Comintern

Viajeros de la revolución mundial:  la Comintern

Héctor Ortega

A comienzos del siglo XX emergió un nuevo ciclo histórico con la Revolución Rusa de 1917, siglo XX heredero de una larga secuencia de revoluciones, restauraciones y conflictos sociales de todo tipo que recorrieron Europa y América desde finales del XVIII, con hitos tan señalados como las revoluciones ocurridas en EE. UU., en Francia o en Haití, pasando por los Primavera de los Pueblos de 1848 o la simbólica, y fugaz Comuna de París de 1871, y que convulsionaron todo el siglo XIX (proceso estudiado minuciosamente por Edgar Straehle en su libro Los pasados de la revolución, Akal 2024).

De ese proceso derivó una de sus instituciones más novedosas, si no la mayor, la Internacional Comunista —la Comintern—, uno de los intentos más ambiciosos de articular una política verdaderamente global. No era sólo una organización: era una red, una forma de vida, una apuesta por reorganizar el mundo desde bases emancipadoras. Su aspiración no se limitaba a coordinar partidos comunistas; pretendía conectar luchas diversas bajo un horizonte común, convirtiéndose en referencia para obreros, militantes e intelectuales de distintos continentes y adscripciones políticas anticolonialistas, socialistas, socialdemócratas, feministas, sindicales o anarquistas.

Como nos comenta, Brigitte Studer, la Comintern ofrecía algo hoy difícil de imaginar: una identidad política transnacional capaz de atravesar fronteras y trayectorias personales. Para muchos de sus integrantes, la pertenencia no era solo ideológica, sino vital. Se trataba de formar parte de un “nosotros” global que reorganizaba lealtades y expectativas.

Brigitte Studer es la autora de Viajeros de la revolución mundial: Una historia global de la Internacional Comunista, publicado por Akal en 2025. La autora, aparte de su importante trabajo de documentación, exposición histórica y detalle, añade un método de trabajo que nos presenta una aproximación al contexto histórico sin olvidar las biografías particulares, lo que llama “acción situada” -influida por autores como Pierre Bourdieu o Reinhart Koselleck-, en la que las vidas de los revolucionarios transitan entre sus circustancias personales, su dedicación institucionalizada profesional y su misión histórica como vangardias revolucionarias, en definitiva, nos muestra en detalle la excepcional vida de los revolucionarios que integraron o formaron parte del desarrollo de la Comintern.

Como nos recuerda, aunque su método  pase a través de presentarnos la agenda de la persona, no debemos perder la perspectiva de que estas personas sólo son una muestra de las que se han podido biografiar entre un total mucho mayor: “La Comintern movilizó a unas 30.000 personas a escala global, pero el análisis histórico solo ha podido identificar con nombre y trayectoria a unas 320, de las cuales apenas una veintena permite reconstruir, en clave biográfica, la arquitectura real de ese internacionalismo.”

Serán en esos cruces donde la historia adquiere densidad: no como relato lineal, sino como red de encuentros, decisiones y contingencias que irán configurando una “dramatis personae” que en toda su dimesión trágica sintetizó Eugen Leviné: “todos los comunistas somos muertos de vacaciones”. Y esto no es exagerado, pues antes de que Stalin firmase el acta de disolución un 15 de mayo 1943, nos conviene recordar que los revolucionarios de la Comintern tuvieron que lidiar, entre otras cosas, con: “La derrota en España, la expansión del fascismo y el pacto germano-soviético de 1939 desorientaron profundamente a los militantes. La ‘patria de los trabajadores’ se aliaba con el enemigo al que habían combatido durante años.” Así la autora estima que durante las purgas estalinistas entre enero de 1936 y abril de 1938 se detuvo a más del 50% de los miembros de la célula del partido del CEIC en Moscú, que era aproximadamente un centenar de las 320 biografías analizadas que murieron violéntamente, tanto ejecutadas por la oposición, y en su mayor medida, ejecutadas desde sus propias filas.

Pero volvamos a los inicios esperanzadores, dónde un mundo lleno de nuevas posibilidades políticas se abría paso en una lucha común para las personas excluidas, en una lucha común en la que no importaba la clase social, el género, la “raza”, la religión o la nacionalidad a condición de que estuviese dispuesto a colaborar en una revolución mundial que acabase con esas exclusiones debidas al sistema capitalista, patriarcal y colonialista.

