Que vivan nuestras cadenas

Tomás Rodríguez Torrellas

Seamos sinceros, en España no queremos ser de izquierdas.

Decimos ser un país de izquierda moderada, defender la socialdemocracia y el Estado de bienestar que heredemos de nuestros mayores, quienes lo ganaron en batalla callejera a la dictadura. Ellos nos han enseñado que esa batalla victoriosa, la Transición, configura nuestras libertades y que, más allá de aquello, no queda sino la utopía ingenua. La difusa línea fronteriza que marcaron aquellos padres de la patria constitucional determinó –y determina– lo legítimo y asumible de lo peligroso, de lo desconocido. Hic dracones sunt, aquí están los radicalismos.

Así, agarrotados por el miedo al radical, hoy antisistema, nos tornamos en liberales y progresistas, emprendedores del futuro, defensores del progreso, abandonando los ropajes caducos de viejos socialismos y comunismos. Nihilismo conceptual que vació de contenido al político ideológico y aupó al político práctico, quien, siempre en beneficio de la nación, configuró nuestro devenir a la manera de los monarcas ilustrados, todo en beneficio del pueblo, pero sin contar con él. Una nación de idiotas sociales que no entienden qué es lo mejor para ellos.

Y de esta manera, nuestra política “de centroizquierda” se llenó de privatizaciones, liberalizaciones, reformas laborales, tecnócratas asesores, bancos mundiales y fondos monetarios. Ya no serían necesarias las clases porque ya no habría pobres, el neoliberalismo nos iba a hacer a todos ricos. Aquellos pocos que blasfemaban contra el progreso no eran sino viejos dragones que, contumaces, se aferraban a identidades superadas. La autocrítica fue prohibida, no fuera a ser que nos levantáramos un día y dudáramos del mundo que nos habíamos creado.

Hoy protestamos contra las políticas conservadoras de la derecha más recalcitrante, salimos a calle para demostrar nuestro descontento ante lo que creemos es un abuso del poder político ante la ciudadanía. Pedimos una incierta redistribución de la riqueza, una sociedad de derechos, un Estado asistencial y una democracia más igualitaria. Sin embargo, al tiempo que lanzamos las proclamas y cantamos nuestros rimados eslóganes en defensa de lo que “es nuestro”, decimos no ser (ni querer ser) de izquierdas. Así, no ha sido infrecuente ver, en las manifestaciones que a lo largo del año han recorrido España, alguna pancarta con el texto “no somos de derechas ni de izquierdas, somos los de abajo que vamos a por los de arriba”, o cosas similares que niegan la ideología definida, como si de un cáncer intelectual se tratara. Nihilismo de clase, los de abajo han asumido el discurso de los de arriba y ahora lo difunden y defienden a capa y espada.

Queremos información libre y veraz, independiente del poder político y económico, que nos informe y que actúe de escaparate de los abusos del poder, que genere ciudadanos de conciencia por la vía del pensamiento crítico. Sin embargo, no estamos dispuestos a mantener esa información ni esos soportes de veracidad con nuestro esfuerzo o nuestro apoyo económico. Convencidos de que la cultura y la información han de ser gratuitas, dejamos que las grandes empresas manejen nuestro acceso a la realidad, permitimos que marcas comerciales, grandes multinacionales y partidos políticos nos digan qué es lo que pasa en el mundo y cómo lo tenemos que entender. No hay espacio para la prensa libre sencillamente porque no queremos que lo haya. Distopía de la información y utopía de la realidad, el español medio vive, como muy bien expresara cuatro siglos atrás Martín González de Cellorigo, “entre el ensueño y la realidad”.

Hay, sin duda, intelectuales de izquierdas. Figuras representativas de la cultura que, en su papel de creadores de opinión se lanzan al análisis de cada uno de los aspectos de la realidad social que nos rodea, del fútbol a la economía pasando por lo esotérico. Sin embargo, el intelectual crítico y comprometido, el ciudadano dotado de ingenio y vasta cultura que se define por su capacidad de movilizar y despertar conciencias, está, hoy, al servicio del capital. Tertuliano, analista, figura crítica del sistema, estudioso universitario o artista con conciencia social, ninguno está dispuesto a no ser escuchado, a ser minoritario y no tener acceso al Olimpo de los intelectuales de Émile Zola, aquellos que son requeridos para el bien de la nación y para expresar lo que pasará a la historia. Armados de esta pretensión de singularidad, “pública voz y fama”, el intelectual del siglo xxi se lanza a los brazos de la multinacional de la comunicación, del gran grupo editorial o del grupo político de turno, y vende su alma al Diablo, dispuesto a batallar en nombre de la casa que le da acogida, aunque su discurso se torne falaz y contrahecho, o hacer la vista gorda con los suyos, omitiéndoles de las críticas que le dan prestancia social. “Estos son mis principios. Si no le gustan tengo otros”, o “que pues, doblón o sencillo, hace todo cuanto quiero, poderoso caballero es don Dinero”; cualquiera de los dos vale. No veremos, pues, a ninguno de esos intelectuales orgánicos criticar, en su segunda acepción, al grupo de comunicación que le da de comer ni a la multinacional que le edita.

Puede que no nos guste lo que de ello se deduce, pero la evidencia es clara. En este país no queremos ser de izquierdas, queremos parecerlo, queremos que nos identifiquen como tales. Queremos ser los nuevos revolucionarios, los nuevos disidentes y los nuevos modernos, más allá de los posmodernismos. Todo ello lo queremos ser sin ensuciarnos, sin comprometernos ni arriesgarnos. Queremos ser sin hacer, significar por puro esencialismo.

Nihilismo político, finalmente, en el que la acción, elemento último que define la lucha ideológica, se disgrega en impulsos anónimos y pierde su autoridad y legitimidad. La organización política, el sindicato, el asociacionismo y la acción vecinal son puestos en entredicho por el simple hecho de estar organizados. Sólo el impulso nihilista es puro y verdadero, el futurismo evocador sin consecuencias.

Hay, sin duda, excepciones, siempre las hay. Profetas en el desierto más yermo que batallan contra gigantes disfrazados de molinos de viento, soñadores del mañana en la Iberia de los empresarios y emprendedores. Que Marx los guarde y los guíe.

 

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