La clase obrera en la Europa de la primera mitad del siglo XIX

coalbrookdale-1801

Coalbrookdal (condado de Shropshire, Inglaterra) en 1801, uno de los lugares donde se originó la Revolución industrial.

Jacques Droz:

La sociedad económica de la primera mitad del siglo XIX se muestra atormentada por una pavorosa contradicción. Globalmente se enriquece; tanto el valor de la producción agrícola como, sobre todo, el de la producción industrial se elevan. Y, sin embargo, la mayoría de la población se empobrece: los salarios bajan y en determinados momentos se hunden literalmente.

[…] Si hasta 1830 apenas se había hablado de la miseria obrera, a partir de dicha fecha numerosas encuestas –como las de Villermé, Morogues y Villeneuve-Bargemont en Francia, o las de Buret de Chadwick y de Engels en Inglaterra– van a dar a conocer a un vasto público lo que estaba sucediendo en las grandes ciudades industriales. Las conclusiones de las citadas investigaciones pueden ser diferentes, según la ideología política de sus autores: algunas pueden llegar a definir la necesidad de una estrecha cooperación entre el capital y el trabajo, otras insistirán más sobre la educación moral y religiosa de la clase obrera invocando los principios de la caridad cristiana, en otros casos, finalmente, prevalecerá la noción de la lucha de clases. Pero unánimemente reconocen que la miseria crece paralelamente a la concentración capitalista, que se trata de un empobrecimiento de un carácter completamente nuevo, sin relación alguna con el de los periodos precedentes, y todos condenan un liberalismo sin límites y llaman la atención sobre la necesidad de una legislación social.

El campo todavía permite el trabajo de múltiples pequeños artesanos de los que no podría prescindir; continúan fabricándose multitud de objetos que exigen tiempo, cuidados y práctica, y, por regla general, predominan los bajos salarios, que el hombre de campo considera como una ayuda apreciable y frecuentemente indispensable. De todos modos, se puede comprobar cómo la condición de los obreros textiles, diseminados por los pueblos, casi siempre es más penosa que la de los demás artesanos, que, agrupados preferentemente en las ciudades, continúan perpetuando las mejores tradiciones del trabajo artesano –ebanistería, bronce, cerámica, cristalería de lujo, tipografía–, formando una auténtica elite obrera. No hay nadie más miserable que los tejedores que trabajan a domicilio en Gran Bretaña, en Flandes o en Silesia. Pero allí donde ya se manifiesta una concentración de la mano de obra –en las minas, en las pañerías o en las empresas metalúrgicas– el obrero tiene que contentarse solo con su salario, tiene que padecer tanto la competencia de la máquina como de una mano de obra abundante.

Auguste Blanqui observa en 1848 que:

«la industria se organiza en fábricas inmensas que se parecen a cuarteles o a conventos, donde los obreros se amontonan por centenares y a veces por millares, en severos talleres, donde su trabajo, sometido al imperativo de las máquinas, se ve expuesto como ellas a todas las vicisitudes que se derivan de las variaciones de la oferta y de la demanda»

Aunque varían en gran medida las condiciones de existencia de un lugar a otro, es cierto que, en general, y a pesar de la opinión de algunos historiadores «optimistas», esas condiciones no experimentan mejora alguna durante la primera mitad del siglo. La baja general de los precios provoca por todas partes la misma reacción de la clase patronal; forzado por la misma coyuntura económica, el productor se esfuerza en la medida de lo posible en comprimir sus costes de producción, y el salario le resulta, entre los diversos factores sobre los que puede actuar, el más fácilmente reducible. El gasto anual de la familia obrera francesa aumenta hasta 1825, luego se estanca o incluso desciende; el índice del coste de la vida se eleva más rápidamente que el del salario real. En las minas, tomando como base 100 el salario de 1892, obtendríamos 36 en 1805, 42 en 1830 y 49 en 1850, y sin embargo se trata de uno de los sectores favorecidos; en el sector textil el hundimiento no es discutible: 80 en 1800, 65 en 1820, 40 en 1827 y 45 en 1850.

Abundan los testimonios que demuestran la regresión de este último sector: los canuts (tejedores de la región de Lyon), que tejían la seda por cuenta de negociantes que les entregaban la materia prima y que fijaban el precio de compra de su producción, vieron descender su salario a la mitad durante la fase de depresión que abarcó de 1825 a 1830. En Inglaterra los tejedores a domicilio no recibían en 1840 más de 7 a 8 chelines por semana, en lugar de los 30 que cobraban hacia 1820; continuaron alimentándose a base de gachas, pero elaboradas solo con la mitad de harina de centeno y de mantequilla; la carne y la cerveza desaparecieron de su mesa. En el caso de Alemania, el índice de salarios reales, que era de 86 en el periodo de 1820 a 1829, desciende a 82 en el periodo de 1830 a 1839 y a 74 en el periodo comprendido entre 1840 y 1849, con descensos mucho más brutales durante los años de crisis (65 en 1846 y 57 en 1847).

