Héctor Ortega
El libro El Golpe. El fin de la democracia en EEUU, de Javier Cavanilles, publicado en la colección A Fondo de Ediciones Akal, analiza el arranque del segundo mandato presidencial de Donald Trump y lo presenta no como una anomalía política aislada ni como el simple resultado de una personalidad extravagante, sino como la culminación de un proceso ideológico y organizativo desarrollado durante décadas dentro de las derechas estadounidenses (sin olvidarse de la falta de lectura política de los sectores liberales, cuando no coautores intelectuales, tanto por omisión como por interés, del mismo). El autor plantea que la aceleración autoritaria que vive Estados Unidos no puede entenderse únicamente a través de la figura de Trump ni mediante interpretaciones centradas en su carácter imprevisible, narcisista o provocador. Según el libro, reducir el fenómeno a la figura del líder implica ocultar las estructuras económicas, intelectuales, religiosas y políticas que han permitido su ascenso y consolidación.
Desde Europa, y especialmente desde las sociedades de bienestar occidentales, existe cierta tendencia a interpretar el trumpismo como un accidente histórico, una especie de irrupción irracional fruto del deterioro social, la desinformación o la crisis institucional. Sin embargo, el análisis de Cavanilles sostiene que muchas de las medidas impulsadas por el movimiento MAGA responden en realidad a viejas aspiraciones del Partido Republicano y de una amplia red de fundaciones, lobbies, iglesias evangélicas y think thanks ultraconservadores que llevan décadas construyendo su proyecto político. Trump sería, en ese sentido, menos un creador que un vehículo: el dirigente carismático capaz de ejecutar un programa que durante mucho tiempo no podía ser aplicado abiertamente sin generar un fuerte rechazo social.
El libro muestra cómo, desde mediados del siglo XX, determinados sectores empresariales estadounidenses comenzaron a financiar una ofensiva cultural e ideológica contra las universidades, los sindicatos y las políticas progresistas. Figuras como Friedrich Hayek o Ludwig von Mises, referentes de la escuela austríaca y del pensamiento libertario, recibieron apoyo financiero de grandes asociaciones empresariales para desarrollar y expandir sus ideas en universidades estadounidenses. El objetivo no era únicamente económico, sino profundamente político: combatir cualquier influencia vinculada al New Deal, al sindicalismo, a las políticas redistributivas pasando por revertir el periodo de consolidación de los derechos civiles para las minorías racializadas, las diferentes diversidades sexuales, el feminismo, la denuncia y revisión historiográfica de las políticas imperialistas de los EE. UU.
A partir de esa base se fueron consolidando think tanks ultraconservadores que tendrían una enorme influencia en las décadas posteriores. Instituciones como la Heritage Foundation, el Cato Institute o el Manhattan Institute for Policy Research se convirtieron en centros de producción ideológica destinados a influir en los medios de comunicación, las universidades, el sistema judicial y el Partido Republicano. La llamada “guerra cultural” nace precisamente de esa estrategia: transformar el conflicto político en una confrontación moral y civilizatoria permanente.
El movimiento MAGA, tal y como nos detalla Cavanilles, sería una cristalización de décadas de trabajo ideológico. Algunos textos fundamentales del entorno trumpista, como “The Flight 93 Election”, describen la política estadounidense como una lucha existencial en la que los conservadores deben “asaltar la cabina” antes de perder definitivamente el país. Esta retórica apocalíptica convierte al adversario político no en un competidor legítimo, sino en un enemigo absoluto que amenaza la supervivencia nacional. En este contexto adquiere especial relevancia el Claremont Institute, uno de los grandes centros intelectuales del trumpismo contemporáneo. Desde este entorno surgen muchas de las ideas que posteriormente alimentan proyectos como el Proyecto 2025, diseñado para transformar profundamente la administración federal estadounidense. El libro destaca la influencia de figuras como Peter Thiel, Curtis Yarvin o Russell Vought, quienes defienden visiones cada vez más autoritarias del poder ejecutivo y cuestionan los límites liberales tradicionales.
