Por la enseñanza. El profesor tiene la palabra I

ALBA GARCÍA

 “Hay un intento de romper los vínculos que de modo natural existen entre el profesorado y la sociedad, como paso necesario para poner en marcha ambiciosos planes mercantiles”

Entrevista a Óscar L. Ayala Flores, miembro de la Asociación de Profesores de Alcalá de Henares (APAH). Con él intentamos hacer un balance de la situación actual y futura de las enseñanzas medias en España.

Pregunta. La situación de crisis actual es muy desalentadora en todos los ámbitos y sectores sociales. Además, desde el gobierno se insiste en que los profesores tienen que “arrimar el hombro” impartiendo más horas lectivas. ¿Cree usted que existe una manipulación o desconocimiento con respecto al trabajo y el día a día del profesorado?

Respuesta. No creo que haya desconocimiento de la sociedad y, en todo caso, si lo hay es deliberadamente malicioso. Nadie en su sano juicio puede creer los mensajes que periódicamente se lanzan, perfectamente estudiados, contra los docentes: que si trabajan veinte horas a la semana, que si tienen vacaciones interminables o cosas por el estilo. Más bien lo que hay es un intento, muy meditado, de romper los vínculos que de modo natural existen entre el profesorado y la sociedad, como paso necesario para poner en marcha ambiciosos planes mercantiles. Al fin y al cabo, una familia media confía a un político u otro la gestión de parte de sus intereses (la que afecta a la comunidad, a la colectividad), mientras que a nosotros nos confía lo que más quieren, su bien más preciado: sus hijos. No es comparable.

P. ¿Sabe la ciudadanía realmente qué efectos pueden tener las medidas que se están llevando a cabo en el ámbito educativo y sus consecuencias a corto, medio y largo plazo?

R. No creo que se hayan dimensionado adecuadamente. El momento social, económico y cultural de un país es el resultado, entre otras cosas, de las políticas educativas de los quince o veinte años anteriores. Para que hayamos llegado donde estamos fue necesario, primero, decretar la obligatoriedad de la escolarización, universalizar la escuela, establecer una política de becas que nos permitió estudiar a todos los que quisimos hacerlo. Y se hizo a base del sudor de la generación anterior, la de los niños de la postguerra. Los políticos tienen que entender, de una vez, que con las cosas de comer no se juega: la educación, la sanidad y el medio ambiente no se tocan. El conocido lema “no es gasto, es inversión”, resume perfectamente este punto de vista. Eso es innegociable. El bienestar y la felicidad de los nuestros no puede depender de que un político decida recortar o cambiar de sitio una serie de números. No puede ser tan difícil de entender.

P. Ante declaraciones como las de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, asegurando que “para su Gobierno la educación es prioritaria y su objetivo es ser ‘más eficientes’ para mejorar la enseñanza pública, para contar con más institutos de excelencia y más calidad”, no podemos dejar de preguntarnos: ¿cómo van a afectar todas estas medidas a nuestros resultados educativos? 

R. Estamos convencidos de que la educación es prioritaria para ellos. El problema es que lo que ellos llaman “educación” no tiene nada que ver con lo que los profesores y las familias entendemos por “educación”. Esperanza Aguirre lo llama “instrucción” y la “eficiencia” de que habla Wert se refiere a una eficiencia económica, resumida en formar trabajadores con el menor costo posible. Pero nosotros no formamos trabajadores, o al menos no hacemos solo eso: formamos ciudadanos potencialmente felices que, evidentemente, se muestren competentes en el ámbito laboral, que va a ser (o debería serlo) solo una porción de su vida. Claro, si concebimos al ser humano exclusivamente como un individuo capaz de producir riqueza, que es lo que parecen decirnos, la cosa cambia. Y nos la están colando aprovechando la angustia que nos producen las dificultades actuales para encontrar un empleo, entontecidos por la urgencia.

