Pascual Serrano
A estas alturas ya sabemos que China está siendo un ejemplo de construcción de grandes infraestructuras, de políticas medioambientales, de comercio y de relaciones internacionales en el respeto mutuo, pero, y de su lectura, ¿qué sabemos sobre su política de lectura? ¿podemos aprender algo de ellos?
En las últimas semanas en China entró en vigor un reglamento para promover la lectura entre el público.
El reglamento busca elevar los estándares intelectuales, morales, científicos y culturales del pueblo chino y mejorar la civilidad social en general.
También subraya la importancia de mejorar la calidad editorial y de producir más publicaciones de alta calidad.
Hasta aquí todo parece normal. El nuevo reglamento reúne 45 artículos que establecen obligaciones para gobiernos locales, escuelas, empresas y hasta aeropuertos. Pero detrás de las 3.248 bibliotecas públicas, los 44.000 centros culturales y los más de 40.000 nuevos espacios de lectura desplegados en los últimos años, hay otra cosa. Una preocupación que es común a todas nuestras sociedades moderna. La gente está empezando a perder la capacidad de comprender lo que lee.
China tiene 670 millones de usuarios de lectura digital, un mercado que en 2024 movió más de 66.000 millones de yuanes (unos 8.250 millones de dólares) y creció más del 16% interanual. Nunca hubo tanto acceso. Nunca fue tan fácil leer. Y sin embargo, al igual que en occidente, las lecturas se están haciendo más superficiales, lo que está afectando a la capacidad de comprensión de textos complejos. Se aprecia en detalles como la mirada que salta de una línea antes de terminar, leer en diagonal o la página abandonada a la mitad. Como cuando uno llega al final de un párrafo y no recuerda qué decía.
La 22ª Encuesta Nacional de Lectura, difundida hace un año en China, muestra que el adulto promedio dedica más de tres horas diarias a leer en pantallas, pero 108 minutos son en el teléfono y apenas 24 minutos a los libros en papel.
Al mismo tiempo, el país publica cientos de miles de títulos por año y alcanza un volumen estimado de 15.500 libros leídos por minuto.
La tasa de lectura integral entre adultos alcanzó el 82,1% en 2024. El promedio de libros leídos llegó a 8,31 por persona. Los menores de 17 años leen más que los adultos y la tendencia crece desde hace una década. Pinta bien, pero si se rasca se observa que el tiempo dedicado al papel cayó hasta representar apenas el 11% del total. Y eso cambia todo. No es lo mismo leer fragmentos que sostener una idea. No es lo mismo pasar pantallas en segundos que leer páginas durante horas. En realidad, es lo mismo que está sucediendo en nuestros países.
Xu Shengguo, director del Instituto de Investigación de la Academia China de Prensa y Publicaciones, lo explica así: “La digitalización ha hecho que la lectura sea más accesible, pero también ha traído consigo una avalancha de contenido fragmentado. El desplazamiento rápido y el consumo fraccionado compiten cada vez más por la atención de las personas. Si bien amplían el alcance del conocimiento, no pueden reemplazar fácilmente la profundidad de pensamiento cultivada mediante la lectura sostenida”. El desafío ya no es llegar a los libros. Es quedarse.
El reglamento intenta responder a esa tensión sin negar la realidad. Por un lado, integra la lectura digital y exige mejorar la calidad de los contenidos. Por el otro, obliga a recuperar espacios físicos: bibliotecas en aeropuertos, estaciones, centros comerciales, y nuevos desarrollos urbanos con áreas dedicadas a la lectura. Como si la cuestión fuera, también, arquitectónica.
Hay capítulos específicos para zonas rurales, regiones étnicas y áreas menos desarrolladas, donde la brecha de lectura supera los 18 puntos respecto a las ciudades. Y una novedad: desde 2026 habrá una Semana Nacional de la Lectura, previstas para los últimos días de abril. Siete jornadas para hacer lo que antes era cotidiano y que ahora parece necesitar calendario.
Zhang Peng, profesor de la Universidad Normal de Nanjing, lo explica mejor: el cerebro se acostumbró a la recompensa inmediata: scroll, estímulo, dopamina. La lectura larga, en cambio, exige otra cosa. Tiempo. Paciencia. Resistencia. Justo lo que escasea.
El punto, en el fondo, no es cuánto se lee, nos pasamos el tiempo leyendo textos en las redes y wasaps. Es cómo. Porque leer tres horas en el teléfono móvil no es lo mismo que hacerlo en un libro tradicional. Y esa diferencia es la que empieza a afectar a nuestra mente.
Para muchos China es sinónimo de modernidad y avances tecnológicos, sin embargo, el gobierno chino parece dispuesto a librar una batalla bastante más básica, la de sostener la atención frente a un buen libro. De nuevo China enseñándonos el camino.
Estimado Pascual, solo te escribo para darte las gracias por mantenernos al día en lo que yo considero la «vanguardia» de las necesidades que vamos teniendo los seres humanos. Te sigo hace un tiempo y creo que te debo una parte de lo que he aprendido.
Soy maestro jubilado y sí, creo que hay una diferencia esencial, casi diría terapéutica en hacer una lectura en papel (en el que no entran notificaciones ni ningún tipo de distracción) a hacerlo en un dispositivo. Todo tiene su uso, por supuesto, pero es bueno que se compense.
Un saludo