Feminismo en la España de los años treinta

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España, con una población de 23,5 millones en 1930, era un país más grande y más diverso que Portugal o la República de Irlanda. Aún predominantemente rural y católico, se trataba de un Estado federal de regiones distintas unidas por una monarquía vieja, ostensiblemente constitucional pero tambaleante. Los años treinta del siglo XX serían particularmente turbulentos en el frente político, con la caída de Primo de Rivera a finales de 1930 y con la proclamación de la Segunda República a mediados de abril de 1931. Estos desarrollos abrieron fisuras a través de las cuales fluyeron profusamente las reivindicaciones feministas.

Los antecedentes

Entre las mujeres de la ciudad, con formación, en España, el feminismo estaba muy vivo ya bastante antes de 1923. Desde el Lyceum Club, que unió a las mujeres feministas cultas en Madrid, hasta publicaciones tales como el libro Feminismo, feminidad, españolismo (1917), publicado por María Lejárraga bajo el nombre de su marido, el famoso dramaturgo Gregorio Martínez Sierra, las mujeres lectoras españolas se habían familiarizado con los desarrollos que se estaban dando en el feminismo internacional.

La Asociación Nacional de Mujeres Españolas (ANME, fundada en 1918) comenzó su programa de 36 puntos con una declaración en favor de la defensa del territorio nacional español, presumiblemente contra los movimientos regionales para la autonomía en Cataluña, Galicia y el País Vasco. El programa de la ANME reivindicaba grandes cambios en la ley matrimonial, en la ley de familia, en el acceso de las mujeres al poder judicial y a las profesiones, incluida la medicina, a la igualdad de oportunidades y de salario, a más escuelas públicas y a un buen número de otras reformas transformadoras de las instituciones españolas28. Otras organizaciones feministas significativas incluían a la Cruzada de Mujeres Españolas y a la Liga Internacional de Mujeres Ibéricas e Hispanoamericanas, ambas encabezadas por la escritora y maestra Carmen de Burgos Seguí.

Grupos de mujeres con inclinaciones feministas (del tipo relacional) también acompañaron a los movimientos de autonomía nacionalistas/regionalistas catalán, vasco y gallego, en los que el énfasis se situaba en la educación de las mujeres y en su papel como portadoras del lenguaje y la cultura, de forma muy semejante a como ocurrió en las movimientos nacionalistas ucranianos, finlandeses y checos anteriores. A juicio de la historiadora Mary Nash, «el movimiento feminista [español] cubría un amplio espectro en sus objetivos, políticas y estrategias, que iban desde las exigencias de facilidades para la educación y el trabajo hasta el derecho a votar una enmienda de las leyes discriminatorias», aunque «no era comparable en absoluto a las vastas movilizaciones de la primera ola del feminismo en otros países». No obstante, «el feminismo estaba en el aire» y el intenso debate sobre la cuestión femenina seguía adelante a menudo sin una «vasta» movilización.

El feminismo socialista

El feminismo socialista se puso igualmente de manifiesto gracias a los esfuerzos de propagandistas tales como María Cambrils, que en su Feminismo socialista (1925) planteaba el caso ahora ya familiar de que solo el socialismo podía resolver la cuestión femenina.

Para el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) resultó sumamente importante reclutar a la joven Margarita Nelken, que se había vuelto muy crítica con la situación de las mujeres en España… con su carencia de formación, con su explotación como trabajadoras, con su impotencia legal o con su ignorancia sexual. En 1919, Nelken publicó por vez primera una importante perspectiva sobre estos temas, La condición social de la mujer en España; su posible desarrollo. Socialista comprometida que había leído a Bebel así como a Mill (aunque, evidentemente, en aquella época, no a Marx o Engels, Zetkin, Lenin o Kollontai), se unió también a la Unión General de Trabajadores (UGT) para llamar la atención hacia los problemas de las mujeres y niños trabajadores pobres y fue comisionada por la dictadura para acometer una investigación completa. Tras una estancia en el campo de Extremadura, durante la cual Nelken ayudó a organizar las huelgas agrícolas, en 1931, publicó La Mujer ante las Cortes Constituyentes. Para Nelken, que volvía a Madrid, donde presidió el Comité de Asuntos de las Mujeres, después de abril de 1931, la oportunidad económica (y no los derechos políticos) ofrecía la clave para resolver los problemas de las mujeres; ella decía que «el feminismo es, ante todo, una cuestión económica, de libertad, de dignidad y de un puesto para trabajar».

