La literatura como transmisor de ideología

 

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Existe una concepción generalizada, como si de un acto reflejo se tratase, de despreciar la literatura política y considerarla de mal gusto. Cualquier intento por parte de algún autor de introducir sus tendencias políticas dentro de una representación cultural de ficción es vista con escepticismo y desprecio; la mayoría de lectores consideran que mancilla la supuesta «pureza» de una obra literaria. Que al novelista no le incumben los asuntos políticos es una idea dominante de nuestra sociedad actual y reflejo de este hecho es la exclusión y el olvido que ha sufrido el realismo social, acusado de someter lo literario a la política (insinuando que afectaba directamente a la calidad del texto).

Esta premisa parte de la idea de que existe una literatura apolítica y objetiva que no pretende influir sobre los demás. El lector idealiza la novela y la concibe como una manifestación inocente que no tiene relación alguna con ningún tipo de ideología. Es evidente el éxito de la sociedad capitalista y patriarcal al conseguir una hegemonía cultural donde su discurso (nunca transmitido de forma pura) parece ser la objetividad despolitizada mientras cualquier muestra de disidencia se entiende como una torpe pretensión de vender un panfleto al público. Sin embargo, conocemos perfectamente cómo la burguesía se valió de la literatura para poder introducir unas condiciones culturales que consolidasen la sociedad capitalista en contra de la mentalidad existente a la que nuestros antepasados estaban acostumbrados tras un largo periodo dominado por los estamentos privilegiados. Encontramos ejemplos reveladores en las obras aparentemente más evasivas, como algunos sonetos de Garcilaso donde defendió el individualismo camuflándolo en inocentes poemas de amor. O Robison Crusoe de Daniel Defoe; una alegoría al capitalismo más salvaje, donde se considera que el individuo no necesita de la sociedad para sobrevivir. Ideas de gran calado consideradas «universales» que han sido usadas hasta nuestros días y han creado categorías sociales.

De la misma forma que la literatura sirvió y sirve como herramienta a una determinada clase social, también es utilizada de práctica discursiva para las convicciones patriarcales que ensalzan la figura del hombre y que todavía relegan a la mujer al espacio que supuestamente estaba reservado para ellas: el ámbito doméstico. A la vez las dotaba de las características que se pretendían que fueran las femeninas: la sumisión y la pasividad. La sociedad ha canonizado, y todavía lo hace, novelas que están en perfecta sintonía con la mentalidad patriarcal perpetuando de forma sutil el sexismo en nuestras vidas. Idéntico papel el de la literatura para el sometimiento de otras razas u opciones sexuales.

De esta reflexión se desprende que no existe ninguna literatura inocente, y que son los lectores los que deben buscar formas de leer más complejas que los alejen de esa manera adolescente de abordar los diferentes textos. No debemos buscar una identificación con lo escrito por encima de cualquier otra consideración política o histórica (forma de lectura descrita perfectamente en La cena de los notables de Constantino Bértolo) si no queremos acabar siendo condicionados.

Los lectores tenemos que concienciarnos de la existencia de un contexto territorial, temporal y social que influye directamente en el autor y, por lo tanto, en la novela. Cualquier libro, ya sea de forma consciente o inconsciente, es un producto ideológico de una época concreta que reproduce unos gustos literarios determinados, un imaginario social y un abanico de creencias fruto de la ideología dominante del sistema económico y político-social en el que se encuentre.

No solo hay que esforzarse en realizar una lectura más crítica que profundice en la comprensión de los textos. También se conocen formas de literatura que desafían la hegemonía cultural y que han servido para subvertir formas de pensamiento aprovechando las propias contradicciones de la ideología imperante, valiéndose de que estas contienen sus propias debilidades y que no pueden mantenerse eternamente. Pero, ¿asegura la literatura crítica y combativa un mecanismo útil para la batalla cultural? Es difícil verificar su efectividad en un momento donde la correlación de fuerzas está tan desequilibrada y donde el sistema absorbe y normaliza esas posiciones críticas, negándoles cualquier impulso transformador. Para que sea un elemento útil debemos aceptar los cánones existentes donde la política “intencional” en una novela (o un cuento) molesta mientras que la “no pretendida”, aunque contengan ideología, pasa desapercibida. Hay que intentar trasgredir a través del lenguaje y con temáticas que a priori puedan parecer inocentes, lo que facilitará el acceso a una mayoría del público al que le gusta leer y creará conciencia hasta en el lector más embaucado por el sistema. Tampoco debemos olvidarnos de potenciar y promocionar otro tipo de literatura más directa, como el realismo social antes mencionado, que intente deslegitimar los sistemas de dominación y ataque a la escala de valores hegemónica.

BÉRTOLO, Constantino, La cena de los notables, Periférica. (2008)
MONEDERO, Juan Carlos, Curso urgente de política para gente decente, Seix Barral. (2013)
VV. AA., Qué hacemos con la literatura, Ediciones Akal. (2013)
WILLIAMS, Raymon, Marxismo y literatura, Las cuarenta. (2009)

Artículo original en rasgandotumente.wordpress.com

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