El vaciamiento de la democracia. Totalitarismo del mercado

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Wolfang Schäuble y Angela Merkel.

Franz Josef Hinkelammert | Totalitarismo del mercado

Hay dos elementos decisivos de la actual crisis. Por un lado, la estrategia de globalización llegó a ser el obstáculo decisivo para lograr una respuesta frente a las grandes amenazas de nuestro mundo: la exclusión de partes cada vez mayores de la población mundial, la disolución interna de las relaciones sociales y la cada vez más visible destrucción de la naturaleza. Por otro, la total subordinación de la política bajo el automatismo de la deuda se transformó en el motor de este proceso destructivo.

Son los países democráticos, es decir, aquellos que arrogantemente se presentan como las “democracias modelo”, los que imponen esta política al mundo entero. Estos países hasta ahora tienen mayorías internas para esta política y declaran a todos los gobiernos que no aceptan incondicionalmente esta política como “no democráticos”. Si se someten a esta política, son democráticos, aunque sus presidentes se llamen Pinochet o Mubarak. Por lo menos son democráticos en su esencia, aunque no en su apariencia. Este criterio es el de las democracias modelo, sobre todo de Estados Unidos y de Europa. Con este criterio democratizan el mundo.

Pero ¿por qué hay mayorías a favor de esta deficiencia mental? Brecht decía: “solamente los terneros más grandes y tontos eligen ellos mismos a sus carniceros” (“Nur die allergrössten Kälber wählen ihre Schlächter selber”), pero se sigue eligiéndolos. Aunque a veces no.

Se trata de lo que se llama “la soberanía popular”, que pretendidamente vale en las democracias modelo: todo poder emana del pueblo. No obstante, esta soberanía popular tiene un punto problemático. Hoy consiste en que el pueblo declara soberanamente que el poder económico —y, por tanto, el capital— es el soberano. La canciller Angela Merkel en Alemania lo dice: “la democracia tiene que ser conforme al mercado”. Pero eso está dicho en un lenguaje muy específico. Se dice que el mercado es un ser autorregulado que no debe ser intervenido por ninguna voluntad humana y, por tanto, tampoco por la voluntad expresada en la elección del soberano popular. La Unión Europea entiende eso como el contenido central de su constitución.

Ésa precisamente es la afirmación según la cual el capital es el soberano que tiene que ser confirmado por la soberanía popular. Según nuestros apologetas de la soberanía del capital, la soberanía popular deja de ser democrática si no afirma esta soberanía del capital. En el lenguaje de Rousseau, eso significa —aunque no corresponde completamente a sus palabras— que la voluntad general (volonté générale) es esta decisión de la soberanía popular que declara y asume la soberanía del capital, y que ésta no puede ser cambiada por la voluntad de todos (volonté de tous). Por tanto, la soberanía popular que no afirma la soberanía del capital es antidemocrática, incluso totalitaria. Sin embargo, Pinochet y Mubarak son democráticos por imponer la voluntad general, aunque no sean elegidos. Son conforme al mercado, como dice Frau Merkel.

Ése es el vaciamiento de la democracia, como ha tenido lugar en las democracias modelo. El pueblo renuncia a su soberanía y la entrega al poder económico, que se hace presente como capital. Los métodos para lograr esto son muchos; sólo quiero mencionar dos que tienen un carácter central: la creación de la opinión publica en el sentido de una opinión publicada y la amplia determinación de la política por el financiamiento de las elecciones.

El dominio sobre los medios de comunicación hoy está casi totalmente en manos de sociedades de capital, que son sus propietarias. Estos medios de comunicación se basan en la libertad de prensa, que es la libertad de los propietarios de los medios de comunicación. Éstos se financian mediante una especie de subvenciones en forma de propaganda comercial pagada por otras sociedades de capital, principalmente. Cuanto más presuponen los medios de comunicación grandes capitales, se transforman en instancias de control de la opinión pública, y por tanto, de la libertad de opinión. Para estos medios de comunicación no hay otra libertad de opinión que la libertad particular de sus propietarios y sus fuentes de financiamiento. Ésta la garantiza la libertad de prensa.