La Segunda República y el debate del derecho al voto de las mujeres

Con la caída de la monarquía y la proclamación de la Segunda República en abril de 1931,  el tema de los derechos políticos para las mujeres pasó a primer plano. Las historiadoras Danièle Bussy Genevois, Judith Keene, Frances Lannon y otras han subrayado la importancia de las figuras femeninas en el simbolismo e ideales revolucionarios que las líderes de la Segunda República Española tomaron de la Francia revolucionaria. Las Cortes Constituyentes abrieron el 14 de julio –Día de la Bastilla– de 1931; la república estaba encarnada en una mujer, «la Libertad» guiando al pueblo, a la manera de la famosa pintura de Delacroix. Los liberales laicos profeministas insistieron en que la incorporación de derechos igualitarios para las mujeres coronaría el surgimiento de España como nación europea moderna, laica y democrática.

En mayo, a las mujeres que reunían ciertos requisitos se les había autorizado que fueran candidatas a un cargo, junto con sacerdotes y funcionarios del gobierno, pese al hecho de que las mujeres españolas aún no tenían el voto nacional. (A un número limitado de mujeres, Primo de Rivera les había concedido el voto en las elecciones municipales en 1924, pero, al igual que en Italia, las elecciones se habían suspendido.) La Segunda República adoptó un sistema de representación proporcional, modelado sobre el de la Alemania de Weimar, con listas electorales que favorecían la formación de partidos. En ausencia de sufragio femenino, pocos partidos trataron de abordar temas que se preocuparan de las mujeres; esto resultó manifiesto a partir de las quejas expresadas a finales de junio en L’Opinió por un grupo de mujeres catalanas:

Ya es hora de acabar con las promesas halagüeñas. Las ha habido para todos excepto para nosotras. Los candidatos y sus amigos han tenido este lapso de tiempo del que puede que se arrepientan. Solo Esquerra Catalana se ha acordado de decir que acordará una cuidadosa protección de madres y niños. Eso no es lo que queremos: no pedimos protección; queremos que se nos reconozcan nuestros derechos y que sean iguales a los de los hombres. Ahora que ha llegado el momento de estructurar un pueblo, no dejemos que parezca que no hay nada más que hombres sobre la tierra.

En junio de 1931, dos distinguidas mujeres fueron elegidas como diputadas (de 470 escaños) para la Asamblea Constituyente o Cortes Constituyentes: Clara Campoamor Rodríguez representaba al Partido Radical, y Victoria Kent Siano, al Partido Socialista Radical. En octubre, se les unió Margarita Nelken representando al Partido Socialista, pero no podía acceder a su escaño hasta que recibiera los papeles de su nacionalización (su padre, un judío alemán, y su madre francesa se habían asentado en Málaga).

Miembros de la ANME hicieron campaña con fuerza para la inclusión del voto de las mujeres en la nueva Constitución republicana. Lo mismo hicieron los católicos españoles, sobre la base de que el voto de las mujeres se mostraría beneficioso –como de hecho había ocurrido en algunas otras naciones predominantemente católicas después de la guerra– para el programa socialmente conservador de la Iglesia. Esto era precisamente lo que se temían los escépticos entre los republicanos liberales –y socialistas– fuertemente laicistas, por mucho que, en principio, pudieran haber apoyado el concepto de sufragio igualitario. Como en tantos países europeos, en los años treinta del siglo XX, las mujeres en España superaban en número a los hombres, aun cuando esta nación –que se había mantenido neutral en la Primera Guerra Mundial– no hubiera sufrido mayores pérdidas de guerra. El miedo al número de mujeres, su analfabetismo y la amenaza de la influencia clerical sobre su política enfriaron el entusiasmo de los hombres de izquierda que, en teoría, deberían haber sido los que más apoyasen.

