Armas en un mundo revolucionario


En 1770, Europa llevaba largo tiempo gobernada por monarquías dinásticas que dirigían la política y guerreaban de la misma forma que dos siglos atrás. Pero durante los cien años siguientes, las revoluciones –política e industrial– transformaron el rostro de la guerra a medida que nuevas tecnologías, ideas de nacionalismo y democracia, y burocracias eficientes daban aún más poder a quienes lo poseían y reducían a cifras políticas o a colonias a los que carecían de él.

Desde la guerra de la Independencia norteamericana, el orden tradicional fue desafiado, subvertido y luego, en parte, reconstituido. De 1775 a 1783 Gran Bretaña libró una encarnizada guerra para retener sus colonias norteamericanas, que pedían mayor participación en su propio gobierno. George Washington, comandante de los rebeldes, sabía que no le resultaría fácil batirse con los británicos en batalla abierta. Pero estos dependían de la llegada de suministros por mar, y cuando en 1778 la intervención francesa la puso en peligro, el control británico perdió firmeza. Los norteamericanos se convirtieron en un ejército combativo con la ayuda de Augustus von Steuben, oficial del ejército prusiano, que ideó una instrucción simplificada para las tropas. El resultado fue una humillación para Gran Bretaña y la pérdida de la mayor parte de sus colonias norteamericanas.

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Guerra irregular. Los británicos subestimaron la capacidad de las milicias coloniales enemigas durante la guerra de la Independencia norteamericana (1775-1783). En octubre de 1777, Benedict Arnold –que aquí cae herido– dirige, con espadas, fusiles y bayonetas, el asalto a Bemis Heights que obligó a retirarse a las fuerzas regulares británicas

Guerras revolucionarias francesas

La revolución estalló en Francia en 1789, provocada por el desempleo y los altos impuestos necesarios para financiar el ejército, y por la incapacidad de Luis XVI para solucionar esos problemas. La mayoría de los oficiales del ejército huyeron o renunciaron a sus cargos. Además, en esa época Francia estaba en guerra con Austria, por lo que había disponibles pocos oficiales con experiencia. Sus reemplazos procedían de las clases media y baja: en 1794, solo uno de cada 25 oficiales era noble. El reclutamiento obligatorio de 1793 militarizó Francia de hecho; se estima que todos los hombres en edad militar estaban de servicio. El nuevo ejército adoptó tácticas modificadas: a partir de 1792 se introdujeron soldados escaramuzadores y francotiradores en los batallones de infantería. Estos tirailleurs hostigaban al enemigo y protegían las maniobras de sus propios batallones. Una cadena de victorias francesas, en especial las de Napoleón en Italia desde 1796, demostraron la capacidad del nuevo ejército para usar esta combinación revisada de línea, columna y tácticas de escaramuza para lograr un gran efecto.

En la década de 1790, el ejército francés fue pionero en el uso de la división, una unidad independiente formada por varios regimientos que combinaba infantería, caballería y artillería. Napoleón la llevó un paso más allá y estableció un sistema de cuerpos de ejército, cada uno compuesto de varias divisiones. El sistema permitía a los componentes del ejército, que «vivían de la tierra» en vez de depender de suministros estables, tomar rutas separadas hasta sus objetivos, reduciendo el riesgo de agotar la capacidad de sustento de las zonas por las que marchaban. Esta flexibilidad estratégica y la velocidad de los ejércitos franceses –en la campaña de Ulm en 1805 marcharon unos 500 km en solo 17 días– hicieron que sus enemigos parecieran a menudo lentos.

Napoleón también amplió la artillería: en 1805 disponía de 4.500 cañones pesados y 7.300 medianos y ligeros. Una serie de victorias, en especial las de Marengo (1800) y Austerlitz (1805), dejaron tambaleantes a las sucesivas coaliciones contra él. También se percató de que su objetivo inicial debía ser la destrucción de los ejércitos enemigos en campaña, en vez de permitirse el retraso de asedios prolongados.

Sin embargo, los franceses empezaron a acusar el esfuerzo. Alrededor del 20% de los franceses nacidos entre 1790 y 1795 murieron en las guerras. En el ejército había cada vez más extranjeros, peor entrenados y menos motivados que los soldados franceses. Después de 1808, las divisiones se normalizaron en dos brigadas, y el número de compañías por batallón se redujo para facilitar el mando. El resultado fueron unas fuerzas menos flexibles, y las batallas posteriores de Napoleón se convirtieron en asuntos elefantiásicos, con masas de hombres arrojándose contra el enemigo y mucha menos brillantez estratégica. En Borodino, en la campaña rusa de 1812, unos 250 000 hombres lucharon en un frente de apenas 8 km, lo que condujo a graves pérdidas en ambos bandos

Tácticas británicas contra Napoleón

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Batalla de las Naciones
Coraceros franceses cargan durante la batalla de Leipzig (1813). El tamaño de las fuerzas contrarias –unos 365000 hombres– era excesivo incluso para Napoleón. La situación empeoraba por el hecho de que su ejército había perdido a los veteranos caídos en Rusia el año anterior.