El derecho humano no es la libertad de prensa, sino la libertad de opinión de todos y, por tanto, universal; pero, al hacer de la libertad de prensa el único criterio para los derechos de la opinión en medios de comunicación, ésta se transforma en un instrumento sumamente eficaz para el control de la libertad de opinión universal. Éste es limitado, sólo en cierto grado, por los medios de comunicación públicos, en cuanto tengan una autonomía efectiva. Berlusconi como propietario de la gran mayoría de medios de comunicación en Italia podía expresar hasta con trompetas su opinión sin casi ninguna respuesta. Sin embargo, uno de los canales que le hizo la oposición más dura era de la televisión pública, RAI. No lo podía intervenir porque tenía una autonomía asegurada por el derecho. Por otro lado, el presidente Reagan aseguró su poder en buena medida por su indiscriminada política de privatización de los medios de comunicación, incluso con un conflicto durísimo con la Unesco, a la cual retiró su financiamiento. Con eso aseguró un dominio incontestado sobre el derecho humano de la libertad de opinión en los Estados Unidos.

Para los políticos se trata de un límite serio, porque necesitan medios de comunicación para hacerse presentes ellos y también sus posiciones políticas. Pero la condición para este acceso es reconocer el poder económico, por tanto, el capital, como el soberano de hecho.

Una situación parecida se da en casi todos los procesos de elección. Un participante importante y muchas veces decisivo en las elecciones es el poder económico como el verdadero soberano. Siempre está, pero su presencia es invisible y la podemos solamente derivar. Este gran otro está presente hasta cuando él mismo no lo sabe, ya sea en la elección de candidatos, en los discursos o en los medios de comunicación.

Con eso la política recibe una nueva y muy importante función. Para tener éxito, casi siempre tiene que representar este gran otro frente a los electores a los cuales aparentemente representa. Tiene que hacerlo en una forma en la que aparentemente los ciudadanos deciden ellos mismos, por su propia voluntad, que este gran otro es el soberano real. El político exitoso es entonces aquel cuya representación del gran otro es vivida por los ciudadanos como la propia decisión de ellos mismos.

Los indignados en España se dieron cuenta de este carácter de la democracia vaciada que los dominaba y les quita cualquier posibilidad de participación. Por eso exigieron “democracia real ya” frente a un sistema que se presenta, incluso por medio de la policía, como la democracia verdadera.

La soberanía popular por eso no deja de ser algo real y efectivo. Que los ciudadanos tomen conciencia de ella es el gran peligro para esta democracia de las democracias modelo. La soberanía popular no es el resultado de una ley que la reconoce, sino, muy al contrario, la ley que la reconoce parte del hecho de que un pueblo que se sabe soberano y que actúa conforme a ello es efectivamente soberano, haya ley o no. Se trata de esta soberanía popular que nuestras democracias tienen que transformar en soberanía del mercado y del capital, pero con ello pueden fracasar, y eso temen cuando empiezan levantamientos populares democráticos.

Estos levantamientos están hoy en curso y otros se anuncian. Empezaron en 2001 en Argentina. Paralelamente aparecieron gobiernos de izquierda como en Venezuela, Bolivia y Ecuador que rechazan poner la soberanía del mercado y del capital en el sitio de la soberanía popular. En la opinión pública de las democracias occidentales, por eso son considerados no democráticos.

Sin embargo, con una fuerza muy especial aparecieron estos movimientos populares en el año 2011 en los países árabes, sobre todo de África del Norte. Eso llevó entonces al movimiento de los indignados en España del mismo año.

En las democracias occidentales apareció la voz de alarma. Si se mostraba entusiasmo, casi siempre era simple palabrería. No obstante, tenían que aceptar la democratización en algunos países árabes. Enseguida se ofreció un apoyo que siempre hizo lo mismo: fundar democracias que ponen la soberanía del mercado y del capital en el sitio de la soberanía popular. Quieren “democracias verdaderas”. Eso parece ser más fácil cuando la rebelión de los movimientos populares se dirige en contra de regímenes dictatoriales, pese a que éstos siempre han tenido el apoyo casi absoluto de nuestras democracias modelo. Amigos de la libertad como Mubarak y Gadafi por eso fueron declarados monstruos de un día para otro. Antes eran buenos, ahora resultan malos. Sin embargo, detrás había solamente la preocupación de crear también, en estos países, democracias vaciadas como lo son hoy las occidentales. Se trata de democracias como ya se han creado en Iraq y Afganistán, y está claro: los movimientos democráticos rebeldes no quieren para nada democracias modelo como las creadas en Iraq y Afganistán.