Durante los debates constitucionales del 1 de octubre, el público asistió a un enfrentamiento entre dos de las mujeres diputadas, Clara Campoamor y Victoria Kent, sobre el párrafo que se convertiría en el artículo 36, sobre el tema de los votos de las mujeres. Campoamor, una abogada que servía en la comisión constitucional y que también representaba a la nueva república de España en la Sociedad de Naciones, defendía la posición prosufragio y Kent, una abogada defensora bien conocida que había sido nombrada directora general del sistema español de prisiones, se manifestaba en contra de la inmediata concesión del voto a las mujeres, pese a que ella, en principio, lo apoyaba. Este debate entre dos mujeres diputadas sobre derechos políticos de las mujeres fue una «primicia» política para la historia europea. Todos los debates parlamentarios por el sufragio anteriores habían sido terreno exclusivo de los hombres.

Victoria Kent afirmaba que las mujeres españolas no estaban «preparadas», y que permitirles el voto de forma inmediata era poner en peligro la pura supervivencia de la frágil república. Ella había visto pocas evidencias de la movilización de las mujeres en nombre del nuevo régimen: «Yo creo que […] posponerlo sería lo más beneficioso. […] Resulta peligroso conceder el voto a las mujeres».

Clara Campoamor rebatió a Kent a partir de los principios. En los debates anteriores, ella había insistido en presentar la oportunidad que se abría ante España de llevar la iniciativa en el derecho al voto de las mujeres entre los países latinos de Europa, e igualmente había eludido un intento de sacar de la Constitución la cláusula del sufragio igualitario, situándola en su lugar en una ley electoral más fácilmente reformada. Contra Kent, señaló, entre las protestas de sus propios colegas masculinos de partido, que las mismas críticas que Kent hacía de las mujeres eran también ciertas para muchos hombres, pero nadie los señalaba ni les amenazaba con quitarles el voto: «Precisamente porque la república significa tanto para mí, entiendo que sería un grave error político suprimir a las mujeres del derecho al voto».

Invocando los principios (si no la praxis) de la Revolución francesa, las observaciones de Fichte de 1796 y los llamamientos de Victor Considerant en 1848, Campoamor afirmaba:

No dejéis a la mujer que, si es regresiva, piense que su esperanza estuvo en la dictadura; no dejéis a la mujer que piense, si es avanzada, que su esperanza de igualdad está en el comunismo. No cometáis, Señores Diputados, ese error político de gravísimas consecuencias. Salváis a la República, ayudáis a la República atrayéndoos y sumándoos esa fuerza que espera ansiosa el momento de su redención.

La moción fue aprobada por un margen de 161 a 121 votos, con 183 diputados masculinos absteniéndose, incluidos los socialistas. Ir contra la posición de su propio partido sobre el sufragio femenino arruinó la carrera política de Campoamor. En 1936, tristemente se marchó al exilio en el extranjero.

La nueva Constitución de la Segunda República, ratificada en diciembre de 1931, permitió el voto a todas las mujeres y hombres de más de veintitrés años. Separadas también Iglesia y Estado, secularizaba la ley de matrimonio, introducía el divorcio civil e iniciaba multitud de cambios espectaculares y potencialmente radicales en la vida cívica española, incluyendo la prohibición de la prostitución regulada. Esto es lo que hizo que el gobierno republicano, liberal y enfáticamente laico, si no rotundamente izquierdista, se convirtiera en antagonista de los conservadores y de las fuerzas autoritarias de la derecha. Las elecciones siguientes, en 1933, fueron un desastre para los republicanos y, de forma esperable, muchos de los izquierdistas acusaron a los votos de las mujeres de los resultados. Las dificultades de la república aumentaron considerablemente y las fuerzas de la derecha comenzaron a organizar su cambio.

