El mar de octubre

mar-de-octubre

Francisco Silvera

1.

Sin resistencia, me ofrezco a la calor leve de la tarde de octubre. En lontananza veo la playa, desierta. Siempre he tenido una nostalgia del Norte porque allí apreciaba mejor lo que el calor y la luz significan; el Sur, en cambio, es borrachera de angustia y blanco, un exceso de los sentidos; debí ir al Norte. Y me resulta curioso que ande preocupada con estas cosas, justo ahora. Porque he entrado precipitadamente en el agua y me he hundido con rapidez; el estruendo del mar al romperse conmigo resuena en mis sentidos, sordos ahora; y la espuma blanca sigue brotando, ya menos, de cada movimiento que hago. Al parar, tras la primera impresión, la tarde es igual de suave dentro que fuera, por lo que me sereno, ¿me sereno?, y miro hacia arriba. Veo la panza del barco, el sol como si fuese una brillante medusa que no se está quieta y, entonces, reparo en la frialdad del agua… Y octubre se hace presente como si un aire imposible me comunicara la estación que viene entrando; la playa de octubre es hermosa, porque es playa de caminar pensando, de dorados en la arena o en el océano, de aires fuertes, oleaje ambiguo y olores a peces y algas que se asoman en los restos de la orilla sucia.

Está frío este océano y, sin embargo, nítido; floto a media altura, quizás haya cinco metros de mar por encima y otros tantos por debajo, pero llega la luz y veo nítidamente arriba, abajo, a los lados, pero no detrás. Ahí está, comenzando, mi primer atisbo de espanto, porque dos cosas me aterran sin remisión: el vuelo y la falta de referencias bajo la superficie acuática. Es al pensar en lo indefinido de mis referencias cuando el pánico me hace intentar zafarme y volver arriba, pero no puedo. Una piensa que no va a pasar, porque tiene la idea de que, en última instancia, algo te va a salvar de una situación tan absurda; sin embargo, este miedo mío a la profundidad sin fin aparente, ese pavor a caer sin límite (porque nunca he podido volar en avión, bueno, lo he hecho un par de veces que no volveré a repetir, ¿cómo podría soportar de nuevo la sensación de un tiempo detenido y la impresión permanente de que comienzo a caer, otra vez, otra vez…?), este odio al vértigo se me ha solidificado en los pulmones y vuelvo a mirar arriba, pero ya no veo barco ni sol, sólo aire, tan sólo el aire fresco y limpio de octubre. Porque me agota tener los pies atados, con esa piedra que se fue a plomo al fondo, en línea recta vertical indiferente a las corrientes del mar y su resistencia; me da ansiedad tener las manos juntas con estas bridas de plástico que tanto me dañan la piel con cualquier pretexto; y abro la boca dejando salir una vaharada redonda de mi aire, que huye asustado al exterior en forma de elipse cambiante, como los rayos del sol de fuera que crecen y menguan al ritmo de la superficie marina. He hecho unos movimientos raros y caigo en un sopor lento, lento y helado, ya no echo de menos respirar; siento un tirón violento y la bolsa en la que estoy me niega esta luz que me quedaba, siento cómo el mundo entero sigue rondando con toda tranquilidad, los niños, las parejas, mi tierra lejana y mi padre que no sabe nada, y es como si yo fuera una parte de todo eso y fuera fluyendo como todos los días; ¿qué va a ser de mí en la oscuridad? No, se abre, la bolsa se abre un poco más, lentamente… entra un sol lejano…

Nunca pensé que fuera tan fácil morir…

2.

«Tú te lo mereces», he leído al entrar. No he sabido interpretarlo, no era el día más indicado para algo así, lo de «merecer». Porque, aunque hago como si la costumbre me dominara, aquí estoy borracho y pasado de rosca. Si no es hasta el culo de todo, hoy no duermo. Me miro la postura de mis dedos, en la derecha, y sé que ya voy bastante bien; el tabaco me tiene los dedos como atrofiados y el colocón me los paraliza más, los dos dedos de coger el cigarro en posición, hacia delante, no importa que ahora no esté fumando, mi mano la mantengo levantada como si estuviera señalando a alguien; me he visto en una luna grande del pasillo, renqueando, las piernas flojas y los ojos caídos, la boca pastosa, apuntándome con los dos dedos amarillos y las uñas anaranjadas, me acuerdo de mi padre, exactamente igual, tan borracho que ya no quiero volver a casa nunca más, y lo hago, seguro, lo hago.

He pagado a la tía para que no hable; mejor, para que hable lo que interesa. Le he dicho que no tenía ganas, que iba colocado, y es verdad, pero hace algún tiempo que tengo el nabo como tonto. Hoy me ha afectado mucho su mirada; la mía en el espejo del pasillo, es de lado y esquiva, porque, lo sé, tengo cosas que ocultar; la suya era como… sí, me acuerdo, «Cordero de Dios», me viene eso a la cabeza, porque los borreguitos se quedan quietos, como ofreciendo su cuello, firmes de miedo; y firme ha entrado ella en la mar, los ojos como platos y sin mirar de soslayo, de frente, sin mala idea, inocentes como si no pudieran creer lo que estaba ocurriendo, esperando ese hecho que tuerce lo peor para que no ocurra… pero no llegó, y la vi hundirse mirando hacia el barco sin una palabra, sin una emoción más que su mirada redonda como de búho prisionero; yo no podía follarme a la puta, ni teniendo las fuerzas. Era la catalana, llevaba un tiempo, la que más ha durado.

Ha sido un día para olvidar. Por la mañana me cabreé mucho con el niño; ya estaba nervioso. Empecé a ponerme frenético y sabía que le iba a dar por todos lados; cuando ocurre esto, el día no puede salir bien. El otro, el grande, el enganchado ése, me decía: «¡Papá, no!», y me repetía: «¡Papá, no!», y casi me dolía más que la paliza que iba a dar al chico, porque él me habla ya con su cuerpo de hombre, aunque sea un mierda, pero sabía lo que venía perfectamente… No sé qué me entra que no lo puedo remediar. Y le di, y no le di al grande y a la madre porque al final se quitaron de en medio; no fue tanto, me contuve, pero se pone muy pesado y le tengo que dar.

Y después el cabrón éste, que hay que tirar una tía. Ya me lo venía barruntando. Y a mí las tías siempre me dan no sé qué. Y ésta más. Porque la conocía y no estaba histérica como otras, sino sorprendida, como esperando algo que ocurre y evitando lo que parece que no debe ser… Tan callada siempre… Sí, esperaba algo, indefensa, inocente… Y se hundió en el agua con los ojos desencajados pero todavía con esa esperanza; no me fui hasta que no salieron los borbotones últimos de su aliento, siempre espero por si pasa algo. Después tiro de la tanza y cierro la bolsa, para que no coja aire y dé problemas. En octubre murió mi madre; cada año que pasa me siento más viejo y tirado, ridículo de tener que simular lo contrario.

* El texto de esta entrada es un fragmento de El mar de octubre  (descargar en PDF)

El mar de octubre – Francisco Silvera – Ediciones Akal

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