Abd el-Krim y la Guerra del Rif

La traumática pérdida de lo que quedaba del imperio español en el Nuevo Mundo al final del siglo XIX motivó una oleada de autocrítica respecto a la posición de España en un mundo descaradamente imperialista. Mientras otras naciones europeas ampliaban sus colonias, las de España estaban desapareciendo. ¿Estaba España en declive, sin expectativas de regeneración, o tenía un futuro como potencia colonial? Dirigida por el beligerante rey Alfonso XIII, conocido como «El Africano», España tenía puestos sus ojos en Marruecos para revivir su fortuna imperial y restaurar sus reivindicaciones de grandeza.

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El rey Alfonso XIII, defensor de la expansión de España en el norte de Marruecos y conocido como «El Africano» debido a sus ambiciones imperialistas, dirige las operaciones militares en las montañas del Rif en torno a 1911. (Colección Gérard Lévy, París).

Recientemente industrializada y lentamente modernizada, España veía a Marruecos como una fuente de materias primas, mano de obra barata y mercados sin limitaciones. Los ricos depósitos de mineral del Rif prometían, pero la dureza del terreno y la falta de carreteras dificultaban su explotación. En los primeros ocho años de dominio, España avanzó poco hacia el interior, pero sus intenciones estaban claras.

Por su parte, los rifeños estaban cada vez más alarmados, porque ni estaban aislados ni ignoraban las mañas europeas: la proximidad de los presidios, enclaves españoles en la costa norte de Marruecos, una tradición de migración estacional a la fuertemente españolizada región de Orán en Argelia, la pesca de bajura y el contrabando, habían familiarizado a los rifeños con sus vecinos españoles. No obstante, ahora que España ya no era un visitante sino un residente permanente y los rifeños súbditos coloniales, la relación cambió radicalmente.

Cuando el general Dámaso Berenguer fue nombrado Alto Comisario para Marruecos en 1919, un resuelto movimiento de resistencia rifeño se había reunido bajo los hermanos Abd el-Krim, líderes de una fuerza improvisada compuesta por rudos miembros de las tribus conocidos por la ausencia de miedo en la batalla y su asombrosa puntería con un rifle.

Mohamed Abd el-Krim

La familia Abd el-Krim estaba formada por un padre y dos hijos, Mohamed el mayor, también llamado Mohand, y Mhamad, el más joven. El patriarca, que era caíd de la poderosa tribu de los Beni Ouariaghel, dio a sus hijos una educación moderna, pero no descuidó su formación religiosa. Mohamed (1882-1963) terminó sus estudios en el Qarawiyyin de Fez, fue a trabajar para los españoles en Melilla y se convirtió en periodista. Editaba la sección árabe del periódico local El Telegrama del Rif.

Persona compleja, con una heteróclita educación, Mohamed Abd el-Krim hablaba español y árabe y estaba versado en derecho islámico, logros preciados a los ojos de los rifeños de lengua bereber. Ambos hermanos estaban irritados por los torpes intentos de España de explotar los ricos depósitos minerales del Rif y observaban con creciente preocupación cómo el ejército español se internaba cada vez más en su tierra.

Mohamed Abd el-Krim fue encarcelado por animar a la sedición en 1915, una experiencia que instiló en él un feroz deseo de venganza. Al dejar la cárcel en 1917, volvió a su tierra, a Ajdir, y empezó a construir una fuerza armada organizada en torno a su tribu de los Beni Ouariaghel. Entretanto, las fuerzas españolas, unos setenta y cinco mil hombres, se internaban en territorio rifeño, desalojando a las tribus más poderosas del Rif Central, como los Beni Daid, los Temsamane y los Tafersit.

