Vida de Juana Inés de la Cruz

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Ariadna G. García:

Sor Juana Inés de la Cruz (Juana Inés de Asuaje y Ramírez, 1651-1695) es una de las mayores figuras de las letras hispanas del siglo XVII y su nombre figura por derecho propio junto a los grandes autores del Siglo de Oro. Cultivó la lírica, el auto sacramental y el teatro, así como la prosa. Por la importancia de su obra, recibió los sobrenombres de «el Fénix de América», «la Décima Musa» o «la Décima Musa mexicana».

Infancia

Juana Ramírez de Asuaje nació en San Miguel Nepantla, se duda entre dos posibles fechas: 2 de diciembre de 1648 (Octavio Paz, Antonio Alatorre) o 12 de noviembre de 1651 (Georgina Sabat). Su padre, Pedro Manuel de Asuaje y Vargas Machuca, fue un caballero oriundo de Vizcaya. Es probable que no lo conociera. La familia materna era criolla, así como su padrastro y cuñados. Sus abuelos, con los que se crió (Pedro Ramírez y Beatriz Rendón), procedían de Sanlúcar de Barrameda (Cádiz).

Octavio Paz apunta un rasgo notable de su familia: todas las mujeres mostraron independencia y fuerza de carácter. Así, la madre de Juana Ramírez, Isabel, tuvo cinco hijas y un varón con dos hombres diferentes sin pasar por la vicaría; algo, no obstante, aceptado con normalidad por la sociedad novohispana.

Ya de niña mostró la futura autora un espíritu curioso y una querencia innata hacia la cultura. Según su propio testimonio, a los tres años ya sabía leer. Por lo visto, engañó a la maestra de una de sus hermanas mayores para que le enseñara el alfabeto; luego ocultaría este ardid para que su madre no la castigara. Niña precoz, soñadora y astuta, también mostró cierta tendencia a la introspección. Tanto fue así, que a la temprana edad de cuatro años le gustaba pasarse las horas leyendo en la biblioteca de sus abuelos. Su afán por el conocimiento la animó a pedir a su madre que la enviase a la Universidad vestida de hombre, lo que revela que a la futura poeta –desde bien temprano– «no le importaba transgredir las pautas culturales de su tiempo». La negativa que recibió le sirvió de acicate para formarse de manera autodidacta. Su empeño por el aprendizaje era tan fuerte, que si no se sabía una lección ella misma se cortaba el pelo, como si una cabeza desprovista de datos, imaginación y conceptos, no mereciese el abrigo de la melena.

A la muerte de su abuelo, cuando apenas tenía ocho años, Juana convivió con su tía materna y su marido. Por esas fechas, su madre acababa de concebir un hijo nacido de una nueva relación. Con el tiempo, sus tutores la enviarían al palacio virreinal en calidad de criada, donde asumiría su protección doña Leonor de Carreto, marquesa de Mancera y virreina consorte, de ascendencia germana (rubia y hermosa). Juana contaba con dieciséis años; la virreina, con treinta.

Adolescencia

La futura poeta encontró en Leonor el cariño, la comprensión, el respeto y la sintonía intelectual que necesitaba. Fácilmente debió de enamorarse de ella. Este amor de juventud la inspiró para algunos de sus primeros poemas.

Casi un lustro sirvió la autora como criada de la virreina. A los dieciocho escribió sus primeras composiciones, de cuño laudatorio y circunstancial. Este precoz virtuosismo llevó al marqués de Mancera a reunir en palacio a 40 eruditos y expertos en distintas materias (matemáticos, filósofos, historiadores, poetas…), con el fin de someter a la joven a una prueba de habilidades y conocimientos. El resultado causó admiración en la corte. Juana Ramírez había demostrado una sabiduría y una sensibilidad fuera de lo común.

Juventud. 1669-1673

Pese a su éxito social, Juana decidió entrar en el convento de San José de las Carmelitas Descalzas. Apenas tenía diecinueve años. La severidad de sus reglas la disuadió de su propósito y regresó al palacio virreinal al poco tiempo. Año y medio después, aunque su vocación religiosa era nula, ingresó finalmente en el convento de San Jerónimo, con el nombre de Juana Inés de la Cruz.

