de EE UU más influyentes de principios del siglo XX, que de Alfred Tennyson (1809), Elizabeth Gaskell (1810) y Dickens (1812), tres gigantes de la escritura victoriana. La última historia de Holmes se publicó en 1927, casi 90 años después de que Victoria ascendiera al trono.

La niebla londinense

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Las descripciones que Conan Doyle hace de la célebre niebla que invadía Londres en el siglo XIX no son tan frecuentes ni tan floridas como las de Charles Dickens o Robert L. Stevenson; pero cuando Watson comenta en «Las cinco semillas de naranja» (pp. 74–79) que «el sol brillaba con una luminosidad atenuada por la neblina que envuelve la gran ciudad», entendemos que su presencia se da por sentada.

Las densas brumas de color marrón amarillento eran una tóxica mezcla de la contaminación emitida por la industria pesada, las peculiaridades meteorológicas y miles de fuegos de carbón, y entrañaba un riesgo para la salud de muchos londinenses. La peor consecuencia fue una elevadísima cifra de muertes, sobre todo entre personas con problemas respiratorios, niños y ancianos. Una molestia más generalizada era el hollín, que ensuciaba la ropa y la tapicería. En «La aventura del constructor de Norwood» (pp. 168–169) se dice que McFarlane lleva un «abrigo de entretiempo» en un día muy caluroso: acaso intenta proteger su ropa del aire sucio

Urbanización y periferia

Pese a sus frecuentes incursiones en los arbolados condados de los alrededores de Londres (y a veces más allá), Holmes es un animal de la metrópolis, uno de los millones atraídos por esa ciudad que Watson describe con célebres palabras en la primera novela, Estudio en escarlata (pp. 36–45), como el «gran sumidero al que son arrastrados inevitablemente todos los desocupados del Imperio». Durante el siglo XIX, la proporción de la población británica que habitaba en las ciudades aumentó de un 20 a casi un 80 por ciento, y en los tiempos de Holmes, Londres era la ciudad más poblada del planeta.

La revolución industrial y el auge de la urbanización llevaron a muchos la prosperidad, pero también sepultaron a muchos otros en una pobreza acuciante. La clase trabajadora rara vez aparece en las historias de Holmes, pero el efecto que sus condiciones de vida tienen en la ciudad no se escapa a los sentidos de Watson: cuando él y Holmes atraviesan Londres en «La aventura de los seis Napoleones» (pp. 188–189) desde la zona alta de Kensington, en el oeste de la ciudad, hasta el barrio pobre de Stepney, en el extremo este, el doctor observa cómo el paisaje deja de ser elegante para ser sórdido y pobre.

A finales del siglo XIX, quienes podían permitírselo emigraron a la paz relativa de los nuevos barrios residenciales de Londres, tendencia que se refleja en El signo de los cuatro (pp. 46–55), cuando al alejarse el coche de Holmes y Watson de Baker Street, en el centro de la ciudad, pasan junto a «las interminables filas de edificios nuevos de ladrillo, monstruosos tentáculos que la gigantesca ciudad extendía hacia el campo». Esos barrios aparecen aquí y allá a lo largo del canon, entre ellos áreas del sur de Londres como Norwood (donde vive Jonas Oldacre en «La aventura del constructor de Norwood», pp. 168–169, y el propio hogar en Londres de Doyle), Brixton (hogar del inspector de Scotland Yard Stanley Hopkins, que aparece en varios casos) y Streatham (hogar del banquero Alexander Holder en «La corona de berilos», pp. 96–97).

Transporte para las masas

 Los coches Hansom eran un medio de transporte seguro para desplazarse por la ciudad y sortear el tráfico con facilidad. Sherlock tenía otros peligros en mente cuando aconsejaba no tomar «ni el primero ni el segundo que le salgan al encuentro».

Los coches Hansom eran un medio de transporte seguro para desplazarse por la ciudad y sortear el tráfico con facilidad. Sherlock tenía otros peligros en mente cuando aconsejaba no tomar «ni el primero ni el segundo que le salgan al encuentro».

El desplazamiento suburbano entre el hogar y el trabajo fue un resultado del desarrollo del sistema de transporte londinense en la época victoriana. Hasta principios del siglo XIX, las personas tenían que vivir cerca de sus lugares de trabajo, pero, en los tiempos de Holmes, la ciudad estaba ya atravesada por una extensa red de transportes que incluía autobuses, trenes y lanchas.

El ferrocarril metropolitano, la primera de varias líneas de trenes subterráneos que con el tiempo se convertirían en el metro de Londres, se inauguró en 1863; cuando Watson y Holmes lo tomaron desde Baker Street hasta Aldersgate (la actual Barbican) en «La Liga de los Pelirrojos», seguramente los trenes aún funcionaban con locomotoras de vapor. Por encima del nivel del suelo, los habitantes de la ciudad también fueron testigos del auge de los viajes en tren (de hecho, casi todas las estaciones de las principales líneas ferroviarias actuales de Londres se inauguraron en el siglo XIX). Varias compañías dirigían las distintas líneas y estaciones. Holmes usa la red ampliamente: toma trenes desde London Bridge, Euston, Paddington, Victoria, Waterloo, Charing Cross y King’s Cross, y viaja hacia el norte hasta el Peak District, en Derbyshire, y hacia el suroeste hasta Devon y Cornualles.

