Elogio de la Transición


transicionEl cambio del sistema representativo en España, que se ha hecho visible con el surgimiento de los nuevos partidos y ha culminado en las elecciones del 20 de diciembre de 2015 que han supuesto el final del bipartidismo imperfecto, ha lanzado el debate sobre la calidad y los orígenes del régimen democrático, que fue fruto del proceso de transición que la sociedad española impulsó a la muerte del dictador y que desembocó en la Constitución de 1978.

Extracto del capítulo 1 “La epopeya de la Transición”:

En aquel marco de exigencias inconexas, los autores materiales de la Transición –el rey, Adolfo Suárez, sus introductores y colaboradores– tuvieron el mérito de adaptar sus estrategias al pulso del país, que no hubiera aceptado ni más precipitación ni más audacia, ni siquiera una discontinuidad flagrante y peligrosa en la progresión entre el viejo régimen, por el que bien pocas lágrimas se derramaron, y el nuevo, que generó una generalizada ilusión, aunque tampoco adhesiones enfervorecidas ni entusiásticas. El de 1975 no era un país de héroes, y quienes realizaron la Transición se acomodaron al anhelo de las ya abundantes clases medias, cargadas de ilusión pero con un alto grado de cautela y buenas dosis de pusilanimidad en las conciencias.

La crítica actual a la Transición tiene además otro elemento, suscitado por el conflicto catalán: los nacionalistas consideran inservible el orden constitucional vigente, que habría que abolir para permitir que las naciones sin Estado puedan autodeterminarse. A su juicio, el camino de la reforma ya se ha explorado sin éxito, por lo que no queda más remedio que la ruptura del statu quo.

Todas estas críticas, las que ponen en duda los valores éticos y políticos del proceso y la que niega que el sistema de organización territorial resolviera adecuadamente la demanda de diversidad de la periferia, son excéntricas y escapan al consenso intelectual predominante que establece una gradación valorativa, desde la tibieza al entusiasmo, en la ponderación del proceso, pero que en todo caso arroja un juicio casi unánimemente positivo.

Ello no obstante, hay que reconocer que la crisis económica ha acentuado un fenómeno de marginalización de grandes capas de población, que han sido expulsadas del núcleo central de esta sociedad y que, como es lógico, no sienten adhesión alguna hacia el sistema establecido.
[…]
Es muy comprensible que estos ciudadanos expulsados por el sistema a la inclemente periferia social salgan del consenso político e ideológico, abominen del statu quo, rechacen la «vieja política» y se desentiendan absolutamente del régimen que ha prescindido de ellos de manera brutal. La reconquista de niveles aceptables de igualdad es el gran reto que hoy tiene este país y al que deben dedicarse con el mayor énfasis los viejos y los nuevos partidos.
[…]
Sería, sin embargo, irracional no admitir que estas tesis críticas con el naufragio político y socioeconómico del país a partir de 2009 –en muy poco tiempo, el paro se ha hecho insoportable, el Estado de bienestar se ha desmoronado y los grandes derechos sociales se han relativizado– son síntomas elocuentes de cierta obsolescencia del modelo, que requiere renovadores aportes de flexibilidad e inteligencia para producir una actualización que salve los anacronismos, resuelva las disfunciones –el modelo territorial, en primer lugar– y devuelva a la Carta Magna el sentido de anticipación y la lozanía perdidos.

Por el contrario, argumenta Moreno Luzón, aquellas críticas y protestas han obtenido, por parte del Partido Popular, fuera y dentro del Gobierno, una sola respuesta: considerar la Transición un icono sagrado y la Constitución un texto intocable. La vía intermedia de los socialistas, que trataron de hacer compatible la reivindicación de aquellos logros con el reconocimiento a las víctimas de la violencia franquista, fue repelida como una quiebra del pacto constituyente y una apertura de heridas ya cicatrizadas. Al tiempo, cualquier propuesta seria de reforma constitucional se veía, y aún se ve, como una cesión ante los enemigos de la democracia. En todo caso, la salida de este atolladero ha de pasar por la reconstrucción de los puentes en torno a soluciones distintas, que conllevarán sin duda otros relatos pero precisarán también de valores propios de la agrietada Transición. Como el propósito de negociar y de llegar a acuerdos entre contrarios, tan poco practicado por quienes la idolatran.

Antonio Papell

antonio_papellNacido en Palma de Mallorca de familia ampurdanesa, es ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, y periodista. Fue editorialista de Diario 16 (con Pedro J. Ramírez) y de La Vanguardia (con Horacio Sáenz Guerrero), director adjunto de Ya tras la adquisición del rotativo por el Grupo Correo (ahora Vocento), y es desde los años ochenta editorialista y articulista político de este grupo de comunicación. En él, fue también director adjunto de la desaparecida revista de pensamiento El Noticiero de las Ideas.

Mantiene una columna diaria en Colpisa desde hace décadas, fue colaborador de El Economista y ha publicado artículos en muchos periódicos –de El País al extinto Diario de Barcelona–, habiendo recibido diversos premios profesionales. Es director de la Revista de Obras Públicas, presidente del consejo editorial de Web Financial Group Media y director de Analytiks.

Participa o ha participado en tertulias políticas en CNN+, Cuatro, Telecinco, TVE24H, La Sexta, TV Autonómica de Castilla-La Mancha, ABC o Punto Radio.

Entre sus últimos libros cabe mencionar Zapatero 2004-2008. La legislatura de la crispación (2008) y El futuro de la socialdemocracia (2012), ambos publicados en Foca, además de varias novelas, como El sol sobre la nieve (VIII Premio de Novela Corta de la Diputación de Córdoba).

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Una respuesta a Elogio de la Transición

  1. José Cantón Rodríguez dijo:

    Antonio Papell, al igual que otros muchos autores, periodistas en particular, vienen a concebir la historia como un conjunto de batallas, represiones y asesinatos entre sus diversos protagonistas, ya sean a título de reyes, clase de la nobleza, militares, conquistadores o simples bandidos. Un criterio histórico que se remontaría a los tiempos bíblicos, a los grandes imperios de la Antigüedad y consolidado durante la Baja Edad Media y el Estado Moderno hasta culminar en el fascismo y el nacionalismo del XIX-XX, pasando por las grandes batallas del XVII-XVIII. Bajo este criterio, no cabe duda de que la Transición ha sido un éxito, si exceptuamos los 40 años de terrorismo etarra y el uso o instrumentalización de los sentimientos territoriales de pertenencia a favor de las élites locales, grandes bolsas de corrupción estructural inherente al laberinto legislativo y al sistema de partidos y modelo de Función Pública donde prima la fidelidad y obediencia sobre las capacidades técnicas, así como fracaso de la Corona como representación de los valores constitucionales de nuestro tiempo y su incapacidad de establecer un sentido y sentimiento nacional español compartido y asumido por el conjunto de los ciudadanos del Estado. Es decir, la Transición ha sido un éxito porque no se ha recurrido a la guerra para hacer el tránsito de la dictadura a la democracia.

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