La Guerra Civil

En julio de 1936 estalló la Guerra Civil, tras el motín de las tropas que encabezó el general Francisco Franco, en nombre de lo que sería llamado «nacional-catolicismo». Las expectativas eran considerables. Tanto los republicanos como las facciones monárquicas comenzaron a recibir pronto inyecciones de materiales, soldados y asesoramiento de la URSS (en el lado republicano) y de la Italia fascista y la Alemania nazi (en el lado franquista), además de ayuda –injerencia a veces– de numerosos entusiastas europeos de izquierdas y hasta de norteamericanos, incluida la imponente feminista anarquista Emma Goldman.

Las Mujeres Libres y los grupos de la alianza antifascista 

El objetivo que anunciaban las Mujeres Libres era el de combatir la «triple esclavitud a las que [las mujeres] han estado sujetas: la esclavitud de la ignorancia, la esclavitud como mujeres y la esclavitud como trabajadoras». Las Mujeres Libres desconfiaban de las reivindicaciones globales hechas por los anarquistas y otros hombres para el cambio social drástico:

Los hombres revolucionarios que hoy luchan por su libertad, solos, combaten contra el mundo exterior. Contra un mundo que se opone a sus anhelos de libertad, igualdad y justicia social. Las mujeres revolucionarias, en cambio, han de luchar en dos terrenos: primero por su libertad exterior, en cuya lucha tienen a los hombres de aliados por los mismos ideales, por idéntica causa; pero, además, las mujeres han de luchar por su propia libertad interior, de la que los hombres disfrutan ya desde hace siglos. Y, en esta lucha, las mujeres están solas.

Tal como apunta Mary Nash, «la Mujeres Libres fueron pioneras en su reivindicación de la autonomía institucional» dentro del movimiento anarquista. Sus líderes disputaron las opiniones de las intelectuales anarquistas más antiguas, como Federica Montseny, que «no creía que hubiera ninguna cuestión femenina específica». Aunque Montseny, como los socialistas, había discutido con frecuencia sobre la cuestión femenina, ella, como aquellos, afirmaba de forma típica que ambos sexos estaban oprimidos, que hacer que las mujeres fueran como los hombres no era la respuesta y que las mujeres deben primero espabilarse. O tal como ella escribió en un artículo muy citado de 1924: «¿Feminismo? ¡Nunca! ¿Humanismo? ¡Siempre!». Cuando Montseny se convirtió en ministra de Sanidad y de Asistencia Social a finales de 1936, se centró en la organización de servicios de voluntarios de mujeres de beneficiencia y auxilio en apoyo de los esfuerzos militares republicanos.

A pesar de sus visiones radicales de la mayoría de las cuestiones feministas, las integrantes de las Mujeres Libres nunca exigieron la legalización del aborto o la circulación de información contraceptiva. Tales esfuerzos se institucionalizaron solo en Cataluña, donde médicos de convicciones anarquistas se alzaron al poder a mediados de los años treinta del siglo XX. En España, no obstante, en razón de la continuada oposición conservadora católica y el clima político turbulento, estos temas nunca habían estado entre las prioridades del feminismo organizado.