La fuerza española era grande, pero la base de soldados rasos no era fiable; los hombres, que estaban insuficientemente entrenados, mal equipados e infraalimentados, completaban sus escasas raciones con ranas y tortugas que atrapaban en los cursos de agua. El cuerpo de oficiales era arrogante e incompetente, las líneas de comunicación con base en la costa estaban demasiado alejadas, los caminos eran primitivas sendas y la ayuda médica «más que despreciable», de acuerdo con el testigo presencial Walter Harris, que vio cómo los soldados heridos esperaban días para ser tratados.

Annual

Los choques en las montañas continuaron durante la primavera de 1921. Los guerreros rifeños invadieron los puestos avanzados españoles, pero los españoles no se tomaron en serio estos encontronazos. En julio, los rifeños atacaron y diezmaron a una fuerza muy superior en tamaño en el minúsculo fuerte de Annual, en el este del Rif, logrando una asombrosa victoria. Cuando el general Manuel Silvestre, comandante de las fuerzas españolas en el Rif, recibió la noticia del asalto a Annual, salió corriendo hacia el frente de batalla, pero era demasiado tarde. Asediados por todos lados, Silvestre y sus hombres resistieron hasta que todos cayeron.

Esta derrota desató el pánico general: el ejército español al completo huyó a través del paisaje ardiente y reseco del Rif Central en pleno verano. En la desbandada, piezas de artillería, transportes, montones de armas y munición, junto con los heridos, fueron abandonados junto al camino. Los soldados en fuga se detuvieron en la guarnición de Monte Arruit, cercana a la costa, pero también allí fueron totalmente arrasados. En total, los españoles perdieron alrededor de nueve mil hombres en la batalla de Annual y la retirada posterior, y centenares cayeron prisioneros; además, dejaron tras ellos una enorme cantidad de rifles, ametralladoras y artillería. España fue obligada a retirarse de cinco mil kilómetros cuadrados de terreno: doce años de esfuerzos para implantar su presencia en aquellas inhóspitas montañas tirados a la basura.

Cuando en Madrid se enteraron del desastre corrieron rumores de ineptitud y corrupción en el ejército, que precipitaron una crisis parlamentaria. El establecimiento de una dictadura militar bajo el general Primo de Rivera (1870-1930) barrió el régimen constitucional liberal y dispuso el escenario para cincuenta años de gobierno autoritario, una buena parte bajo el dictador Francisco Franco, que atrajo por primera vez la atención como resultado de su papel en Melilla.

La República del Rif

Tras esta espectacular victoria, explicada a los rifeños como debida a la intervención divina, Abd el-Krim tomó las riendas de su organización política y sentó las bases de un Estado separado. Fundó la República del Rif (Al-jumburiya al-rifiya) una entidad política con su propio gabinete, moneda, impuestos y sistema judicial. Los rifeños se constituyeron en un ejército regular, encabezado por Abd el-Krim, que impuso el reclutamiento obligatorio e incluso animó a las mujeres a sumarse.

Tras asegurar su ascendencia política, lanzó una campaña internacional para conseguir la independencia de su territorio. En el exterior, empleaba modernas expresiones de autodeterminación para movilizar el respaldo liberal en España y Francia; en la esfera doméstica, utilizaba el lenguaje del renacimiento islámico para conseguir seguidores para su causa.

Avance hacia Fez. Francia se suma a la contienda

Tras un hiato de dos años, en los cuales cada bando se retiró para reagruparse, el Rif entró en una nueva fase en la que Francia se sumó a la contienda. En 1924, los franceses habían sometido a las tribus de la región oriental de Taza. La línea férrea entre Fez y Oujda, único medio, en la práctica, de comunicación terrestre entre Marruecos y el oeste de Argelia, discurría por ese territorio. Defenderlo era una prioridad para los franceses.