Se ha especulado mucho sobre las razones que llevaron a Juana Ramírez a dejar su puesto en la corte, junto a la virreina. Se habla de la desazón que le produjo la muerte o la traición de algún amado. También se aducen la bastardía y la pobreza (situación, por cierto, análoga a la de sus hermanas, que sin embargo, sí dieron casarse; además, para profesar –lo mismo que para contraer matrimonio– era necesaria una dote, que Juana consiguió sin demasiados problemas). Es decir, la crítica ha venido ignorando la causa más plausible y sencilla de su empeño en dejar el palacio virreinal: la frustración de no poder vivir, experimentar, ni gozar, el amor que sentía por Leonor de Carreto o por alguna de las damas de la corte.

Juana Inés, en su obra Respuesta a sor Filotea de la Cruz, arguye la siguiente razón para la toma del velo: «la total negación que tenía al matrimonio». Este escrito, recordemos, está dirigido al obispo de Puebla, guardián de la ortodoxia, al que nunca revelaría –por temor al Tribunal del Santo Oficio– ningún motivo privado que entrara en colisión con la Iglesia. Lo que la joven rechazaba no era la convivencia en sí (en la celda conventual tenía a su servicio a una esclava mulata, y se cree que incluso acogió por un tiempo a dos de sus hermanas), y menos aún, la convivencia con la persona amada, sino la impostura social: la cohabitación desapasionada con un hombre por mera obligación, lo que además llevaba anexo otras dos imposiciones por las que no sentía vocación alguna: la maternidad y la crianza.

Juana Inés ingresó en un convento porque su afectividad, en su tiempo, no tenía salida. Y prueba son los textos de amor que escribió a la condesa de Paredes.

En el convento gozó de una vida independiente, ideal para sus aspiraciones eruditas y literarias. Pronto su celda, una suerte de apartamento de dos pisos, se llenó de instrumentos musicales y matemáticos, de libros y de lienzos. La poeta reunió a lo largo del tiempo una variada colección de objetos raros, de origen remoto. Pero el alma de su reino fue la biblioteca, que debió de contener unos cuatro mil volúmenes.

Además de cultivar sus aficiones, desempeñó distintos cargos en San Jerónimo. Mujer de carácter metódico, primero fue archivera y contable. Su naturaleza generosa, unida a su virtuosismo compositor, la condujo, más tarde, a la enseñanza de armonía y solfeo.

Contrariamente a lo que pueda parecer, mantuvo una intensa vida social. Entre las personalidades que frecuentaban el convento y acudían a las representaciones o bailes de carácter festivo, se encontraban los propios virreyes. A menudo, tras la función, se organizaban tertulias en las salas, mezclándose las monjas con los señores y damas venidos de la corte. Algunas de las pequeñas piezas de teatro que se llevaron a escena tienen la firma de Juana, que también compuso villancicos, canciones y loas. Su famosa afición a la música la animó a escribir los capítulos iniciales de un tratado que, a la postre, dejó sin concluir (El caracol).

Tránsito. 1673-1680

Con el cambio de virrey y la inesperada muerte de Leonor de Carreto, Juana Inés abandona la pluma. Durante el virreinato del arzobispo de México (Payo Enríquez de Rivera) apenas escribe un par de loas (a la Concepción y A los años del rey), cinco villancicos, tres sonetos elegiacos a Laura (la malograda virreina) y un poemilla de elogio a fray Payo. Si compuso otros versos, se desconoce. Es una etapa de sequía inspiradora. Sin el motor amoroso, su obra se vuelve anodina y circunstancial.

Madurez. 1680-1686

La designación del marqués de la Laguna como virrey de Nueva España marcó un hito en la vida de Juana Inés, pues su mujer (María Luisa Manrique de Lara) no sólo se convirtió en la musa de sus versos, sino que se encargó de que se editara en Madrid el primer manuscrito de la autora: Inundación castálida (1689).

En 1683, por el nacimiento del hijo primogénito de los virreyes, Juana Inés estrenó Los empeños de una casa, pieza teatral cuyo argumento gira en torno a los amores imposibles de un par de parejas.

Además de estos textos de encargo y circunstanciales, Juana Inés escribió en esta etapa lo más granado de su obra: los encendidos poemas de amor a la condesa de Paredes, casada –por lo visto– con un marido mediocre. Quizá la soledad de ambas, su entorno anodino, su vacío, propició el más que probable enamoramiento de las dos. Como quiera que fuese, en estos años la autora compuso sus poemas más apasionados, los más íntimos y hondos. La protección de los virreyes le otorgó la libertad y la independencia necesarias para escribir tranquila sus composiciones, verdadero vehículo de comunicación con la condesa. Dicha protección resultaba indispensable para salvar una amenaza que pendía sobre ella, mujer y escritora, desde que su nombre cobró importancia en la corte y se hizo un hueco en el orbe literario: el tiránico y temido arzobispo de México, Francisco de Aguiar y Seijas.

