Agosto: exilio y conspiración. A dos meses de la revolución de Octubre

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Un puesto avanzado de soldados del Soviet de Petrogrado, listos para enfrentarse al general Kornílov, en agosto de 1917.

China Miéville

Desde su exilio finlandés, Lenin montaba en cólera, al observar el comportamiento de los bolcheviques de Moscú, considerándolo colaboracionismo. ¿Su pecado? Participar en el Comité Revolucionario Provisional del Soviet, junto a mencheviques y eseristas.

Lenin desdeñó el miedo a la contrarrevolución con el que justificaba sus acciones el comité. El 18 de agosto escribió «Rumores de una conspiración», en el que sugería que tales miedos eran instigados por los moderados, como parte de una campaña para engañar a las masas y que estas les apoyaran. «Ni un solo bolchevique sincero, y que no haya perdido completamente el sentido, estaría de acuerdo en formar un bloque» con los eseristas o mencheviques, escribió, «incluso en el caso de que un ataque contrarrevolucionario pareciera una amenaza real». Y de todas formas, sugería, esta amenaza no existía.

Lenin se equivocaba.

En cualquier caso, la absoluta confusión del momento, según nos sugieren evidencias fragmentarias y poco claras, se debía en parte a un fallo de coordinación contrarrevolucionaria: en la derecha se preparaba más de una conspiración.

Varios grupos en la sombra –la Unión de Oficiales, el Centro Republicano y la Liga Militar– se reunieron para discutir la aplicación de la ley marcial. Decidieron que los mítines programados por el Soviet para el día 27, con motivo de la celebración de los seis meses transcurridos desde febrero, podían utilizarse para justificar un régimen impuesto por Kornílov a punta de pistola. Y si esos mítines no traían el desorden que necesitaban, los conspiradores emplearían agentes provocadores.

El 22 de agosto, el jefe de Estado Mayor convocó a varios oficiales a Maguilov, aparentemente para entrenamientos rutinarios. Pero, al llegar, se les aleccionó sobre los planes de la operación, antes de enviarlos a Petrogrado. Hasta qué punto conocía esto Kornílov, no se sabe a ciencia cierta: lo que sí está claro es que Kornílov estaba dispuesto a derribar a sus enemigos en la izquierda –y en el gobierno.

Y no solo la extrema derecha acariciaba la posibilidad de una ley marcial bajo el mando de Kornílov. Angustiado, lúgubre, incoherente, buscando desesperadamente una salida, también lo hacía el propio Kérenski.

El 23 de agosto, Sávinkov se desplazó a la Stavka, a instancias de Kérenski, para reunirse con Kornílov. La reunión comenzaba en medio de una atmósfera agria, muy poco prometedora.

Sávinkov presentó a Kornílov tres peticiones. Pidió su apoyo para el desmantelamiento de la Unión de Oficiales y el departamento político de la Stavka, sobre los que se rumoreaba que estaban directamente implicados en la preparación de un golpe. También pedía excluir a Petrogrado del control directo de Kornílov. La última y sorprendente petición consistía en un cuerpo de caballería para Petrogrado.

Tras escuchar esta última solicitud, un sorprendido Kornílov se mostró mucho más cordial. El objetivo de estos soldados montados sería, según le confirmó Sávinkov, «la inauguración efectiva de la ley marcial en Petrogrado, y la defensa del Gobierno Provisional contra cualquier agresión». Como atestiguaría después el general Alekséyev, «la participación de Kérenski [en la planificación de la ley marcial] está más allá de toda duda… El despliegue sobre Petrogrado de la Tercera División del Cuerpo de Caballería se hizo a partir de las instrucciones de Kérenski… transmitidas por Sávinkov».

Kérenski, según parecía, estaba ofreciendo su apoyo a la misma operación contrarrevolucionaria que planeaba Kornílov.

A partir de lo que puede reconstruirse, parece que Kérenski, preocupado ante la posibilidad de una revuelta bolchevique, afrontaba un dilema desgarrador; oponerse, por un lado, a la ley marcial cuando, de otro, se está convencido de su necesidad. Incluso en la necesidad de una dictadura colectiva o individual.

Y, por su parte, también Kornílov era flexible: perfectamente dispuesto a derrocar a Kérenski, también estaba dispuesto a encontrarle acomodo, bajo ciertas condiciones. Ahora, al asegurarle Sávinkov que el gobierno se plegaría a su voluntad, estaba mucho más abierto a aceptar las otras propuestas de Kérenski, como la oposición de este, «por razones políticas», a entregar las riendas de los cuerpos de caballería al ultraderechista general Krýmov. De este modo, Sávinkov salía con la tranquilidad de que Kornílov no actuaría contra el primer ministro. Es más, cuando Sávinkov lo sondeó, el general incluso prometió ser leal a Kérenski, aunque sin demasiado entusiasmo…

El texto de esta entrada es un fragmento de “Octubre. La historia de la Revolución rusa”, el libro de China Miéville que saldrá a la venta el 7 de septiembre

Una nota sobre las fechas

Para el estudiante de la Revolución rusa, el tiempo está literalmente fuera de quicio. Hasta 1918 Rusia utilizaba el calendario juliano, que se retrasa trece días respecto al calendario gregoriano moderno. Al igual que el relato de los protagonistas, inmersos en su tiempo, este libro sigue el calendario juliano, el que usaban entonces. En una parte de la literatura sobre la cuestión puede leerse que el Palacio de Invierno fue tomado el 5 de noviembre de 1917. Pero aquellos que lo asaltaron lo hicieron el 26 de su octubre, y es su Octubre el que refulge, como algo más que un mes. Diga lo que diga el calendario gregoriano, este libro está escrito a la sombra de Octubre.

Octubre. La historia de la Revolución rusa

portada-octubre-china-mievilleEn una visión panorámica, desde San Petersburgo y Moscú hasta las aldeas más remotas de un imperio inabarcable, Miéville desvela las catástrofes, intrigas y fenómenos inspiradores de 1917, en toda su pasión, dramatismo e incluso extrañeza. Afrontando los debates clásicos, pero narrado también para el lector que se asoma por primera vez a esta temática, esta es una asombrosa historia de la humanidad en su punto más grandioso y más desesperado; un antes y después civilizatorio que todavía reverbera hoy en día.

Counterpunch:
«Es como si John Reed, autor del clásico del periodismo revolucionario Diez días que estremecieron al mundo se despertara de un sueño de décadas para contar la historia de 1917 una vez más»

China Miéville

China Miéville es considerado como uno de los fundadores de una nueva corriente, dentro de la literatura fantástica, conocida como New Weird, una ficción urbana caracterizada por subvertir las ideas románticas y los lugares comunes del género: una mezcla de cultura pop, magia, pulp, steampunk, monstruos mitológicos y terror existencial. Quizá sea, como se ha dicho, el más político de los escritores de ciencia ficción. Y es que las ideas de Miéville sobre la desigualdad social y la lucha de clases son la piedra angular de una ficción que ha conseguido miles de lectores por todo el mundo.

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