Londres: La medicina en tiempos de Shakespeare y la reina Isabel

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Westminster, el centro del poder real. El aparente amontonamiento de edificios indica que esta área se ha ido urbanizando poco a poco, sin un plan definido ni sistemático. El parlamento se reúne en el edificio alto que ocupa el centro de la imagen. A la derecha se alza la abadía de Westminster, la iglesia donde se celebran las ceremonias de coronación.

Como visitante, te agradará saber que si sufres un accidente o se te presenta una enfermedad, Londres dispone de la mejor atención médica que pueda encontrarse.

Los médicos londinenses se encuentran a la cabeza de su profesión, y están organizados en torno a un Royal College (colegio oficial) fundado en el año 1518.

Esta institución tiene entre sus atribuciones la de controlar el número de médicos en activo y también la de asegurarse que estos saben lo que hacen. La admisión al colegio se hace a través de unos exámenes que, naturalmente, se desarrollan en latín y que, por tanto e inevitablemente, están vetados a las mujeres. Una ley del parlamento ha determinado que el colegio sea surtido cada año con los cuerpos de cuatro criminales ejecutados para que puedan impartirse las correspondientes lecciones de anatomía. Si quieres puedes asistir a una de ellas (dándole una buena propina al encargado de la puerta de la sala de disecciones); no son exactamente divertidas, pero sí instructivas.

Solo los médicos pueden prescribir medicinas «internas», ya sea en forma de líquidos, píldoras o enemas. El prestigio de los médicos de Londres es tal que muchas veces son consultados por carta, prescribiendo un tratamiento a través de correspondencia sin siquiera examinar al paciente.

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Clase de anatomía impartida por John Banister en la sede de la compañía de los barberos-cirujanos. Tanto él como sus cuatro colegas lucen unos manguitos blancos para no mancharse la ropa. Para los miembros de la compañía, la asistencia a estas clases es obligatoria. El libro de texto autorizado es el Anatomica, publicado en 1562 por Realdo Colombo, pupilo y sucesor del gran Vesalius

Solo un peldaño por debajo de los médicos están los barberos-cirujanos, que llevan unidos dentro de una misma corporación desde 1540. Su principal función consiste en arreglar lesiones óseas, sangrar a los pacientes y sacar muelas. Además, te afeitan y te cortan el pelo.

Los farmacéuticos aún no se encuentran agrupados en una corporación oficial, pero su prestigio va en aumento. De momento se encuentran asociados al gremio de los tenderos (Worshipful Company of Grocers), que también controla la importación de drogas medicinales. La ocupación primordial de los farmacéuticos es la preparación de las medicinas recetadas por los médicos y la venta de productos empleados en remedios caseros.

Los herbarios están autorizados a recetar remedios básicos para problemillas cotidianos. Muchos deambulan por la calle, pregonando sus productos y aceptarán el pago en especie, normalmente en forma de alimentos.

Las matronas reciben su licencia de la Iglesia. Pueden imponer bautismos de urgencia y están juramentadas a no practicar abortos ni actos de brujería. En caso de que el padre de la criatura no se conozca tienen la obligación de investigar para averiguar su identidad y así evitar que el niño se convierta en una carga para su parroquia.

A pesar de todo esto los londinenses tienen tendencia a automedicarse –al menos al presentarse los primeros síntomas– con la ayuda de la gran cantidad de manuales médicos, ahora ya escritos en inglés en lugar de en latín, que hay en el mercado. Esta es una novedad que los médicos colegiados ven con irritación. El Breviary of Health (Breviario de Medicina), de Andrew Boorde, un antiguo monje, lleva siendo consultado más de cincuenta años. Más recientemente, John Gerard ha publicado un completo libro llamado Herbal, en el que se describen unas 300 plantas y sus usos, incluyendo aplicaciones médicas.