Y en cuanto a lo de la “excelencia”, me siento insultado como profesor y como padre. Han concebido un plan para “los mejores” con un centro que ha recibido una inversión millonaria, con excelentes instalaciones, con profesores con una reducida carga lectiva y suculentos complementos económicos, con una ratio aproximada a la mitad del resto de centros con objeto de garantizar la calidad. Es decir, que sí saben que los resultados y la calidad exigen inversión. Eso sí, a renglón seguido afirman, con una desfachatez pasmosa, que el hecho de que los alumnos se hacinen en las aulas del resto de los centros, de que los profesores vean incrementada su carga lectiva o recortado su sueldo, de que no dispongamos prácticamente de dinero para la calefacción, el teléfono o las fotocopias, no afecta a la calidad.

P. ¿Cómo está viendo en la cotidianidad de su día a día en el aula los efectos de los recortes?

La palabra exacta es “agotamiento”. Los días y las noches se han estrechado. Es imposible seguir el ritmo vertiginoso que se nos exige. Es imposible ofrecer a los chicos lo mismo que ofrecíamos antes, pero eso lo hemos aprendido a lo largo de los meses, y en este momento los claustros están deshechos. Es una apreciación particular, pero sospecho que los problemas van a venir el año que viene. La exigencia de más alumnos y más horas va a provocar un traslado de tareas a lugares donde no corresponde, por ejemplo, a los hogares. Los chicos acabarán llevando más deberes a casa, descompensando el tiempo de ocio y familiar para elaborarlos y garantizar el resultado académico, cuando desde la comunidad educativa estamos convencidos de que ese tiempo debería ser dedicado a completar la formación con tareas de otro tipo, tan esenciales como la lectura, el deporte o la música, por ejemplo.

P. ¿Cree que es posible un cierto ahorro económico en la educación pública actual?

R. Siempre lo es, pero no en el sentido que se está haciendo. Es posible, por ejemplo, que la red de bibliotecas traslade fondos bibliográficos a los centros, lo que evitaría una doble inversión, y que el centro sea utilizado por la tarde para toda la ciudadanía. Que varios centros se reúnan para invertir conjuntamente en determinados equipamientos, coordinándose para su utilización. O la realización, por ejemplo, de convenios con las escuelas oficiales de idiomas para que impartan enseñanza reglada en los centros en horario de tarde, adecuando los niveles a la edad y la competencia de los chicos y acabando con un programa de bilingüismo que en Madrid y en Secundaria se está mostrando improvisado y segregador. Es evidente que el gasto corriente y el personal son las partidas más importantes. Desde luego, en gastos corrientes no se puede recortar más porque los gastos de funcionamiento llegan apenas para suministros y limpieza. Y el otro capítulo, el de personal, nuestros sueldos, creo que no hay que olvidar que nosotros también somos trabajadores y que nuestras familias también comen: cobramos lo mismo que hace diez años, trabajamos más y la pérdida de poder adquisitivo del profesorado es posiblemente en porcentaje de las mayores entre todos los sectores. Ya no es cuestión de dignidad, sino de supervivencia. 

P. Por tanto, si quisiera enviar un mensaje concreto a los padres de sus alumnos, ¿qué les diría?

R. Solo una cosa: que luchen por lo mejor para sus hijos. Sinceramente, la marea verde no es un movimiento corporativo o profesional. Nuestro trabajo, comparado con la situación en otros sectores económicos, no está en peligro. Lo que corre peligro es la educación, y no vale pensar que nos recuperaremos en unos años. Nuestros hijos lo necesitan ahora, porque dentro de tres, cinco o diez años ya no estarán en la misma situación y habrán perdido el tren. No es posible transigir. La mínima concesión que empeore las condiciones en que se desarrolla la educación de sus hijos es una piedra que ponemos a su derecho a ser felices en esta vida.

Mañana publicaremos la segunda entrega de la entrevista.

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