La economía política de la infelicidad

WILLIAM DAVIES / NEW LEFT REVIEW 71

Durante la mayor parte de su historia, el Servicio Nacional de Salud (National Health Service, NHS) británico no ha prestado apenas atención a las necesidades sanitarias específicas de los trabajadores, aparte de los que forman parte de su propio personal. Casi por definición, el NHS se dedicaba originalmente al cuidado de gente ajena al mercado laboral: parturientas y puérperas, niños, enfermos, ancianos y agonizantes; los médicos del NHS emitían «partes de baja» que entregaban a los pacientes, certificando a sus patronos que no estaban en condiciones de trabajar. Pero en los últimos años los gobernantes han comenzado a poner en cuestión esos presupuestos, así como la división binaria entre salud y enfermedad, individuos económicamente productivos y económicamente necesitados. En 2008 el Departamento de Sanidad y el de Trabajo y Pensiones publicaron conjuntamente un estudio de la salud de la población británica en edad de trabajar, una de cuyas conclusiones más llamativas era el cálculo del coste anual para la economía británica de las bajas por enfermedad, evaluado en 100 millardos de libras, esto es, solo 15 millardos menos que el presupuesto total del NHS.

El “bienestar” es el paradigma bajo el que se pueden valorar mente y cuerpo como recursos económicos, con diversos niveles de salud y productividad. En lugar de la división binaria entre productivos y enfermos, ofrece una gradación del bienestar económico, biológico y psicológico, y en lugar del dualismo cartesiano entre tareas del cuerpo y tareas de la mente, trabajadores de cuello blanco y de cuello azul, se pretende con ese concepto una optimización de mente y cuerpo como aspectos complementarios susceptibles de tratar en una misma estrategia integrada. Uno de los principales inspiradores del programa de bienestar del gobierno británico, Gordon Waddell, es un cirujano ortopedista, cuyo libro La revolución del dolor de espalda contribuyó a transformar las perspectivas políticas sobre el trabajo y la salud. Contrariamente a las suposiciones médicas tradicionales –que “descanso y recuperación” son los mejores medios para devolver a los enfermos al trabajo–, Waddell argumentaba que, en el caso de los dolores de espalda, la gente se puede recuperar mejor y más rápidamente si sigue trabajando.

Los descubrimientos de Waddell sugerían que, incluso cuando el trabajo es principalmente físico, la ortodoxia médica y económica había subestimado la importancia de los factores psicológicos al determinar la relación entre salud y productividad. El trabajo tiene el efecto psicológico de hacer sentirse bien a la gente, lo que a su vez tiene un efecto positivo sobre su bienestar físico. Michael Hardt y Antonio Negri argumentan que, aunque el trabajo “inmaterial” o “cognitivo” todavía supone únicamente una pequeña proporción del empleo en términos cuantitativos, “ha pasado a ser hegemónico en términos cualitativos, y marca la tendencia a las demás formas de trabajo y a la sociedad misma”. El estudio de Waddell apunta en esa misma dirección; la incipiente alianza entre gobernantes económicos y profesionales de la salud está generando un nuevo consenso en torno a lo que requiere más atención y optimización, incluso para el trabajo manual tradicional: los aspectos psicológicos e “inmateriales” del trabajo y las enfermedades. Como sustituto de la baja médica, en 2010 se introdujo una “nota de aptitud” que permite a los médicos especificar las capacidades físicas y mentales positivas que un empleado-paciente aún posee y que su patrón puede todavía aprovechar.

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