Francia había instalado una franja de avanzadillas militares a lo largo de la frontera entre ambas zonas, que reducía aunque no eliminaba por completo la amenaza rifeña. Lyautey tuvo cuidado de no dejar que sus hombres atravesasen la extensa tierra de nadie que separaba España del Marruecos francés. Pero cuando Abd el-Krim se desplazó audazmente más al sur, desplegando su autoridad entre las tribus que vivían cerca del límite de separación de las dos zonas, la ansiedad de la Residencia francesa aumentó. Por su parte, el líder rifeño estaba molesto porque Francia y España jugasen aquella carta imperial, dibujando imaginarias líneas sobre un territorio en el que tenían escaso interés o historia pasada: solo el conocimiento de que su autoridad estaba siendo cuestionada por una sublevación «nativa».

Lyautey, que temía las ambiciones desmesuradas de los rifeños y dudaba de la capacidad de España para contenerlas, se vio empujado a la guerra en el Rif contra su voluntad. Anteriormente, había lanzado su conocida advertencia:

«No pongan un pie en el Rif. Es un avispero; además, no es nuestro…».

Ahora, en su último año como procónsul, envejecido y delicado de salud, tuvo que admitir que la rebelión en el Rif podía ser una fuente de contagio que se extendiese hacia el sur y envenenase sus trece años de esfuerzos en el Marruecos francés. A más larga escala, daba la impresión de que la supremacía occidental estaba siendo desafiada por un puñado de burdos campesinos fanáticos. Con este pensamiento en mente, Lyautey organizó una importante contraofensiva y despachó tropas al otro lado de la mal delimitada frontera que separaba las dos zonas, aislando a Abd el-Krim de sus nuevas adquisiciones.

Abd el-Krim no vio otra salida que defenderse, ya que aceptar la pérdida de esa región habría sido una señal de renuncia a su compromiso de liberar el Rif del dominio colonial. Sin embargo, sabía que no podría mantener una guerra en dos frentes: contra los españoles en la costa y los franceses en el sur. A pesar de eso, siguió adelante uniendo a sus propios rifeños, otros hombres de Jebala y de las tribus de la frontera. Equipadas con el último armamento, incluidas ametralladoras, granadas de mano y artillería de campo tomadas a los españoles, las fuerzas combinadas rifeñas se prepararon para el enfrentamiento.

En una serie de asombrosos ataques encabezados por Abd el-Krim en abril de 1925, los puestos fortificados de la frontera construidos por los franceses fueron arrasados y sus defensores expulsados. Las tropas de Abd el-Krim, una fuerza de cuatro mil hombres, irrumpió a través de las defensas francesas y siguió hacia Fez. Se informó de que bandas de rifeños armados estaban a algo menos de treinta y cinco kilómetros de la ciudad. Los franceses cayeron en la cuenta de que el triunfo rifeño era fruto de mucho más que la incompetencia española.

Francia envió a su héroe de guerra más distinguido, el general Philippe Pétain, para que se encargase del conflicto y Lyautey fue relegado a tareas secundarias por sus superiores en una humillante maniobra que afectó para siempre a su prestigio. Pétain escribía a París y confesaba que, desde su punto de vista:

«hemos sido atacados por sorpresa por el enemigo más poderoso y mejor armado al que jamás nos hayamos enfrentado en nuestra campañas coloniales».

En respuesta, los franceses desataron una andanada de moderno armamento perfeccionado durante la Primera Guerra Mundial con un efecto terrorífico: bombardeo aéreo, gas venenoso, tanques y vehículos blindados. Entre el verano y el otoño de 1925, Pétain dirigió un intento francoespañol, que aplastó a la principal fuerza de Abd el-Krim y le dejó sin suministro de alimentos.

El desembarco de Alhucemas

Mientras tanto, España desembarcaba con éxito tropas en la costa de Alhucemas en septiembre de 1925, lo que le otorgó un punto de apoyo desde el que golpear la capital de Abd el-Krim en Targuist. Los rifeños quedaron atrapados en un movimiento de pinza, con las tropas españolas presionando desde la costa, los franceses avanzando desde el sur y otra fuerza española acercándose por el este. Primo de Rivera juró «quebrar el poder de Abd el-Krim» en el Rif Central e hizo planes para su rendición incondicional. En la primavera de 1926 la guerra entraba en sus etapas finales.

