El tiempo y lo estático: Weber rescatado

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Charo Ortuño

¿Cómo vincularíamos hoy, desde esta precisa actualidad política y social, economía y religión? ¿Seríamos capaces de dar un origen religioso al capitalismo, sabiendo lo que sabemos y viviendo lo que nos toca vivir? ¿No tendríamos la sensación de que establecer una relación entre lo económico (¿lo absoluto?) y lo religioso (¿lo muerto?) nos pilla un poco a desmano, como si no tuviesen nada que ver lo uno con lo otro o como si, directamente, lo segundo hubiese dejado de existir?

Parecería increíble, ¿no? Algo potencial y esencialmente malo, dañino, tiene su origen en una muy teórica fuente de bondad y orientado a elevar lo humano por encima de cualquier otra cosa, exceptuando lo divino, lo que es a la vez inabarcable y motor universal, y cuyas doctrinas, ya sean de origen oriental u occidental, se vinculan directamente con el Satán del siglo XXI: el mercado.

¿Qué pensaría Max Weber de este mundo globalizado en el que los humanos se parecen, se relacionan, se desconocen, se identifican, se clonan y empatizan, todo al mismo tiempo y a kilómetros de distancia, y en el que las etnias, las razas y los países ya casi ni se reconocen a sí mismos y fácilmente se confunden con el otro? Es posible que su noción de hinduismo cambiara si supiera que se rumorea que la India va camino de convertirse en primera potencia mundial, que las castas están dejando paso a tribus urbanas de lo más parecido a nuestras “lolitas góticas” o “esquinetos”, o que, tristemente y en definitiva, lo sagrado ya no son las vacas, sino la de recursos que se ahorran esclavizando a su pueblo con el fin de vender a Occidente mucha más cantidad e infinitamente más barato que China.

Creería que Weber dejaría la Sociología para dedicarse a vivir en una “ecoaldea” si no estuviera segura de que las cosas no han cambiado tanto como parece. Seguimos sin poder explicar el origen de nada por nosotros mismos; aún debemos establecer relaciones de dependencia entre aquello absolutamente independiente para poder dotar a las sociedades de una mínima identidad, por muy globalizada que esta pueda estar; a pesar de que todo parece ultramoderno y ultraavanzado, a pesar de que pensemos que eso que ayer nos fascinó de Blade Runner hoy se nos queda en una nadería (aquí desvarío por la emoción del momento), lo cierto es que seguimos diferenciándonos básicamente por nuestro color de piel y por nuestra religión, nuestra secta o nuestro dios (o nuestro no dios, que, para el caso, es lo mismo). No; no hemos cambiado, y llegar a hacerlo parece (es) radical y profundamente imposible; tendrían que pasar milenios para que llegáramos a parecernos a la idea que tenemos de lo que nosotros mismos creemos que somos.

Entonces, si pienso en que podríamos mover las actuales circunstancias hasta dejarlas bien colocaditas en los años finales del XIX o los primeros del XX, en una realidad pasada y alternativa, paralela, sin que se notase mucho el desfase cultural (digamos cultural… digamos “de estilo”), también caigo en la cuenta de que tal vez Weber y su Sociología de la religión no están tan lejos del ahora como podría pensarse.

Relacionadas o no con la globalización y el Dios Capital (es un decir; podemos afirmar que el capitalismo se lo ha comido todo como lo hiciera el dios tragón de El viaje de Chihiro), alejadas ya de sus materias y dioses primigenios, ennortadas por el Dios Google o guiadas por la mismísima mano de Angela Merkel, las sociedades, las civilizaciones, seguirán teniendo la necesidad, imperiosamente dolorosa, de hallar en su pasado, en sus dioses, en todo lo que ahora rechazan al calificarlo de retrógrado, un impulso para seguir haciendo lo que por sí mismas no pueden frenar (la masa se come a la masa; el rico se come al pobre; el pobre no come nada).

Según Weber, muchas culturas y religiones encontrarán de nuevo respuesta a sus formas de hacer (¿entenderán hoy los protestantes por qué están tan estrechamente vinculados al capitalismo?, ¿sabrán los chinos por qué han estado tan alejados del estilo de vida occidental y que, sorprendentemente, esta posición se vincula estrechamente a sus creencias?, ¿serán capaces los seres presentes de entender las teorías de los seres del pasado o les parecerán demasiado modernas e incomprensibles, como ocurría con el monolito de 2001?); encontrarán sentido a los vínculos que han establecido con muchos pilares ideales que les son formal y dogmáticamente opuestos (y, curiosamente, son esos opuestos los que las definen con mayor precisión) y hallarán una raison d’être para todo aquello que no pueden explicarse una vez han avanzado hasta este punto en el que se encuentran perdidas al no ser lo que dicen que son: aquello por lo que luchan y el estereotipo en el que se sienten seguras.

Esta aldea, que ya no es global, ni humana siquiera, necesita volcarse de nuevo en los libros del pasado; requiere con urgencia que se abran las ventanas de su memoria ancestral (no la vieja, sino la de antes de ayer, la de hace cien años, esa en la que el ser humano vio y saboreó los inicios de su verdadera “barbarie”, y entonces empezó a estudiarse para poder entenderse) y que se eche un vistazo a lo que pasa fuera de ella. Si tienen suerte, sus habitantes, los súbditos del mercado, volverán a darse de bruces con lo que se pensó sobre ellos en otro tiempo. Se verán desubicados, reflejados; se reconocerán, aunque mucho más simples e infinitamente más torpes, en todos aquellos que fueron objeto de estudio hace ya casi un siglo… y entonces podrán decir, casi (y digo casi) con palabras de Agustín García Calvo (perdón por la blasfemia): “desconocemos qué somos. Adoramos a un dios gigante, de plomo, ciego y sin cabeza… pero, al menos, ya sabemos qué preguntarnos y, lo más importante, desde dónde hacerlo”.

Sociología de la religión – Max Weber – Akal

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