Precauciones contra la peste

Al igual que todas las grandes ciudades, Londres es «visitada» cada cierto tiempo por la peste y otras epidemias. Las autoridades de la ciudad toman las medidas más innovadoras, desarrolladas en Italia, para evitar su propagación:

  • Los barcos recién llegados son puestos en cuarentena durante 40 días.
  • Las casas en las que haya habido algún caso son cerradas con sus residentes dentro durante 20 días.
  • Se suspenden las funciones teatrales, las ferias y todas las reuniones públicas que no sean estrictamente indispensables.
  • A los funerales puede asistir un máximo de seis personas.
  • Las personas que se estén recuperando de la infección deben llevar una vara blanca de una yarda de longitud.
  • Todos los perros y gatos callejeros son eliminados, y los cerdos se prohíben intramuros.
  • Se encienden hogueras en las esquinas de las calles para purificar el aire.
  • Los mendigos son expulsados de la ciudad.
  • Los vestidos y la ropa de cama de las personas infectadas son quemadas.
  • Se nombran «visitadores» para que acudan a las casas y supervisen la causa de las muertes que se produzcan.
  • Se crean morideros en el extrarradio, para llevar a los agonizantes.
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Durante las epidemias la mayoría de los cadáveres son arrojados en una fosa en lugar de recibir un entierro adecuado con ataúd

Desde hace cincuenta años, los archivos parroquiales mantienen un registro semanal de muertes por epidemia. Sobre esta base, los papeleros (Worshipful Company of Stationers) presentan ante el gobierno un resumen anual de los registros recogidos en toda la ciudad, discriminando las muertes producidas por la peste y por otras causas y señalando parroquias libres de plagas.

Los antiguos hospitales de San Bartolomé y Santo Tomás se dedican, sobre todo, a atender a los pobres de la ciudad, mientras que el hospital de Bedlam recibe a los perturbados. Si tu enfermedad reviste cierta seriedad, lo mejor que puedes hacer es instalarte en una buena posada y contratar un par de sirvientes musculosos. Después, manda llamar al mejor médico que puedas permitirte pagar. Si se niega a alojarte en su propia casa hasta que te recuperes, al menos los sirvientes contratados podrán asegurarse, por la fuerza si es preciso, de que viene a verte a la posada y te atiende como es debido.

La vida en Londres

Caso de que –¡que Dios no lo quiera!– sufras alguna herida mientras estés en Londres, debes llamar a William Clowes, el mejor cirujano de la ciudad. Clowes aprendió su oficio practicando durante su estancia en el ejército y en la marina y lo perfeccionó trabajando como cirujano en el hospital de San Bartolomé. En el campo de batalla descubrió que las vainas de las espadas son perfectas para entablillar miembros, y ha inventado unos polvos que ayudan a cortar las hemorragias. Es también un experto en el tratamiento de la sífilis y en practicar embalsamamientos, además de ser el autor de la obra Proved Practice for Young Chirurgians Concerning Burnings with Gunpowder and Wounds Made with Gunshot, Sword, Halberd, Pike, Lance or Such Other (Prácticas de eficacia probada para jóvenes cirujanos, para el tratamiento de quemaduras por pólvora y heridas de bala, espada, alabarda, pica, lanza u otras parecidas). También es el cirujano de la reina. ¿Hace falta decir algo más?

Curas infalibles

  • Pérdida de cabello – prueba con excremento de paloma quemado si eso falla, las cenizas de una rana de pequeño tamaño.
  • Liendres – péinate el pelo con ungüento de mercurio y grasa de cerdo.
  • Resfriados – coloca una lámina de nabo en los orificios de la nariz.
  • Tinnitus – aplícate aceite de semilla de cáñamo en el oído en cuestión y salta a la pata coja en ese mismo lado.
  • Retención de orina – insértate tres piojos grandes en el pene.
  • Asma – los pulmones de un zorro lavados en vino, hierbas y regaliz.
  • Tuberculosis – no tiene cura, pero para aliviar los síntomas puedes probar con leche de asno y caracoles con su concha.

El texto y las imágenes de esta entrada son un fragmento de: “El Londres de Shakespeare por 5 groats al día”. Esta guía de Londres se sitúa en los años 1599-1600.

El Londres de Shakespeare por 5 groats al día

portada-londres-shakespeareRecorre Londres en su máximo esplendor, cuando los súbditos de Su Majestad creían estar viviendo en una edad de oro.

Únete a ellos y explora la ciudad de principios del siglo XVI junto con los cortesanos, asesinos, comerciantes, mendigos,  abogados, dramaturgos, aprendices y aventureros. Pasea por el Puente de Londres con sus cientos de tiendas y casas; disfruta de las mejores obras de teatro y actores en el teatro de la Rosa; maravíllate con el bullicio de los negocios en el Royal Exchange y baja a Greenwich navegando en el Golden Hinde, el barco en el que sir Francis Drake dio la vuelta al mundo. Esta completa guía proporciona todos los consejos prácticos necesarios para sacar el máximo provecho de tu viaje cuatro siglos atrás. ¡Sin duda Londres te desconcertará!

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