A eso siguieron los levantamientos democráticos en España y, por consiguiente, en el interior de una de estas democracias modelo occidentales. También este movimiento quiere democracia. Dejan bien claro que se enfrentan a una democracia en la cual casi todos los políticos hacen la política de los poderes del mercado y del capital, de los que hacen los representantes como poderes soberanos. En Argentina 2001 estos rebeldes gritaron: “que se vayan todos”.

El nombre que se dio a este movimiento en España y que antes ya llevaron algunos movimientos árabes significa algo. Se llaman “indignados”, lo que significa que se sienten como seres humanos cuya dignidad ha sido despreciada y pisada. El mismo sistema dominante se transformó en un sistema de negación de la dignidad humana.

Este movimiento se ensanchó con nuevas ampliaciones en su contenido, manteniendo, sin embargo, su identidad. Eso ocurrió con las protestas en Chile en contra de la comercialización del sistema de educación y de salud, y al mismo tiempo en Estados Unidos con el movimiento Occupy Wall Street, que se está ampliando al mundo entero. Uno de sus lemas era: “Stop trading with our future”. Pone otra vez la exigencia del reconocimiento de la dignidad humana en el centro.

Sin embargo, a la vez presentan sus intereses, pero desde el punto de vista de la dignidad humana. Eso está también en el fondo de los movimientos democráticos árabes: seres humanos protestan y se rebelan porque son violados en su dignidad humana y quieren otra democracia, porque la violación de su dignidad humana es un producto de la propia lógica de la democracia vaciada. Estas democracias occidentales solamente pueden reírse al escuchar las palabras “dignidad humana”. Nada de eso existe, ése es el núcleo de esta nuestra democracia vaciada. El lugar de la dignidad humana lo ha ocupado la consideración del ser humano como capital humano, porque se cree que eso es “realista”. No obstante, nos hace comprender de qué manera el Occidente vació muy democráticamente la dignidad humana y la hizo desaparecer. Se trata de la transformación del ser humano en capital humano y su total subordinación bajo el cálculo de utilidad. Ciertamente, capital humano no tiene dignidad humana; es máximo nihilismo.

De eso se trata la rebelión en nombre de la dignidad humana y también de la dignidad de la naturaleza. Los seres humanos no son capital humano y la naturaleza no es capital natural. Hay algo como la dignidad. Las democracias occidentales han olvidado eso desde mucho tiempo antes. Mas se trata de la recuperación de la dignidad humana: el tratamiento digno del ser humano, del otro ser humano, de sí mismo y de la naturaleza también.

Los indignados no hablan en nombre de intereses y de la utilidad por realizar, sino que se expresan en nombre de su dignidad humana, por encima de la cual no puede haber ningún cálculo de utilidad. Seguramente comer da utilidad, pero no tener comida no es una baja de utilidad, sino una violación de la dignidad humana. Eso no puede cambiar ningún cálculo de la utilidad. Pese a ello, nuestra sociedad es tan deshumanizada que este horizonte de dignidad casi ha desaparecido, con el resultado de que casi todos se interpretan o se dejan interpretar como capital humano. Lo que tenemos que hacer con la persona humana nos lo indica el mercado, y éste dice lo que dicen nuestros banqueros. Los políticos igualmente dicen lo que antes han dicho los banqueros. Por eso, si el mercado lo indica como útil, en cualquier momento puede empezar el genocidio. El mercado entonces se transforma en lo que Stiglitz llamó “las armas financieras de destrucción masiva”, que hemos visto cómo hacen su trabajo en Grecia y España.

El contenido de esta entrada está extraído del libro “Totalitarismo del mercado
El mercado capitalista como ser supremo” de Franz Josef Hinkelammert

Totalitarismo del mercado -Franz Josef Hinkelammert -Akal

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