Somos las nietas de las brujas que no pudieron quemar

Uno es negro y el otro se llama Dante. Cuando cae la noche, me rodeo de mis gatos para ponerme a leer. En la oscuridad, participo en utopías donde la única reina es la igualdad, critico y disiento de este sistema que se nutre de injusticias, estudio la historia de distintos movimientos sociales. No encuentro mejor modo para imaginar cómo debería ser la realidad, mejor vía para construir un mundo en el que todos tengamos dignidad. En las ocasiones en que me he rodeado de otras y otros como yo, he tocado el tambor con libertad furiosa, he reivindicado mis derechos y los de los demás, y jamás he apartado la mirada ante los abusos. En opinión de aquellos que tienen privilegios y dominan, vivo una vida torcida e inmoral. Se equivocan: solo soy una de las nietas de aquellas brujas que no pudieron quemar.

Incluir La bruja, de Jules Michelet, en la presente colección conmemorativa del 50 aniversario de la editorial puede resultarle, a quien me conozca superficialmente o considere que el libro ha quedado desfasado, un capricho. Es cierto que no es una historia convencional, aunque trate del pasado; también es verdad que no es un estudio antropológico al uso, aunque estudie prácticas y dinámicas humanas; tampoco es una novela, aunque se lea como una. Lejos de ser algo arbitrario, traerlo al presente y hacerlo actual es un gesto reivindicativo de un espíritu muy concreto del que me considero heredera.

El libro, publicado en 1862, está a medio camino entre la historia y la narrativa, infringiendo las normas impuestas por la historiografía más ortodoxa. Partiendo del estudio de los manuales de los inquisidores, de las actas judiciales y archivos históricos, Jules Michelet toma distintos elementos para reconstruir la historia de las mujeres y escribir una narración tan trepidante como febril de un personaje colectivo, la bruja. Con este relato se muestran los sufrimientos que estas mujeres tuvieron que atravesar a lo largo de la Edad Media hasta los albores de la Contemporánea, así como la manera que encontraron para resistir frente al statu quo y para suponer una constante amenaza a través de la brujería. Realiza el autor, de este modo, una ficción real en la que la bruja es un «otro» a la ideología dominante, una resistencia.

Aunque limitado por el tiempo que le tocó vivir (es difícil encontrar un rincón del siglo xix que no apeste a misoginia), Michelet transgrede los prejuicios y creencias sociales dominantes: el texto, sin ser feminista, reivindica el papel de las mujeres. Tampoco es de gran ayuda para construir un discurso feminista el analizar un periodo histórico donde la igualdad entre las personas brillaba por su ausencia. Pero sí que hay en la obra un espíritu, y este es su principal valor, que nos empuja a las mujeres –y a todos aquellos que no ostentan el poder ni comulgan con él– a la emancipación, a una comunión para construir una genuina libertad.

Ese espíritu que vertebra la obra presenta una dicotomía entre dominantes y dominados, que entraña una nueva forma de contemplar el pasado y de hacer historia, que hace patente la polarización entre los dominantes, apoyados en la tradición hegemónica, y los do- minados, contrarios al statu quo. Así, se presta atención y se les da voz a aquellos que han sufrido y han quedado marginados de las dinámicas de poder, aquellos que han permanecido en la penumbra y fuera del foco iluminador de la historia.

Ese espíritu maligno cuestiona, además, el modo en que se ha configurado, desde la expropiación (de fragmentos de prácticas así como de saberes propios de la bruja) y por la fuerza (castigando a unas pocas mujeres para que las demás aprendan y obedezcan), una ideología con la que interpretar el mundo, donde lo bueno, lo correcto y lo bello quedan definidos arbitrariamente en el seno de lo normal o de un supuesto sentido común; mientras que lo malo, lo falso y lo feo serán todo lo otro, lo que no es normal. También aporta una visión transgresora del progreso en la que el marginado, siempre que se transforme en disidente, resulta condición imprescindible: sin él, no se avanza en la historia. El progreso ya no será fruto del bien, el conocimiento o la belleza ensimismada de sentido común, sino producto de la acción del presunto mal del rebelde, desde el ejercicio de una libertad disidente.

Y ese espíritu, ese con el que historió Michelet y que tentó a la mujer a ser bruja, es el mismo diablillo que hoy nos invita a transgredir las normas de lo dominante, aquel que nos señala en el presente los márgenes y nos invita tanto a la emancipación como a la construcción de nuestro futuro, el que inspira al movimiento feminista, al decolonial, al anticapitalista y a toda rebelión social que busque hacer del mundo otro mejor. También es el mismo que nos empuja a cada uno a la hechicería, en nuestra cotidianeidad, para ir más allá del sentido común. También a mí.

Lo confieso: publico libros para tentar al pretendido mal a la puta, a la vieja y a la gorda; también para incitar al pecado disidente al miserable, al maricón y a la gitana; para empujar a la sedición a todo aquel que no se identifica con un género, al moro y a toda la gente de mal vivir. Aceptando el legado de aquellas brujas que escaparon de la caza y de la quema, somos libres. Siendo «malas», hacemos de esta una sociedad mejor y más justa.

He perdido el miedo al fuego eterno. Tampoco temo la condena de los poderosos dominantes ni de insaciables privilegiados. El valor que inspira aquel espíritu maligno, el que hace de mí una bruja, me empuja hoy a continuar con el aquelarre: ¿quieres pasarte al lado os- curo de la historia?

Prólogo de Ariadna Akal.


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