La Torá

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  • Texto Clave: La Torá
  • Cuándo y dónde: C. 1000–450 a.C. Oriente Próximo
  • Antes:
  • C. 1300 a.C. Un tratado real hitita proporciona un modelo para la descripción de la alianza de la Torá.
  • Después:
  • 200–500 d.C. La Mishná y el Talmud codifican la «ley oral»  o tradición rabínica, y aportan interpretación bíblica adicional y guía sobre la alianza.
  • 1948 Al acabar la Segunda Guerra Mundial se funda  el Estado de Israel, lo que permite el regreso del pueblo judío a su patria histórica.
  • 1990 Judith Plaskow, teóloga estadounidense, urge a los judíos a reinterpretar los textos que excluyen a la mujer de la alianza.


Dios le pidió a Abraham que  abandonara hogar y familia  y que partiera hacia otra tierra. El concepto central del judaísmo es la alianza, o pacto, con Dios, la cual se remonta a los tiempos de los israelitas, antiguo pueblo de Oriente Próximo. De hecho, los judíos se consideran ligados a Dios por una serie de alianzas. La primera fue la alianza abrahámica, que distinguía específicamente a los israelitas como pueblo elegido de Dios, y los posteriores pactos mosaicos (mediados por Moisés) renovaron este lazo inicial.

Los israelitas, también llamados hebreos, eran un pueblo que ocupaba parte de Canaán, territorio más o menos equivalente a los actuales Israel y Palestina, tal vez ya desde el siglo xv a.C. Alrededor de 1200 a.C., durante un periodo en que esta parte del mundo estuvo bajo dominio egipcio, se grabó una inscripción que contenía la primera mención a «Israel» como pueblo.

En el siglo VI a.C., numerosos israelitas fueron obligados a exiliarse a Babilonia. Durante este tiempo de exilio se compuso buena parte de la Biblia hebrea (judía), en la que se recoge la historia del pueblo de Israel y el origen de sus creencias religiosas.

La primera alianza

Como muchos pueblos del antiguo Oriente Próximo, los primeros israelitas eran politeístas, pero adoraban a un «dios nacional», que creían que prestaba una especial protección a su pueblo. El nombre de este Dios se consideraba demasiado sagrado para ser pronunciado, por lo que se designaba tan solo por sus cuatro consonantes, yHWH (pronunciado probablemente «yahvé»), o también por otros nombres, como El y Elohim, que significan «Dios».

Según se afirma en el libro del Génesis, el primero de los cinco libros de la Torá, esto es, la primera parte de la Biblia hebrea, los israelitas se asentaron por primera vez en Canaán por mandato divino. Dios llamó a un hombre, Abraham, nacido en la ciudad-estado mesopotámica de Ur (en el actual Iraq), y le ordenó que viajara hasta un lugar llamado Canaán, el cual estaba por convertirse en el hogar de los israelitas.

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La lealtad de abraham fue puesta a prueba al pedirle Dios que sacrificara a su hijo Isaac. En el último momento, Dios envió un ángel para detenerlo, como ilustra esta pintura del siglo XVIII.

La Torá relata que, ya en Canaán, Dios estableció un pacto con Abraham, el cual tendría una forma similar a cierto tipo de concesión real que los reyes de la época otorgaban a los súbditos leales. Dicho  pacto establecía que, como recompensa por la lealtad de Abraham, Dios le garantizaba numerosos descendientes que heredarían esa tierra. Como signo del acuerdo, Abraham y todos los miembros varones de su grupo familiar serían circuncidados. y así ha sido: hasta el presente, los niños judíos son circuncidados al octavo día de nacer, como señal de que forman parte de aquella alianza.

Abraham tuvo dos hijos, Ismael e Isaac. Dios bendijo a Ismael, prometiendo que sería padre de una gran nación. Pero fue Isaac el elegido por Dios para heredar el pacto realizado con su padre. Isaac, a su vez, legó la alianza a su hijo Jacob, quien recibiría de Dios el nombre de «Israel» y legaría la alianza a toda su descendencia. Abraham, Isaac y Jacob son conocidos como los patriarcas de Israel, y representan las tres primeras generaciones incluidas en la alianza con Dios.

