Rusia, la eterna enemiga

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¿Para qué leer un libro en estos tiempos de exceso de información? ¿Para qué un libro sobre Vladimir Putin si la ciudadanía ya tiene un juicio avalado por la unanimidad de los medios? Nos podemos conformar con la línea editorial del mainstream o podemos ser curiosos e intentar comprender y profundizar lo acaecido en los últimos años en el gigante euroasiático.

Pocos libros son tan interesantes para los entrometidos y descreídos como el que ha escrito Rafael Poch-de-Feliu sobre la Rusia post-soviética. Es así, pues pocos países han sido tratados tan superficial y uniformemente por los medios de comunicación como Rusia con los sucesivos gobiernos de Vladimir Putin. La información que recibimos sobre política internacional está restringida a una única línea editorial transversal a todos los medios de comunicación de izquierda a derecha. Este pensamiento único es fruto de la hegemonía cultural de las elites del capitalismo occidental, pero también lo es por la ausencia de análisis históricos y rigurosos en los medios, que se limitan a nutrirse de las noticias del oligopolio constituido por las agencias de prensa multinacionales.

Por tanto, es natural que, a priori, un libro sobre geopolítica sea poco atractivo para los lectores, puesto que nadie se compra un libro para leer los clichés repetidos una y mil veces, pero no es el caso de esta obra. Más que un libro sobre Putin, Rafael Poch, escribe un tratado sobre geopolítica, puesto que, sin entender la coyuntura actual, es imposible comprender la deriva política de los herederos de la URSS. Cualquier persona debería preguntarse el porqué de la campaña contra Rusia, cuando este Estado no es un enemigo ni es percibido como tal por la mayoría social de los Estados occidentales.

Los ingenieros de la opinión pública, utilizando la terminología de Noam Chomsky, han solventado esta contradicción entre intereses de las élites y de la clase trabajadora mediante un tsunami en los medios de comunicación de lugares comunes, latiguillos y tópicos que son reproducidos tal cual por las diferentes redes sociales. El autor nos recuerda que las acusaciones a la Federación Rusa y su presidente Vladimir Putin por la falta de democracia o violación de los derechos humanos no son tratadas con la misma intensidad, cuando no se obvian por completo, cuando esa misma falta de democracia o violaciones de derechos humanos se producen en regímenes infinitamente peores pero aliados, o cuando los violadores de derechos humanos son esos mismos gobiernos que se rasgan las vestiduras por las políticas del Kremlin. El libro nos proporciona los elementos para entender las causas de la vuelta a la guerra fría a pesar de la desaparición del comunismo soviético y cómo los continuos desplantes, prepotencia e incumplimiento de los acuerdos han ocasionado un renacimiento del nacionalismo ruso.

Para explicar la política actual de los sucesores de la URSS, el libro de Rafael Poch repasa la historia de ese país y de sus circunstancias económicas. Es decir, aborda todos los componentes ausentes en la información y opinión que se producen en los medios de comunicación occidentales. A partir de su lectura, el lector podrá compartir en mayor o menor parte sus análisis y las conclusiones que se obtienen, y lo hará, ahora, desde el conocimiento y no desde el latiguillo tipo «Putin no es de izquierdas».

De este análisis, me quedo personalmente con aquellos elementos más materialistas, como es la referencia al medio natural ruso, a su historia, especialmente a su tradicional retraso económico frente a Europa Occidental o a la composición social de su territorio. No me han sido tan convincentes sus tesis sobre la importancia de la organización de la Iglesia ortodoxa para entender la política rusa. Compartiendo la importancia recobrada por dicha institución en la Rusia actual, creo que las estructuras eclesiales son, a fin de cuentas, otra superestructura, como el poder político, dependiente del medio económico donde se ha desarrollado.

Muy interesante, desconocida y esencial para entender la cultura política rusa es la referencia a la smuta, periodo histórico que transcurrió entre los años 1598 a 1613, durante los cuales hubo una época de desorden en la que el pueblo sufrió tremendas hambrunas. De aquella época, cuenta Rafael Poch, el pueblo ruso extrajo la conclusión de que la alternativa a la autocracia, al poder despótico y centralizado del zar, es un caos fenomenal de hambrunas e intervencionismo extranjero. Estas lecciones quedaron como una impronta, en la conciencia colectiva rusa, de un periodo histórico que se repitió durante el mandato de Boris Yeltsin. De esta manera, se puede trazar una línea histórica entre el poder de los sucesivos zares, Stalin y Vladimir Putin. Todos ellos, para la gran mayoría del pueblo ruso, han puesto «orden».

