La violencia machista en el ejercito

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Acudí a la Sala de Conferencias esperando encontrarme una charla crítica y en tono de denuncia sobre la situación de la mujer en las Fuerzas Armadas. El acto se celebraba, allá por el 2014, con motivo de un homenaje a la historiadora Valentina Fernández Vargas, que había dedicado gran parte de su trayectoria a la lucha por la igualdad de las mujeres militares. Ese día, las ponentes de la charla tratarían de explicar el papel de la mujer como víctima potencial en los conflictos armados y como miembro de los ejércitos que participan en estos.

Mi cara gesticuló de la ilusión del pipiolo despistado a la de enfado en menos de media hora. Todo empezó a torcerse cuando se quiso justificar la «intervención humanitaria» para evitar la violación de los derechos humanos. ¿Acaso las partes intervinientes y «salvadoras» sí respetarían los derechos humanos? Si los Estados no podían ejercer la soberanía, ¿el depositario de esta quién sería?, ¿el Consejo de Seguridad?, ¿Estados Unidos?, ¿quién sería el garante de proteger los derechos de las mujeres? ¿Y cómo se decidiría qué países y cuáles no intervenir?… Déjenme mostrar escepticismo si creo que ricos y poderosos Estados ‒y grandes incumplidores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos‒ no tendrían de qué preocuparse.

Si en ese momento estaba revolviéndome en mi asiento, cuando llegaron las intervenciones de una sargento del Ejército del Aire y de una investigadora del Instituto Español de Estudios Estratégicos, el desasosiego que me invadía no hizo sino empeorar. Pese a que algunos militares allí presentes remarcaron la complicada situación de la mujer militar, aduciendo los casos de violaciones y las dificultades manifiestas para poder denunciar, y que la charla no estuvo exenta de algo parecido a la autocrítica, entre los asistentes quedaba la idea de que nos encontrábamos en una carrera de fondo que acababa de comenzar, pero que sin duda nos dirigíamos hacia la dirección correcta. Nuestro Ejército ya era moderno, y la modernidad eclipsaba cualquier caso de acoso o agresión sexual que pudiera darse. La mujer se había incorporado a nuestras Fuerzas Armadas –incluso algunas ostentaban rangos importantes–, y era cuestión de tiempo que lo hiciera como miembro de pleno derecho. Las víctimas colaterales del proceso eran eso, las señales inevitables del avance.

No me quedé tranquilo. Todo indicaba que había algo más profundo y podrido, algún tabú que era necesario romper para conocer la realidad de esa institución. Algo que convenía sacar a la luz y denunciar si verdaderamente se quería solucionar el problema. Investigué. No mucho he de reconocer. Y hallé poco: algunos casos ‒ mal llamados «aislados»‒ que con el tiempo se harían mediáticos, como el de Zaida Cantera. No había datos, ni estadísticas, ni una recopilación de testimonios… Únicamente el manto de silencio que sólo provocan el miedo o la complicidad.

Por suerte, pasados tres años, el teniente Luis Gonzalo Segura –siendo expulsado por ello– decidió hablar alto y claro de gran parte de lo que se escondía tras la fachada de ese, supuestamente, Ejército moderno y ajustado a los estándares europeos y de la OTAN. Una voz valiente. Algunos, ante la desprotección institucional y la persecución de las partes denunciadas, deciden dejarlo, olvidarse, abandonar una guerra cuya correlación de fuerzas es tan desfavorable. Luis Gonzalo Segura no. Es de esos que no se dejan amedrentar y cuentan lo que saben pese a las represalias y consecuencias. Uno de esos tipos que surgen de vez en cuando y reconcilian a los demás con la humanidad o con la democracia o con yo qué sé, pero que te animan a no callarte aun cuando callarse es la mejor opción.

En su monumental El libro negro del Ejército español, hizo un esfuerzo por contar muchos de los casos de acoso laboral y agresiones sexuales que se produjeron desde que la mujer se incorporó a las Fuerzas Armadas. Debió pensar que se quedó corto, que hacía falta un trabajo específico para poder abarcar toda la situación de la mujer en la institución; por ello, ahora publica En la guarida de la bestia. El único texto que ha decidido juntar todos esos «casos aislados» para que entendamos la magnitud del problema y para animar a las y los soldados a denunciar sin temor.

