Los cadáveres buenos: el silencio y la memoria

A la memoria de Amelia

José Carlos Bermejo

Una de las grandes figuras de la literatura griega es el personaje de Antígona, tal y como la conocemos a través de la obra de Sófocles. La historia de Antígona se podría resumir de la manera siguiente: en tiempos muy remotos hubo una guerra civil en la ciudad de Tebas. Muerto el rey Edipo, sus dos hijos, Eteocles y Polinices acordaron reinar alternativamente, cada uno un año. El trono le correspondió primero a Eteocles, y una vez rematado el año y cuando tocaba la alternancia en el poder, este se negó a entregarle el trono a su hermano Polinices, quién para reivindicar su legítimo derecho reunió un ejército guiado por siete grandes jefes y atacó su ciudad. En el ataque a Tebas, tras duras batallas, Eteocles y Polinices hallaron la muerte en un combate cuerpo a cuerpo en el que se aniquilaron mutuamente. Finalizada la guerra, el nuevo rey de Tebas, Creonte, concedió todos los honores militares al cadáver de Eteocles y ordenó que el cadáver de Polinices quedase sin sepultar y fuese pasto de los perros.

Como para los antiguos griegos la falta del respeto debido a un cadáver era uno de los mayores sacrilegios, Antígona, hermana de Eteocles y Polinices, depositó un puñado de polvo sobre el cadáver de Polinices, con lo que podría considerárselo ritualmente enterrado. Entonces Creonte, aplicando una ley que había dictado, condenó a Antígona a muerte, haciéndola morir de hambre al encerrarla en una cueva. Sin embargo, antes de entrar en ella Antígona le dijo: “He nacido para el amor y no para el odio”. No obstante, la historia no acabó para Creonte. Hemón, su hijo, era el novio de Antígona y decidió suicidarse, al igual que la propia mujer de Creonte, que vio castigada así su insolencia, consistente en anteponer el odio generado por la guerra y la política a los más sagrados principios y sentimientos que hacen que podamos considerarnos humanos.

Una de las escenas cumbres de La Ilíada, un poema dedicado a la guerra y a la gloria, es aquella en la que Aquiles, tras humillar el cadáver de su rival Héctor, muerto al defender legítimamente su ciudad, decide devolverle el cuerpo del héroe troyano a Priamo, su padre, para que pueda tener unas honras fúnebres semejantes a las que él mismo está tributando a su amigo Patroclo, al que construye una gran pila funeraria. Los griegos, que eran paganos, creían que hay una serie de leyes no escritas que no se pueden violar, ni siquiera en la guerra, y que esas leyes se referían al tratamiento de los vencidos y al enterramiento de los caídos.

En España hubo, no hace tanto, una Guerra Civil en la que el odio –a veces de las dos partes– y el desprecio del derecho, el honor y los sentimientos humanitarios por parte de los vencedores fueron muy notorios. Los griegos creían que las guerras más crueles son las guerras civiles, quizá porque sólo se puede llegar a odiar intensamente lo que una vez se amó y lo que es parte de nosotros mismos. Por eso, y quizá porque la Guerra Civil también fue inspirada por un odio teológico alentado a veces por la Iglesia católica, se llegó en ella a alcanzar extremos de crueldad, injusticia y falta de dignidad por parte de aquellos que resultaron vencedores, que nunca reconocieron la dignidad de sus rivales ni en el campo de batalla, ni mucho menos en el campo político y de las ideas.

El Parlamento español aprobó en su momento una ley de funesto nombre, la Ley de Memoria Histórica. En realidad debería llamarse Ley de Reparación de las Víctimas de la Guerra Civil. A costa de la ley hemos asistido a un obsceno espectáculo por parte de políticos que quieren otorgarse el papel de redentores de esas misma víctimas, de otros que creen que afirmar la existencia de una víctima es predicar el odio y de algunos historiadores oportunistas dispuestos a hacer currículum académico –e incluso a ganar dinero– investigando el tema.

En realidad, si lo que se pretendía era hacer justicia, los protagonistas de esta ley deberían haber sido los jueces que la tendrían que haber aplicado y las víctimas, o los descendientes de las víctimas, que aún puedan sobrevivir. La ley debería permitir descubrir y enterrar los cadáveres desaparecidos, devolver los bienes robados y reparar el honor y la dignidad de todos aquellos que sufrieron el odio, el rencor y el desprecio de unos triunfadores inmisericordes que proclamaron su victoria en nombre de Dios. Sólo las víctimas y los jueces –si en realidad lo que se quisiera hacer es justicia– deberían hablar para que los daños quedasen reparados. Pero paradójicamente, se está juzgando a un juez que intentó así plantearlo.

En el año 1936 vivía en La Coruña una chica llamada Amelia. Amelia, que pertenecía a una familia de orientación política de izquierdas y entroncada en el nacionalismo gallego vio morir a muchos de sus parientes –asesinados o en el frente– y su vida se vio truncada. Pasó hambre tras la guerra y nunca pudo lograr que se reconociese el honor y la dignidad de su familia. A pesar de ello, Amelia, como Antígona, nunca odió a nadie. Hoy Amelia está muerta y enterrada en el Cementerio de San Amaro. No lejos de su tumba está la de un militar que organizó el golpe en La Coruña, al que se consideró un héroe de guerra y al que la ciudad de La Coruña todavía le dedica una calle, quizá incluso la Iglesia pueda llegar a considerar que está en el cielo. El viento del Atlántico sopla sobre las dos tumbas, pero nunca nadie llegará a saber quién fue Amelia. Por eso le dedico este artículo.

José Carlos Bermejo,  catedrático de Historia Antigua en la Universidad de Santiago, ha publicado en varias ocasiones en Ediciones Akal. Su último libro es La maquinación y el privilegio.

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