Jack London, escritor y defensor del socialismo: El talón de hierro

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Calle de Nueva York en 1900 – Fotocromo (combinación de fotografía en blanco y negro y litografía en color)

EEUU iba a convertirse en la primera potencia mundial a principios del siglo XX y los emigrantes no dejaban de acudir a aquellas tierras que en la imaginación de muchos habitantes del Viejo Mundo representaban la promesa de una vida mejor. Más de cinco millones y medio de nuevos pobladores desembarcaron en la costa este del país entre 1881 y 1890 y muchos de ellos se fueron desplazando al Lejano Oeste. Cerca de nueve millones serían los emigrantes venidos principalmente de Europa o Sudamérica en la década siguiente. Nuevas ciudades, nuevos barrios, con la construcción de rascacielos y grandes fábricas con sus enormes chimeneas se fueron extendiendo por un inmenso territorio que acrecentaba, año tras año, su número de habitantes. Nacía una nueva clase trabajadora que había dejado atrás su tierra de origen y sus formas de vida para buscarse un futuro, con la esperanza de convertirse en propietarios de tierras o negocios que les permitieran superar los condicionantes sociales y económicos de las sociedades en las que habían nacido.

Las cosas no fueron fáciles para una inmensa mayoría que padeció las mismas vicisitudes de explotación que en sus lugares de origen. Se intentó, entonces, poner en práctica en el Nuevo Mundo el bagaje ideológico de transformación social que habían aprendido en la vieja Europa, construido a lo largo de los siglos XVIII y XIX con sus ideales de igualdad económica y social. Se constituyeron sindicatos y organizaciones políticas que abogaban por el socialismo o el comunismo libertario. Su fuerza fue coyuntural y, a pesar de algunos éxitos, nunca se despegaron del feroz individualismo que se incrustó como un paradigma en la mentalidad norteamericana.

1901- 1905 (digitalcollections.nypl)

1901- 1905 (digitalcollections.nypl)

Precisamente, el sociólogo austriaco Werner Sombart escribió en 1905 un ensayo significativo: ¿Por qué no hay socialismo en los Estados Unidos? En efecto, cómo era posible que en el lugar donde el capitalismo tenía su máximo poder no existiera una fuerza socialista potente, como había pronosticado Marx, y su movimiento obrero no tuviera la consistencia de otros países europeos. Siguiendo con el esquema marxista, Sombart argumentaba la falta de feudalismo en EEUU así como una clase obrera sectorializada en diferentes etnias y nacionalidades, con tradiciones culturales propias. Afroamericanos, chinos, sudamericanos, italianos, irlandeses, alemanes, polacos, ucranianos, suecos o rusos y otros más, cada uno con sus tradiciones y guetos, construían una unidad peculiar, sostenida en la esperanza de empezar de nuevo pero manteniendo sus costumbres y religiones, y en los que iba poco a poco imponiéndose una forma de ser que generaría una manera de sentir nueva, una nacionalidad peculiar, de emociones abigarradas que se traducirían en la construcción de un espacio donde, en teoría, cada cual podía labrarse una vida propia sin que se tuviera que depender de una ideología dominante. El éxito en la conquista e una vida confortable marcaba un tipo de materialismo que enlazaba con el calvinismo o puritanismo de los primeros pobladores.

El Partido Socialista Americano

No obstante, en los albores del siglo XX, el Partido Socialista Americano, liderado por Victor Debs, constituido en 1901, y que conectaba la tradición individualista republicana estadounidense con un vago socialismo, muchas veces con connotaciones religiosas evangélicas, que en general obviaba el análisis marxista, parecía tener futuro al ver aumentado su respaldo electoral con el apoyo del sindicalismo del IWW (International Workers of the World). Éste, nacido en 1905 en Chicago, había adquirido una fuerza combativa radical con la aceptación de la lucha de clases como elemento de movilización para exigir las mejoras de las condiciones laborales de la clase obrera, empleando la violencia, la propaganda activa o la desobediencia civil, y diferenciándose notablemente de la AFL (American Federation of Labor), que mantenía un claro antisocialismo y representaba, principalmente, a los trabajadores blancos cualificados identificados con el capitalismo que buscaban mejorar las condiciones salariales y conseguir la jornada de ocho horas. Los socialistas estadounidenses alcanzaron más de 400.000 votos en las presidenciales de 1904 y sus expectativas fueron mayores en las presidenciales de 1908, aunque el aumento fue poco significativo. Su mayor porcentaje lo alcanzaron en 1912 con más de 900.000 sufragios, aunque posteriormente su apoyo fue disminuyendo, especialmente después de sufrir una división interna (…)

