La revolución de Thomas Jefferson

ARTURO NOAIN / REVOLUCIONES

Es inevitable sentirse extraño al hablar de Thomas Jefferson como un exponente del pensamiento revolucionario moderno. Estados Unidos ha cambiado mucho desde que el principal autor de la Declaración de Independencia desarrolló su teoría política; lejos quedan aquellos cánticos revolucionarios que defendían la transición permanente.

Michael Hardt analiza el discurso de Thomas Jefferson a través de una selección de textos y cartas que Ediciones Akal publica en la colección Revoluciones. El catedrático estadounidense nos desvela las claves para comprender el complejo pensamiento político de este “Padre Fundador de la Nación”. Probablemente el lector se impresione con tres aspectos fundamentales de su teoría:

  • Renovación periódica de la revolución: en contraste con el punto de vista tradicional sobre la rebelión (el poder constituyente de la revolución debe ceder el paso al nuevo poder constituido), Jefferson propone una renovación periódica. Exactamente lo data cada veinte años, tiempo en el cual una nueva generación debe reformular la Constitución basándose en sus necesidades. Por supuesto, Jefferson aboga por la rebelión contra la tiranía en todas sus formas, pero no llama a rebelarse solamente cuando las cosas van mal. Ni siquiera exige que la rebelión se base en causas justas para que sea virtuosa. Este concepto se refleja perfectamente en su famosa frase: “El árbol de la libertad debe regarse de vez en cuando con la sangre de patriotas y tiranos. Ésta constituye su abono natural”.
  • Autogobierno: cuarenta años después de la Guerra de la Independencia, el proceso revolucionario se había estancado, encerrado en un poder constituido. Jefferson quería reabrir el proceso revolucionario dividiendo cada condado en distritos de un tamaño tal que cada ciudadano pueda participar en la deliberación política activamente y en persona. Estas pequeñas repúblicas gozarían de una autonomía plena para decidir sobre cuestiones locales. Asimismo, Jefferson propone que los distritos aporten delegados para componer el siguiente organismo de gobierno en la jerarquía, el condado, que a su vez enviaría delegados al nivel estatal que, finalmente, enviaría delegados al gobierno nacional. En definitiva, un esquema que recuerda a las instituciones establecidas por la Comuna de París y que proporciona el antídoto contra la forma dominante y antidemocrática de representación parlamentaria.
  • Educación política: el autogobierno no solamente se opone a la falsa democracia que solamente legitima la autoridad mediante mecanismos electorales, sino que para Jefferson también –y con mayor relevancia– crea personas que lucharán contra cualquier forma de autoridad que intente arrebatarles el poder. Esta democracia participativa sirve de experiencia educativa que forma a las masas en las habilidades y capacidades que necesitan para gobernarse por sí mismas. Las personas sólo pueden aprender democracia practicándola, así se crean nuevas luchas políticas y el autogobierno se convierte en un medio para la renovación de la revolución. En definitiva, se consiguen ciudadanos que defenderán la revolución contra sus enemigos, contra cualquier César o Bonaparte.

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