Petersburgo. Andréi Biely

petersburgo

Considerada una de las cumbres de la prosa rusa del siglo XX, Petersburgo es un fiel reflejo del innovador espíritu literario que impregnaba a su autor en el momento de su concepción y que emparenta su línea narrativa con obras como el Ulises de Joyce.

Rafael Cañete Fuillerat:

La novela Petersburgo es una de las obras más brillantes de la prosa rusa de comienzos del XX y, sin duda, la mejor de toda la producción en prosa de Andréi Biely. Su acción transcurre durante el último día de septiembre y varios días grises de octubre de 1905, entre mítines, huelgas, manifestaciones y proclamas obreras. Pero Petersburgo no es una novela histórica: aquí la primera revolución rusa sirve tan sólo como trasfondo de otro drama.

La novela tiene varios temas centrales. Uno de ellos es la descripción grotesca y satírica de la caduca burocracia gubernamental en la Rusia del último zar, Nicolás II Románov, personalizada en el «Jefe del Organismo», el senador Ableújov, un viejo cadavérico, con el rostro parecido a un «pisapapeles gris». El Organismo va siempre en mayúscula, porque no se trata de ningún ministerio o institución concreta, sino de un símbolo, un concepto abstracto, que representa por extensión a toda «la maquinaria gubernamental», término este que se repite constantemente en la novela. Precisamente, el antigubernamentalismo de la novela dificultó inicialmente su publicación.

El tema del «zarismo caduco» adquiere además en esta novela un matiz añadido, historiográfico o simbolista, pues, a los ojos de Biely, la burocracia autocrática rusa es fruto del esfuerzo occidentalizador, del plagio que Pedro I hace de los sistemas políticos de Occidente, incrustado violentamente en el cuerpo de la Rusia eslava con su sistema generalizado de circulares, órdenes y reglamentos, que «matan sin remedio» las fuerzas creadoras del país.

Otro tema básico es el del terrorismo, y aquí Biely lo aborda con una visión muy actual: para él, el terrorismo subversivo y el terrorismo estatal se dan la mano, comparten a veces el mismo objetivo y la misma cabeza pensante. Biely no creía en la fuerza social y libertadora del movimiento revolucionario y, al igual que Tolstói, negaba la violencia contra el terror del poder. La idea que transmite Biely es la estrecha conjunción o relación entre revolución y reacción. Esta particular manera de desacreditar el terrorismo es lo que hace la obra de Biely de lo más actual y significativa en el mundo de hoy.

Y hay otro tercer tema subyacente: el conflicto padre-hijo, el que animan los dos personajes centrales de la novela, el senador Ableújov y su hijo Nikolái, estudiante de filosofía y que recuerda un poco la temática familiar de Turguéniev.

Los personajes del drama son casi arquetípicos, pero no están descritos psicológicamente al detalle, ni tampoco su biografía: están como dibujados a brochazos… Son personajes, además, polifacéticos; aglutinan distintas personalidades (…).

Pero el protagonista principal de la novela es, sin duda, la ciudad, San Petersburgo.

Biely parece reproducir exactamente la imagen mítica, literaria, que de Petersburgo elaboran Pushkin, Gógol o Dostoievski. Ese vivo contraste entre «la ciudad suntuosa» (la enorme y fría mansión del senador, el Organismo con sus escaleras doradas, la engañosa avenida Nevski) y «la ciudad mísera» (el cuartucho de Dudkin en la isla Vasílievski, la sucia taberna, la dacha con cucarachas donde Dudkin mata a Lippánchienko). El Jinete de Bronce asciende tronante con sus cascos por la escalera que lleva al tugurio de Dudkin, de la misma manera que persigue a Evgueni en el poema de Pushkin. Sonia Lijútina vive en el Canal de Invierno, porque es allí donde Liza se encontraba con Guerman en La dama de picas de Pushkin. La avenida Nevski con su iluminación eléctrica parece un engaño, una confusión, una fantasía diabólica, porque así la describe Gógol en sus relatos.

No creo que sea una exageración decir que la Petersburgo de Biely surge o, al menos, se deja infuir por la Petersburgo de Dostoievski. Pero también aquí hay que matizar. Si Dostoievski describe una ciudad oscura y sucia, que provoca la muerte física y moral de sus habitantes, la Petersburgo de Biely tiene un matiz más místico, como de ultramundo: una niebla sucia, un horizonte lleno de chimeneas y unos habitantes como muertos: personas-silueta.