En el medio agitado y tenso de la Guerra Civil, los anarquistas y los socialistas no estaban solos a la hora de situar las reivindicaciones feministas en un segundo lugar. Muchos otros grupos políticos –por ejemplo, la Agrupación de Mujeres Antifascistas (AMA, una especie de combinación frentepopulista coordinada por el Partido Comunista Español) o el Secretariado Femenino del disidente Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM)– pusieron la revolución y el combate del fascismo por delante de cualquier objetivo emancipatorio para las mujeres. Sus llamamientos se orientaron a un maternalismo sacrificial más que a una feminidad independiente. De este modo, con su insistencia en poner la libertad de las mujeres por delante, las Mujeres Libres dieron una nota discordante, como habían hecho las mujeres sansimonianas en Francia un siglo antes, las sufragistas irlandesas a comienzos del siglo XX y otros grupos feministas independientes a lo largo de la historia; ellas exaltaban el hecho de que su publicación mensual, Mujeres Libres, fuera producida y publicada exclusivamente por mujeres. Organizaron escuelas para enseñar a las mujeres a leer y escribir y a adquirir formación profesional; y organizaron también guarderías para mujeres trabajadoras y centros para el refugio y reeducación de antiguas prostitutas, así como muchos otros tipos de servicios sociales centrados en la mujer. Esto no quería decir, no obstante, que las Mujeres Libres reclamaran para sí la etiqueta de feministas; nada más lejos de su intención. Como sus homólogas en los movimientos socialistas y comunistas (y en el Sienotdiel en la URSS), ellas identificaban (erróneamente) a las «feministas» como estrictamente de clase media. En la práctica, no obstante, y pese a su retórica, eran plena e impenitentemente feministas en sus aspiraciones y actividades.

Los grupos de la alianza antifascista no ofrecían en general una agenda explícitamente feminista. Grupos como la AMA trataban de movilizar a las mujeres pero, ante todo, en papeles auxiliares: «A las mujeres rara vez se las tomó en cuenta como seres racionales que pudieran rechazar el fascismo como individuos, sino más bien como madres y esposas a las que el fascismo se presentaba como una amenaza al hogar y la familia». A pesar de todo, hubo feministas comprometidas en esta alianza que sí que insistieron en suscitar cuestiones sobre los parámetros de las «esferas separadas» de la participación de las mujeres. Astrea Barrios, por ejemplo, cuestionaba lo que ella percibía como la marginalización de las mujeres dentro del movimiento:

«En este momento de peligro […] el gobierno y las autoridades han de recordar que las mujeres en España […] son ciudadanas con amplios derechos civiles. […] No sirva la disculpa de la no preparación femenina para ciertos menesteres; las mujeres como los hombres antifascistas […] no pueden ver obstáculos de profesión cuando estos obstáculos sirven para abrir el paso a su enemigo común: el fascismo. ¿Es que el 19 de julio nuestros compañeros conocían el manejo de las armas? No; y, sin embargo, fueron al frente […] Las mujeres tendrán la misma experiencia en cualquier puesto que se les asigne».

La Sección Femenina de la Falange

Crear secciones de mujeres de otras organizaciones no era un problema limitado a los partidos de la izquierda; este problema se manifestaba también en la derecha. Un ejemplo fascinante es la Sección Femenina de la Falange, organizada por Pilar Primo de Rivera, hija del antiguo dictador militar. La Sección Femenina era la pura antítesis de las Mujeres Libres; fundada en 1934, tenía más de medio millón de miembros en la época de la victoria de Franco a principios de abril de 1939, y pronto proporcionaría el único canal para la organización de las mujeres en España bajo el gobierno de Franco. Tal como ha señalado la historiadora Victoria Enders:

Toda mujer que deseara ser empleada por el Estado, tener pasaporte, permiso de conducción o hasta licencia de pesca, había de pasar por los seis meses de servicio social de la Sección Femenina que se requerían.

Su programa era intensamente nacionalista y católico, y se basaba en una idea plenamente católica de unos papeles separados para los sexos y organizados jerárquicamente; parecía encarnar el antifeminismo. El «verdadero deber de las mujeres hacia la Patria», anunció Pilar Primo de Rivera durante una conferencia en 1938, «es el de formar familias […] en las que ellas promuevan todo lo que es tradicional»:

Lo que no haremos nunca es ponernos en competencia con ellos [con los hombres], porque jamás llegaremos a igualarlos, y, en cambio, perderemos toda la elegancia y toda la gracia indispensable para la convivencia. […] estas mujeres, formadas así con la doctrina cristiana y al estilo nacional-sindicalista, son útiles en la familia, en el municipio y en el sindicato. […] estas mujeres educadas así en un trance de guerra sabrán entregar, como lo hicieron en su día, con entera voluntad, sus novios, sus maridos, sus hijos y sus hermanos a la Patria.

