Las caras de Franco

portada las caras de francoFrancisco Franco Bahamonde, Generalísimo de los Ejércitos, jefe del Gobierno, jefe del Estado, jefe Nacional del Movimiento, Caudillo de España por la gracia de Dios, dictador. Han pasado más de cuatro décadas desde el 20 de noviembre de 1975, día en que el general Franco falleció en Madrid. Para el momento de su muerte, casi habían transcurrido otras cuatro décadas en las que ocupó la Jefatura de Estado al frente de una dictadura legitimada por la victoria en la Guerra Civil.

Las caras de Franco. Una revisión histórica del caudillo y su régimen reevalúa a través de distintas perspectivas la figura, pública y privada, y la personalidad del dictador, su actividad como gobernante, las fuentes de su poder… cuestiones que sirven para explicar cómo el dictador consiguió perpetuarse sin grandes dificultades durante 40 años, falleciera de muerte natural y no recibiera ningún revés político que hiciera peligrar su posición.

Enrique Moradiellos García

El equipo de autores está constituido por los once integrantes del equipo de investigación y trabajo sobre el franquismo dirigido por el profesor Enrique Moradiellos García, catedrático de Historia contemporánea de la Universidad de Extremadura. El profesor Moradiellos es desde el año 2014 investigador principal del Proyecto de Investigación HAR2013-41041-P («Las caras de Franco: funciones políticas y representaciones públicas del Caudillo en el régimen franquista»), proyecto financiado por el Ministerio de Economía y Competitividad en el marco del Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia.

Fragmentos de ‘ Las caras de Franco: una revisión histórica del caudillo y su régimen’:

· Cuando los socialistas convocaron la huelga general contra la entrada de la CEDA en el gabinete y estalló la revolución de octubre de 1934, el gobierno le encomendó la tarea de aplastarla por todos los medios, incluyendo el traslado y uso de la Legión en Asturias. Esta coyuntura crítica proporcionó a un Franco muy ambicioso su primer y grato contacto con el poder estatal cuasiomnímodo. En virtud de la declaración del estado de guerra y de la delegación de funciones por parte del ministro, Franco fue durante poco más de quince días un auténtico dictador de emergencia, que controlaba todas las fuerzas militares y policiales en lo que percibía como una lucha contra la revolución planificada por Moscú y ejecutada por sus agentes y españoles traidores. La aplastante victoria que logró en Asturias le convirtió en el héroe de la opinión pública conservadora y reforzó su liderazgo sobre el cuerpo de jefes y oficiales. Su nombramiento en mayo de 1935 como jefe del Estado Mayor central cimentó ese liderazgo de un modo casi incontestable.

· Dadas esas circunstancias, no resulta extraño que la inesperada victoria del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936 motivara el primer intento serio golpista por parte de Franco. En aquel momento, la tentativa se frustró por falta de medios y tiempo y por su cautelosa decisión de no actuar hasta tener casi completa seguridad de éxito. Sin embargo, el grave deterioro de la situación política española en los meses siguientes, provocado por el sabotaje conservador a la gestión reformista del gobierno y por la movilización reivindicativa obrera y campesina, llevaría a Franco a entrar en contacto cauteloso con la amplia conjura militar contra la República que se estaba fraguando en el Ejército.

·  Tras el asesinato del dirigente monárquico José Calvo Sotelo el 13 de julio de 1936, las dudas de Franco que tanto enervaban a sus compañeros de conspiración fueron eliminadas. Decidió sumarse al proyectado golpe militar no para anticiparse a un supuesto golpe comunista, sino para frenar las reformas aplicadas desde el gobierno y atajar así el espectro de revolución social que creía percibir tras la movilización popular.

·  En definitiva, la reciente historiografía sobre la figura de Franco demuestra claramente que no fue el inteligente y previsor estadista proyectado por sus hagiógrafos ni tampoco la nulidad humana meramente afortunada que pretendían sus adversarios. Fue algo mucho más complejo y, a la par, más normal y corriente, como demuestra el obvio contraste entre esas habilidades que le permitieron alcanzar grandes triunfos y su sorprendente mediocridad intelectual que le llevaba a creer en las ideas más banales.

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