Para los dos, Petersburgo es como el rostro de Rusia, el lugar o escaparate donde se concentran todos los vicios de la sociedad moderna. También es una ciudad engendradora de crimen y delito. Porque es una ciudad sumamente hostil a las personas que la habitan. Y también un espacio cerrado, una isla alrededor de la cual no hay nada, sólo vacío y estepa. Es una ciudad azotada por el viento, la lluvia y el frío, un frío que invade la ciudad y se introduce en el cuerpo de sus habitantes.

También el Petersburgo de Biely es una ciudad amarilla, como en Dostoievski. El amarillo, y sobre todo el gris y el negro, desplazan a los demás colores. Es el color de la enfermedad, la locura y el caos. También es un color asociado a la situación política del momento: en la Rusia de 1905 se palpaba el «peligro amarillo» que soplaba del este (la guerra ruso-japonesa de 1904-1905). No es casualidad de que en la novela aparezcan tantos detalles orientales (las zapatillas de Nikolái, los paisajes japoneses de Sonia Lijútina, «las jetas amarillas», «las jetas mongolas»).

La ciudad le da miedo a Biely: la ve como un entorno inhumano, donde el hombre se desnaturaliza y despersonaliza, se aísla y se encastilla. Son masas humanas despersonalizadas que caminan por la avenida Nevski («bombín, chistera, gorra…»): se oye el rumor de sus pasos, el roce de las suelas de sus zapatos sobre la acera, su paso procesional bajo la fgura del Atlante que preside la entrada del Organismo. Con su prosa sintética y audiovisual, Biely representa a una Petersburgo majestuosa, pero también amenazante: una ciudad-fantasma, una ciudad-espejismo, que mutila o destruye a sus habitantes.

Las viviendas, como sus moradores, también son frías y su decoración, impersonal, falsa y rebuscada: los Fujiyama de Lijútina, el vestíbulo de la casa del senador, llena de dorados y espejos, símbolos de la mentira y la superfcialidad. La propia Petersburgo es una ciudad que «odia» u oculta la vida, con su niebla, su llovizna: «Las calles de Petersburgo poseen una propiedad indudable: transforman en sombras a sus transeúntes», escribe Biely en un pasaje de su novela.

La propia ciudad es una ciudad falsa. Los críticos que han analizado a fondo la novela, Leonid Dolgopólov, por ejemplo, coinciden en señalar que la Petersburgo que describe Biely no se ajusta a la real. Así, por ejemplo, la mansión del senador Ableújov unas veces se ubica en el malecón Inglés y otras en malecón Gagarin; los itinerarios que sigue la berlina lacada del senador son fantásticos, imposibles; esa cariátide recurrente de la novela –que, tal como la describe Biely, resulta ser en realidad un atlante– no existe en ningún edifcio de esa zona de la ciudad; y, sobre todo… en 1905 aún no había tranvías en San Petersburgo.

Y es que la Petersburgo de Biely no es ninguna de estas dos ciudades, ni la Petersburgo real, ni tampoco el refejo de la Petersburgo de Dostoievski o Gógol. Es una tercera Petersburgo. Surgió hace trescientos años de la niebla verdosa, sobre los pantanos, cuando el Holandés Errante llegó con su buque y levantó aquella infernal taberna alemana, que los eslavos comenzaron a visitar y donde ahora tiene su mesa un descomunal capitán de goleta, un Pedro I de comienzos del XX. Luego la ciudad tendió sus infinitas avenidas, sus oscuros puentes, sus suntuosas fachadas, sus largas aceras por las que ahora transita una miriápoda multitud… Los peligros la rodean por todos lados, bajo el granito reina el caos… La población de las islas, obreros brutos y sin alma, se arrastra como sombras hacia la ciudad gubernamental de Ableújov, cruzando el puente Nikoláievski. Las pistolas Browning pasan de mano en mano, en la casa del senador aparece una bomba… Fuera de Petersburgo no hay nada, sólo una inmensidad de espacios vacíos, aldeas en la lejanía, con sus propias leyes, con sus siniestros profetas, a merced de los invasores del este… También en las mojadas avenidas petersburguesas aparecen las caras amarillas de los mongoles, Oriente amenazando el Occidente gubernamental que representa Ableújov con sus circulares….

Pero es que Petersburgo tampoco es el único marco espacial de la novela. Hay un segundo nivel, un «segundo espacio»: lo crean Dudkin y los dos Ableújov, padre e hijo, con sus sueños y visiones (la bomba, antes de estallar en la mansión del senador, estalla en ese segundo espacio). Es un segundo espacio que tan pronto se ensancha a dimensiones interestelares como se reduce o anula, se convierte en un punto, en cero, en nada. Lo mismo pasa con la ciudad, con Petersburgo, que tan pronto extiende sus avenidas hasta el infinito como se convierte en un punto en un mapa.