En Francia, las noticias del aprieto de las fuerzas rifeñas y la crisis a la que se enfrentaba su «Ripublik» provocaron un clamor antigubernamental. Miles de airados socialistas y comunistas franceses se manifestaron en las calles de París protestando por la marcha de las hostilidades y condenando a Francia y a España como «esclavistas» coloniales. Pero el gobierno francés estaba decidido a acabar con Abd el-Krim: el 23 de mayo de 1926, Targuist cayó y el jefe rifeño se transformó en fugitivo. La noche del 26 de mayo, acompañado por un pequeño grupo de esposas y familiares, se deslizó a través de las líneas y se rindió a los franceses, en apariencia prefiriendo una prisión gala a una española. Habían sido necesarios más de 158.000 soldados coloniales contra una fuerza rifeña combinada de 40.000 para someterlo.

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Abd el-Krim prefirió rendirse a sus adversarios franceses antes que a los españoles. Aquí aparece (en el centro) de camino al exilio en la isla de Reunión, en el verano de 1926. Foto Coutanson. (Colección Gérard Lévy, París).

Fue el deseo del sucesor de Lyautey, el residente general Théodore Steeg, que Abd el-Krim no fuera «ni ensalzado ni humillado, sino olvidado con el tiempo». Pero no fue el caso; el guerrero rifeño continuó siendo políticamente activo durante toda su vida en el exilio: escribía y comentaba el curso de los acontecimientos en su país, primero desde la isla de Reunión en el océano Índico, y más tarde desde El Cairo, donde se convirtió en una referencia para la causa nacionalista marroquí y una inspiración para una generación más joven de maghribis que buscaban modelos de resistencia anticolonialista. Tras convertirse en puntal del naciente movimiento nacionalista, fue designado persona non grata por la administración del Protectorado y su destierro se transformó en permanente. Abd el-Krim fue invitado a volver a Marruecos después de la independencia, pero ya estaba gravemente enfermo y murió en El Cairo en 1963 sin ver su hogar tribal de nuevo.

La herencia de Abd el-Krim

Abd el-Krim y su guerra plantean muchos problemas a un historiador. ¿Fue su intento una reversión al viejo estilo de yihad, un intento final y abortado de expulsar al «infiel»? ¿Fue un político moderno, impulsado por la visión de un Estado unificado? ¿O quizá era algo más: un oportunista, primero un bolchevique y luego un capitalista, que jugaba en ambos bandos según los beneficios que obtuviera?

Jacques Berque observó que Abd el-Krim:

«no era un morabito local que prometía el paraíso a aquellos que combatieran contra el infiel, sino un jefe político cuyas ambiciones incluían el concepto de nacionalidad y una participación en el tablero de juego internacional».

En el terreno de la historiografía marroquí, la Guerra del Rif se inserta en una cuestión más amplia y más controvertida. ¿En qué punto comenzó la resistencia a las potencias coloniales, quién merece el crédito por ella y quiénes fueron sus «verdaderos» líderes? ¿Fue un levantamiento con raíces populares, como ha argumentado Germain Ayache, o fue una vendetta tribal, fruto de la envidia y el honor ofendido? Algunos han afirmado que fue la primera guerra anticolonial auténtica, la lucha de un pueblo oprimido intentado arrancar su libertad de manos de los tiranos imperialistas. En otro plano, el recuerdo de la República del Rif era un constante recordatorio para los que ostentaban el poder en Marruecos –ya fueran administradores coloniales, nacionalistas marroquíes o la monarquía alauí a partir de 1956– de la capacidad de esta orgullosa y autosuficiente región para enarbolar la bandera de la revuelta desafiando las exigencias del Estado. La herencia de Abd el-Krim aún agita y altera: un contrapunto discordante en la narrativa de la nación.

El texto de esta entrada es un extracto del libro Historia del Marruecos moderno

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