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Más allá de la página. Por qué seguimos leyendo (y qué dice eso de nosotros)

Ediciones Akal

En un presente definido por lo que el filósofo Olivier Roy denomina el «aplanamiento del mundo», una suerte de miseria simbólica donde la inmediatez y la transparencia digital parecen haber clausurado nuestra capacidad de imaginar, surge con fuerza una pregunta casi de supervivencia: ¿por qué, a pesar de la aceleración tecnológica y la segmentación de nuestras vidas, seguimos abriendo libros? La respuesta no es meramente nostálgica, sino profundamente antropológica, pues como sugiere Santiago Alba Rico, el relato ha servido ancestralmente para reorganizar territorios, palabras y cuerpos frente a las violencias de la historia. En este ecosistema neoliberal que funciona como un calidoscopio de gags e imágenes inconexas, lo que se proclama es una visceralidad que, precisamente porque todo debe ser visto, ya no puede ser narrado. Seguimos leyendo porque el relato es el mediador necesario para absorber las heridas de la existencia en el tiempo circular de la comunidad y para regular los límites de lo humano frente al daño. Lo que este acto dice de nosotros es que, a pesar de ser descritos como caníbales virtuales encadenados a un banquete del que somos a la vez comensales y alimento, todavía conservamos una misión en el mundo: la obligación de vivir para otros y la alegría de estar vivos a través de las palabras ajenas.

La literatura se sitúa hoy como un «tercero» necesario entre la realidad muda y la mentira falsa, constituyendo quizás el descubrimiento más grande de la humanidad al permitirnos acceder a lo verdadero. Si seguimos leyendo es porque la realidad pura, esa inmanencia ciega de la experiencia cotidiana, nos pasa desapercibida si no se nos representa dos veces a través de un narrador. Necesitamos al Otro para que nos saque del presente ciego y nos obligue a ser dos, tres o doce, impidiendo que el «Yo» se convierta en un paraíso personal acorazado contra la existencia de las cosas. Leer dice de nosotros que somos seres constitutivamente incompletos que necesitan el lenguaje para extraer el espacio mismo del presente ininterrumpido de nuestro propio nombre. En este sentido, la ficción no es una vía de escape, sino el único lugar donde realmente ocurren las cosas, donde nos interesamos por la existencia del mundo y del otro, incluso si ese otro es un malvado o un monstruo. La lectura es un acto de fe en la autonomía de la ficción, una fuerza que «hojaldra» y «leuda» la realidad contra la tentación de la transparencia autoritaria que algunos intentan imponer a través de la mojigatería o el fanatismo moral.

Elogio de la literatura, Santiago Alba Rico

Este compromiso con la lectura revela también nuestra vulnerabilidad radical, una fragilidad que autores como Franz Kafka o Beatrix Potter captaron al describir una humanidad delgada como una cuchilla de afeitar. Seguimos buscando en los libros ese «golpe en el cráneo» que nos sacude y nos mete el veneno de la literatura en el cuerpo, recordándonos que habitamos un mundo donde la atrocidad a menudo se acepta como normal. Al leer, aceptamos habitar esa «disforia literaria» que nos permite ser y dejar de ser quienes decimos que somos, integrando en nuestra imaginación las alteridades que residen en el nosotros. El hecho de que sigamos leyendo dice que no nos basta con nuestra propia piel y que reclamamos el derecho a ser torturados, asesinados, convertidos en escarabajos o en caballeros andantes dentro de la fábula. La literatura opera así como una prótesis útil para comprender el carácter virtual de la experiencia cotidiana, revelando que nuestros marcos interpretativos son, ante todo, una construcción psicosocial con un fuerte carácter narrativo.

Además, la persistencia del lector en un mundo que privilegia la respuesta algorítmica señala nuestra resistencia a la deculturación acelerada y nuestro deseo de conservar un mundo ambiguo y potencialmente peligroso. Seguir leyendo es defender un puente cultural, una trinchera hecha de formas precarias como los cuidados, los amores y los relatos, frente a un capitalismo que ha aprendido a fabricar sus propias pasiones con datos. Lo que dice de nosotros es que todavía preferimos ser «mirones, chismorreros y disfóricos», felices en nuestra desgracia consciente, antes que sucumbir al aplanamiento de una vida sin sombras. A través de la lectura, nos convertimos en traductores de lo intraducible –cuerpos, árboles y buenas novelas–, aceptando que el mundo es un problema irresoluble que solo se puede habitar por aproximación pura. Leemos para no residir solo en nuestros propios pechos y para salvarnos, no de la muerte, sino de la inmanencia ciego de un tiempo que se nos escapa entre las manos.

La relación con los libros clásicos, como los de Jane Austen o Marcel Proust, revela que el lector moderno busca instrumentos ópticos para discernir lo que no podría ver en sí mismo. Seguir leyendo a Austen, por ejemplo, supone reconocer que la chismorrería femenina y la observación de lo banal contienen las leyes universales del carácter humano, una sabiduría que las familias usan para dar relieve al tiempo perdido. Lo que esto dice de nosotros es que nos fascinan las verdades minúsculas y que necesitamos la conversación de la mesa de al lado para que nuestra inteligencia no se endurezca y se vuelva estéril. En el caso de Proust, el acto de leer se convierte en una batalla contra la Costumbre embrutecedora que nos esconde el universo, un intento de recuperar la infancia y el pasado a través de reminiscencias materiales que nos devuelven la vida verdadera. Somos, en definitiva, seres que necesitan que el tiempo leude, que las sensaciones se multipliquen y que los objetos nos hablen con un lenguaje que la inteligencia pura no sabe descifrar.

Finalmente, el hecho de que sigamos leyendo a pesar de los horrores actuales, desde Gaza hasta Ucrania, no es un acto de frivolidad, sino la única respuesta posible frente al nihilismo y la derrota. Las preguntas que nos hacemos sobre el sentido de los libros se han afilado y adelgazado con los años, pero la única contestación que podemos sostener hoy es que los libros sirven, simplemente, para ser leídos. Al hacerlo, reivindicamos la risa plebeya y carnavalesca de personajes como el soldado Švejk, dándonos permiso mutuo para seguir viviendo como supervivientes provisionales en un mundo que se cree inmortal. Leemos porque el desasosiego es el primer principio para la reconstrucción de la humanidad y porque solo a través de la ficción podemos descubrir qué es lo que realmente sentimos y amamos. Lo que la literatura dice de nosotros, en última instancia, es que somos gigantes sumergidos en los años, seres que lindan simultáneamente con épocas distantes y que necesitan del estilo y de la forma para que su vida no sea una pura sucesión de instantes perdidos. Seguimos leyendo porque la literatura no nos hace mejores personas, pero nos vuelve conscientes de la multiplicidad de la existencia y de la necesidad de traducir las sombras entre dos cuerpos para no perdernos el mundo mismo. Al cerrar un libro, lo que queda no es solo el recuerdo de una trama, sino la victoria momentánea sobre el olvido y la certeza de que, mientras haya relato, habrá una posibilidad de verdad entre la realidad y la mentira.

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