Friedrich Engels, biografía según Karl Kautsky (2 de 7)

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[El texto comienza en Friedrich Engels. Karl Kautsky (1 de 7)]

EL SOCIALISTA | 23 de agosto de 1895, n.º 494 | Karl Kautsky

Engels vio en la miseria no solo la miseria, como los socialistas de su tiempo, sino los gérmenes de una forma social superior que ella traía en su seno. Nosotros apenas podemos apreciar la magnitud de la obra realizada con su libro por Engels a la edad de 24 años, en una época en que se negaba o se lloraba los sufrimientos de la clase trabajadora, pero en que no se los estudiaba como factor del proceso del desarrollo histórico.

La despreciable literatura político-social de los escritores pretenciosos que estudian el socialismo menos en las obras de sus iniciadores científicos que en los informes de la Policía, no ha encontrado en La situación de la clase obrera nada más utilizable para sus fines que la profecía de una pronta revolución en Inglaterra, y hace notar con satisfacción que semejante profecía no se ha cumplido. Esos señores olvidan que desde 1844 Inglaterra ha pasado en realidad por una colosal revolución, que empezó en 1846 con la supresión de los derechos de aduana sobre el trigo, y a la que siguió en 1847 la concesión de la jornada normal de diez horas para las mujeres y los niños. Desde entonces en Inglaterra se han sucedido las concesiones a la clase obrera, que hoy, en lo esencial, ha alcanzado los fines del cartismo y constituye una fuerza política decisiva. Si la profecía no se realizó, fue debido a acontecimientos que nadie podía prever, principalmente a la lucha de junio de 1848 en París, y al descubrimiento en ese mismo año de las minas de oro de California, que llevaron los elementos descontentos de Inglaterra al otro lado del océano y debilitaron momentáneamente la fuerza del movimiento obrero.

Lo que es admirable, no es que esa profecía no se haya cumplido al pie de la letra, sino que tantas profecías del libro se hayan visto cumplidas.

Engels escribió La situación de la clase obrera en Inglaterra en Barmen, a su vuelta de Mánchester. En aquella ocasión se convenció de que, con sus nuevas opiniones, no le era posible permanecer en la devota Barmen, en el seno de una familia profundamente creyente y conservadora. Dejó, pues, por el momento el comercio, y se fue a Bruselas, donde se había establecido Marx, después de ser expulsado de la Francia merced a las gestiones del gobierno prusiano. Entonces empezaron los dos a trabajar juntos con frenética actividad. Pronto echaron las bases teóricas de su obra; para completarla, les faltaba, de una parte, construir sobre ellas un nuevo sistema científico, y, de otra, colocar en ese terreno y hacer consciente el movimiento proletario que se realizaba antes su vista. Los trabajos de Marx y Engels, en los cuales tan íntimamente se unían la teoría y la práctica, tuvieron desde entonces un fin definido, al que durante toda su vida dedicaron metódicamente su actividad y su inteligencia.

Su primera tarea científica fue arreglarle las cuentas a la filosofía alemana de ese tiempo, es decir, a los continuadores de la escuela hegeliana. Escribieron juntos una crítica de la filosofía posthegeliana (Stirner, Feuerbach, Bauer), que no fue sin embargo, publicada [Kautsky se está refiriendo en este punto a La ideología alemana.Nota de los Editores]. Pero, como ha escrito Engels:

«No queríamos de ninguna manera ofrecer los nuevos resultados científicos en voluminosos tomos a la exclusiva atención del mundo “ilustrado”. Por el contrario, estábamos ambos completamente dentro del movimiento político, teníamos partidarios entre la clase educada, principalmente del oeste de Alemania, y mucho contacto con el proletariado organizado. Estábamos obligados a fundar científicamente nuestra opinión; pero era igualmente importante para nosotros ganar a nuestras ideas el proletariado europeo, y sobre todo el de Alemania. Apenas nos pusimos de acuerdo, empezó el trabajo. En Bruselas fundamos una sociedad obrera alemana, y nos apoderamos de la Gaceta alemana de Bruselas. Además, manteníamos inteligencias con los demócratas de Bruselas (Marx era vicepresidente de la Sociedad Democrática), y con los demócratas socialistas franceses de la Reforme, al cual enviaba yo noticias sobre el movimiento inglés y alemán. En una palabra, nuestras relaciones con los radicales y con las organizaciones políticas, así como con los órganos de la Prensa llegaban al grado que nosotros deseábamos».

Liga Internacional de los Justos

Importante fue, sobre todo, la unión de Marx y de Engels con la Liga Internacional de los Justos, más tarde Liga de los Comunistas, que ellos convirtieron en precursora de la Internacional.

Debido a las circunstancias políticas de aquel tiempo, esa Liga tenía que ser secreta, aunque la formaban sociedades obreras públicas, como, por ejemplo, la Sociedad Obrera Comunista de Londres para propagar la instrucción. Había sido fundada en París con el doble carácter de sociedad de propaganda y de grupo conspirador, y bajo el influjo del comunismo obrero francés, por revolucionarios alemanes, en su mayor parte trabajadores. Creció rápidamente y pronto se formaron secciones en Inglaterra y en Suiza. Desde 1839 Londres fue el punto central de la Liga, que fundó también secciones en Bélgica y en Alemania. De sociedad de emigrados alemanes en París, pasó a ser una sociedad comunista internacional.

Pero no solo se hizo más extensa, sino que sus aspiraciones fueron más concretas. El primitivo socialismo francés era cada día más insuficiente para las cabezas directoras del movimiento. Pronto desapareció también el comunismo asociativo de Wietting. Al mismo tiempo, el influjo de Marx y de Engels aumentaba en el movimiento socialista y democrático, cuyos círculos empezaron a conocer nuevos puntos de vista.