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1894 (catalog.loc.gov)

Marchas al Capitolio

Era una época en que las eventualidades del capitalismo incontrolado provocaban alzas y bajas coyunturales que conducían a recesiones económicas, con la pérdida de miles de empleos de unos obreros que no contaban con el respaldo de protección social y se veían abocados a vivir en la miseria. Las depresiones de la economía estadounidense de 1873 a 1878, de 1883 a 1885 y de 1893 a 1987 produjeron enfrentamientos sociales y se organizaron marchas de «ejércitos de parados» (industrial army), para protestar ante el Capitolio de Washington, en las que exigían puestos de trabajo y en las que participó London como un agitador más. Sin embargo, no resistió mucho la marcha en grupo; pronto afloró su fuerte individualismo y caminó por su cuenta visitando varias ciudades como Boston o Nueva York, antes de regresar a San Francisco. En el viaje fue detenido en Buffalo y, acusado de vagancia, pasó treinta días en la penitenciaría de Erie County que le sirvieron para considerar la degradación humana en el sistema penitenciario, como reflejó en su relato The Road, donde describió los horrores sufridos por otros penados y por él mismo. Las vicisitudes que padeció en la cárcel le provocaron un miedo terrible y juró, cuando regresó a Oakland en 1894, evitar entrar de nuevo en una prisión.

Durante un tiempo continuó haciendo diversos trabajos, leyendo intensamente textos sobre socialismo y penetrando en la obra de Nietzsche a través de Así hablaba Zaratrusta. Quiso estudiar en la Universidad de Berkeley, pero los problemas financieros se lo impidieron. Esa mezcla de individualismo con la cultura de la superioridad blanca y las ideas evolucionistas que conducirán ineludiblemente al socialismo fueron los elementos básicos de su pensamiento y le sirvieron para fabular la gran cantidad de novelas y ensayos que escribió. Creía, como Marx, que la historia de la humanidad se resumía en la lucha entre los explotadores y los explotados y que no había más solución que abolir la propiedad de los medios de producción (…)

Compartía la visión poco rigurosa que se popularizó del darwinismo social de Herbert Spencer según la cual las sociedades se comportan de igual manera que la selección natural en los demás seres vivos. Aunque, como ha señalado el antropólogo Marvin Harris, Spencer extrae su evolucionismo social sin tener en cuenta a Darwin (…)

El primer autor de best sellers del siglo XX

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El éxito para London vino cuando menos lo esperaba. Sentía el fracaso de su aventura en Alaska, de nuevo se incorporaba a la rutina del trabajo y a utilizar el alcohol como compensación –fue un alcohólico toda su vida adulta y nunca pudo superarlo–. Pero comenzó a escribir con ese talento innato que tenía para la narración y que iba a calar en el gran público, convirtiéndose en el primer autor de best sellers del siglo XX. La llamada de la selva (traducida también por La llamada de la naturaleza o La llamada de lo salvaje) fue considerada por la crítica desde el primer momento de su publicación por la editorial Macmillan, en 1903, como una obra clásica de la literatura estadounidense. Su primera edición, de 10.000 ejemplares, se agotó en veinticuatro horas. Después publicaría Colmillo Blanco, que no fue tan unánimemente bien recibida por la crítica. (…) Ambas novelas fueron adquiridas por miles de lectores y los editores comenzaron a explotar el filón al mismo tiempo que London impartía conferencias sobre el socialismo venidero. Las traducciones a otras lenguas se multiplicaban y sus novelas eran leídas por un público de clase obrera o trabajadores autónomos y, además, algunas de sus novelas más famosas fueron llevadas al cine. Cuenta en sus memorias la compañera de Lenin, N. K. Kruspskaya, que el líder de la revolución soviética murió mientras leía una obra de London, El amor a la vida.  (…)

