Por la enseñanza. El profesor tiene la palabra II

ALBA GARCÍA

Leer primera parte

«Empujados por la desidia de unos y la desilusión de otros… nuestros hijos no van a tener cosas básicas que nosotros sí hemos tenido»

Entrevista a Óscar L. Ayala Flores, miembro de la Asociación de Profesores de Alcalá de Henares (APAH). Con él intentamos hacer un balance de la situación actual y futura de las enseñanzas medias en España.

Pregunta. ¿Es real el peligro de desmantelamiento del sistema público educativo y de calidad que hemos conseguido con tanto esfuerzo?

Respuesta. No es un peligro ni una amenaza, es un hecho constatable. Y se ha hecho ante nuestras narices y, si no con nuestro consentimiento, sí con nuestra anuencia.

Nuestro sistema público responde a un momento histórico que recoge unas aspiraciones concretas y un concepto muy determinado sobre lo que es común: hemos de admitir que este país ha elegido ser administrado por unos gestores que creen que lo público supone una competencia desleal en un mundo donde todo es mercado, que resta oportunidades de negocio al sector privado. Todo esto ha desencadenado un debate sobre el sistema público y el privado, ha sacado a la gente de la inercia y ha supuesto que decididamente la sociedad se incline por un sistema público de calidad que, necesariamente, habrá de ser reconstruido cuando esta locura efímera de un puñadito de años acabe.

P. Y si no fuera bastante con todo esto, ahora el ministro ha anunciado una nueva reforma educativa. ¿Qué cree que pretenden conseguir con ella?

R. Blindar un modelo. Pero no un modelo educativo, sino un modelo económico. Llama la atención que, por ejemplo, la Fundación de Expertos de Economía Aplicada acabe de lanzar un «Manifiesto de mejora del sistema educativo» y que se recoja en los medios como un informe concluyente. Pero, además de partir de errores de bulto, se olvida un pequeño detalle: son economistas, no expertos en educación, los que lo elaboran. Lo importante, en el fondo, es rebajar el peso del PIB dedicado a educación aún más. ¿Se ha fijado que en los equipos de Wert o de Lucía Figar hay abogados y economistas a mansalva, pero muy pocos profesores?

Se les llena la boca de frases pseudotécnicas que superficialmente tienen sentido, pero que llevan la trampa en su misma formulación. Hablan de «cultura del esfuerzo», «alto porcentaje de fracaso escolar», «remuneración basada en los resultados»… etc. Todo esto es tramposo. Es esa obsesión por el resultadismo, por el corto plazo, en educación y en el resto de ámbitos, lo que está mal.

El sistema educativo público español es bueno, y por eso en EEUU o en Alemania suspiran por nuestros titulados, igual que cuando salen a hacer el Bachillerato fuera es frecuente que estén entre los primeros. Eso no se cuenta, pero es tan verdad como los datos negativos. Se puede mejorar, evidentemente, pero lo que se plantea es una Contrarreforma educativa donde van a salir perdiendo los de siempre: los que tienen menos recursos (económicos, culturales y sociales). Los buenos alumnos saldrán airosos y, sobre todo, los ricos saldrán beneficiados, porque tendrán menos competencia.

P. ¿Cómo afectan los cambios curriculares continuos a profesores, alumnos y padres?

R. Sobre el papel, en una educación por competencias, no deberían afectar sustancialmente. Esa es la respuesta oficial. La real es que crea inseguridad, despiste, desarmonías, hartazgo, desilusión y un sentimiento de tomadura de pelo difícil de soportar. No puede ser que mi hijo de diez años tenga que aprender unas cosas y mi hija de cinco otras muy distintas porque por el camino se ha cruzado un cambio de Gobierno. Ellos van a compartir una misma sociedad, un idéntico mercado laboral y unas mismas circunstancias, así que no tiene sentido.

P. Sin embargo, la última reforma educativa parecía haberse pactado por los 2 grandes partidos y ahora, ¿qué quieren cambiar exactamente? ¿El debate real son las asignaturas –como la insistencia en eliminar Educación para la ciudadanía–, el «alto» coste de la educación o la organización misma de la educación?

R. No, no, ya le digo que mi opinión es que la educativa es una reforma previa, de base, para poder plantear reformas de otro calado. En el nuevo modelo al que vamos, los ciudadanos críticos son problemáticos, y hay que evitar que haya demasiados. Precisamente el asunto de Educación para la ciudadanía es un indicio de esto. ¿De verdad cree usted que a alguna familia le plantea problemas morales o éticos el hecho de que a sus hijos se les inculque el respeto a la libertad sexual o de cualquier otro tipo, que se les muestren algunas desigualdades sociales o la lucha ciudadana como forma de influir en las decisiones políticas que les atañen? Cito esos tres ejemplos porque se encuentran en la propuesta de modificación de Wert, junto a supresiones significativas como las referencias a «la falta de acceso a la educación como fuente de pobreza» o la sutil desaparición del párrafo que habla de «rechazo de las discriminaciones provocadas por las desigualdades personales, económicas o sociales». No llegaron a 200 familias las objetoras en toda España: lo que sucede es que los medios dan cobertura a lo que les interesa.

P. ¿Cómo van a afectar todos estos vaivenes educativos al alumnado? ¿Qué futuro nos espera?

R. La sociedad, los valores y la aspiración de felicidad son más fuertes que el mercado. Puede que tarde en reaccionar, puede que no haya encontrado el camino para hacerlo, pero al final lo hará. Confío en que a esta etapa que se nos echa encima sucederá otra mucho mejor, con mayor justicia social. Hay un par de generaciones, entre ellas la mía, que sólo hemos vivido una época de esplendor de la educación y que en nuestro afán de mejorar no hemos parado de ponerle peros. Sin embargo, empezamos a ser conscientes de lo que se pierde, porque nuestros hijos no van tener cosas básicas que nosotros sí hemos tenido.

Posiblemente el neoliberalismo ha encontrado un hueco para eclosionar con una fuerza inédita en estos años, empujado por la desilusión de unos y la desidia de otros, aunque no encontrará entusiastas entre la gente común. El desembarco de esta forma de ver la vida ha permitido a los ciudadanos saber de verdad de qué se estaba hablando cuando se oponía interés público a interés de mercado, y deberemos prestar una especial atención, por parte de los profesores y las familias, para que las circunstancias no conviertan a nuestros jóvenes exclusivamente en eso que se llama «fuerza del trabajo». Hay que insistir en su derecho a ser mucho más que eso.

Óscar L. Ayala Flores es profesor de Lengua castellana y Literatura y autor de los libros de Lengua castellana y Literatura 1.º y 2º de ESO de Akal.

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