Ahora bien, el medio de transporte que más a menudo usa Holmes es el coche Hansom. Tirados por un caballo y con el conductor sentado en alto en un asiento con muelles detrás de los pasajeros, estos carruajes para dos personas abundaban en la ciudad y eran rápidos y económicos. Se patentaron en la década de 1830, y recorrieron las calles de Londres hasta que empezaron a aparecer los taxis motorizados en la primera década del siglo xx. Una alternativa más cómoda pero más lenta eran las calesas de cuatro ruedas, más parecidas a un carruaje cerrado convencional.

La era del Imperio

Para cuando murió la reina Victoria, los soldados del Imperio británico habían luchado con o contra muchas potencias extranjeras, siempre por disputas coloniales. Este entorno llevó a Doyle a poblar el mundo de Holmes con exóticas caricaturas de lo foráneo, como el lascar (marinero del subcontinente indio) de «El hombre del labio retorcido» (pp. 80–81) o el isleño con pipa de Andaman de El signo de los cuatro, así como con aventureros que volvían de las colonias, habitualmente corrompidos, como el doctor Grimesby Roylott de «La banda de lunares» (pp. 84–89).

Los delitos y conflictos procedentes de otros países (de EE UU principalmente) se abren camino a menudo en la Inglaterra de Holmes; parece justo que Doyle permitiera a cambio que uno de los relatos más célebres se desarrollara en el extranjero: «El problema final» (pp. 142–147), que alcanza el clímax en la Suiza alpina. Las guerras victorianas también inundaron Londres de un flujo constante de ex soldados, quienes aparecen en varias historias, como Estudio en escarlata, «El tratado naval» (pp. 138–141) y «La aventura del soldado de la piel descolorida» (pp. 274–277). El más relevante de dichos ex combatientes, claro está, es el gran amigo y cronista de Holmes, John Watson, que luchó en la segunda guerra anglo-afgana (1878–1880), uno de los tres conflictos en los que Gran Bretaña, desde su base en India, intentó expandir su control hacia Afganistán y frenar la influencia rusa en ese país.

Héroe de todos los tiempos

problema-puente-thorPese a la ambientación victoriana de la mayoría de las historias de Holmes, estas muestran a menudo actitudes propias del siglo XX, y a veces dan voz a las opiniones de su creador. Un ejemplo es la crítica de Holmes al insensible millonario estadounidense Neil Gibson en «El problema del puente de Thor» (pp. 254–257), que evidencia la tensión creciente entre Gran Bretaña y EE UU. Asimismo, a menudo manifiesta sentimientos antialemanes, algo común en la época. Donde esto resulta más obvio es en «El último saludo» (pp. 246–247). Publicado en 1917, durante la Primera Guerra Mundial, este relato está protagonizado por un agente alemán que explica a su jefe, sofocando la risa, que «no es posible imaginar gente más dócil y más simple» que los británicos, antes de que Holmes, ya sexagenario, demuestre ser más inteligente que él. (Esta historia también aborda las relaciones entre Inglaterra e Irlanda, un tema candente en la época de Holmes debido al estatuto de autonomía que dotaba de cierta independencia a Irlanda.)

Así, pese al trasfondo victoriano, las historias de Holmes rezuman progreso y modernidad. El suyo es un mundo sofisticado poblado por muchas de las maravillas de su tiempo, como telegramas, gramófonos, métodos de investigación científica, medios de transporte nacional e internacional muy mejorados e incluso ese emblema del siglo XX, el automóvil. El propio Doyle fue uno de los primeros propietarios de un automóvil: adquirió uno antes de saber siquiera conducir y se inscribió para participar en una carrera internacional. Como Holmes, en muchos aspectos Doyle fue un aventurero y un pionero.

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El texto y las imágenes de esta entrada son un fragmento de: “El libro de Sherlock Holmes”

El libro de Sherlock Holmes

portada_libro_Sherlock_Holmes¿Quién causó un Escándalo en Bohemia? ¿Dónde estaba Estrella de Plata? ¿Quién era El sabueso de los Baskerville? Poniendo la lupa sobre cada uno de los casos de Sherlock Holmes, este libro nos conduce por el mundo del legendario detective de sir Arthur Conan Doyle.

El libro de Sherlock Holmes, repleto de ingeniosas ilustraciones, claros esquemas y citas memorables, constituye la perfecta guía holmesiana, cubriendo todo el canon desde Estudio en escarlata hasta la célebre «Aventura de Shoscombe Old Place» y situando las historias en un contexto más amplio.

Tanto si esta es una primera introducción a las habilidades de Holmes como si ya está familiarizado con su extraordinaria capacidad de deducción, este libro le intrigará y cautivará.

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