Japón en la historia mundial. Una perspectiva desde el Antropoceno

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Hasta este día, la influencia japonesa desafía muchos supuestos sobre la historia mundial, en particular las teorías que tienen que ver con el ascenso de Occidente y el motivo por el cual, planteado de manera simple, el mundo moderno tiene la apariencia que tiene.

mapa_japonNo fueron la gran dinastía Qing china (1644-1911) ni el extenso Imperio maratha indio (1674-1818) los que se enfrentaron a las potencias estadounidense y europeas durante el siglo XIX. Fue Japón, un país de 377.915 km2 , aproximadamente el tamaño del estado de Montana. Esta pequeña nación insular no sólo mantuvo a raya a las grandes potencias de ese siglo, sino que las emuló y compitió con ellas por las mismas ambiciones mundiales, a menudo despreciables. Durante la segunda mitad del siglo XX, después de la Guerra del Pacífico, Japón fue reconstruido y se convirtió en un modelo de industrialización al margen de Estados Unidos y Europa, con empresas tremendamente exitosas como Honda y Toyota, ahora compañías nacionales. Tanto las madres de clase media estadounidenses como los yihadistas en Afganistán conducen vehículos Toyota.

Japón se encuentra ahora en el ojo de un huracán mundial diferente. En los primeros años del siglo XXI se ha visto inmerso en los problemas de las economías industriales y el cambio climático, porque, como un país constituido por islas con un desarrollo costero extensivo, tiene mucho que perder como resultado de la elevación del nivel del mar y el creciente número de violentas tormentas en el Pacífico. Japón sigue situado en el centro del mundo moderno y de sus retos más serios.

La relación de Japón con la naturaleza

Si colocamos a Japón en el contexto de la historia mundial, nuestra historia reemplaza un mito persistente: que Japón tiene una especial relación con la naturaleza, no intervencionista, más subjetiva y a menudo benéfica, una relación que, con las divinidades sintoístas, considera el mundo natural algo vivo, interrelacionado con los continuos vitales del budismo y acotado por ritos confucianos. El mito insiste en que los japoneses no interpretan la naturaleza como un recurso inanimado y despersonalizado para la explotación industrial. Más bien se adaptan a la naturaleza generando holismo entre las esferas cultural y natural. El entorno natural del que dimanan los japoneses, que limita el desarrollo industrial sin alma y da forma a su compleja cultura nacional.

Este estereotipo lleva siglos en vigor. Hace tiempo, el sociólogo Max Weber (1864-1920) sostenía que a diferencia de la filosofía europea, que aspiraba a adecuar el mundo para adaptarlo a los requerimientos humanos, el confucianismo, filosofía central de Asia Oriental, busca el «encaje con el mundo, su ordenación y sus convenciones». En otras palabras, Europa Occidental adaptaba el mundo natural en su beneficio, mientras las sociedades confucianas se amoldaban pasivamente a él. Como sociedad confuciana, en ocasiones se considera que el Japón premoderno se adecua al ámbito natural, una sociedad en armonía con la naturaleza que no violenta el medio ambiente para que se pliegue a sus necesidades económicas. Como resultado, Weber reitera que «el pensamiento sistemático y naturalista […] no consigue madurar» en las sociedades confucianas. Para Weber, esta predisposición de servidumbre ante la naturaleza retarda el desarrollo y permite que las sociedades confucianas sean víctimas de los depredadores occidentales.

Como demuestra nuestra historia, la relación de Japón con el entorno natural ha sido con frecuencia intervencionista, exhaustiva, explotadora y controladora, similar a la europea después de la Ilustración. Satô Nobuhiro (1769-1850), un ecléctico filósofo moderno, entendía que la naturaleza estaba dirigida por fuerzas creativas, unas fuerzas animadas por las divinidades sintoístas. No obstante, al describir el papel de la economía en el contexto del desarrollo estatal recordaba más al economista escocés Adam Smith (1723-1790) que a un filósofo del sintoísmo nativo. Por ejemplo, cuando ilustra la función del gobierno en Keizai yôryaku (Compendio de economía, 1822): «El desarrollo de bienes es la primera tarea del gobernante». Satô sugiere que los humanos se organizan en Estados para explotar mejor los recursos y controlar la energía.

Es importante destacar que el desarrollo al que Satô aspiraba era en gran medida de diseño humano, la contribución de Japón a los primeros registros del Antropoceno, caracterizado por la omnipresencia del cambio inducido por el hombre en la Tierra. En su primitiva historia, los japoneses empezaron a descubrir y explotar el medio ambiente natural a través de la ingeniería de las islas. De hecho, Japón podría ser visto como un archipiélago construido, una cadena de islas consideradas como un espacio controlable, explotable, distinguible y casi tecnológico. Este proceso comenzó pronto en la historia de Japón. Según afirma un historiador, con la llegada de la agricultura llegó un «cambio fundamental en la relación entre los humanos y el mundo natural». Los humanos empezaron a «afectar a otros organismos» y a «rehacer el medio ambiente no vivo» para controlar mejor el acceso al abastecimiento de comida y la energía. La agricultura implicó la eliminación de especies indeseables, la creación de paisajes artificiales y un incremento de la productividad de las especies deseables mediante un mejor acceso al agua y la luz del sol. Los humanos transformaron los organismos que tenían a su alrededor gracias a la ingeniería genética de los cultivos y a la exterminación de especies amenazadoras, como los lobos japoneses. A medida que creaban este paisaje agrícola, los humanos «pueden haber experimentado una sensación cada vez más fuerte de separación entre los mundos “natural” y “humano”», o un sentimiento de «alienación» de las condiciones naturales.

A la larga, esta alienación cosifica la naturaleza y hace más fácil un aprovechamiento indiferente de la misma. Los historiadores han identificado esta hipótesis de «muerte de la naturaleza» por cosificación con la cultura posterior a la Ilustración europea. No obstante, como veremos, la cultura japonesa experimentó un proceso de alienación similar. A lo largo del tiempo histórico, la naturaleza en Japón iba siendo lentamente destrozada, aunque filósofos y teólogos la reparaban de nuevo y le insuflaban la vida antropomórfica de las deidades sintoístas y budistas. La naturaleza se convirtió en una marioneta del ansia humana de recursos y energía, aunque los observadores han confundido durante mucho tiempo este deshilachado títere natural con una naturaleza viva y autónoma.

El texto de esta entrada es un fragmento de la introducción del libro: “Historia de Japón» de Brett L. Walker

Historia de Japón – Brett L. Walker

portada-historia-japonLa presente obra nos ofrece un recorrido por la historia de Japón desde la perspectiva que el nuevo periodo que en el que vivimos –lo que muchos geólogos han dado en llamar el Antropoceno– da al historiador de una nación sometida por igual a los cambios históricos y a los naturales. Desde la remota historia de la humanidad en el archipiélago a la crisis de 2011, la obra de Brett Walker aborda temas claves como las relaciones de Japón con sus minorías, el Estado y el desarrollo económico, así como sus aportaciones a la ciencia y la medicina. Partiendo del estudio de los restos arqueológicos antes de proceder a explorar la vida en la corte imperial, el ascenso de los samuráis, los conflictos civiles, los encuentros con Europa y el advenimiento de la modernidad y el imperio, el autor analiza el ascenso de Japón a partir de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial, para convirtirse en la nación próspera que hoy es, si bien inmersa en importantes preocupaciones medioambientales. Rico en detalles, aunque de fácil lectura y elocuente en su interpretación del complejo pasado de Japón, este libro está considerado por los expertos como el mejor repaso a la historia japonesa hoy disponible.

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