Para el obrero de Nantes, según hace notar el doctor Guépin en 1835, «vivir es sencillamente no morir». Todas las descripciones insisten en el carácter lamentable con que se realiza el trabajo: temperaturas elevadas o muy bajas, escasez de luz, estrechez o excesiva humedad de los locales, influencia tóxica de los productos tratados, promiscuidad de sexos y de edades. En el barrio de la Croix-Rousse de Lyon, A. Blanqui comprueba que los obreros «ganan 300 francos al año trabajando catorce horas diarias en los telares, suspendidos además mediante correas con objeto de poder servirse a la vez de pies y manos, a fin de poder realizar el movimiento continuo y simultáneo necesario para tejer el pasamano». En la hilandería de Annecy, una súplica de 1848 informa sobre «infames vigilantes que tratan a los obreros y a las obreras con una crueldad obscena, por lo que muchos de ellos han sucumbido a consecuencia de sus golpes».

Con el hambre de 1846, los obreros ingleses desenterraban los caballos o se disputaban los perros y los gatos para comérselos. Diversos viajeros observaron que la obrera tenía en Inglaterra la cara abotargada por la ginebra y los cabellos mugrientos; A. Blanqui encuentra en Rouen niños «inválidos precoces, encanijados hasta el punto de suscitar graves equivocaciones sobre la edad», y en Lille, «alargados, jorobados, contrahechos, la mayor parte de ellos casi desnudos». Escrofulosis, raquitismo y tuberculosis provocan estragos en la población obrera, a la vez que el consumo de alcohol aumenta en proporción a la mala alimentación, y la prostitución de las hijas se considera como una fuente de ingresos casi normal.

De cada tres niños que nacen en París uno de ellos es ilegítimo, y en Mulhouse uno de cada cinco; antes de alcanzar los cinco años muere uno de cada tres nacidos en Lille; la mayoría de los obreros ven perecer a sus hijos con la mayor indiferencia, a veces incluso con alegría. En Londres viven 16.000 madres que han estrangulado a sus hijos al nacer. Mendigos y vagabundos continúan pululando como en el pasado: el departamento francés del Eure-et-Loir cuenta él solo, en 1833, con 17.000 indigentes y más de 8.000 mendigos; en 1847 es preciso socorrer a más de 1.100 personas, de las 7.000 que viven en la pequeña ciudad de Nogent-le-Rotrou. En Pasado y presente, Carlyle evoca una Inglaterra que rebosa de riquezas, pero en la que existen 2.000.000 de personas que viven en las Workhouses y 1.400.000 indigentes. En Colonia, en vísperas de la Revolución de 1848, por lo menos uno de cada cuatro habitantes recibe socorro público.

Precisamente estos elementos desarraigados son quienes confieren a las ciudades de entonces su carácter anormal y prodigiosamente inquietante, tanto más cuanto que aún no existe en ellas una separación absoluta entre barrios populares y barrios residenciales. En Berlín, ciudad que contaba en los años cuarenta con unos 400.000 habitantes, donde al menos 20.000 burgueses ejercían una profesión reconocida, existían 10.000 prostitutas, 6.000 personas socorridas, 4.000 mendigos, 10.000 criminales encarcelados y, por lo menos, otros tantos vagabundos. En la opinión burguesa y campesina, dominada por el miedo social, rápidamente fueron consideradas las clases trabajadoras como «clases peligrosas»: estos proletarios que en muchos casos nacen sin tener familia, que viven no se sabe de qué modo, que envejecen y mueren precozmente y sin el auxilio de la religión, pasan por ser seres distintos. Si se rebelan, la opinión inmediatamente los tildará de «nuevos bárbaros». La violencia está muy lejos de ser un elemento extraño a las sociedades urbanas de aquel tiempo, en las que se experimenta una especie de atracción morbosa por los grandes crímenes «entenebrecidos de horror y como aureolados por una gloria sombría». París especialmente da la impresión de ser una ciudad sumergida en la miseria y la criminalidad; un alto funcionario de la Prefectura de Policía puede afirmar, en 1840, que en esta ciudad, que cuenta alrededor de 1.000.000 de habitantes, existen unos 60.000 que han declarado la guerra a la sociedad y que constituyen para ella un serio peligro.

[…] La libertad económica, desacreditada por la utilización que hacían de ella sus principales propagandistas, se convierte en el centro de innumerables críticas que, por otra parte, alcanzan a todo el régimen social basado en la libertad individual. Por oposición se desarrollan corrientes de ideas que exigen una organización racional de la sociedad. De todos modos, ese movimiento del pensamiento, que todavía está muy lejos de convertirse en un movimiento de masas, agrupa a inteligencias que confían en el poder soberano de la voluntad humana para modificar la sociedad y que, debido a ello, se presentan frecuentemente como los herederos espirituales del siglo XVIII. Imbuidos de las ideas de justicia y de derecho, preconizan una transformación progresiva de las instituciones económicas. Voluntarismo, espiritualismo y reformismo constituyen los rasgos comunes de todos esos socialistas idealistas, lo que les hace ganarse el calificativo de «utópicos» que les adjudican sus adversarios. Además, estos autores no coinciden completamente en la forma ideal de organización de la sociedad, en particular en torno al papel del Estado en la vida económica, lo que conduce a algunos hacia el productivismo, a otros hacia el asociacionismo y aun a otros hacia un planteamiento anarquista. Solo en Alemania aparecen, con Marx y Engels, antes incluso de 1848, los primeros esbozos de un socialismo científico.

El texto de esta entrada es un fragmento del libro Europa: Restauración y Revolución 1815-1848 de Jacques Droz

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