El Bestiario de Michel Foucault

Descubriendo El Bestiario de Michel Foucault: figuras marginales y resistencia

Nuria Sánchez Madrid

Si los libros suelen presentarse como un instrumento de autoconocimiento y construcción personal, el artefacto que encarna El Bestiario de Michel Foucault podría presumir de lo contrario. Estamos ante una obra polifónica, colectiva como pocas veces se consigue en una academia filosófica crecientemente sometida a criterios de productividad neoliberales, en la que se nos exhorta entrada a entrada e imagen a imagen a reconocernos en parte en todas y cada una de las figuras, pero también a borrar su rostro, por cuanto la mayoría de ellas hablan de los dispositivos de poder-saber y de disciplinamiento corporal y mental que les han dado nombre. Naturalmente, el término bestiario nos devuelve a esos intelectuales vagabundos, estudiantes precarios a los que el posterior desarrollo de la institución académica se llevó por delante —los goliardos del siglo XII—, de los que el medievalista Jacques Le Goff señala que en sus caricaturas del sistema corrupto que sostenía a la Iglesia del momento denunciaban los mecanismos «bestiales» de expropiación de los bienes ajenos y de fiscalización de las almas, salvo las del clero: «[e]l papa león lo devora todo, el obispo buey, pastor glotón, se come el pasto antes que sus ovejas; su arcediano es un lince que descubre la presa, su deán es un perro de caza que con la ayuda de los oficiales, cazadores del obispo, tiende las redes y cobra las piezas» [en Jacques Le Goff, Los intelectuales en la Edad Media, trad. de Alberto L. Bixio, Barcelona, Gedisa, 1996, p. 45]. La metamorfosis de los clérigos en animales pone el foco en afán cinegético en que las jerarquías eclesiásticas se encontraban en aquel tiempo con respecto a todo lo vivo, natural y humano.

Pero el caso de un bestiario foucaultiano es algo diferente. Los propios editores de la obra, junto al colectivo Maurice Florence, sobre el que esta coautora-lectora desearía poder seguir indagando, apuestan todo el tiempo por desaparecer de la foto, haciendo del lector/a el protagonista de un hallazgo que es un extravío, de una verdad que se pierde como un fogonazo, de un discurso que se despliega perdiendo su propia pista en un laberinto. En esa ceremonia instituyente de una comunidad que no quiere seguir siendo espacio de productividad, explotación y vigilancia, quien se adentra en estas páginas descubre que en algún momento de su existencia ha tenido algo que ver con la bruja revalorizada por Silvia Federici, por su pericia en saberes ancestrales sobre el cuerpo y la vida. Las inseguridades del aparato de heteronormatividad sexual en que con seguridad ha sido socializado/a le harán solidarizarse con el onanista, el hermafrodita o el sodomita, todos ellos rechazados por un sistema deseante cuyos signos ponen a funcionar en una dirección considerada incorrecta. Quién no se ha sentido enfermo, alguna vez, en términos casi ontológicos, en tanto que individuo incapaz de seguir obedeciendo a los imperativos de la época. Quién no ha sido tildado de loco cuando se ha atrevido a defender pautas de vida alternativos a los dominantes. Pero también de necio, por no estar en condiciones de saber lo que hay que pensar, decir y hacer tal y como dictan las normas, universalmente conocidas a decir de tantos/as. Cuando la lectora es una mujer, es inevitable no tomar cariño a la histérica, desechada por su improductividad reproductiva y simultánea energía simbólica, de la misma manera que a la poseída, ese fantasma humano que recupera su cuerpo y erotismo y lo pone al servicio de ese párroco tan simpático, Grandier, un Don Juan clerical en la Francia de provincias, sumo sacerdote de una teología que corona un sistema-mundo material, sensible, carente de culpa.

