¿Hay que confiar ciegamente en los avances científicos en salud?

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Desde hace siglos, la humanidad busca la prolongación de la vida. La fuente de la eterna juventud es un mito muy antiguo referido ya por Heródoto (siglo IV antes de nuestra era) y que, según la leyenda, llegó a ser buscada en la actual Florida por Ponce de León, en el siglo XVI.

De alguna manera, la medicina suplantó esta ilusión de alcanzar la inmortalidad porque sus avances, después del siglo XIX, consiguieron una mejora generalizada de la salud y de la esperanza de vida de la población. Aunque hay quien ha señalado que este aumento se debería más a la mejora económica y el acceso de la mayoría de las personas, al menos en los países desarrollados, a agua corriente, sistemas de saneamiento, mejoras en la alimentación y en las condiciones laborales.

En todo caso, es obvio que gran parte de la actividad del sistema sanitario está condicionada por los avances en las ciencias de la salud, lo que, indudablemente, permite mejoras sustanciales en la salud y en la esperanza de vida, asunto este en el que no merece la pena insistir.

No obstante, el conglomerado industrial de la tecnología sanitaria, incluidos los productos farmacéuticos, ejerce una gran presión sobre los profesionales para vender y propagar el uso de sus innovaciones (verdaderas o supuestas) con independencia de su eficacia clínica, con una repercusión negativa sobre el incremento de los costes y, a veces, con efectos no deseados sobre la salud. Ello ha generado una verdadera ilusión de prolongación de la vida y mejora de las condiciones de salud continuada que fomenta una confianza ilimitada, a menudo irracional, en la capacidad de progreso ininterrumpido de la ciencia para evitar o postergar la muerte y mejorar de manera indefinida la salud de las personas, la cual no se corresponde con los hechos y que la pandemia está cuestionando seriamente, porque nos enfrenta a la realidad de que, aunque no nos guste, no controlamos esta y de que muchas de nuestras actuaciones acaban teniendo efectos indeseados y a veces imprevistos.

Desde hace tiempo se conoce, habiendo mucha evidencia al respecto, que las actuaciones del sistema sanitario no avanzan siempre en el objetivo que se les supone (mejorar la salud de la población). Se ha señalado que el 35 por 100 del gasto sanitario realizado al final de la vida y el 12 por 100 del gasto sanitario total en EEUU no se corresponden con actuaciones basadas en evidencias científicas (Harvard Business School, 2015).

Para controlar estas actuaciones descontroladas, muchas veces influidas por la moda (se trata de hacer lo último, aunque no esté suficientemente comprobado ni su eficacia ni su seguridad), surgió un enfoque de «medicina basada en la evidencia», que establecía criterios rigurosos para la evaluación de las actividades médicas y sanitarias (diagnósticas, tratamientos, etc.). No obstante, la industria ha sabido adaptarse a estos métodos de evaluación mediante la utilización de numerosos «trucos» que con frecuencia falsean, en todo o en parte, los datos de las publicaciones y que condicionan su difusión. Es un tema de muy complejo control porque, ante la contradicción que ya se señaló inicialmente, la industria quiere y favorece la mayor utilización posible de sus productos, independientemente de su utilidad, mientras que la capacidad de control y evaluación de los sistemas públicos es generalmente mucho más limitada y, por supuesto, tiene unos tiempos más lentos.

[…] Ahora se deja todo en manos de la consecución de vacunas y/o tratamientos eficaces, pero existe otro enfoque que debe tenerse en cuenta, planteado desde «la determinación social de la salud»: los microorganismos son sólo agentes y la verdadera razón del rebrote de las infecciones reside en el subdesarrollo, en el cambio climático, las prácticas de la industria agroalimentaria, el comercio y el turismo globalizados, los insecticidas, los plaguicidas… Si no solucionamos estos problemas, lo más probable es que se repitan situaciones parecidas en un futuro no lejano.

El texto esta entrada es un fragmento del libro Salud, pandemia y sistema sanitario de Sergio Fernández Ruiz, Carlos Sánchez Fernández y Marciano Sánchez Bayle

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