Durante este periodo los enemigos de Napoleón también habían adaptado sus ejércitos. Los británicos experimentaban con la infantería ligera desde la década de 1790 y en 1800 armaron un cuerpo de ejército con nuevos mosquetes rayados, más precisos que los de ánima lisa; primaron las tácticas de línea sobre las de columna y prestaron más atención a la logística para no depender tan sistemáticamente del forrajeo, que había sido un fracaso para los franceses durante la lucha contra las guerrillas en España. En 1813, los prusianos crearon regimientos de Jäger (fusileros voluntarios) como respuesta a los tirailleurs franceses. El desgaste, el agotamiento de los recursos, la superioridad naval británica –demostrada en Trafalgar (1805)– y la avaricia estratégica de Napoleón condujeron a su caída en 1814 y a su derrota definitiva en Waterloo tras el regreso del exilio y los «Cien Días».

Avances técnicos

El Congreso de Viena (1815) garantizó durante décadas la ausencia de guerras revolucionarias, y Europa recayó en una especie de sopor estratégico. La instrucción y tácticas napoleónicas se mantuvieron, pero hubo importantes adelantos técnicos como la invención de la bala cilindrocónica, que se expandía al abrir fuego y agarraba con más fuerza las estrías del ánima, lo que duplicó el alcance efectivo de las armas de fuego en 400-600 m. Adaptados por Claude-Étienne Minié en 1849, los nuevos fusiles se convirtieron en el pilar de los ejércitos europeos.

La mayor potencia de fuego de las tropas y la capacidad de los países tecnológicamente avanzados para producir grandes cantidades de armas que podían ser usadas incluso por reclutas novatos, llevaron a una creciente industrialización de la guerra, en la que eran la producción de las fábricas, la extensión de las vías y la planificación estratégica –en vez del arrojo o la brillantez táctica–, las que otorgaban victorias.

Los nuevos medios técnicos tuvieron su primera prueba real en la guerra de Crimea (1853-1855), en la que Gran Bretaña y Francia invadieron Rusia para impedir que el zar rapiñara los restos del Imperio Otomano. En Inkerman (1854), los mosquetes rayados Enfield británicos masacraron a los rusos, que sufrieron 12.000 bajas, frente a las 3.000 aliadas. Pero esta vez los británicos descuidaron la logística: su base de suministros en Balaclava resultó tener un muelle de solo 30 m y estaba a 15 km de la línea del frente. La campaña quedó empantanada en el sitio de la ciudad fortificada de Sebastopol, cuya red defensiva de trincheras presagiaba las de la Primera Guerra Mundial.

Nacionalismo

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La insurrección de Palermo 1861 condujo a la unificación de Italia

La Revolución Francesa liberó un virus político en Europa con su idea de que los estados debían integrar a la totalidad de un pueblo o «nación». Así, Francia era la nación de los franceses, y debía incluirlos a todos. Si esta idea encontraba expresión política y militar, los imperios multiétnicos, como el de los Habsburgo austriacos o el de los turcos otomanos, estaban condenados a la extinción. En 1848, una ola de revueltas nacionalistas recorrió Europa, llevando a un gobierno revolucionario al poder en Hungría y amenazando a los regímenes prusiano y francés. En 1861, el nacionalismo contribuyó a la unificación de Italia –con Garibaldi en un destacado papel–, y en 1867 a la de Alemania. De forma similar, los sentimientos nacionalistas contribuyeron a la descomposición del Imperio Otomano tras la declaración de independencia griega en 1821. Todos estos movimientos apelaban a un ideal nacional, inspirando un fervor que la lealtad a una dinastía, o al remoto poder imperial, nunca podría despertar.

Guerra de Secesión

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Guerra de trincheras
El final de la guerra de Secesión degeneró en una obstinada campaña de atrincheramiento y asedio. Aquí, los soldados de la Unión esperan en sus trincheras frente a la fortificación confederada de Petersburg, en Virginia.

La guerra de Secesión (1861-1866) vio el total florecimiento de la guerra industrializada. El Norte, que antes de la guerra reunía más del 70% de la población de la Unión y casi toda su industria –el 93% del hierro sin refinar y el 97% de la producción de armas de fuego– poseía ventajas críticas desde el principio. El Sur tenía generales brillantes, como Robert E. Lee, y un ejército motivado por el deseo de defender su forma de vida. Pero victorias como las de Bull Run (1861) y Fredericksburg (1862), o el episodio cercano a la estampida de Gettysburg (1863), no tuvieron gran importancia al final. El comandante unionista Ulises S. Grant observó que, cortando la Confederación en dos y destruyendo su incipiente industria y su sistema ferroviario, estrangularía su capacidad de resistencia. Los soldados de esta guerra pudieron disparar a un ritmo de cinco o seis balas por minuto, y las líneas extendidas demostraron mayor eficacia que las columnas masivas napoleónicas. Aumentó la importancia del uso de los atrincheramientos temporales como parapetos y pozos de tirador, mientras que el fuego intimidador de los mosquetes rayados Springfield avisaba de que, allí donde la infantería avanzara al descubierto sin apoyo, como en la «carga de Pickett» en Gettysburg, sería masacrada.

