El feminismo en la Segunda República: la lucha por la igualdad, la lucha por la diferencia

El debate sobre el sufragio femenino centró parte de las discusiones parlamentarias tras la proclamación de la Segunda República y contribuyó a la polarización entre los sectores favorables y los opuestos al mismo. Los partidos republicanos no mostraron gran entusiasmo por la participación femenina en las elecciones e incluso se produjo el enfrentamiento entre las dos primeras diputadas, Victoria Kent y Clara Campoamor. Sin embargo, el sufragio femenino fue aprobado, y las asociaciones feministas continuaron proliferando para exigir otro tipo de derechos. Hubo agrupaciones femeninas dentro de los partidos tradicionales, como la Agrupación Socialista Femenina, integrada en el PSOE desde 1912; pero destacó la labor propagandística de las asociaciones independientes, cada vez más radicalizadas. Durante la Segunda República pervive el feminismo burgués y culto de principios del siglo xx, pero se acrecienta con las aportaciones izquierdistas (comunistas y anarquistas) y de derechas (católicas y tradicionalistas).

Desde un primer momento, las mujeres militaron en los partidos políticos republicanos y de izquierdas; es el caso de Clara Campoamor, Concha Peña o la doctora Elisa Soriano, afiliadas al Partido Radical; Victoria Kent, Carmen de Burgos o Benita Asas Manterola, del Partido Republicano Radical Socialista; Dolores Rivas Cherif de Azaña o la escritora María Mayol, de Acción Republicana; Magda Donato o Belén de Sárraga, del Partido Republicano Federal; y Margarita Nelken, del PSOE. Pero su militancia en los partidos no excluyó, sino al contrario, su compromiso con agrupaciones feministas en las que la mayoría de ellas participaban desde principios de los años veinte.

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Clara Campoamor en la inauguración de la sede de la Unión Republicana Femenina, en el número 6 de la madrileña calle de Fuencarral, en 1931. De carácter sufragista y reivindicativo, la Unión Republicana Femenina combinó las actividades políticas con las culturales.

En 1931 Clara Campoamor impulsó la Unión Republicana Femenina para promover campañas a favor del sufragio femenino y de los derechos de las mujeres. La Unión Republicana Femenina se centró sobre todo en las actividades de propaganda, desplegando una gran actividad. Sirva de ejemplo el programa de finales de marzo de 1932: el sábado 26 de marzo Carmen Torres de Vega pronunció una conferencia en la sede sobre «Abolicionismo», el lunes 28 se realizó una lectura y comentario del libro Cartas a una muchacha sobre Derecho Civil, de Ángel Ossorio y Gallardo; el martes 29 hubo reunión y acuerdo de la Comisión de Derecho matrimonial; el miércoles 30, reunión de la Comisión de Derecho electoral; el jueves 31 conferencia de Dolores Ocaña sobre «Agustina de Aragón y Mariana Pineda», y el viernes 1 de abril conferencia del político gallego Basilio Álvarez (La Luz, Madrid, 25 de marzo de 1932, p. 16).

A principios de 1932 nace la Asociación Femenina de Educación Cívica (AFEC), cuyo germen fue el Lyceum Club. Un grupo de mujeres pertenecientes a este último mostraron, con la República, el afán por abrir la asociación a mujeres de clase media, conscientes de que era necesario despertar en ellas la conciencia ciudadana. Nació así la nueva Asociación, promovida por María Lejárraga, con la colaboración de Pura Maórtua de Ucelay y la compositora María Rodrigo. La AFEC comenzó desarrollando sus actividades en la Escuela Superior de Magisterio hasta que se hizo con sede propia en la Plaza de las Cortes, donde llevó a cabo una importantísima actividad de carácter práctico, con clases de idiomas, taquigrafía, corte y confección, conferencias y cursillos (fueron oradores habituales Julia Peguero, el doctor Juarros, José M.ª de Otaola, etc.), festivales, conciertos, visitas a museos, etc. Llegó a tener mil quinientas afiliadas.

Junto a estas asociaciones, hubo comités de mujeres que se agrupaban para discutir un problema o debatir una cuestión como el Patronato de la Mujer, creado en 1931 para continuar la labor de la Sociedad Abolicionista y luchar contra la trata de blancas y de nuevo presidido por María Lejárraga, junto a Matilde Huici, Clara Campoamor, Victoria Kent, Regina García y Victoriana Herrera.

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Cartel de guerra de Mujeres Antifascistas, organización impulsada en 1933 por el PCE y presidida por Dolores Ibárruri. Durante la guerra desplegó gran actividad, ayudando a las víctimas de la contienda y manteniendo la actividad laboral que no podían desempeñar los combatientes. Tras la guerra, sus afiliadas sufrieron una dura represión

En 1933 nace el Comité de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo, impulsado por el Partido Comunista de España, coincidiendo con la llegada de Hitler al poder en Alemania. La promotora fue Dolores Ibárruri, con quien colaboraron mujeres de izquierdas como Lina Odena, Matilde Landa, Encarnación Fuyola, Emilia Elías, Margarita Nelken o Matilde Cantos. De carácter internacionalista, el Comité desempeñó una importante labor de ayuda a las familias mineras tras el fracaso de la revolución de Asturias en octubre de 1934, pero fue declarado ilegal y cambió la denominación a Organización Pro Infancia Obrera. En 1936 adoptó el nombre de Asociación de Mujeres Antifascistas (AMA) y contó con un órgano de expresión propio, la revista Mujeres. La Asociación de Mujeres Antifascistas desarrolló una labor muy intensa durante la guerra, tanto en el frente, donde murió Lina Odena, como en las tareas de auxilio a la infancia. Tras la guerra continuó en el exilio con el nombre de Asociación de Mujeres Antifascistas Españolas en Francia y México.

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Portada de la revista Mujeres Libres , publicación de la Federación de Mujeres Libres dirigida por Amparo Poch y Gascón, Lucía Sánchez Saornil y Mercedes Comaposada. Escrita por y para mujeres, no admitió la colaboración masculina.

En abril de 1936 nace la agrupación anarquista Mujeres Libres, vinculada a la CNT y liderada por la escritora Lucía Sánchez Saornil, la periodista Mercedes Comaposada y la doctora Amparo Poch y Gascón. La agrupación contará con un órgano de expresión propio, Mujeres Libres, en el que no se admitía la colaboración de hombres. El programa de Mujeres Libres defendía la participación femenina en el trabajo asalariado, organizando comedores populares y guarderías para ayudar a las trabajadoras; la igualdad en las relaciones hombre-mujer, sin sanción institucional (ni estatal ni eclesiástica); la prostitución liberatoria o con atención médica y psicológica a las prostitutas; el fin de la jerarquización autoritaria dentro de la familia; la educación infantil concebida como educación para la libertad, y la educación sexual, con información sobre métodos anticonceptivos y aborto. En Cataluña promovió las clases de alfabetización para mujeres trabajadoras, en las que se proporcionaban además conocimientos mecánicos y agrarios y enseñanza sindical. Durante la guerra, Mujeres Libres se ocupó de gestionar orfanatos y centros de auxilio a refugiados.

Otras agrupaciones, como la Acción Política Feminista Independiente, creada por Julia Peguero en 1934, o la Comisión Femenina del Frente Popular de Izquierdas (1936), aspiraban a constituirse en partidos políticos feministas, sin conseguirlo, siendo sus fines exclusivamente electorales.

El texto y las imágenes de esta entrada son de un fragmento del libro: La mujer en la II República’ de Raquel Vázquez Ramil

 

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