 La alianza del Sinaí

La Torá relata que, cuando Canaán fue golpeada por el hambre, Jacob y sus hijos emigraron a Egipto, donde sus descendientes fueron esclavizados. Varias generaciones después, cuando hubo aumentado la población israelita en Egipto, Dios eligió a Moisés, un israelita criado en la corte egipcia, para sacar a su pueblo de la esclavitud y regresar a Canaán. La huida de los israelitas de Egipto (el éxodo) implicó abundantes milagros divinos, como las plagas con que Dios azotó a los egipcios –entre ellas, las úlceras o la conversión del agua del nilo en sangre– o la división de las aguas del mar rojo para que los israelitas pudieran cruzarlo. Con estos milagros, Dios demostraba su poder y su lealtad al pacto con los patriarcas.

Te daré a ti y a tu posteridad […] todo el país de Canaán,  en posesión perpetua, y yo seré el Dios de los tuyos. Génesis 17, 8Después de liberar a los israelitas de Egipto, y antes de introducirlos en Canaán, Dios los llevó a una montaña denominada Sinaí, u Horeb. Moisés ascendió a la montaña para hablar con Dios, y entonces se estableció una nueva alianza entre Dios y todo el pueblo de Israel. La alianza del Sinaí recordaba la salvación de Israel por Dios y prometía que este sería su pueblo si observaba los mandamientos que había entregado a Moisés en el monte Sinaí.

Según la Torá, Dios dictó en voz alta estos mandamientos desde la cima de la montaña, cubierta por nubes y fuego, mientras las gentes de Israel aguardaban abajo. La tradición dice que estos mandamientos fueron inscritos por Dios sobre dos tablas de piedra que Moisés bajó de la montaña, aunque la Torá no es clara en este punto. Sin embargo, Moisés rompió furioso las tablas cuando vio que los israelitas habían erigido un ídolo, un becerro de oro, mientras él estaba en la cima del monte. Entonces regresó al Sinaí para recibir unas nuevas tablas, y estas fueron colocadas en el Arca de la Alianza, que los israelitas transportaron por el desierto en su viaje a Canaán.

Los mandamientos

israelitas huyendo de egipto
Cuando los israelitas huyeron de Egipto, Dios los protegió y los abasteció de alimento en el desierto, como representa esta pintura del siglo xv, La recogida del maná.

Los mandamientos recibidos por Moisés en el monte Sinaí se conocen como los Diez Mandamientos o el Decálogo. Este comprende las reglas más fundamentales del pacto de Israel con Dios: prohíbe la adoración de otros dioses y la representación de Dios en forma física; establece que los israelitas deben observar un día sagrado de descanso cada semana, el sabbat; y prohíbe ciertos actos, como el asesinato y el adulterio.

Además del Decálogo, la Torá incluye numerosas leyes que al parecer fueron transmitidas indirectamente por Dios a los israelitas a través de Moisés, tanto en el Sinaí como en otras ocasiones. Estas leyes también forman parte de la alianza. De acuerdo con un cálculo del Talmud (la interpretación rabínica de la ley judía), en la Torá hay un total de 613 mandamientos. Estos tratan numerosos aspectos de la vida de los israelitas en Canaán. Algunos constituyen lo que podríamos considerar un derecho civil: describen sistemas de gobierno, regulan cuestiones sobre la propiedad y ofrecen normas para tartar los casos de asesinato y robo, entre otros asuntos. Otros se refieren a la construcción de un santuario para adorar a Dios y establecen ritos sacrificiales que debe oficiar la clase sacerdotal. Otros, en fin, dirigen la conducta de los israelitas, instruyéndolos sobre asuntos que van desde lo que pueden comer o con quién pueden contraer matrimonio, hasta el trato justo y caritativo que deben dispensar a sus semejantes. Estos mandamientos aspiraban a establecer una sociedad justa  –según los parámetros de la época– y que se distinguiera por su devoción a Dios.

En el último libro de la Torá, el Deuteronomio, se describe una tercera alianza entre Dios e Israel, establecida en la tierra de Moab (en la actual Jordania) antes de la entrada de los israelitas en Canaán. Esta tomó la forma de un discurso final de Moisés, que moriría antes de entrar en la Tierra Prometida. Moisés recordó la salvación de Israel por Dios, transmitió unos mandamientos adicionales que Dios le entregó en el Sinaí, y prometió que Dios bendeciría a los israelitas si obedecían los mandamientos y los maldeciría si los desobedecían. La alianza de Moab reafirmó la lealtad de los israelitas a Dios y a sus mandamientos.

