Yo gestiono mejor lo malo

JOSÉ CARLOS BERMEJO

Una de las características más llamativas del panorama político español es la coincidencia en la visión errónea de los problemas del país por parte de nuestros dos grandes partidos políticos. Hasta no hace mucho ninguno de ellos puso en duda los beneficios de la burbuja inmobiliaria, los efectos milagrosos de los créditos concedidos sin solvencia o las insólitas rentabilidades financieras que se podían obtener en los mercados de capitales.

Del mismo modo la fe en el turismo concebido como panacea, los disparatados gastos en la construcción de supuestos edificios culturales y la celebración de todo tipo de conmemoraciones han sido y son aclamados por esos dos partidos como sus grandes logros económicos, pretendiendo hacer creer a los ciudadanos que puede hacerse economía sin matemáticas o, lo que es lo mismo, que se puede ser rico sin tener euros.

Cuando llegó la crisis financiera ninguno se consideró responsable de nada. Ni el PP, creador del famoso “milagro económico-financiero” de Rodrigo Rato –tema sobre el cual él mismo redactó su tesis doctoral–, ni el PSOE, que asumió sin crítica alguna las excelencias de esa burbuja durante casi seis años, ni los principales sindicatos, que guardaron durante mucho tiempo un silencio culpable.

Todos pensaron que las consecuencias de los errores compartidos se debían a que los otros gestionaban mal lo que era, en realidad, notoriamente malo, y que hubiese sido diferente si lo hubiesen gestionado ellos, ya que ese simple hecho convertiría lo malo en bueno. Del mismo modo que se hablaba de diferente modo según uno estuviese en el gobierno o en la oposición, defendiendo lo que antes se criticaba, y haciendo lo que se decía que no se haría, diciendo –y no se sabe si pensando– que por el mero de que lo hiciese un partido diferente sus efectos tendrían que ser ya por eso distintos, ya fuese en el campo económico, en el de la política exterior o en el caso de las intervenciones armadas en el exterior bajo los paraguas de la OTAN o los EEUU.

Daba la impresión, hasta la llegada del PP al poder, de que cuando el gobierno hacía algo bien es cuando se rompía el consenso basado en el pensamiento único, y que precisamente por eso podría estropearse todo de nuevo. Y ahora, cuando el PP aplica desde el poder las recetas económicas que, en su momento, también compartía el PSOE, este último parece sorprenderse de que alguien hubiese podido pensar tal cosa.

Desde dos ideologías aparentemente antagónicas se defendió durante muchos años la misma política en todos y cada uno de los casos, dejando un espacio residual de enfrentamiento en asuntos de gran importancia humana, pero de escasa relevancia económica, estratégica o política global, como son los referidos a las conductas sexuales y los roles de género, en los que (en temas como el matrimonio gay o la ley del aborto), PSOE y PP decidieron escenificar –con la inestimable ayuda de la Iglesia católica– un aparentemente duro enfrentamiento a sabiendas de que no tendría apenas ningún efecto en la evolución de las conductas sociales globales, y en el que las discrepancias jurídicas quedaban, muchas veces, reducidas a meros matices verbales y supuestas sutilezas jurídicas, como la que establecía que en el matrimonio gay podría aceptarse todo a efectos jurídicos reales, pero no la palabra “matrimonio”.

Ayer como hoy gobierno y oposición, PP y PSOE, siguen manipulando estadísticas a su favor, siguen sin querer ver los problemas reales, para no reconocer que no tienen ni idea de cómo resolverlos, y parecen creer que la suma de dos medias verdades es una verdad entera y no una mentira más gorda. Y que la verdad o falsedad de una afirmación depende únicamente de quién la diga, pero de ningún modo de su contenido.

José Carlos Bermejo,  catedrático de Historia Antigua en la Universidad de Santiago, ha publicado en varias ocasiones en Ediciones Akal. Su último libro es La maquinación y el privilegio.

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