 

Un Zola norteamericanojack_london_ new_york_ public_library

London es, de alguna manera, un Zola norteamericano que supo identificarse con las clases populares con un lenguaje asequible y ameno. Sus 20 novelas, 18 colecciones de cuentos, así como sus más de 150 artículos le proporcionaron fama y dinero, que le permitieron comprarse un rancho en California, en Glen Ellen, condado de Sonoma, donde trasladaría su residencia, y en el que trabajaban unas 50 personas entre agricultores y sirvientes.

Escritores reconocidos como Steinbeck, Hemingway o Kerouac lo consideraron un clásico de la literatura estadounidense, aunque otros estimaron que era un autor menor que tuvo más fama como agitador político que como escritor. Respondía todas las cartas que le remitían y se despedía con un «Tuyo por la Revolución» (se publicó una recopilación de su correspondencia en tres volúmenes con más de 1.500 misivas). Fue un icono para muchas generaciones, prototipo de escritor rebelde que luchaba por una sociedad socialista.

Curiosamente, el sueño americano le llegó a él que desde su infancia había padecido las privaciones de un sistema productivo discriminatorio para los que tenían que ganarse la vida con el trabajo diario en fábricas, talleres y campos, y acabó siendo el escritor mejor pagado de su época. Despreciaba el capitalismo, pero se sirvió de él para superar sus etapas de pobreza e instalarse en el sueño americano al lograr triunfar en una sociedad donde la competencia sin límites era la regla principal del comportamiento social, y donde los que fracasaban no tenían ninguna protección, y tan sólo les quedaba acomodarse a su suerte y, en todo caso, vivir de la caridad pública, que en su época era escasa.

Su individualismo vital era más fuerte que todas sus convicciones socialistas y Nietzsche le sirvió como excusa por cuanto valoraba la voluntad como un factor clave en la superación de las dificultades. Odiaba a los poderosos al tiempo que valoraba a los que habían remontado las adversidades que les condicionaron desde su infancia y consiguieron triunfar en un mundo depravado. Para él, el hombre no es un ser bueno por naturaleza como pensaba Rousseau, y el miedo superaba al amor en la naturaleza humana. Interpretó que el mundo en que vivía estaba dominado por la contradicción entre la riqueza y la pobreza, entre el individuo y la sociedad, entre los instintos y la razón, y ante las circunstancias en las que había crecido optó por defender hasta el final de sus días lo que consideró que acontecería como una fuerza ineluctable de la evolución social: el socialismo. De hecho, cuando se encontraba en el mejor momento de su fama como escritor, se desplazó a Londres y describió con toda crudeza las condiciones de vida de los barrios obreros de la capital británica, el East End, y de ahí surgió su obra El pueblo del abismo, considerada uno de los testimonios más relevadores sobre literatura revolucionaria. Antes de regresar a EEUU, viajó por Alemania, Francia e Italia sin dejar constancia de sus experiencias en los lugares que visitó.

La literatura de anticipación de El Talón de Hierro

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Además de diversos escritos divulgativos sobre el socialismo y la lucha de clases, y de cientos de conferencias impartidas en favor del Partido Socialista norteamericano de Debs, al que pertenecía, Jack London escribió El Talón de Hierro, publicada en 1908, que puede ser calificada de literatura de anticipación, utopía o distopía. Su interés radica en el enfoque visionario de lo que ineludiblemente habrá de venir en un tiempo futuro, pero que él describe como un pasado ya superado que se hizo posible mediante una revolución, lo que le sirve para criticar el capitalismo imperante que aún tardará en desaparecer. Utiliza la técnica que Oscar Tacca señala sobre el narrador en el relato (Tacca, 1985), en la que apunta que a partir del siglo XVIII la novela tiende en muchos casos al secuestro del autor y para ello se emplea la fórmula de los «papeles encontrados» de la que se han servido muchos autores en la historia de la literatura, y, entre ellos, Cervantes en El Quijote. De esa manera se utilizan voces ficticias interpuestas que parecen dar a la narrativa un mayor realismo y verosimilitud, fingiendo que el libro ha sido escrito por quien ha vivido directamente los hechos (…)