Liga de los Comunistas

Así sucedió que en la primavera de 1847, el relojero Moll, miembro preeminente de la Liga, a quien Engels había conocido en Londres en 1843, se presentó a Marx, y a Engels, que había pasado a París, en esta ciudad, y les pidió en nombre de sus compañeros que entraran en la Liga, asegurándoles que estaban dispuestos a abandonar todo propósito conspirador y a aceptar sus nuevas ideas. Ambos respondieron al llamamiento. Durante el verano de 1847 se efectuó en Londres el primer Congreso de la Liga, en el cual Engels representó a los miembros de París. En ese Congreso la Liga no solo recibió un nuevo nombre –Liga de los Comunistas–, sino que también una organización completamente nueva. De sociedad conspiradora pasó a ser sociedad de propaganda.

El segundo Congreso se celebró el mismo año a finales de noviembre y principios de diciembre. En él tomó parte, no solo Engels, sino también Marx. Se completó la transformación ya empezada, se disiparon las últimas contradicciones y dudas, fueron votadas por unanimidad las nuevas bases, y Marx encargados de redactar el manifiesto de la Liga…

Aquí empieza la nueva época de la vida de Marx  y de Engels. Pasaron enseguida a París, y de allí a Alemania, tomando en Colonia la dirección de la Nueva Gaceta Renana.

Revolución de 1848

La historia de Engels durante este tiempo es la del citado periódico. Referirla sería hacer de la historia del año 1848 y de los hechos que con él guardan relación; pero esto no lo podemos hacer. Quizá en ningún otro periodo de su vida pusieron Engels y Marx tan de manifiesto la cualidad ya indicada: la íntima unión del trabajo práctico con el trabajo teórico, la unión del sabio y del político, del combatiente y del crítico. Nadie tomó mayor parte que ellos en las luchas revolucionarias, nadie se mantuvo en esas luchas tan libre de ilusiones como ellos.

Y cuenta que acaso no se ha producido nunca un movimiento tan lleno de ilusiones como el de 1848, sobre todo en Alemania y en Austria, económica y políticamente tan atrasadas: la parte revolucionaria de la burguesía, la pequeña burguesía, y los trabajadores creían alcanzar en la tierra el reino de los cielos derribando los gobiernos reaccionarios; no tenían ni idea de que la caída de esos gobiernos era solo el principio, y no el fin, de las luchas revolucionarias; que la libertad burguesa conquistada sería el terreno en que había de realizarse la gran lucha de clases entre la burguesía y el proletariado; que la libertad no traía consigo la paz social, sino nuevas luchas sociales.

Muchas veces se dice que la Revolución de 1848 fracasó. Lo que en realidad fracasó entonces fueron las ilusiones que ocultaban los contrastes entre las diferentes clases de la oposición, y que hacían creer a la gente que trabajadores, fabricantes y artesanos eran hermanos, con los mismos intereses y con objetivos comunes. Lo único realmente común entre ellos era la oposición al absolutismo dominante. La revolución reveló el antagonismo entre la burguesía y el proletariado, y, al mismo tiempo, la incapacidad política de la pequeña burguesía.

La pequeña burguesía fue el alma del movimiento de 1848; la derrota de este fue su propia derrota. El año 1848 anunció su bancarrota política. En todas partes el proletariado se puso al lado de la pequeña burguesía, en todas partes fue al fin traicionado por ella.

La clase obrera era entonces demasiado joven, estaba demasiado dividida para poder hacer política por su cuenta. Donde lo ensayó, fue vencida.

La burguesía no fracasó en sus propósitos con la revolución. La reacción emprendió la realización de la mayor parte de ellos. En el continente la revolución enseñó al proletariado a conocer a sus amigos y a sus enemigos; le enseñó su antagonismo con la burguesía, y la infidelidad de los pequeños propietarios. Le enseñó a conocerse a sí mismo; le dio conciencia de clase. De la revolución de febrero data su desarrollo como clase consciente para la lucha, principalmente en Alemania.

La única clase que perdió en todos los sentidos –económica, política y moralmente– fue la pequeña burguesía. Esta realmente cayó con la derrota de la revolución.

Todo esto es claro ahora, varias décadas después de la lucha. Pero en 1848 los hombre de la Nueva Gaceta Renana fueron los únicos que lo comprendieron, y que se empeñaron, no en alimentar con frases huevas, sino en matar sin misericordia las ilusiones de las masas, difundidas tanto por los alborotadores pequeños burgueses del Congreso de Fráncfort, que no dejaban por eso de mostrar su desdén hacia aquellas, como por la reacción y sus vasallos a la Lichnowski. Sin embargo, ni pusieron dificultades al movimiento, ni desalentaron a nadie; por el contrario, en tanto el enemigo estuvo abatido, ningún periódico excitó a la acción con más energía que la Nueva Gaceta Renana, pero a la acción decisiva y rápida, a la destrucción sin miramiento alguno de todos los soportes de lo viejo que aún quedaban en pie.

Mas la fuerza de las circunstancias fue mayor que la de la Nueva Gaceta Renana. La reacción triunfó. Una parte de la provincia renana, las principales ciudades del distrito industrial del Berg y del Mark, Elberfeld, Düsseldorf, Solingen, etc., se levantó en mayo de 1849 para resistir a la reacción. Al saberlo Engels, se apresuró a pasar de Colonia a Elberfeld, pero solo asistió al rápido aniquilamiento de la insurrección. En todas partes la burguesía abandonó y traicionó a los trabajadores.
[El texto continúa en Friedrich Engels. Karl Kautsky (3 de 7)]

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