La alianza  en la práctica

Los rituales que observa el judaísmo, como las velas que se encienden el sabbat (el sábado o día  de descanso), sirven para recordar  a los judíos el vínculo de su alianza con Dios.
Los rituales que observa el judaísmo, como las velas que se encienden el sabbat (el sábado o día de descanso), sirven para recordar a los judíos el vínculo de su alianza con Dios.

En principio, los judíos tradicionales consideran las leyes de la Torá como obligaciones eternas. Sin embargo, los mandamientos han sido objeto de interpretación durante siglos, y muchos han dejado de ser aplicables en la práctica. Ciertas leyes pertenecientes al gobierno de los reyes, por ejemplo, no son aplicables desde la caída de la monarquía de Judá en el siglo vi a.C., y los ritos sacrificiales no han sido practicados por los judíos corrientes desde que los romanos destruyeron su templo de Jerusalén en el año  70 d.C. Además, muchas de las leyes de la Torá tratan sobre agricultura y se consideran obligatorias solo en Israel.

En la actualidad, los judíos mantienen diversos puntos de vista respecto a los mandamientos y sus interpretaciones. Los judíos tradicionales observan el sabbat, las festividades y los tabúes alimentarios (como el consumo de la carne de ciertos animales y la mezcla de carne y lácteos), así como otras reglas. Pero, para muchos judíos modernos, las leyes esenciales son las relacionadas con el amor al prójimo y el trato justo que se debe dispensar a todos los seres humanos. Los judíos progresistas citan a menudo una sentencia atribuida al rabino Hillel el Viejo y que se refiere a la regla de oro:

«Lo que es odioso para ti, no lo hagas a tus semejantes. Esa es toda la Torá; el resto es comentario».

La promesa de la tierra, una promesa condicional

Si de veras me obedecéis y guardáis mi alianza, seréis  mi propiedad personal  entre todos los pueblos. Éxodo 19, 5 En su alianza con Abraham, Dios otorgó la tierra de Canaán a los descendientes del patriarca como un don inviolable. no obstante, en otras partes de la Biblia se declara que la posesión de los israelitas sobre la tierra está condicionada a la observancia de los Diez Mandamientos. Esta condición explicaría por qué los israelitas fueron finalmente conquistados por sus enemigos y exiliados de su tierra. En ciertas partes de la Torá se incluye el exilio entre los castigos que caerían sobre los israelitas en el caso de que violaran las alianzas del Sinaí y Moab; muchos estudiosos modernos opinan que estos pasajes fueron escritos como respuesta a dichos acontecimientos.

Al mismo tiempo, la Torá afirma que Dios nunca olvidó su alianza con los patriarcas. Mientras estaban en el exilio, los israelitas tuvieron ocasión de arrepentirse, y Dios les permitió regresar a su tierra, manteniendo por tanto su pacto con Abraham. De este modo, la promesa de la tierra, aunque condicional, sigue siendo eterna: los israelitas pueden perder la tierra por un tiempo debido a sus pecados, pero no deben perder la esperanza de regresar a ella.

El «pueblo elegido»

El sentido de la historia judía gira en torno a la fidelidad  de Israel a la alianza. Rabino Abraham  Joshua Heschel La Torá ofrece pocas explicaciones acerca de por qué Dios eligió a los patriarcas y a sus descendientes, pero destaca que, en virtud de su alianza con él, los israelitas son privilegiados sobre las demás naciones. Los autores de la Biblia no consideraban a los israelitas como superiores a otros pueblos –por el contrario, a menudo los describen como pecadores e indignos–, pero percibían claramente el estatus especial de Israel. Cuando los judíos comprendieron que su dios era el Dios que regía el mundo, empezaron a desarrollar su conciencia de pueblo elegido.

A lo largo de la historia, los judíos se han esforzado por comprender por qué los eligió Dios y qué implicaciones tiene esta elección en relación con su lugar en el mundo. Una antigua tradición sugiere que, más que ser elegido por Dios, Israel eligió a Dios. Esta tradición mantiene que Dios ofreció los mandamientos a todas las naciones de la tierra, pero todas excepto Israel los rechazaron, por encontrarlos demasiado onerosos. Según esta perspectiva, el estatus de los israelitas no resulta de una elección por parte de Dios, sino que es un producto de su libre voluntad. Al mismo tiempo, parece negar la libertad de elección, pues hace a los individuos responsables de las decisiones de sus antepasados.