Antes de estas publicaciones, y cerca de las fechas del coloquio mencionado, tuve la mala pata de apuntarme a otro evento de la misma universidad. En esa ocasión se trataba de un curso de orientación laboral, un intento vano de animar a los universitarios de cara a su salida a un mercado laboral precario y lleno de abusos para la inexperta mano de obra. Allí no se orientaba nadie, pero te daban las pautas para convertirte en un bonito producto que vender a base de eslóganes publicitarios, mentiras curriculares y contorsionismo laboral, esto es, la capacidad de cada uno de renunciar a los derechos de los trabajadores y amoldarse a las nuevas formas de explotación legalizada. El curso estaba lleno de estudiantes de Derecho, Medio Ambiente, Bioquímica… casi todos con la misma empatía que un estropajo, muchos de ellos entusiasmados con la idea de trabajar en Monsanto u otras grandes multinacionales.

El caso es que en dicho curso prepararon un ejercicio que en su momento me indignó y que ahora recuerdo con amargura mientras leo el último libro del teniente Segura. El ejercicio consistía en ordenar de mayor a menor culpabilidad a los personajes de una historieta sobre un asesinato. La asesinada era una mujer que quería cruzar un puente por la noche; el asesino, un «loco» que merodeaba por la zona. También había varios personajes secundarios: un taxista que se negó a auxiliar a la víctima; un amigo de ella, que previamente la había invitado al típico plan «peli y manta» –el cual rechazó–, y alguno más que no recuerdo. Se organizaron equipos de cinco o seis personas que debían debatir el orden entre ellas.

Todos los grupos –salvo en el que yo me hallaba– se decantaron por considerar máximo responsable del asesinato a la víctima. Trajeron a colación las trilladas preguntas: ¿por qué iba sola?, ¿por qué no aceptó quedarse en casa de su amigo?, ¿por qué decidió regresar a casa a altas horas de la noche?… por qué, por qué y por qué; ella, ella y ella. El dedo acusador no se cuestionó ni por un segundo culpar al asesino, era aquello de que uno es responsable de todo lo que le sucede (si no encuentras trabajo es tu culpa, de estructuras ni hablamos) aliñado con ideología patriarcal.

Si utilizamos la misma lógica, imagino que la culpa de que Dolores Quiñoa fuera violada mientras el teniente Iván Moriano le ponía una pistola en la sien era de ella, por quedarse a solas con él. O que la culpa de que 28 reclutas fueran abusadas sexualmente por el capitán Juan Miguel fue fruto de la «falta de resistencia» o la «permisividad». O que la subordinada que aguantó el acoso sexual de un subteniente de la Patrulla Águila, que, entre otras cosas, tuvo que aguantar que le pusiera pegatinas en el culo o le tirara botellas de agua, tuvo la culpa de haber decidido ingresar en el Ejército. O que el alcohol fue el verdadero culpable, y no el perpetrador, de la agresión sexual que sufrió una marinera en la Nochevieja de 2014. O que María de las Camelias, que fue obligada a cavar una zanja cuando estaba de cuatro meses, debía de haber sido consciente de que no era compatible el servicio militar con quedarse embarazada, y que esa inconsciencia fue la que provocó la pérdida de su bebé… Una lógica siniestra, y que, parece ser, no se ha superado todavía.

Esos son algunos ejemplos, son muchos más los que aún no han visto la luz. Están a la espera de que alguien airee la institución y brote toda la porquería.

Habitualmente las denunciantes acaban fuera de las Fuerzas Armadas, mientras muchos agresores continúan en su puesto e incluso son ascendidos. Habrá que recordar a los políticos responsables de no asumir la necesaria democratización del Ejército –donde la igualdad debe tener una prioridad máxima– que se convierten en cómplices necesarios de los agresores. Y que por lo tanto ellos también tienen una cuota de responsabilidad, que en ningún caso, por mucho que se empeñen algunos, es de las víctimas.

Deben pensar que es más fácil mantener la pose marcial en el desfile, la soflama patriótica ante la tropa y los ojos vidriosos cuando suena el himno, no vaya a ser que se toquen las teclas inadecuadas y en lugar de maltratar, humillar y agredir a las reclutas decidan dirigir sus odios hacia ellos.

En la guarida de la bestia –  Luis Gonzalo Segura  – Akal

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