La idea central es que el Estado habría sido capturado por fuerzas progresistas, burocráticas y cosmopolitas, por lo que sería necesario reconstruirlo desde dentro mediante una ofensiva política total. De ahí que muchas de las propuestas del entorno trumpista planteen purgas administrativas, subordinación de organismos independientes y concentración de poder presidencial. El lenguaje empleado por estos sectores es abiertamente beligerante. Vought, arquitecto del Proyecto 2025, llega a describir la situación política estadounidense como una guerra histórica comparable 1776 o 1860, reforzando así la percepción de enfrentamiento civilizatorio.
El libro también analiza la alianza internacional de estas redes conservadoras. La llamada Red Atlas funciona como una hub global de think tanks neoliberales y ultraconservadores con presencia en numerosos países. En España, Cavanilles señala la conexión entre estas organizaciones y entidades como la Fundación FAES o Fundación Disenso. Según el autor, existe un intercambio constante de estrategias políticas, financiación y marcos ideológicos entre la derecha radical estadounidense y diversos movimientos europeos.
Otro de los ejes fundamentales del análisis es el componente racial y demográfico de la transformación republicana. Como señala el estratega republicano Stuart Stevens, la cuestión racial define en gran medida al Partido Republicano contemporáneo. El descenso progresivo del peso electoral de los hombres blancos cristianos genera un profundo temor identitario en amplios sectores conservadores. Documentos estratégicos republicanos reconocen explícitamente esta preocupación y buscan fórmulas para ampliar el electorado sin perder el apoyo del nacionalismo blanco y cristiano que constituye su base política.
La religión desempeña aquí un papel esencial. El nacionalismo cristiano evangélico se convierte en uno de los pilares ideológicos del trumpismo. Las visiones apocalípticas del fin de los tiempos, muy presentes en determinados sectores evangélicos estadounidenses, alimentan una interpretación política de carácter casi mesiánico. El conflicto político deja de ser un debate racional sobre programas para convertirse en una batalla espiritual entre el bien y el mal.
Esta visión ha influido notablemente en empresarios tecnológicos y financieros cercanos al trumpismo, como Peter Thiel, cuya relación con figuras como J. D. Vance muestra la creciente alianza entre sectores del capitalismo tecnológico y el nacionalismo conservador. Lejos de representar una ruptura con las élites económicas, el trumpismo aparece así profundamente conectado con importantes centros de poder financiero y empresarial.
El libro dedica también atención al ataque contra las universidades estadounidenses. Las políticas de diversidad, equidad e inclusión son utilizadas como argumento para justificar una ofensiva mucho más amplia contra las instituciones académicas, consideradas por la derecha radical como bastiones del progresismo cultural. La batalla contra lo “woke” se convierte así en una herramienta de movilización política destinada a reforzar la identidad conservadora y alimentar la percepción de persecución ideológica.
En paralelo, Cavanilles explica cómo determinadas corrientes jurídicas conservadoras, especialmente el originalismo constitucional, han ganado una enorme influencia en el sistema judicial estadounidense. Surgido durante la era de Ronald Reagan, el originalismo defiende una interpretación rígida y nativista de la Constitución destinada a limitar las transformaciones sociales impulsadas durante las décadas de los derechos civiles. Esta doctrina jurídica ha servido para legitimar retrocesos en derechos reproductivos, regulación estatal y protección de minorías.
La conclusión que recorre El Golpe es profundamente inquietante: la democracia estadounidense no estaría siendo erosionada únicamente por el comportamiento de un líder concreto, sino por un proyecto político e ideológico de largo recorrido que considera insuficientes las reglas del liberalismo democrático para garantizar su permanencia en el poder. Trump sería, por tanto, la expresión visible de una transformación mucho más profunda y estructural de la derecha estadounidense y, en buena medida, occidental. Y todo ello sin que por el momento haya aparecido ninguna alternativa progresista que tenga la capacidad de contrarrestarlo de manera contundente. Es cierto que casos como la vuelta de Lula, la victoria de Sheinbaum, la continuidad en el papado progresista dentro de la Iglesia Católica o la lucha contra las cuerdas que está soportando Pedro Sánchez puedan aliviar levemente esta travesía por el desierto de la izquierda, sin embargo, no podemos saber por el momento si estamos llegando a su final o solo estamos iniciando el camino, y, por tanto, si ni tan siquiera hemos visto lo peor. Y vistas las intenciones de quienes están detrás de las nuevas derechas, como nos las ha descrito en su libro Cavanilles, parece que no.