Las casas de los íberos

Vemos que desde el mismo comienzo de la cultura ibérica el módulo constructivo cuadrangular es prácticamente exclusivo, no solo para las viviendas, sino para todo tipo de estructuras, no encontrando más elementos circulares que los silos, los hornos cerámicos y algunas torres y estructuras defensivas.

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Interior de una casa ibérica reconstruida en el Museo de Prehistoria de Valencia

La mayoría de las viviendas eran de una planta, aunque la presencia de escaleras en un buen número de asentamientos nos indica la existencia de un segundo piso, o al menos de terrazas practicables. En asentamientos en ladera, donde las viviendas se articulan en terrazas escalonadas como Edeta, algunas casas presentan dos alturas, a la planta baja se accedería desde la calle inferior, mientras que el primer piso daría a la calle que discurre por la terraza superior. También se han identificado semisótanos y despensas subterráneas.

Es frecuente la localización de patios, en ocasiones parcialmente cubiertos.

El tamaño de las viviendas puede variar de una forma importante, lo mismo que el número de departamentos en que se dividen. Aunque no faltan las viviendas de un solo departamento, lo más habitual es la existencia de dos: una sala principal, donde se realizarían la mayoría de actividades de la vida diaria, en la que encontramos el hogar, y que puede llegar a superar los 25 m²; y otra más pequeña que se suele utilizar como almacén y donde, además de vasijas de almacenamiento, suelen aparecer otros elementos como molinos y pesas de telar. El tamaño total de estas viviendas no suele superar los 50 m².

También son frecuentes las viviendas con más de dos dependencias. En algunas de estas viviendas complejas se han llegado a identificar hasta 20 estancias, y superficies de 500 m² como es el caso de la denominada «Casa del Caudillo» de Les Toixoneres (Calafell, Tarragona) o el palacio recientemente excavado en Puente Tablas (Jaén). A estas grandes viviendas, lógicamente, se les suele asignar la función de residencias de las jefaturas de los poblados.

Estas viviendas más complejas se suelen disponer en lugares privilegiados dentro de los asentamientos: en las zonas centrales o junto a plazas y, en algunas ocasiones, en contacto con lagares o almazaras. También se han encontrado algunas vinculadas a campos de silos.

Un aspecto que no debemos olvidar es que muchas de las actividades diarias se desarrollarían en la calle, que se convierte en una prolongación de los hogares, además de utilizarse en ocasiones para comunicar diversas dependencias de una misma vivienda, algo que complica la tarea de delimitar la superficie y estructura concreta de cada casa.

En gran cantidad de viviendas ibéricas han sido localizados restos de animales enterrados bajo los pavimentos o muros, identificados como sacrificios realizados durante ritos con ocasión del inicio de las obras. También son relativamente frecuentes los enterramientos de niños recién nacidos o fetos que, en ciertos casos, también podrían responder a esos mismos rituales.

Técnicas constructivas y materiales

Encontramos una gran homogeneidad en todo el ámbito ibérico por lo que respecta a los materiales y técnicas de construcción. Por regla general las estructuras se asientan sobre una escasa cimentación, y en muchas ocasiones se limitaban a nivelar el suelo y, en el caso de suelos de roca, a rebajarlo hasta conseguir una superficie apta para la construcción.

Los muros se levantaban mediante la construcción de un zócalo de piedras unidas con barro que, por regla general, no superaba el metro, y sobre el que se continuaba construyendo con adobes de barro, documentados en la península ibérica ya desde el siglo VIII a.C., o con tapial, menos frecuente.

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Fabricación de adobes y tapial. (Tapial basado en un dibujo de J. P. Adam)

Los adobes son bloques de barro compuesto de arcilla, paja y agua, que después de amasarse bien se introducían en moldes de madera de muy distintos tamaños. Tras presionar bien la mezcla para que tomara la forma, se desmoldaban y se dejaban secar durante unos 25 o 30 días antes de que estuvieran listos para su utilización.

La preparación del tapial era bastante parecida, aunque se sustituía la paja por grava para evitar las grietas durante el secado. Una vez lista la masa, en vez de en moldes individuales, se vertía directamente sobre el zócalo del muro, donde se había instalado un encofrado de madera. Tras su apisonado para compactarlo bien se dejaba secar, se retiraba el encofrado, y se instalaba de nuevo sobre el muro ya endurecido, continuando el proceso hasta alcanzar la altura deseada.

Tanto el tapial como los adobes tenían su punto débil en la humedad, razón por la que se colocaban siempre sobre el zó­calo de piedras que los aislaba del suelo, y se revestían de un enlucido de barro, que normalmente se encalaba, para protegerlos de la lluvia.

A pesar de lo que pueda parecer, los muros de barro resultan de una gran resistencia y, si se realiza un buen mantenimiento, son de una gran durabilidad.