Y por encima de todo ello, su mensaje: la denuncia de una sociedad que estaba sumida en el capitalismo que había impuesto un sistema de control dictatorial y cruel que ocasiona la explotación de la mayoría de los trabajadores. Ernest Everhard, el protagonista de la novela, un superhombre socialista, autodidacta, con el físico de un boxeador profesional y buen orador, será ejecutado en 1932 después de una revolución frustrada por un sistema que no podía admitir que nadie lo cuestionara. Un capitalismo sostenido por una Iglesia cuyos ministros aceptaban las condiciones de trabajo de niños de seis o siete años que trabajaban en turnos de doce horas y cuyos beneficios servían para construir catedrales o iglesias donde acudían los propietarios para recibir el beneplácito de su comportamiento (…)

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El gato negro, creado por Ralph Chaplin (miembro del IWW), a menudo usado como símbolo de sabotaje o huelga salvaje.
La figura del gato negro actualmente está asociada al anarcosindicalismo.

El protagonista encarna la voluntad revolucionaria de transformación ante unas condiciones en las que la desigualdad marca todas las relaciones sociales. Por ello es necesario apoderarse de las fábricas, talleres, bancos, tierras y almacenes para convertirlos en propiedad colectiva, lo que provocará que los que viven en la miseria a pesar de haber aumentado la producción por la tecnología industrial puedan disfrutar de los bienes de consumo, mientras que las contradicciones del capitalismo hacen que lo que se produce no pueda ser absorbido por una población hambrienta. Destaca la importancia de que el héroe de su novela tenga una preparación teórica de la evolución sociológica y económica sobre la realidad a transformar antes de que se decida a protagonizar la revolución. Además transmite la concepción de London sobre cómo ha de triunfar el socialismo en oposición a todos aquellos que pensaban que éste vendría por métodos democráticos y no mediante una revolución violenta, tal como él solía propagar en sus conferencias. Calificaba de ingenuos a los líderes socialistas que suponían que el capitalismo podía ser derrotado en las urnas. Si los trabajadores no se unen para dar la batalla, «el talón de hierro» de la oligarquía se impondría irremisiblemente, aunque el Partido Socialista haya conseguido más votos. Y en esto era inflexible; creía firmemente que si los socialistas norteamericanos persistían en utilizar los medios democráticos, fracasarían. Estaba más cerca de los planteamientos insurreccionales del anarquismo que de la socialdemocracia pacífica a pesar de los 900.000 votos que consiguió Debs en las presidenciales de 1912.

El sistema que impone El Talón de Hierro en EEUU es el de una sociedad capitalista oligárquica donde las empresas monopolísticas se han hecho dueñas de todas las decisiones políticas y han establecido una férrea dictadura, con el control de los medios de comunicación y con una propaganda al servicio de la poderosa oligarquía represiva que, de alguna manera, prevé con clarividencia la actuación de los fascismos de los años treinta del siglo XX que se extendieron por Europa. Los intentos revolucionarios de derrocarla llevan durante mucho tiempo al fracaso, como el que inicia el protagonista en Chicago, donde los trabajadores luchan en las calles y en los rascacielos contra el ejército y los mercenarios de la oligarquía, como un trasunto de la Comuna parisina de 1871.