Si bien nadie puede negar el autoritarismo de los mandatarios mencionados, el autor hace un necesario apunte sobre la acusación de «totalitarismo» del pasado Gobierno soviético y del actual Gobierno ruso. Recuerda que ese término es fruto de la propaganda de la guerra fría. Introdujeron la idea del comunismo y estalinismo, por un lado, como despotismo sin relación alguna con el pasado y, por el otro, como hermanos gemelos del nazismo y el fascismo. Pero el autor afirma que hay una diferencia fundamental, no hay nazismo ni fascismo bueno, pero sí que es posible un buen socialismo de carácter humanista. La misma relación existe, continúa razonando Rafael Poch, entre Marx y Stalin que entre los evangelios y las cruzadas o la bomba atómica, terminando por apuntar que ni Marx ni el socialismo existían cuando Iván el Terrible o Pedro I pasaron por cuchillo a toda la población de ciudades como Nóvgorod o Kazan. Bertrand Russell dijo en 1920 que «la vida en Rusia ha sido siempre feroz y cruel en un grado mucho mayor que entre nosotros», para terminar con la observación de que «la intolerancia y la falta de libertad, que han sido herederas del régimen zarista, deben ser probablemente consideradas como rusas más bien que como comunistas». Sin conocer la historia de Rusia, no se entiende el comunismo soviético y, por tanto, tampoco la Rusia de Putin. Concluye el autor que el término «totalitarismo» sirve precisamente para eso, para no entender, para expulsar el «factor histórico».

Sin embargo, la desaparición de la URSS y de sus países aliados no ha supuesto que vivamos un mundo mejor, más bien al contrario. El autor recuerda que, tras la disolución del Pacto de Varsovia, el bloque dirigido por EEUU incumplió los pactos a que había llegado con Gorbachov desde el primer momento. Para empezar, Occidente intervino en zonas hasta entonces vetadas. Así Iraq, Afganistán, Libia y Siria han sido objeto de guerras intervencionistas que han causado millones de muertos, a los que hay que sumar las hambrunas y desplazados de Yemen y de Pakistán. La OTAN abusó de la debilidad de la Rusia de Yeltsin para destrozar Yugoslavia. Esta organización, brazo armado del imperialismo norteamericano, incumplió los acuerdos sobre respeto del anterior espacio soviético y hoy toda Rusia está rodeada de bases de la OTAN. Las Administraciones de Bush (padre e hijo), Clinton, Obama y ahora Trump han ido denunciando e incumpliendo los acuerdos y tratados militares que hicieron posible la Perestroika y el fin de la guerra fría. Todo esto culminó con la reacción militar rusa, primero en Georgia, luego en Ucrania y posteriormente en Siria, tras lo cual el régimen de Washington y todo el bloque de la OTAN han iniciado una campaña de demonización sin precedentes.

Estando de acuerdo totalmente con el autor en que el renacimiento del poderío bélico es la causa principal de la propaganda antirrusa, yo sumaría el factor económico. En el libro se narra cómo se comenzó a privatizar el sector energético ruso durante la época Yeltsin, y cómo el petróleo, aluminio y demás riquezas nacionales eran vendidas a precio de saldo en el mercado internacional. Vladimir Putin en ningún momento ha planteado la renacionalización de estas empresas creadas por la antigua burocracia soviética, pero sí que puso freno y normas; el Gobierno ruso les dejaría hacer, pero, a cambio, estos oligarcas rusos se comprometían a no influir en la política del Gobierno y a cumplir normas elementales tales como pagar los impuestos que les corresponden. Cuenta el libro que, en marzo de 2000, al poco de acceder al poder, Vladimir Putin reunió a los magnates y les comunicó las nuevas reglas; los que no accedieron fueron despojados de sus riquezas, expulsados o cumplen prisión en Rusia.

Rafael Poch-de-Feliu nos explica el papel de Vladimir Putin como restaurador de la dignidad nacional rusa y del papel central del Estado, y, más importante, la función histórica que ha tenido el comunismo tanto en Rusia como en China, que ha posibilitado que ambos países hayan superado la fase colonial que Occidente les tenía reservada. Leyendo a Rafael Poch percibimos que otro periodismo es posible, aquel que, partiendo de la rigurosidad de la narración de los hechos, nos descubre lo que nos es ocultado por los canales mayoritarios de información, para que, a partir de aquí, cada cual obtenga sus propias conclusiones. Quizá por ello, uno de los mejores periodistas de este país fuese despedido por los dueños de La Vanguardia.

Juan García Mollá

Entender la Rusia de Putin – Rafael Poch-de-Feliu – Akal

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