El ejército prusiano

En Europa, Prusia, bajo el mando de Von Moltke –jefe del Estado Mayor desde 1858–, introdujo un sistema de educación uniforme para todos los oficiales, y el servicio militar aumentó a cinco años, con lo que, a finales de la década de 1850, disponía de 504.000 efectivos (reservistas incluidos). Además, invirtió con fuerza en el ferrocarril, y en 1860 disponía de casi 30.000 km. Más aún, sus soldados iban equipados con el Dreyse de aguja, un fusil de retrocarga que podía dispararse desde posición tumbada y que era hasta cinco veces más rápido que los de avancarga. Aunque propenso a errar el tiro, el Dreyse daba ventaja a los prusianos en combate y ello, junto con su superior planificación, les permitió obtener una victoria aplastante sobre los austriacos en Königgrätz (1866), lo que abrió el camino a Bismarck, el canciller alemán, para perseguir su objetivo de un estado alemán unificado.

Los intentos de Napoleón III de obstaculizar las ambiciones de Bismarck llevaron a la guerra franco-prusiana (1870-1871). Los franceses iban armados con el fusil Chassepot, una versión más fiable del Dreyse. Los prusianos sacaron el máximo partido de su número y fueron capaces de enviar velozmente a la frontera 380.000 hombres, en su mayoría por ferrocarril. También poseían el cañón de acero de retrocarga diseñado por Alfred Krupp, cuyo alcance de 7.000 m diezmaba a las tropas francesas mientras formaban lejos del campo de batalla. Los franceses fueron superados estratégicamente, y cuando sus últimas fuerzas combatientes fueron rodeadas en Sedán (1871), su rendición significó el fin del gobierno de Napoleón III y el de cualquier oposición efectiva a los planes de Bismarck para Alemania.

El auge del imperialismo europeo

Una vez unificada Alemania en 1871, Bismarck se propuso adquirir un imperio ultramarino, empezando con los actuales Namibia, Togo y Tanzania en la década de 1880. El final del siglo XIX fue el punto álgido del imperialismo europeo, el cual desarrolló un impulso que iba más allá de la necesidad de proteger factorías comerciales o suprimir la oposición nativa. Muchas de las guerras libradas en la segunda mitad del siglo fueron imperialistas, y en ellas la superioridad tecnológica y organizativa occidental demostraron ser decisivas. En 1898, en Omdurman (Sudán), el comandante británico Kitchener simplemente desplegó a sus hombres en formación cerrada; cuando las fuerzas mahdistas cargaron, fueron segadas por las ametralladoras Maxim: los sudaneses perdieron más de 30.000 hombres, por solo 50 bajas entre las fuerzas anglo-egipcias.

Ocasionalmente, algún ejército no europeo se alzaba victorioso. En 1896 los italianos fueron derrotados en Adua por un ejército etíope armado con 100.000 fusiles vendidos gustosamente por el gobernador francés de Somalia. Cuando los ejércitos nativos adoptaron la guerrilla, como Samori Touré en África Occidental en las décadas de 1880 y 1890, los tácticos europeos tuvieron problemas para vencerlos. Pero al final, ni la más tenaz resistencia fue suficiente. Europeos y estadounidenses tenían recursos técnicos y demográficos superiores, y podían asumir pérdidas imposibles para sus oponentes.

Las victorias alemanas en 1866 y 1870 llevaron a los estadistas y generales germanos a creer que el despliegue rápido y el aprovechamiento de los medios técnicos podían superar a cualquier otra consideración. A finales de siglo, los países europeos se vieron envueltos en una carrera armamentista ruinosamente cara que contribuyó a un gélido clima de desconfianza en la diplomacia internacional. El rápido crecimiento de la economía alemana, sin el apoyo de un aumento equivalente de la sofisticación política, condujo a una peligrosa alianza entre poder económico, agitación nacionalista y proezas tecnológicas que, al saltar una chispa, llevaría a la espantosa carnicería de la Primera Guerra Mundial.

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Piquete bóer
Ganar la guerra de los Bóers (1899-1902) les costó a los británicos dos años, el envío de 450.000 hombres y 22.000 bajas. Los bóers, armados con Mauser letalmente efectivos, obtuvieron una serie de victorias como la de Spion Kop (1900). Incluso cuando sus tropas fueron finalmente derrotadas, Gran Bretaña debió usar tácticas poco convencionales, como el uso de campos de concentración, para forzar la rendición de los últimos grupos guerrilleros.

El texto y las imágenes de esta entrada son de un fragmento del libro: “Armas. Historia visual de armas y armaduras

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