Bakú y Taskent: internacionalismo bajo tensión

El giro hacia Oriente fue uno de los movimientos más audaces de la Comintern. Espacios como Bakú y Taskent se convirtieron en laboratorios donde la revolución intentaba salir de su matriz europea y dialogar con contextos coloniales, islámicos y asiáticos.

En Bakú, el Congreso de los Pueblos de Oriente (1920) fue uno de los momentos más ambiciosos —y también más contradictorios— de la Comintern. Allí se intentó articular una alianza entre bolcheviques, pueblos musulmanes, movimientos anticoloniales y activistas locales. La escena era potente: delegados de distintos contextos culturales, lingüísticos y religiosos reunidos bajo la promesa de una revolución global contra el imperialismo.

Pero Bakú también puso sobre la mesa tres tensiones estructurales que la Comintern nunca logró resolver del todo.

La primera era la cuestión del nacionalismo. Mientras los bolcheviques apelaban a una revolución internacional, muchos de los participantes entendían su lucha en términos de liberación nacional. El intento de traducir el lenguaje comunista a claves locales —por ejemplo, cuando Grigori Zinóviev habló de una “guerra santa” contra el imperialismo— mostraba tanto la flexibilidad táctica como la incomodidad estratégica del proyecto.

La segunda tensión tenía que ver con la raza y el colonialismo. Aquí la figura de Roy es central: insistió en que los pueblos colonizados no eran simplemente “proletariado en espera”, sino sujetos políticos con agendas propias. Este planteamiento chocaba con la tendencia de la Comintern a subsumir todas las formas de opresión en la lógica de clase.

La tercera tensión era la de género. Intervenciones como las de Nağiya Hanum o Bibinur pusieron sobre la mesa demandas concretas: igualdad jurídica, acceso a la educación, derechos en el matrimonio. No pedían ser integradas en una lucha ya definida, sino redefinirla. Esto obligó a la Comintern a reconocer —aunque de forma incompleta— que la emancipación no podía pensarse en términos unidimensionales.

Bakú fue, en ese sentido, un laboratorio: mostró la ambición de construir un internacionalismo no eurocéntrico, pero también los límites de un proyecto que, en última instancia, seguía dirigido desde Moscú.

Berlín, París, Bruselas, Zúrich: la revolución en Europa.

Si Moscú era el centro político y simbólico, Berlín fue durante un tiempo la gran bisagra europea del internacionalismo comunista. Ninguna otra ciudad estuvo tan cerca de convertirse en el punto de expansión de la revolución hacia el corazón industrial del continente. Otras ciudades también jugaron un rol de primera magnitud, París, Bruselas y Zúrich funcionaron como nodos clave de una red transnacional comunista.

Para muchos cuadros de la Comintern, Berlín no era solo un lugar de paso, sino el escenario donde la revolución podía materializarse en Occidente. Las biografías de militantes que transitaban entre Moscú y Berlín reflejan esa expectativa: ciudades conectadas por redes clandestinas, reuniones, publicaciones y proyectos políticos.

Sin embargo, esa posibilidad se frustró. El fracaso de la insurrección alemana de 1923 marcó un punto de inflexión. No fue solo una derrota táctica, sino el cierre de una ventana histórica. A partir de entonces, la Comintern empezó a replegarse estratégicamente, y la idea de una revolución inmediata en Europa perdió fuerza.

Este fracaso tuvo efectos profundos. Reforzó la posición de Iósif Stalin y su tesis del “socialismo en un solo país”, que desplazaba el eje del internacionalismo hacia la consolidación interna de la Unión Soviética. Para muchos militantes, esto supuso un cambio radical: de la expectativa de una revolución global inminente a una lógica más defensiva y estatalizada.

Guanzhou, Wuhan y Shanghái: revolución y subordinación

El caso chino expuso con especial claridad los problemas estratégicos de la Comintern. La alianza con el Kuomintang en 1923 respondía a una lógica táctica: el Partido Comunista Chino era débil y necesitaba apoyarse en una fuerza nacionalista con capacidad de unificación.

Sin embargo, esta estrategia se vio profundamente afectada por la orientación de Stalin, que impulsó una política cada vez más centrada en los intereses del Estado soviético. La prioridad dejó de ser la revolución mundial en abstracto y pasó a ser la estabilidad geopolítica.

Esto tuvo dos consecuencias clave. Por un lado, se forzó a los comunistas chinos a mantenerse dentro del Kuomintang incluso cuando las tensiones eran evidentes. Por otro, se subestimó la capacidad de los nacionalistas para reprimir a sus aliados. El resultado fue la represión liderada por Chiang Kai-shek, que desmanteló gran parte del movimiento comunista urbano.