Diversos intelectuales progresistas elogiaron el libro. Joan, la hija de London, le hizo llegar un ejemplar a Trotsky, quien elogió la obra considerándola un análisis profético y certero de hacia donde transcurrían los acontecimientos en el sistema productivo capitalista y la derrota del proletariado ante el impulso del fascismo. De alguna manera enlaza con la obra de 1935 del escritor estadounidense Sinclair Lewis, que mantuvo una buena relación con London, It can’t happen here, en la que se describe cómo un populista, al ganar la presidencia de los EEUU, impone una dictadura, cambiando la Constitución con el apoyo de un Congreso que acepta los hechos con pasividad; se impide la libertad de expresión encerrando a los disidentes en campos de concentración y creando un cuerpo de paramilitares para contrarrestar cualquier oposición. Una serie de golpes de Estado se sucederán cambiando la tradicional democracia norteamericana y haciendo realidad lo que parecía imposible que aconteciera en los EEUU, un país que creía que su democracia era indestructible. George Orwell, el autor de 1984, había leído El Talón de Hierro y la consideraba una obra premonitoria que, de alguna manera, le había influido para imaginar su utopía negativa, pero aclaraba que «London podía prever el fascismo porque en sí mismo poseía una vena fascista». También el Premio Nobel de Literatura Anatole France consideró, en 1924, que London tenía una gran capacidad para captar el anhelo de los pueblos y predecir su futuro: «Ese peculiar genio que percibe lo que permanece oculto para la mayoría de los mortales» (Kershaw, 2000, p. 204).

Jack London se inspiró para escribir su obra en el ensayo de W. J. Guest, Our Benevolent Feudalism, publicado en 1902, donde destaca que el poder de las grandes empresas con la concentración de capitales industrial, comercial y financiero es tal que éstas son las que imponen las decisiones políticas y las condiciones laborales. Actúan como señores feudales, donde cada cual mantiene su preponderancia en un espacio geográfico y al mismo tiempo establecen las normas de gobernabilidad. El poder se identifica cada vez más con las potentes corporaciones donde los trabajadores nada cuentan en la toma de las decisiones y dependen, como los vasallos en el feudalismo, de lo que decidan los que controlan los capitales.

El libro adquirió gran difusión entre los militantes socialistas y anarquistas europeos, y de alguna manera estimuló la literatura de anticipación que tendría una fuerte dimensión en la cultura política de los obreros españoles. Fue considerada la biblia popular del socialismo. Varios de los teóricos y publicistas anarcosindicalistas españoles escribieron novelas que expresaban la visión del futuro de la sociedad anarquista; así lo hizo Higinio Noja en novelas como Un puente sobre el abismo (1932) o El sendero luminoso y sangriento (1932). También Federico Urales, en una serie de novelas por entregas, tituladas genéricamente La novela ideal, expresaba las ventajas de una sociedad sin propiedad y sin gobierno. Conecta con un tipo de literatura que desde el siglo XIX tiene una amplia tradición que proporcionó obras como la de Edward Bellamy, Looking Back-ward, publicada en 1887, y traducida en España, con amplia difusión, bajo el título El año 2000 (1932). En ella defiende que existe una conciencia cósmica del alma humana que ha ido desarrollándose a lo largo de la historia, con una lucha entre individualismo y universalismo que terminará en un «alma del universo» que provocará una completa solidaridad, donde todos los medios de producción estarán socializados. Y en una línea parecida puede destacarse a William Morris en Noticias de ninguna parte (1890), en la que pronosticaría que una revolución popular derrotaría el orden capitalista existente y se constituirían asambleas locales para organizar la producción y el consumo.

El Talón de Hierro refleja de forma épica el triunfo del progreso que London identifica con el socialismo, que representa el triunfo inevitable de la justicia social, de la ciencia y de la razón, de una lógica que sólo puede acabar en la solidaridad de todos los seres humanos. Y que aunque todavía no haya llegado ese momento, London ya da por amortizado el capitalismo imperante y su novela se convertiría, entonces, en un producto arqueológico. No le resultó fácil su publicación y tuvo conciencia de que el libro iba a perjudicarlo en su trayectoria como escritor, pero aceptó el reto. Se vendieron en un año más 50.000 ejemplares en EEUU y un número parecido en Europa, donde el movimiento obrero tenía una mayor vinculación con las tesis socialistas. El libro perduró hasta la Segunda Guerra Mundial como un texto leído en las casas del pueblo o en los ateneos obreros, más por su visión profética que por su valor literario.

Texto de Javier Paniagua Fuentes, extraído del ‘Estudio preliminar’ de ‘El Talón de Hierro’. Leer completo en books.google.es

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