El derecho a la pereza. Lafargue y Rimbaud

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Fue en Londres, en el círculo íntimo de los exiliados communards, donde las sendas de Lafargue y Rimbaud se cruzaron. Vermersch, Vallès, Lissagaray y otros crearon un «Cercle d’études sociales», dedicado a contrarrestar la propaganda de Versalles contra la Comuna con sus propias publicaciones sobre esta. Rimbaud y Verlaine formaban parte de este grupo, frecuentado también por Lafargue. Aunque no hay pruebas documentales de que se conociesen en persona, se movían en el mismo círculo reducido. En noviembre de 1872, por ejemplo, Paul y Laura Lafargue asistieron a una conferencia de Vermersch sobre Gautier; Rimbaud y Verlaine estaban también presentes.

Nacido en Cuba de ascendencia mestiza (judía, mulata cubana, francesa, indígena caribeña), Paul Lafargue llegó a Francia a estudiar Medicina, pero acabó involucrándose en la política de izquierda. Seguidor inicialmente de Proudhon, hizo amistad con Marx y su familia en Londres y más tarde se casó con una de las hijas, Laura. Participó activamente en la Comuna y se exilió en Londres al mismo tiempo que Rimbaud, Verlaine, Vermersch, Pottier, Clément y muchos otros antiguos communards. Se reasentó en París en 1880 y se convirtió en uno de los principales propagandistas del Partido Obrero Francés. Militantemente anticlerical, defendió con firmeza los derechos de las mujeres. Su procedencia colonial lo ayudó a convertirse en uno de los principales críticos y en un analista asombrosamente profético del imperialismo; fue, asimismo, uno de los precursores de los nuevos campos de la antropología y la etnología.

Le Droit à la paresse está escrito a modo de refutación paródica del documento que elevó el «derecho al trabajo» a la categoría de principio revolucionario, el droit au travail de 1848. Tendría enormes repercusiones en Francia y en otras partes; de todos los panfletos políticos del siglo XIX, sólo el Manifiesto comunista lo supera en número de idiomas al que ha sido traducido. Con el panfleto se pretende demostrar, en un momento en el que el trabajo estaba siendo prácticamente deificado, que todas las desgracias individuales y sociales de la sociedad capitalista nacen de la pasión condicionada por el trabajo y la demanda del mismo por parte de las clases obreras.

Como Lafargue, Rimbaud establece escenas y diálogos imaginarios y altamente dramáticos; su prosa hiperbólica, paródica y colorida muestra en sí misma una protobrechtiana suspensión de la oposición entre entretenimiento e instrucción. Sus subtítulos («À nouvel air, chanson nouvelle») recuerdan a la nouvelle harmonie, el verdadero crescendo de «lo nuevo» que encontramos en «Départ», en «Génie» y en la conclusión de Une Saison en enfer de Rimbaud. Dedica mucho espacio a detallar los grotescos atributos físicos y la degradación del obrero y del burgués debido a la inscripción en el cuerpo de ambos de la división del trabajo: esa gran venta de trabajo humano que convierte a las personas en mercancías y a la sociedad en una inmensa tienda. («¡En venta –escribe Rimbaud en “Solde”– los Cuerpos sin precio, al margen de toda raza, de todo mundo, de todo sexo, de toda descendencia!») La burguesía, por ejemplo, obligada a dedicarse al consumo excesivo como actividad o métier definitivo, recuerda asombrosamente a los oyentes de música de Charleville en «À la musique»; vestigios de la formación médica de Lafargue pueden observarse en el preciso vocabulario anatómico que utiliza para describir a la burguesía «acuclillada» (accroupie, esa palabra favorita de Rimbaud) en su absoluta pereza:

Con esas costumbres [à ce métier], el organismo se deteriora rápidamente, se cae el cabello, los dientes se aflojan, el tronco se deforma, la barriga se hincha, la respiración se hace trabajosa, los movimientos se vuelven pesados, las articulaciones se anquilosan y las falanges se vuelven nudosas.

Al proclamar el derecho a la pereza, Lafargue no está dando la espalda a la tradición del socialismo utópico, a pesar de que su panfleto fue mejor recibido en los círculos anarquistas que en los socialistas. Está, sin embargo, «deconstruyendo» la oposición semántica más definitiva y antigua de esa tradición: la oposición, que data de la Revolución de 1789 y que, al principio, era exclusivamente económica, entre «el que trabaja y produce» (travailleur) y «el que no produce nada y es un parásito social» (oisif).

En la década de 1830, el término travailleurs, en plural colectivo, había adquirido un fuerte valor moral, así como económico, dentro del vocabulario revolucionario, definido antonímicamente por las connotaciones peyorativas de oisif (y sus sinónimos capitaliste, exploiteur y bourgeois). Con el problema del «derecho al trabajo» dominando la insurrección de junio, la Revolución de 1848 consagra definitivamente la oposición; el contenido revolucionario del término travailleur se desarrolla durante el Segundo Imperio y lo que, en otro tiempo, había expresado únicamente una relación económica adopta, en tiempos de la Comuna, un eco plenamente social y político. Al describir la absoluta pereza de la burguesía, Lafargue opera dentro de la oposición socialista tradicional. Su hincapié, sin embargo, en que los trabajadores exijan lo que la burguesía se reservaba para sí misma (ocio, placer, vida intelectual), en que los trabajadores abandonen el mundo del trabajo, da al panfleto su valor escandaloso. Lafargue sugiere una práctica revolucionaria por la que la verdadera amenaza al orden existente no deriva de una clase obrera pura, sino de un reto a los límites entre trabajo y ocio, productor y consumidor, trabajador y burgués, trabajador e intelectual.

Mi interés al articular el «ataque» de Rimbaud y Lafargue al trabajo, es el de documentar un momento o una estrategia en una cultura de oposición que no puede en sí detectarse cuando uno se acerca a la producción cultural únicamente desde la perspectiva de la incansable lógica del «podría haber sido de otro modo» propia de la mercancía. Los estudios sobre la mercantilización del ocio en el siglo XIX, sobre el ascenso de los grandes almacenes o sobre la vida opulenta del demi-monde durante el Segundo Imperio, no tienen mucho que decir acerca de esas estrategias de oposición específicas que estaban activas por la misma época. Es crucial en este contexto, por lo tanto, no confundir pereza con ocio. La pereza, para Rimbaud y Lafargue, constituye una especie de tercer término, fuera de la díada programada de trabajo y ocio.

El interés de Lafargue radica, en especial, en su negativa a participar en la construcción del «buen trabajador», esa imagen típica fundamental en el discurso moralizador dirigido a los trabajadores antes de la Comuna por filántropos, moralistas y gerentes fabriles de derechas. En la década posterior a la Comuna, fue la izquierda la que adoptó la tarea de construir el «buen trabajador»; en gran medida como reacción a las inflamatorias diatribas derechistas contra las prostitutas, las pétroleuses, los borrachos y los vagabundos que incendiaron París. En muchas historias izquierdistas sobre la Comuna escritas en la década de 1870 se describe de inmediato al communard como un trabajador modelo: buen hombre de familia que nunca tocaba el aguardiente y no ansiaba sino dedicar 15 horas al día a su métier.

El contenido de esta entrada está extraído del libro “El surgimiento del espacio social. Rimbaud y la Comuna de París” de Kristin Ross

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