En este contexto emerge la figura de Mao Zedong, cuya estrategia —basada en el campesinado y en una lectura más adaptada al contexto chino— se distanciaba progresivamente de las directrices de la Comintern. Aunque ese distanciamiento no fue inmediato, sí marcó una divergencia fundamental: frente al modelo urbano-industrial heredado de Europa, Mao proponía una revolución arraigada en la realidad rural china.

China evidenció así un problema de fondo: la dificultad de articular una estrategia global sin imponer un modelo único. La política de Stalin, cada vez más nacionalizada, acentuó esa contradicción.

La última misión: Barcelona-Madrid-Albacete-Valencia.

Durante la Guerra Civil española, la Comintern encontró uno de sus escenarios más visibles. España se convirtió en un frente central contra el fascismo, y la organización desplegó allí buena parte de su capacidad logística y política.

Albacete desempeñó un papel clave como base de las Brigadas Internacionales en pueblos de la comarca de La Manchuela. Desde esta comarca se coordinó la llegada, formación y despliegue de miles de voluntarios procedentes de distintos países. Para muchos de ellos, España representaba la concreción de ese internacionalismo vivido: no una idea abstracta, sino una experiencia compartida de lucha.

Las Brigadas no eran solo una fuerza militar, sino también un espacio de encuentro entre trayectorias políticas diversas. Intelectuales, obreros, exiliados, militantes…, todos convergían en un mismo frente. Sin embargo, como en otros contextos, la intervención de la Comintern estuvo marcada por tensiones internas.

La necesidad de centralizar el esfuerzo bélico llevó a reforzar el papel del Partido Comunista y a limitar la autonomía de otras corrientes, especialmente anarquistas y trotskistas. Figuras como Palmiro Togliatti jugaron un papel relevante en esta reorganización. El resultado fue ambivalente: por un lado, se logró una mayor coordinación militar; por otro, se intensificaron las divisiones internas del bando republicano.

Biografías en el filo de la historia con las maletas hechas.

En todos estos escenarios —Moscú, Bakú, Berlín, Shangahai, Albacete— se repite un patrón: el de militantes que intentan traducir un proyecto global a contextos concretos, enfrentándose a tensiones que no siempre tienen solución. Las biografías de la Comintern están atravesadas por esa fricción constante entre universalismo y particularidad.

La evolución del propio movimiento refleja ese desplazamiento constante, entre la Revolución global y la construción burocrático-estatal como exclusivo centro de decisión. Lo que comenzó como una red relativamente abierta y plural terminó convirtiéndose, bajo Stalin, en una estructura cada vez más centralizada y disciplinaria. El Gran Terror de 1936-1938 fue el punto culminante de ese proceso: muchos de los propios cuadros de la Comintern fueron purgados, encarcelados o ejecutados.

La disolución de la Comintern en 1943 puso fin a este experimento, pero no a las preguntas que planteó. Su historia sigue siendo relevante porque condensa un problema que permanece abierto: cómo construir un proyecto político global que articule diferencias sin anularlas.

Las vidas de sus integrantes —de Roy a Zetkin, de Serge a los brigadistas en Albacete— muestran tanto la potencia como los límites de ese intento. Fueron vidas intensas, marcadas por la convicción y el riesgo, por la esperanza y la tragedia. Entender la Comintern implica, en última instancia, entender esas trayectorias: personas que apostaron por cambiar el mundo y que, en ese intento, se enfrentaron a las contradicciones de su propio proyecto. Sin embargo, su ejemplo, sus vidas, sus esperanzas, sus aportaciones siguien impelándonos a buscar una respuesta, muchos de ellos las entregaron con su vida, otros nso dejaron su obra inconclusa con propuestas que quedaron abortadas, pero que podrían ser la solución ante nuevas cirscustancias. Recordemos el nombre de alguno de sus protagonistas con los que acaba Brigitte Studer su importante Viajeros de la revolución mundial: Una historia global de la Internacional Comunista:

  • M. N. Roy
  • Evelyn Trent
  • Willi Münzenberg
  • Babette Gross
  • Margarete Buber-Neumann
  • Ruth Werner
  • Tina Modotti
  • Vittorio Vidali
  • Agnes Smedley
  • Jules Humbert-Droz
  • Jenny Humbert-Droz
  • Gyula Alpári
  • Jakov Reich
  • Virendranath Chattopadhyaya
  • Elena Stasova
  • Mijaíl Borodin

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