Tal como insiste Enders, «ser considerada “feminista” era anatema para la Sección Femenina». Pero Pilar Primo de Rivera, como su predecesora inglesa Sarah Stickney Ellis, pensaba que «feminista» quería decir imitadora de los hombres; ella se encontraba a gusto con todas las reformas, incluidas las radicales que realzaran la situación de las mujeres dentro de los papeles «tradicionales», «subordinados», es decir, como madres y como amas de casa que prepararían a sus hijos para el servicio de la nación católica. El empleo de las mujeres casadas y las madres se desaprobaba, no obstante, fuertemente; para ellas, el «ángel en el hogar» había de ser reinstalado como el modelo a seguir. Con todo, a las dirigentes de la Sección Femenina se les exigía que permanecieran sin casarse.

El servicio y la autoabnegación, y no el empoderamiento personal, era el camino dispuesto por la Sección Femenina para todas las mujeres españolas, incluidas las solteras. La Y de Isabel la Católica, que aludía a un yugo, se eligió como el símbolo preferido del servicio. Bajo este yugo, en el curso de dos generaciones, las mujeres de la Sección organizaron innumerables iniciativas educativas y de servicio social fuera del hogar, en nombre de las mujeres españolas, sentando involuntariamente las bases para el renacimiento del feminismo español de los años setenta y ochenta del siglo XX. ¿Podríamos interpretar su aparente sometimiento a los dictados de la Falange dominada por los hombres como una mera tapadera para hacer un trabajo importante, potencialmente feminista, más allá de los límites de la economía doméstica?

Desde luego, seguramente se necesitaba una tapadera si se iba a hacer trabajo feminista. El clima de la posguerra era muy poco propicio; las fisuras habían sido completamente bloqueadas. Muchas militantes feministas habían dejado España para marcharse al exilio; otras, aparentemente, habían cesado sus actividades. Bajo el régimen de Franco, el aborto (que había sido legalizado en Cataluña en 1936) fue redefinido en enero de 1941 como un «crimen contra el Estado» más que «contra la vida humana». Como en la Italia de Mussolini, Franco vinculó de forma deliberada la noción de crecimiento de la población con las aspiraciones de España de alcanzar el estatus de un gran poder; todos los esfuerzos para limitar la fertilidad se interpretaban como amenazas, no solo a la voluntad de Dios, sino al crecimiento y la prosperidad de la nación española. ¡Las madres han de hacer su deber!

El texto y las imágenes de esta entrada son un fragmento de: “Feminismos europeos 1700-1950″ de Karen Offen

Feminismos europeos 1700-1950. Una historia política

portada-feminismos-europeosEn esta ambiciosa obra, rescata Karen Offen la historia de las luchas que libraron las mujeres europeas (y también los hombres) en contra de la dominación masculina. A lo largo de un recorrido de 250 años –desde la Ilustración hasta la era atómica–, la autora se marca diversos objetivos. Para lectores menos especializados y para aquellos que estén interesados ante todo en la crónica histórica, ofrece un estudio comparativo de gran aliento sobre los desarrollos feministas en las distintas sociedades europeas, así como una relectura de la historia europea desde una perspectiva feminista.

En otro nivel, al ofrecer un análisis histórico amplio y preciso, el libro pretende desenmarañar algunas percepciones erróneas y arrojar luz sobre algunos confusos debates contemporáneos sobre la Ilustración, la razón, la naturaleza, la igualdad frente a la diferencia, y lo público frente a lo privado. La autora plantea que los feminismos históricos tienen mucho más que ofrecernos que meras paradojas lógicas y contradicciones, que tienen mucho más que ver con la política sexual que con la filosofía. Las victorias feministas no están relacionadas, en sentido estricto, con esgrimir las razones correctas, ni el género es tan solo «una categoría útil de análisis»; la diferencia sexual se encuentra en el corazón mismo del pensamiento y la política humana.

Feminismos europeos 1700-1950. Una historia política – Karen Offen – Akal

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