Años finales. 1686-1695

Si a comienzos de los ochenta su confesor (Núñez de Miranda) la criticaba por sus «negros versos», a final de la década, el arzobispo de México (Francisco de Aguiar y Seijas) también le recriminaba sus poemas paganos –de elevado tono erótico, y dirigidos, además, a una mujer: la exvirreina–.

Los príncipes de la Iglesia podían aprobar que una monja escribiese poemas de cuño mariano, pero difícilmente podían encajar que hiciese gala de una vasta cultura, o que sus dotes intelectuales cosecharan el reconocimiento de la corte virreinal y de los reinos europeos de la Monarquía Hispánica. Juana Inés suponía una amenaza para la hegemonía académica masculina, un desafío a las convenciones sociales y religiosas que relegaban a todas las mujeres a la esquina del silencio y del recato.

Estaba sola. Continuar por la senda del arte entrañaba un gran peligro. Si seguía difundiendo sus poemas y representaciones por la corte virreinal lo más probable fuese que la Inquisición la hostigara y le abriese un proceso, como a Teresa de Ávila.

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Representación del palacio virreinal tras el motín de 1691 en el que se incendió. Cuadro de Cristóbal Villapando (ca. 1695).

¿Qué hacer? La resolución del acertijo le vino del cielo. Las lluvias torrenciales de 1691 echaron a perder las cosechas y esto encareció el precio del pan. La falta de abastecimiento motivó un año más tarde la violenta intervención de los guardias encargados de la protección de la alhóndiga, que se saldó con el aborto de una india embarazada. Un grupo de indígenas trató, entonces, de quejarse al arzobispo Aguiar y Seijas, que se negó a recibirlos. Tampoco lo hizo el virrey, quien, temiendo un motín popular, se recluyó –junto con su esposa– en el monasterio de San Francisco. A los dos días, diez mil ciudadanos se congregaron en el palacio para mostrar su repulsa hacia el cuerpo de guardia y para exigir la distribución de alimentos. Fueron recibidos a tiros por una compañía de soldados. En respuesta, la gente prendió fuego a las puertas y desvalijó el ayuntamiento.

De pronto ocurrió un hecho insólito. Franqueó los portones de la catedral un sacerdote con el santo sacramento; lo escoltaban varios monaguillos. Al paso de la comitiva, los amotinados se arrodillaban. La predicación en náhuatl, desde el atrio, por parte de otro clérigo dispersó, finalmente, a la multitud sublevada.

El arzobispo Aguiar y Seijas salió reforzado de la crisis. La Iglesia había mostrado su poder frente a la fragilidad de la institución política, encarnada en el virrey. De modo que el último baluarte que le quedaba a Juana Inés, el conde de Galve, ya no podría protegerla.

A la poeta, consciente de lo delicada de su situación, sólo le quedaba una posibilidad para vivir tranquila: la capitulación.

El rechazo a la cultura y la suspensión de su obra literaria son el enigmático broche que cierra la vida de una mujer excepcional, cuya entrada en el convento de San Jerónimo no fue menos misteriosa.

No es descabellado pensar que detrás de estas dos decisiones se ocultase un pacto con su confesor, posible depositario y albacea de los más íntimos secretos de Juana Inés. Puede que Núñez de Miranda negociara con la autora su silencio acerca del amor que sintió hacia la virreina –ahora que carecía del apoyo de palacio– a cambio de la deposición de su pluma. En cualquier caso, la primera condición que le impuso el calificador del Santo Oficio para prestarle ayuda fue cruel y humillante: la abjuración de su vida pasada y de su obra. La segunda, hiriente para la piel: el castigo del cuerpo. La tercera, degradante: el desmantelamiento de su celda; instrumentos musicales y científicos, así como su biblioteca, pasaron a custodia de su acérrimo enemigo: el arzobispo Aguiar y Seijas.

En 1695 una epidemia asoló el convento de San Jerónimo. Juana se contagió cuidando de otras religiosas, y murió al poco.

El texto de esta entrada es un fragmento del estudio preliminar de «Antología poética» – Juana Inés de la Cruz escrito por Ariadna G. García

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