«Relativismo espacial» que, en el Petersburgo de Biely, se acompaña también de un relativismo temporal (casi a la manera de Einstein):

Veinticuatro horas!
• O, lo que es lo mismo, un día entero, una jornada: un concepto relativo, ya que está compuesto por un número variado e indeterminado de instantes, en donde un instante es
• o bien una porción mínima de tiempo o bien una cosa muy diferente, algo encerrado en ella, algo espiritual, determinado por una plenitud de acontecimientos anímicos, algo que no es una cifra; si el instante es una mera cifra, entonces es algo fino y reducido, apenas dos décimas de segundo…

La última referencia temporal que aparece en la novela –para ser concretos, en el último párrafo del extraño prólogo que le pone fin– es el año 1913. Una referencia que resultó ser más simbólica de lo que seguramente presuponía Biely. En 1913 aparece publicada la novela en la revista Sirín. Y un año después, en 1914, la ciudad no sólo se convierte en capital de una de las potencias beligerantes de la Primera Guerra Mundial, sino que cambia de nombre, deja de existir. Al iniciarse la guerra, y por motivos meramente patrióticos, se cambió el nombre alemán original de la ciudad «San Petersburgo» por otro eslavizado, «Petrogrado» (el sufijo «grad», en ruso, significa «ciudad»)… Un topónimo que, hasta entonces, sólo había sido utilizado por algunos poetas, como Pushkin o Baratinski. Así se llamaría la ciudad hasta 1924, año en que pasaría a denominarse Leningrado. En 1991 volvería a recuperar su nombre original: San Petersburgo.

Como dijo el filósofo Berdáev en 1916, uno de los primeros recensores de la novela:

Petersburgo ya no existe. Esta ciudad tuvo una vida burocrática y su final también fue burocrático. Ha surgido una nueva ciudad, Petrogrado, ese nombre que suena tan raro a nuestros oídos. Pero no sólo desapareció el antiguo nombre, también lo hizo todo un periodo histórico: ahora entramos en otro diferente, completamente nuevo y desconocido.

Así que la novela de los abismos terminó ella misma sobre un abismo. Los presentimientos apocalípticos de Biely se materializaron rápidamente en catástrofe. Como dijo la escritora Olga Forsh:

Biely adivinó el momento para sacar conclusiones y ofrecer al mundo la crónica de un ente histórico que moría a los 200 años de edad: Petersburgo, la capital de un imperio burocrático y centro de la intelligentzia rusa: una ciudad fundada por Pedro I, reconocida por Pushkin, que se hizo madura de la mano de Lérmontov, Gógol y Dostoievski y a la que Biely dio sepultura en ocho capítulos, con prólogo y epílogo, en una sorprendente obra literaria.

Y lo más curioso y paradójico de todo es que el presunto epílogo de este Petersburgo histórico y literario lo escribió un moscovita, un moscovita de los pies a la cabeza. Biely nació y creció en Moscú. De adulto viajó con cierta frecuencia a la ciudad del Neva, pero sus estancias solían ser, por lo general, cortas. «En Petersburgo soy un turista, un observador, no un habitante de la ciudad…» –llegó a quejarse Biely a Aleksánder Blok en tono lastimero…

Desde este punto de vista, no resulta extraño el orgullo y el rencor localistas que rezuma este diálogo entre dos peterburgueses insignes, antisoviéticos y exiliados los dos en Estados Unidos, el poeta Iósif Brodski y el crítico Solomón Vólkov:

S.V.- Se da la situación paradójica de que una novela tan típicamente moscovita como el Petersburgo de Andréi Biely esté considerada poco menos que como la obra paradigmática de San Petersburgo… Y eso que la poetisa Anna Ajmátova, con la autoridad que la caracteriza, siempre ha dicho que en la novela de Biely no hay nada de nuestra ciudad…
I.B.- Voy a decir una cosa terrible: ¡Biely es un escritor realmente malo!… Y lo que es más importante: ¡es un moscovita prototípico!… ¡Con eso lo digo todo!…

Sin embargo, al menos aparentemente, Biely no pretendía ese honor. Hasta el título de la novela, Petersburgo, le pareció siempre «pretencioso y enfático». Biely había pensado un montón de títulos diferentes: Viajeros; Sombras; Sombras malignas; El chapitel del Almirantazgo y, sobre todo, su preferido, El carruaje lacado.

Fue el redactor de la revista Sirín, Viacheslav Ivánov, quien insistió en titular la novela con el nombre de su verdadera protagonista, la ciudad: Petersburgo.

El texto de esta entrada es un fragmento de la introducción del  libro “Petersburgo” de Andréi Biely publicado por Ediciones Akal

“Petersburgo” – Andréi Biely – Ediciones Akal

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