La lealtad israelita a Dios fue probada durante cuarenta años  de exilio en el desierto, lo cual se conmemora en la festividad de Sucot, durante la cual se construyen frágiles cabañas que recuerdan a las del desierto
La lealtad israelita a Dios fue probada durante cuarenta años de exilio en el desierto, lo cual se conmemora en la festividad de Sucot, durante la cual se construyen frágiles cabañas que recuerdan a las del desierto

Algunas tradiciones místicas judías que tienen su origen en la Edad Media sugieren una perspectiva distinta, al afirmar que las almas de los judíos fueron elegidas en el momento de la creación y que son cualitativamente superiores a las de los gentiles (no judíos). Sin embargo, pensadores eminentes de las ramas principales del judaísmo actual (neoortodoxos, conservadores y reformistas) rechazan categóricamente cualquier reivindicación de diferencia esencial entre judíos y no judíos. Los pensadores judíos actuales tienden a ver la alianza más bien como la imposición a los judíos de la misión de vivir de acuerdo con la voluntad de Dios y, con ello, de transmitir la verdad de Dios al mundo. Algunos han sugerido que Israel no sería único en la elección de Dios, y que otros pueblos pudieron ser elegidos para cumplir otras misiones.

Algunos judíos liberales, en fin, rechazan sencillamente la idea de la elección, argumentando que el concepto presupone la superioridad sobre otros pueblos y fomenta el etnocentrismo.

La pertenencia  a la alianza

El judaísmo tradicional mantiene que la alianza es transmitida de padres a hijos por línea materna; así, el hijo de madre judía es automáticamente judío y está atado a los mandamientos. Este estado heredado no puede perderse: un judío que no observa los mandamientos ha violado el pacto, pero sigue siendo judío. Por otra parte, para un gentil es posible hacerse judío a través de la conversión. Bajo la ley rabínica, un converso al judaísmo debe aceptar los mandamientos y ser sumergido en un baño ritual (y, si es varón, ser circuncidado), momento en el cual asume todos los derechos y deberes de un judío.

Tradicionalmente, la conversión al judaísmo implicaba el compromiso con un estricto régimen de prácticas religiosas. Actualmente, el judaísmo progresista hace más énfasis en la autonomía individual a la hora de determinar la identidad judía y sus obligaciones. Tanto en el judaísmo reformista estadounidense como en el liberal británico, los hijos de padre judío y madre no judía son aceptados sin conversión formal si se identifican a sí mismos como judíos.

Pese a la enorme diversidad de creencias y prácticas, el concepto de alianza continúa siendo central en todas las corrientes del judaísmo: representa y define el fin personal del judío en el mundo, vinculándolo al pueblo judío a lo largo de la historia y a su Dios.

La pertenencia de una persona a la alianza depende de su filiación o, en su defecto, de su fe. El judaísmo no hace proselitismo,  si bien acoge a aquellos que muestran compromiso y sinceridad.
La pertenencia de una persona a la alianza depende de su filiación o, en su defecto, de su fe. El judaísmo no hace proselitismo, si bien acoge a aquellos que muestran compromiso y sinceridad.

 

La Biblia hebrea

biblia-hebreaLa Biblia hebrea o judía (Tanaj), las sagradas escrituras del pueblo judío, es una colección de textos compuestos principalmente en idioma hebreo y escritos a lo largo del primer milenio antes de Cristo. Con ciertas variaciones de orden y contenido, son los mismos textos que componen el Antiguo Testamento de la Biblia cristiana.

La tradición judía divide la Biblia en tres partes: la primera, denominada Torá o Pentateuco, relata la creación del mundo por Dios y su alianza con Israel, y recoge las leyes de los israelitas. La tradición atribuye la Torá a Moisés; sin embargo, los expertos consideran que fue compuesta por varios autores a lo largo de varios siglos. La segunda parte, los Profetas, relata la historia de Israel desde la llegada del pueblo a Canaán hasta la caída del reino, cuando su capital y su templo fueron destruidos y el pueblo fue exiliado. Contiene, además, los escritos de los profetas. La parte final, los Escritos, comprende una colección diversa de composición posterior.

El texto y las imágenes de esta entrada son un fragmento de: “El libro de las religiones”

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