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Diferentes elementos constructivos de una típica vivienda ibérica.
1. Cubierta de barro sobre una cama de ramas o cañas. 2. Vigas de madera. 3. Almacén. 4. Muro de adobe. 5. Poste de madera. 6. Banco corrido. 7. Zócalo de mampostería. 8. Hogar. 9. Base de piedra. 10. Suelo de tierra apisonada. 11. Poyete de obra. 12. Muro enlucido y encalado.

Dependiendo del clima las cubiertas serían planas o ligeramente inclinadas, en este caso a un agua.

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Clavos utilizados en la construcción procedentes de diversos yacimientos castellonenses. Museo de Castellón.

La estructura del tejado se componía de una base de troncos sobre los que se extendía una cama de ramas o cañas que a su vez se cubrían con una gruesa capa de barro para impermeabilizarlo. La estructura de troncos se uniría mediante clavos de hierro o, más frecuentemente, cuerdas. Las tejas no serían conocidas hasta su introducción por los romanos, siendo los ejemplares más antiguos conocidos del siglo II a.C.

Se ha podido constatar que cuando una estancia tiene una anchura superior a los cuatro metros se solía poner un poste de madera que soportaría las vigas, a menudo apoyado sobre una base de piedra que lo aislaba del suelo.

El suelo normalmente era de tierra apisonada, en ocasiones decorado con pinturas o improntas de cuerdas o esteras, aunque no son infrecuentes los pavimentos de cal o losas de piedra. También se han documentado suelos de adobe, relacionados frecuentemente con locales asociados a actividades industriales, como talleres textiles o almazaras.

Como ya dijimos, las paredes se cubrían con una capa protectora de barro y se enlucían con yeso, tanto interior como exteriormente, para protegerlas de la humedad. Muchas veces se encalaban, y se han encontrado también muros pintados de colores o con dibujos geométricos.

Son muy frecuentes los bancos corridos adosados tanto a los muros interiores como a los exteriores, construidos generalmente con adobes, y que tendrían múltiples usos: asiento, soporte de vajilla y ajuar, o incluso camas tras cubrirlos con mantas o esteras.

También es habitual encontrar el hogar en una de las dependencias, normalmente la más amplia; suelen estar hechos de arcilla en su totalidad o con capas intermedias de guijarros o fragmentos cerámicos que retenían el calor. Pueden ser de muy variadas tipologías y formas: cuadrados, redondos, ovalados, etc. su tamaño oscila entre los 50 y 100 cm, de longitud o diámetro. No se ha detectado la presencia de chimeneas en las casas con lo que el humo escaparía por aperturas en el tejado o por ventanas y puertas.

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Llaves y frontal de cerradura de hierro procedentes de Caminreal (Teruel). Museo de Teruel.

Las puertas identificadas miden en su mayoría entre setenta y cien centímetros de ancho y suelen ser de un solo batiente. También se han localizado otras de más de dos metros, que nos indicarían entradas para carros.

Es frecuente encontrar herrajes de esas puertas, así como llaves de hierro que accionarían cerraduras, posiblemente fabricadas en madera, ya que no ha quedado ningún rastro arqueológico de ellas.

El texto y las imágenes de esta entrada son de un fragmento del libro: ‘Los íberos’ de Benjamín Collado Hinarejos

Los íberos

¿Sabemos realmente quiénes fueron los íberos? ¿Fueron guerreros indómitos, apacibles granjeros, comerciantes, bandidos…

portada-iberosLos íberos fueron todo eso y mucho más, fueron guerreros sí, de los más reputados de la antigüedad, tanto dentro de sus fronteras como en todas las guerras que se desarrollaron en el Mediterráneo de su época, donde fueron valorados mercenarios por su fiereza y fidelidad, pero también artistas, capaces de labrar con sus manos esculturas de la fuerza de las encontradas en Porcuna y facciones tan puras como las de la Dama de Elche, nuestra dama, la que dio a conocer al mundo la existencia de esta cultura, aguerrida, orgullosa, pero también sensible como pocas. Una cultura que, hundiendo sus raíces en lo más profundo de las tradiciones indígenas, supo absorber lo mejor de los visitantes llegados desde los confines de oriente buscando los metales que nacían en las entrañas de estas generosas tierras para convertirse en algo nuevo y diferente.

Escrita en un tono ameno y didáctico, esta monografía nos adentra en los más variados aspectos de la cultura ibérica, que se desarrolló entre los siglos vi a.C. y la llegada de los romanos en una amplia zona que abarcaba desde Andalucía al sur de Francia. Cómo era su sociedad, sus ciudades, su economía, cómo guerreaban y a quién rezaban. Nos presenta también su legado, en forma de delicadas manifestaciones artísticas y su enigmática escritura, todavía sin descifrar.

Benjamín Collado Hinarejos

Benjamín Collado Hinarejos es licenciado en Historia, y su labor investigadora se centra en la Protohistoria e Historia antigua de la península Ibérica. Ha participado en diversas excavaciones arqueológicas en yacimientos de época ibérica y romana de la Comunidad Valenciana.

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