A Gregorio Morán le han vuelto a censurar

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Para Xavier Salvador. Director de Crónica Global.

Mi artículo del último sábado de julio fue prohibido. Me engañasteis al decirme que ese día no saldrían artículos de opinión y ahora me entero por ti que ni fue publicado ni lo será. En Cataluña hemos pasado de la dictablanda de Pujol a la de La Caixa y La Vanguardia del Conde de Godó. No hemos avanzado mucho salvo en desvergüenza. Es significativo que el artículo censurado se titule “De la miseria del gremio”.

Se despide. Gregorio Morán

Sabatinas intempestivas | Gregorio Morán | De la miseria del gremio

Cuando los periodistas somos noticia significa que algo va mal en la sociedad. Se cumple el año exacto de mi despido de “La Vanguardia” y como si se tratara de un obsequio de escaso gusto con ocasión del aniversario, al fin se ha celebrado la vista ante el juez laboral que debe sentenciar sobre mi despido. ¿En que habrán pensado los legisladores y los tribunales de justicia que pueden tardar un año en la vista -en este caso al tercer intento- y que aún habrán de ocupar otro entre dictar sentencia y resolver los recursos? ¿Acaso les ha pasado por la cabeza el que debamos pedir un crédito para sobrevivir a la justicia?

Lo cierto es que ha transcurrido un año y ni siquiera hube de sentarme en el banquillo. Ninguna pregunta, sólo papeles y un testigo, un supuesto director adjunto al que durante treinta años sólo vi un día en el ascensor y cuya firma no sé si figura en la sección de anuncios porque no tuve ocasión de leerle nunca, Miguel Molina, al parecer experto en alpinismo, práctica muy conveniente hoy día para incluir en los currículos y muy especialmente en el periodismo. Un trepa equivale a diversos ejercicios profesionales que van desde sicario de la dirección de turno a reverente adulador de quien mande.

La dirección de La Vanguardia había dado órdenes confidenciales a su abogado para que no hubiera negociación posible. Como si yo no hubiera existido durante 30 años; más que el propio director y la actual cúpula del diario. Marius Carol y Teresa Lloret, su mujer, habían ya consolidado su labor como algo que sarcásticamente cabría describir como los “Bonnie and Clyde” de los medios de comunicación en Cataluña. Él, director del diario con acceso directo a los otros canales de radiotelevisión de la casa; ella, relaciones públicas de su influyente empresa, “Lloret Asociados”.

Con esos mimbres es imposible no hacer un cesto sino un ciento y cualquier mosca que interfiera en su suculenta carrera debía ser aplastada. Para eso están los cómplices, no sólo los sicarios del gremio. Como es habitual, el Colegio de Periodistas de la Ciudad Condal hizo honor al añejo título, hoy caído en desuso, y amparó al Conde, en este caso de Godó, porque como expresó en privado uno de sus responsables, “La Vanguardia” es intocable porque figura como el principal espónsor de la institución tuerta. Sólo ve del ojo que le garantiza su estatus.

El oasis que instituyó Jordi Pujol fue, al tiempo que una fuente de beneficios para su familia, un lugar donde los medios de comunicación hicieron de palmeras. Así se cumplía el hechizo. Se cubrió todo con un manto de silencio y benevolencia. Ni una piedra interrumpió la placidez de la charca. A trancas y barrancas, presionados por los medios estatales y la hacienda y los tribunales, salió a flote el caso Palau; nadie dio cuenta de él hasta que explotó. Incluso el jefe de la oposición parlamentaria se disculpó para sacarlo a colación. Es posible que algún día alguien detalle el caso Marius Carol, o cómo un hijo de portera de la calle Princesa acaba de guiñol trajeado y todólogo tertuliano experto en “el gran mundo”. Un caso de alpinismo económico que le llevó a comprar una casa en el Ampurdán vecina a la de Josep Piqué, recién incorporado al Consejo del Grupo Godó. Un mérito doble parecido al que su antecesor, José Antich, obtuvo presionando para que aceptaran sumar al Conde de Godó al Consejo de La Caixa. Los arribistas pagan a sus conseguidores con beneficios contantes y sonantes.

Gentes de la mejor intención y la mayor ingenuidad se preguntan por qué esta sociedad se ha quebrado y ha llegado a un punto inesperado de agresividad y fanatismo. Se va formando un tejido -se parte de una tradición textil, no se olvide- y cada vez se llega más lejos en el traje de gala. Ahora que se ha vuelto a recorrer la estela que dejó Agustí Calvet “Gaziel”, no ha aparecido ni la más mínima referencia a quien le denunció hasta que consiguió inhabilitarle del periodismo, que no fue otro que el Conde de Godó, padre del actual y procurador en Cortes de la dictadura, a quien Gaziel sirvió durante treinta años. Fue su confidente y de él escribió las páginas más agrias que se hayan escrito nunca sobre aquel desecho físico, moral e intelectual -son sus palabras- y lo hizo en un libro que los nuevos chicos de la derecha golfa catalanista ni citan ni probablemente conocen. La “Historia de La Vanguardia” escrita por Gaziel es fundamental para acercarnos al mundo que sufrimos.

No desesperen. Lo peor está siempre por llegar. Hasta septiembre y buen verano.

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