Si hacemos un esfuerzo más, incluso podemos sentir una vibración de comunidad que no quiere serlo con el delincuente, esa fuente del mal que horada internamente el cuerpo civil, con el parricida —¿quién no ha necesitado matar al padre, en la vida, en los sueños, en la escritura, en la academia?—, el pederasta —el criminal obsesionado eróticamente con la minoría de edad, que busca extender como un paraíso egotista— o el suicida, aquel para el que la vida propia ha dejado de tener sentido y buscar cortar el hilo que como su nacimiento no ha decidido. Por el camino, en este paisaje en penumbra plagado de personajes conformados por un autor poco dispuesto a la autocrítica —la norma, la institución, la moral, las ciencias psi— aparecen los seres que nunca tomaron en serio las fronteras, esos entes sin cuerpo que sin embargo determinan reconocimiento, castigos, placeres y deciden la movilidad sobre la superficie de la Tierra. Entre estos, cómo no recordar al bárbaro, ese individuo procedente de tierras extrañas, incapaz de hablar como el sujeto blanco occidental querría. Con la misma fuerza se manifiesta el cínico, ese filósofo que no se quiere distinguir de la plebe, renunciando a las marcas de distinción propias de su gremio. En una esquina próxima espera el disidente, a quien la sociedad biempensante gusta de condenar por no adorar a los dioses del consenso y la armonía. Un poco más adelante, salen al encuentro el infame, la prostituta y el miserable. Todos ellos alimentan el narcisismo o el placer de otros, al precio de no ser invitados a la mesa de la comunidad visible que sin embargo sostienen sin recibir reconocimiento alguno. Sin ellos, la ciudad tal y como la conocemos se revolvería sobre sí misma, porque carecería de la falta que la constituye. Pero, aun así, lo que llamamos civilización se resiste a integrar el servicio que proporcionan a la sociedad, considerándolo una mancha pútrida merecedora solo del silencio y el estigma. Nada resulta más peligroso que el niño incorregible que desatiende todas las consignas que buscan reeducarlo, lanzándose siempre por una tangente imprevisible, pero temida, por sus progenitores naturales o civiles. Lo mismo puede decirse del vagabundo, que como el mencionado estudiante goliardesco, origen de tantos bestiarios, rechaza ser productivo para su sociedad.

Resistencia y comunidad: Figuras que desmandan

A veces, parecen sobrevolar sobre el resto de personajes con indisimulable soberbia el estoico, que enseña a resistir a los acontecimientos del mundo adaptándose a ellos. Ya en el contexto cristiano, algunos de los rasgos del anterior se proyectan sobre el asceta, cuya obsesión con la norma obliga a abandonar la urbe y refugiarse en el monasterio. No faltan en esta enciclopedia de las vidas colonizadas por la disciplina de normas ajenas, los amos del poder espiritual del pasado —el pastor— y los amos del poder espiritual del presente —el psiquiatra—, con su rostro pedagógico y receptivo, aunque cuando las cosas se ponen feas den paso sin mala conciencia al tirano —lo opuesto del príncipe tal y como Foucault lo soñaba— o al verdugo, destinado a hacer el trabajo sucio a la violencia monopolizada por el Estado. Cerca de ellos, pero como eternos tapados, puede observarse al sofista, cuya palabra escapa a las plantillas de sentido establecidas, y al perverso, el educador que enseña a que el placer se salga de las caceras que lo coartan y conducen en las direcciones que la sociedad quiere.

Todos/as ellos/as componen una comunidad que no manda, sino que más bien desmanda, pues por de pronto cada uno/a parece encerrar el secreto de una manera completamente singular de entender el mundo, de vivirlo y de constituirse ante él. Pero ninguno manda sobre el resto y, cuando lo pretende —podemos imaginar en esa imagen al pastor, al psiquiatra, al tirano—, el Bestiario mismo le devuelve el rostro del monstruo, del loco, de la histérica que no quiere reconocer, pero que alberga en el interior de su corazón tan blanco. Celebremos este libro como el milagro material que es, con todo su potencial para poner en práctica nuevas maneras de tejer filosofías que conformen un organon —una caja de herramientas— para hacer las vidas de todos/as más vivible, placentera y hacedera.

Este texto pertenece a la presentación de El Bestiario de Michel Foucault celebrada en octubre en 2025.

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