Las llamas de Nueva York

MIKE DAVIS / NEW LEFT REVIEW 12

El 2 de mayo de 2011 murió Osama bin Landen. Un año después queremos recordar lo que supuso su figura en el panorama internacional. Por ello, recuperamos un fragmento de un artículo de Mike Davis escrito a finales de 2001.

En lo mejor del género, Barry Glassner desenmascaró sistemáticamente algunos de los trasgos más comunes –hombres jóvenes negros, drogas de calle, corrección política terrorista, etc.– que asediaban deliberadamente el camino hacia la comprensión pública de problemas sociales tales como el desempleo, las malas escuelas, el racismo y el hambre mundial. Demostró con cuidado cómo los miedos conjurados por los medios de comunicación eran “expresiones oblicuas” culpables de la negativa posliberal a corregir las verdaderas condiciones de la desigualdad. El miedo se había convertido en el principal contrapeso para el giro hacia la derecha desde 1980. Los estadounidenses, en opinión de este autor, “tenían miedo de las cosas equivocadas” y estaban siendo engañados por los equivalentes modernos de la celebérrima emisión de Orson Welles de la Guerra de los mundos. “Los marcianos –subrayó– no están llegando”.

Pero, ¡ay!, ahora han llegado, blandiendo cutters de bolsillo. Aunque las películas, al igual que las cometas y los rostros de las mujeres, estén prohibidos en la versión de la utopía del Hindu Kush, los ataques sobre Nueva York y Washington DC se organizaron siguiendo el modelo del cine épico de terror, con una atención meticulosa a la mise en scène. De hecho, los aviones secuestrados iban dirigidos a provocar un impacto precisamente sobre la vulnerable frontera entre fantasía y realidad. A diferencia de la invasión radiada de 1938, las miles de personas que encendieron sus televisores el 11 de septiembre estaban convencidas de que el cataclismo no era más que un programa, un engaño. Creyeron que estaban viendo las primeras pruebas de la última película de Bruce Willis. Desde entonces, ningún jarro de agua fría ha venido a romper este sentido de ilusión. Cuanto más improbable el acontecimiento, más familiar la imagen. El “Ataque contra América” y sus secuelas, “América contraataca” y “América flipa”, han seguido desbobinándose como una sucesión de alucinaciones de celuloide que se pueden alquilar una por una en el videoclub de la esquina: Estado de Sitio, Independence Day, Decisión Crítica, Estallido, etc. Entretanto, George W. Bush, que cuenta con un estudio más grande, responde a Osama bin Laden, como hace un auteur con otro, con sus propias encendidas hipérboles de gran angular.

¿Se ha convertido la historia sencillamente, pues, en un loco montaje de prefabricados horrores confeccionados en las cabañas de los escritores de Hollywood? Sin lugar a dudas, el Pentágono así lo creía cuando reclutó secretamente a un grupo de famosos guionistas, entre los que se encontraban Spike Jonze (Cómo ser John Malkovich) y Steven De Souza (La jungla de cristal), para “hacer una lluvia de ideas sobre los objetivos y planes de los terroristas en Estados Unidos y ofrecer soluciones para estas amenazas”. El grupo de trabajo tiene su base en el Institute for Creative Technology [Instituto para la Tecnología Creativa], una empresa conjunta del Ejército con la Universidad de California del Sur, que explota la pericia de Hollywood para desarrollar juegos de guerra interactivos con sofisticadas recorridos secuenciales. Uno de sus frutos es Real War [Guerra Real], un videojuego que prepara a mandos militares para “combatir contra insurgentes en Oriente Próximo”. Cuando, el 20 de septiembre, un “organismo de inteligencia extranjero” no identificado advirtió al FBI de un posible ataque sobre un estudio muy importante de Hollywood, se trataba del último giro en una cinta de Moebius que imbrica con la simulación realidad, para luego volver otra vez a la simulación.

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