Descolonizar a Jesucristo. Algunas reflexiones introductorias de Enrique Dussel

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Leyendo la obra de Vicente Haya Descolonizar a Jesucristo no puedo menos que felicitar tan necesaria experiencia. Desearía situarla dentro de los estudios que hemos realizado en los últimos años y que nos indican nuevos rumbos

La cuestión debe situarse en la relación del genio de cada lengua con el poder, la cultura y la experiencia de un mundo como totalidad de vida en todas sus dimensiones. La lengua es una objetivación de los contenidos semánticos de la subjetividad singular como medio para alcanzar la comunicación de los miembros de una comunidad, dentro del marco significativo propio de cada pueblo, pero también con respecto a otras lenguas de otros pueblos. Por ello la traducción de una lengua a otra, como unívoco volcar el significado pleno de la palabra, nunca puede alcanzar la perfección. La comunicación no puede ser perfecta, pero tampoco es imposible. Es todo un claroscuro dentro de límites extremos que van desde la incomunicabilidad hasta una identidad transparente y unívoca. De allí la importancia de la semejanza (similitudo decían los latinos) entre las lenguas cuyas palabras tienen un significado analógico distinto (distinction) que no responde a la lógica de la identidad y la mera diferencia. Inevitablemente se vulnera siempre de algún modo el estilo existencial, el tono afectivo, la pluralidad del sentido de una lengua al volcarla por la traducción en otra.

Es por ello que desde mi juventud quise poder conocer el significado profundo y el más cierto posible para fundamentar una praxis militante correspondiente en las palabras de los textos, especialmente del cristianismo, al que me adhería por tradición histórica, familiar y de singular convicción. Quise así en los estudios de filosofía conocer el griego (que estudiábamos en los cinco años de la carrera universitaria) y el latín, además de lenguas europeas actuales. Al correr de los años descubrí que la tradición cristiana, de origen semita, exigía igualmente el hebreo. Por ello después de mi doctorado en filosofía en Europa decidí vivir dos años en Israel, para experimentar una geografía plena de historia y aprender el hebreo como lengua viva, que se habla, escribe y lee. Surgieron así mis tres primeros libros, que intentaban efectuar un recorrido histórico, geográfico, conceptual y lingüístico, del hebreo de los libros escritos por la comunidad de Judá (el Tanakh: la Tora, los Ktobim, los Nabiim), venerados por la comunidad judía en la sinagoga rabínica hasta el presente, al griego de los textos de la “Segunda Alianza” (Nuevo Testamento) de la comunidad judía mesiánica (es decir, cristiana, transliteración de la palabra griega khristós, en hebreo meshiakh, y, por ello khristianoi, los mesiánicos).

Diagrama evangelios del hebreo al griego y su proceso posterior

Mi primer libro, El humanismo semita, trataba la problemática del pasaje del hebreo al griego, de (2) a (3), (4). Por ejemplo, la palabra hebrea bashar (carne) (2) era traducida por los Setenta (3) tanto soma (cuerpo) como sarx (carne). Esta ambigüedad pasará al Nuevo Testamento mesiánico (4). Esta palabra nada tiene que ver con el “cuerpo” (soma) clásico griego, que se opone a “alma” (psukhé), ya que para el semita-mesiánico (cristiano) no hay alma. La nefesh hebrea significaba “vida”, pero traducida a veces en los Setenta por psukhé (alma en griego). No habiendo “alma”, el mesianismo primitivo (el cristianismo) no se refería nunca a la “inmortalidad del alma”, sino a la “resurrección de la carne” (“carne” que no es el “cuerpo” dualista griego). “No hay mejor amor que el que entrega la vida (psukhé) por el amigo” debe traducirse el texto del Nuevo Testamento, y no “… el que entrega el alma…”. Para explicar la nueva Alianza del pueblo elegido con Dios, Pablo de Tarso distingue entre el “soma psukhikós” y el “soma pneumatikós”; el primero es la “carne” o la realidad humana en un orden anterior de la Alianza, y el segundo la realidad humana (bashar en hebreo) en la Alianza por la presencia del Espíritu de Dios. Expresión griega de significado semita incomprensible para un griego clásico.

Pero a partir del siglo II d.C., las comunidades mesiánicas (cristianas) comenzaron a adoptar palabras (y conceptos) griegos, momento (6) del diagrama. Lentamente se comenzó a aceptar la existencia del “alma”, aunque no era “inmortal” para algunos Padres, y se fue perdiendo el sentido unitario de la “carne”, en el sentido “La Palabra [dabar en hebreo y lógos pero no en sentido griego] de Dios se hizo carne”, ya que no se trataba de subsumir un cuerpo, sino ser de una naturaleza humana concebida unitariamente en la corporeidad o carnalidad. Por ello se tendía a pensar que moría el “cuerpo” (en sentido griego), que el “alma” era inmortal y que la resurrección consistía sólo en la restitución del “cuerpo”. Se había perdido el sentido unitario de la “carnalidad” o de la “carne” semita (bashar en hebreo, sarx en el griego de los Setenta). Para el cristiano primitivo el ser humano no tenía ni alma ni cuerpo en un sentido griego dualista. Éste fue el contenido de un tercer libro que publiqué en 1974: El dualismo de la antropología de la Cristiandad, en el que estudiaba la transformación antropológica desde el siglo II d.C. hasta el siglo XIII de la Edad de la Cristiandad latino-germánica llamada Europa, proceso secular en el que se perderá en el mundo latino y bizantino el sentido fuerte de carne (bashar hebrea), momento (7) del diagrama, y se caerá en un dualismo que pasará a la Modernidad (desde Descartes).

Lo interesante de la obra que nos propone Vicente Haya es hacer intervenir un momento arcaico, original, radical, de analizar el sentido de la predicación de Jeshúa, que se realizó en arameo (aunque utilizara textos canónicos en hebreo, tales como los salmos en la oración y en otras circunstancias), relación indicada por la flecha en dirección de (2) a (1) del diagrama.

Esto no quita que, por la novedad del intento y por la ignorancia del arameo por mi parte, se deje abierta la posibilidad de comenzar una discusión sobre los problemas hermenéuticos que implica dicho uso de una lengua popular como el arameo, empleada en una enorme extensión entre pueblos tan distantes situados desde la India hasta el Mediterráneo. Lo cierto es que, al introducir el arameo como referencia semántica que se relaciona en primer lugar con el hebreo, con el griego novotestamentario y en último término con el árabe coránico, se enriquece notablemente el descubrimiento de aspectos que la lengua hablada de Jeshúa tenía como propios. Desde el punto de vista metodológico, abre ciertamente un nuevo camino dentro de una senda no muy concurrida, siendo una hipótesis de trabajo que deberá ser acrecentada en el futuro. Alentamos al lector a entrar en ese mundo popular en el que Jeshúa se situaba en su tiempo, lejos de la pretenciosa erudición de maestros de escuelas teológicas y sacerdotes del templo. Con esto no queremos ignorar la maestría lógico-teológica, es decir, metodológica semita, de aquel sabio joven rebelde que se levantaba ante el inmenso Imperio romano esclavista y contra los poderosos dominadores de su pueblo judío colonial y periférico, que fue castigado con la cruz, pena que la lex romana ejecutaba contra los que ponían en cuestión el orden del indicado imperio, y que sufrieron muchos otros, tales como los cientos de esclavos rebelados con Espartaco.

Enrique Dussel
UAM-Iztapalapa, México, 2018

Descolonizar a Jesucristo – Vicente Haya – Akal

 

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