Israel

Las grietas mortales de Israel. Crónica de un colapso anunciado

Los acontecimientos del 7 de octubre de 2023 no crearon una crisis en Israel; simplemente arrancaron el velo que cubría las profundas grietas que desde hace décadas fracturan sus cimientos. Lo que se reveló fue la imagen de un Estado incapaz de proteger a sus ciudadanos, paralizado por una lucha interna entre teócratas mesiánicos y sionistas liberales, y cuya legitimidad internacional se desmorona como arena entre los dedos. En este contexto, la tesis del historiador Ilan Pappé deja de ser una profecía apocalíptica para convertirse en una conversación tan realista como necesaria: hablar del «final de Israel» es analizar la inevitable desintegración del proyecto sionista tal como lo conocemos. Este colapso, aclara Pappé, no tiene por qué ser la desaparición total de un Estado, al estilo de Vietnam del Sur, sino que podría asemejarse más a la transformación de un régimen ideológico, como ocurrió en la Sudáfrica del apartheid. Lo más probable es que sea una combinación de ambos procesos, un cambio sísmico cuyas fallas estructurales ya son visibles para quien se atreva a mirar.

El telón de fondo de esta crisis es el fracaso monumental del llamado «proceso de paz», cuyo colapso no fue un accidente, sino el resultado de un diseño que siempre favoreció a Israel. Desde 1967, la diplomacia liderada por Estados Unidos operó bajo una lógica perversa: cada ronda de negociaciones partía de cero, convirtiendo los asentamientos ilegales israelíes en «hechos irreversibles» sobre el terreno. Cuestiones fundamentales como la limpieza étnica de 1948 o el derecho al retorno de los refugiados palestinos fueron sistemáticamente excluidas de la agenda. Esta farsa diplomática ofrecía a los palestinos un trato cada vez peor, normalizando la ocupación y haciendo materialmente imposible la solución de dos Estados. No es de extrañar que, para 2022, el apoyo a dicha solución se hubiera desplomado a apenas un 33% entre los palestinos y un 34% entre los judíos israelíes. El callejón sin salida diplomático no hizo más que alimentar las tensiones internas, abriendo la primera y más profunda de las grietas que hoy amenazan con derribar el edificio.

Esta fractura existencial se libra dentro de la propia sociedad judía israelí, una lucha irreconciliable entre dos visiones antagónicas del país. Por un lado, emerge con fuerza lo que Pappé denomina el «Estado de Judea», una fusión de sionismo religioso mesiánico y judaísmo ortodoxo. Inspirado por ideólogos como los rabinos Kook y Ovadia Yosef, este bando aspira a un Gran Israel teocrático, desprecia al judaísmo laico –al que considera el «asno del Mesías», una herramienta útil pero descartable– y promueve un racismo explícito contra los palestinos. Frente a ellos se encuentra el «Estado de Israel», el campo secular y liberal que, si bien anhela vivir en una democracia, ha construido y sostenido un régimen de apartheid dependiente de la subordinación palestina. La elección en 2022 del gobierno más derechista de la historia del país y las masivas protestas contra su reforma judicial expusieron la profundidad de este abismo. El frágil cemento que une a estos dos bandos no es solo su acuerdo tácito en la opresión continua del pueblo palestino, sino la conciencia existencial de que, si se separan, no habrá ningún Estado judío que controlar.

El creciente aislamiento internacional de Israel es otra grieta mortal en sus cimientos. El apoyo incondicional del pasado se desmorona ante la evidencia de sus acciones. Un factor clave ha sido el auge del movimiento global de Boicot, Desinversiones y Sanciones (BDS), que, siguiendo el modelo de la lucha contra el apartheid sudafricano, ha logrado que Israel sea cada vez más percibido como un «Estado paria». Pero quizás el cambio más significativo se está produciendo dentro del judaísmo mundial. Las generaciones más jóvenes, especialmente en Estados Unidos, se distancian del sionismo, incapaces de reconciliarlo con sus valores liberales de igualdad. Organizaciones como Jewish Voice for Peace y las críticas a programas de adoctrinamiento como Birthright demuestran una ruptura fundamental con la identidad judía tradicionalmente pro-israelí. Este aislamiento ya tiene consecuencias tangibles: Puma ha decidido no renovar su patrocinio a la selección de fútbol israelí, países como Bélgica e Italia han suspendido la venta de armas, y fondos de pensiones globales están retirando sus inversiones, debilitando al Estado desde fuera mientras sus contradicciones lo devoran desde dentro.

Este coloso, que durante décadas proyectó una imagen de invencibilidad, ahora muestra tener los pies de barro. La percepción de la fuerza y competencia del Estado israelí se ha hecho añicos. El 7 de octubre no solo reveló un fracaso militar a la hora de proteger a sus ciudadanos, sino que expuso la verdadera naturaleza de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI): una fuerza de vigilancia y opresión de una población ocupada, no un ejército preparado para una guerra convencional. Este colapso de los servicios estatales no es nuevo; desastres previos como el incendio del Monte Carmelo en 2010 o la estampida mortal del Monte Merón en 2021 ya habían demostrado una disfunción crónica. Tras el 7 de octubre, la incompetencia estatal se hizo aún más patente con el abandono de decenas de miles de ciudadanos evacuados de las fronteras con Gaza y Líbano, para quienes el gobierno no trazó ningún plan de alojamiento, escolarización o empleo a largo plazo. A esto se suma una fragilidad económica latente. A pesar de su imagen de economía tecnológica próspera, Israel sufre una profunda desigualdad. El colosal gasto militar, sumado a la posible emigración de sus élites liberales, amenaza con arrojar su economía «en caída libre al abismo».

La conclusión de Pappé es contundente: el proyecto sionista es insostenible y su colapso ya ha comenzado. Pero esta desintegración revela también la séptima grieta, aquella que funciona como la precondición para un futuro distinto: la resiliencia y la emergencia de una nueva generación de activistas palestinos. Más unida, conectada globalmente y comprometida con una solución de un solo Estado basada en la igualdad, esta generación no solo representa una fuente de esperanza, sino el catalizador necesario para las transformaciones que Pappé denomina las «revoluciones» hacia la descolonización. Su visión no es una catástrofe, sino una oportunidad para construir algo mejor, un futuro en el que todos los habitantes de la Palestina histórica, incluidos los judíos israelíes, puedan vivir como ciudadanos iguales en una tierra liberada. La cuestión, por tanto, ya no es si el edificio se caerá, sino cuándo. La tarea urgente para todos aquellos comprometidos con la justicia es prepararse para llenar ese vacío, no con más violencia, sino con un proyecto fundamentado en la reconciliación.

Este texto es un pequeño extracto de ‘El final de Israel’, el último libro de Ilan Pappé

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